HERNÁN CÓRDOBA PANTOJA: EL CARNAVAL DEL COLOR Y LA VIDA
Colombiano, nació en la ciudad de Pasto, maestro en artes plásticas, con diplomado en patrimonio, fiesta, cultura y carnaval, estudios complementarios de diseño gráfico e ilustración. Vinculado en la realización y participación del Carnaval de Negros y Blancos en las modalidades de Comparsas y Carrozas desde el año de 1980.
A realizado exposiciones de su obra en Pasto, Cali, Medellín y Bogotá ; Con gran experiencia como técnico teatral en los Festivales Iberoamericano de Teatro de Bogotá, y de espectáculos nacionales e internacionales; asesor cultural y participante del comité organizador del carnaval de Pasto, formo parte del equipo dinamizador de la creación del Plan Especial de Salvaguarda del carnaval de Negros y Blancos; gestor cultural, docente y tallerista sobre carnaval en colegios, grupos teatrales y universidades en Bogotá,
www.herfacopa.wix.com/obra – herfacopa@gmail.com .
UN MUNDO NATURAL Y MARAVILLOSO
Adentrarse en la obra del maestro Hernán Córdoba es explorar un mundo natural y maravilloso en el que la tierra y el espíritu se representan a través de formas y elementos simbólicos preciosos: el círculo infinito, la luz y las noches estrelladas que dan muestra de la magnitud del universo, las auras de sus protagonistas de sus obras, las flores y entramados que conforman los tejidos de las ruanas y de la montaña.
En su serie ruanas, hay tres elementos constantes: La mujer, el volcán, el colibrí. Representados de manera irreverente, dual, cruda, grotesca pero siempre: acogedora y bella.La mujer se presenta de manera atemporal, fuera de estereotipos idílicos, se la ve siempre poderosa, fuerte, capaz, pero al mismo tiempo amorosa, sabia, hermosa y justa.
El volcán Toma la forma de una ruana que acoge al hombre para procurarle alimento, vida, sabrosura, alegría, prosperidad, al tiempo que le brinda hogar, afecto y laboriosidad.El colibrí, que va y viene entre lo espiritual y lo terreno. Que recolecta inquietudes mientras nutre al mundo con su don sagrado. Se lleva el dolor y trae la esperanza.
Estos elementos, constituyen las claves con que el maestro Córdoba pinta en cada cuadro un poema de colorinches, de noches y soles, retazos y semillas. Un trabajo que celebra el carnaval de negros y blancos denunciando la hermosura de la creación, así como es: una magia cargada de entramados que nos unen invitándonos a la vida en armonía.
Por otra parte es interesante la re significación que la serie ruanas presenta acerca de la mística cosmogónica ancestral de los habitantes de la región sur de Colombia en medio de esta contemporaneidad cargada de cemento, conexiones satelitales y tan ligada a los bienes materiales ofertados por la globalización.
En ruanas, el maestro Córdoba, no niega esa realidad actual. Pero exhorta a la reflexión sobre lo realmente importante en la existencia de cada ser: su identidad, que está cargada de matices axiológicos, estéticos, temores, sueños… sin embargo: al final solo está el ser y el equilibrio que logre, para permanecer en el universo, para trascender.
Lic. Elena Patricia Mariño Galeano
sus personajes se tragan el universo hermoso y absurdo de la fiesta sureña.
La obra de Hernán Córdoba, subvierte el orden establecido, así como también lo hace el carnaval. Con ojos, pómulos, dientes en escalas demoníacas, sus personajes se tragan el universo hermoso y absurdo de la fiesta sureña. El carnaval ha sido el espacio vital de este Maestro, allí ha llorado, reído y crecido entre talleres, artesanos y aguardientes, acariciando a sus ancestros con sus mitos, historias, ritos y leyendas. Con las coloridas máscaras resiste simbólicamente a las hegemonías de los cánones del arte formal y acartonado, por eso su obra es una gran fiesta celebrada con danzates jaguares, héroes acuáticos y personajes fantásticos que habitan entre los Andes y la Amazonía colombianas. La risa y la carcajada subvierten las cotidianidad como una crítica social y poética que se burla de la absurda realidad, por eso esta obra es muy política. A partir de los infinitos colores emergen líneas, puntos, sombras y relieves que dan forma a múltiples paisajes dentro de cada territorio de su obra. Con las ruanas sagradas rinde un sentido homenaje a las mantas que protegen los pensamientos y las palabras de los pueblos originarios, enmarcadas entre intis, quillas y churos cósmicos en la morada de los sabios antepasados. La energía de las formas y los colores atraen hacia los espacios de la meditación y la transformación del mundo espiritual, como un tierno abrazo a los pequeños guaguas para su armonización con la pachamama y el cosmos de nuestro eterno retorno.
Gloria Stella Barrera Jurado.
Hernán Córdoba, entre rituales y saudades
Las pinturas rupestres evocan ese inicio germinador del hombre por querer dejar constancia de su existencia en el universo, creando así el mundo, como una posibilidad de trascendencia mucho más allá de lo meramente natural. Surge así la cultura, con la doble condición de ser zenit y nadir, en la medida que permite fundar la religación para poder comunicarse con las fuerzas inexplicables de la naturaleza mediante los diferentes cultos; pero también como posibilidad del cultivo para lograr el sustento. De tal manera que el culto y el cultivo terminarán por demarcar lo que somos.
La obra de Hernán Córdoba pareciera estar cargada de un misticismo pretendido, buscado si se quiere, dictándole al espectador los secretos telúricos de esta América primigenia que sigue latente en nuestra geografía, en nuestra naturaleza, por eso sus figuras evocan campos y montañas, sembradíos y volcanes, esos con los que su pupila, con seguridad, se recrearon en la temprana infancia. Obra universal, desde luego, pero imposible no reconocer la advocación permanente del Sur- Sur, de este Nariño que es azul en su cielo, verde en su mar y en sus selvas, negro en su tierra, amarillo en su sol y eternamente multicolor. Por eso la policromía utilizada por el artista se convierte en ritual, en una saudade que nos dicta la emergencia de nuestras raíces.
Las figuras tiene toda la posibilidad, son hombres y mujeres, con una fuerza germinal, ahí la luz se vuelve semilla, rodeada por azules que son ríos y lagunas, planos que parecieran las ruanas de nuestros indígenas, aunque más coloridas, como una añoranza de lo ido-perdido, vuelto saudade que es ese sentimiento de añoranza en la montaña estando en la montaña; resaltan los quindes o colibríes, esos Hermes mitológicos que aun hoy nos dictan las historias de nuestros ancestros, con su aletear que condiciona al universo mismo, con su búsqueda permanente del néctar, como significado pleno del alimento eterno y sostén perpetuo.
Las montañas como ruanas y las enaguas vueltas aguas, con ese azul que nunca falta, una perpetua añoranza al lugar donde hemos nacido, qué, como en un cuento, nos permite volver a la semilla, a ese momento mismo cuando el grano de maíz empieza a brotar para tomar su puesto en el mundo. Obra metafórica, sin duda alguna, cuya abstracción evoca el ritual de la vida, en un canto de perpetua alegría andina, como nuestros campesinos, cuya máxima manifestación es la saudade de la música, tonadas que parecieran tristes al oído de los ajenos, pero que para quienes las interpretan y para quienes las hemos vivido, son festividad perpetua, como lo es la obra de Hernán Córdoba.
Mauricio Chaves-Bustos
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SERIE LA RUANA

















Resumir el universo en una sola raya, o el amor con dos líneas trazadas a mansalva en el atrio de una capilla de pueblo es al menos un acto subversivo, un acto de pasión o una trifulca contra aquello que aparentemente es, que supuestamente existe, que rige, en fin, el camino de las emociones humanas. Y si a esas líneas o rayas les endosamos un color, el color de nuestras aspiraciones como individuos o grupos de personas, entonces los colores y la vida toman el volumen de un pájaro que ronda las siluetas de lo que pudo ser, y también de lo que es y de lo que no pudo ser.
Detalle a detalle, cada uno con su carga de realidad imaginada a partir de la propia experiencia sensorial, Hernán Córdoba va trazando el despertar de un sueño que duerme en una esquina del Tercer Ojo, ese que le permite ver más allá de los colores, en el trasfondo de la idea, en el vientre de la materia oscura, en la amenaza de la luz y su velocidad de vértigo.
Cada cuadro de Hernán Córdoba es un orgasmo de la naturaleza, un asunto de evasión corpórea y un viaje cósmico hacia uno mismo.
Estamos frente a una obra pictórica de una grandeza universal trazada con sencillos detalles y silencios azules, vuelos de colibríes suspendidos en las maromas de la memoria y vírgenes que salen de los dedos y celebran su carnaval de fertilidad en nuestras propias manos.
Hernán tiene la enorme responsabilidad, como todos y todas, sin excepción, de subvertir el pensamiento, de demostrar que las líneas son curvas o no son líneas, que un punto fijo nunca puede existir sin el movimiento, que el blanco y el negro albergan en su seno todos los colores de la existencia. Sí, como decía al principio, un subversivo del arte, un idólatra de los espacios, un amante de los volúmenes, un enamorado del otro lado de las cosas.
Esta serie me emociona, me restrega los ojos mientras los acaricia, me subvierte el entendimiento y me da una cachetada mientras observo para decirme que la belleza no puede existir fuera de la transgresión y la cotidianidad de los días.
Bienvenido Maestro a nuestra sala de exposiciones de ConexioNortesur, por el color de la vida y por la belleza que pone frente a los ojos del mundo.
Arturo Prado Lima



