El novelista vallecaucano y catedrático de la Universidad del Valle le ha cedido a conexionnortesur.com un fragmento de su novela MAREA DE SOMBRAS, una obra literaria ambientada en el puerto de Buenaventura, en el Pacífico colombiano. No deje de leer esta magnífica muestra de la buena literatura colombiana. APL

MAREA DE SOMBRAS: LA NOVELA NEGRA DE FABIO MARTÍNEZ

Foto: Jorge Idárraga

Marea de sombras

(Fragmento de la novela. Grupo Editorial Sial – Pigmalión, Madrid, España)

  De Fabio Martínez

A la memoria de Óscar Collazos.

 

¡Ay de vosotras, almas perversas!

No esperéis jamás ver el cielo.

Dante Alighieri

 

¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley

el flojeras, el cachas, el comediante, el borracho, el broncas?

Duermen, están durmiendo todos en la colina.

Edgar Lee Masters

 

El tsunami que llegó al Puerto parecía la acéldama, aquel campo de sangre que compró Judas con el dinero que recibió por su traición.

Como la acéldama, la ciudad estaba destinada a ser borrada de la faz de la tierra. El tsunami que la azotó era el castigo de Dios por tanto horror causado por la mano del hombre. Era la venganza de la naturaleza por tanta vejación y tanto crimen fortuito.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. Dejemos que la historia corra libre como el viento.

Este texto es el testimonio de un poeta que vivió allí durante los últimos diez años. Un poco antes de que la naturaleza arrasara con todo: casas, barcos, iglesias, edificios, calles, puentes, árboles, hombres, mujeres y animales.

 

 

La historia comienza así:

El Puerto. Cementerio central, 12 de febrero de 2014

Con Julia estoy en el cementerio central despidiendo una pierna de una mujer. Sí, así como lo oyen. Una pierna de mujer. No es una ficción. Es la realidad, así como lo digo. La degradación humana ha llegado aquí a tales extremos que ya no solo se asesina, sino que se pica gente, como se dice en la jerga popular.

En El Puerto, la extorsión y la muerte se han convertido en un deporte nacional. Cada niño, cada hombre y cada mujer tienen un precio. Los pobres pagan cinco mil pesos al día, los ricos, cinco millones al mes. Es una pirámide macabra que se eleva de abajo hacia arriba. Quien no paga es mutilado en los bohíos de bajamar. Como hacían las antiguas tribus bárbaras.

La pierna que vamos a incinerar pertenece a Karen Knudson Balanta. El fiscal que lleva el caso la reconoció porque la joven solía pintarse las uñas de los pies, de varios colores. La extremidad la encontraron metida en un refrigerador de la Camaronera del Pacífico donde yo trabajo como administrador desde hace diez años.

Cuando el fiscal me mostró la pierna, con sus uñas que parecían un arco-iris y un poema que yo ahí había plasmado, no dudé un instante en que le pertenecía a Karen Knudson.

¿Cuántas veces habían pasado mis dedos por esa pierna esbelta y bien contorneada? ¿Cuántas la había besado con mi lengua húmeda y viscosa? Julia, mi mujer, que ahora está a mi lado, jamás conoció esta historia de amor con Karen.

Unas negras con sus turbantes negros, que están alrededor del féretro, entonan unos alabaos en señal de duelo. Mi mujer jamás imaginó que esa pierna morena que ahora yace en un pequeño cajón de madera, y que pronto va a ser incinerada, fue, también, mía. Pienso, mientras me dejo llevar por el espiritual que sale de las gargantas de las cantaoras. Si Julia lo hubiera sabido, me habría puesto de patitas en la calle.

Frente al pequeño féretro está don Arnulfo, mi jefe, y su séquito de escoltas. El hombre me mira y clava sus ojos de fuego en los míos, como acusándome de que fui yo quien cometió aquel crimen macabro con la pobre Karen.

Cuando las negras terminan el alabao, el padre Héctor Epalza eleva una oración que se la lleva el viento. Es cuando el sepulturero abre el horno y deja deslizar el pequeño féretro de Karen, o mejor, la pierna esbelta de Karen Knudson.

Cali. Cárcel de Villahermosa, 12 de agosto de 2014

Estoy en el patio 5 de la cárcel de Villahermosa releyendo la orden de captura de la Fiscalía donde se me acusa de secuestro y desmembramiento físico en la persona de Karen Knudson Balanta. Durante estos largos seis meses, los presos han querido lincharme en varias ocasiones. Me llaman: “El monstruo del Puerto”. Los guardias me han salvado de morir a golpes en el patio más peligroso del penal. Gracias a mi buen comportamiento, he logrado que me den un trabajo como auxiliar en la biblioteca. Aquí tengo la paz que necesito para reflexionar sobre lo que sucedió en El Puerto, en aquellos años dolorosos. En Villa cuento, felizmente, con el tiempo necesario para escribir, y preguntarme, una y otra vez: “¿Quién mató a Karen Knudson?” “¿Quién fue el autor de tan horrendo crimen?”.

 

Cali, 1 de enero de 2004. Diez años antes.

Como cualquier escritor que desea fama y reconocimiento, pensaba que la poesía iba a ser mi salvación. Algún día me iban a dar el Premio Cervantes, y forrado de gloria y dinero, viviría feliz y sin afugias el resto de mi vida. Jamás imaginé que la poesía iba a conducirme al infierno.

Fue por esos días que conocí a Germán Urdinola. Era un sábado en la mañana. Lugar: Biblioteca Departamental ‘Jorge Garcés Borrero’ de Cali. Allí dirigía el taller de creación literaria. Aquella mañana, Germán se presentó como un empresario de transportes. “¿Usted es el Poeta Felipe Gardenia? ¿El director del taller de poesía?” Me preguntó. “Sí, contesté. “Eso es lo que dicen. Soy el Poeta Felipe Gardenia”. Germán me confesó que desde niño había querido ser escritor, pero sus negocios nunca le habían dejado el tiempo que se necesita para llevar a cabo este oficio de tinieblas. Y subrayó las tres últimas palabras. Ahora que tenía cincuenta años, quería dedicarse exclusivamente a la literatura.

Germán Urdinola era un hombre alto, sienes plateadas, camisa Lacoste, pantalón Dockers y zapatos Hush Pupies. Desde hacía algunos años había heredado de su padre una empresa de transportes que llevaba mercancías de El Puerto hacia el interior del país.

Aquel día a Germán lo admití en el taller pensando que su inclinación por la poesía era solo una afición momentánea, una especie de fiebre poética, como la que sufren los ricos que quieren ser cultos. Me equivoqué. Germán, aparte de su don de gentes, era un hombre que había leído mucho y tenía una cultura sólida.

Un sábado al mediodía que Julia, mi mujer, me recogió en el Renault  Sandero, Germán la vio, y le dijo: “Julia, qué encanto de mujer. De ahora en adelante, vas a ser mi Dulcinea del Toboso. ¿Te importa que te tutee?”

Desde aquel momento, el empresario y mi mujer iniciaron una amistad especial bajo el consentimiento mío. Como era un hombre boyante, el hombre le enviaba conmigo libros de José Saramago, discos de Lilia Downs y tortas de la panadería El Molino. Era, como se dice, un gentleman, en el sentido extenso de la palabra.

Un sábado que nos quedamos solos en la biblioteca, al calor de una botella de Cabernet Sauvignon que él había llevado para compartir, me dijo: “Poeta Gardenia, a usted le sucede algo. Cuénteme, ¿está pasando por una crisis creativa?” “No, precisamente”. Contesté. “Es cierto que mi creación ha disminuido en los últimos años, pero sigo siendo un escritor rico y prolífico”. “Rico, no”, me dijo sonriendo. “Quizás, prolífico. Gardenia, no solo de poesía vive el hombre”. Y me lanzó la propuesta a quemarropa: “Vea poeta, yo tengo un amigo que es dueño de una camaronera en El Puerto, y está necesitando a un administrador. Nosotros le transportamos el marisco al interior del país. Es un buen cliente. Si gusta, se lo presento. De pronto, el mar, la música, las negras y el arrechón lo sacan de ese hueco negro en el que se encuentra, y lo reviven de nuevo para la poesía”.

Aquella mañana regresé a casa y le comenté a Julia sobre la propuesta de Germán. Ella, que siempre ha tenido los pies en la tierra, me dijo: “Es una buena idea”. Y comentó: “Si sigues dictando talleres literarios nos vamos a morir de hambre. Te advierto una sola cosa: ¡Ojo con irte a enredar con una negra!” Entusiasmado por su respuesta, pregunté: “Amor, ¿tú irías conmigo?” Julia contestó: “¡¿Qué voy a hacer a ese pueblo de mierda?! ¡Es un infierno!”

Germán me contactó con don Arnulfo, y a la semana siguiente, yo estaba en El Puerto.

El dueño de la camaronera me recibió en su oficina ubicada en un vetusto edifico donde se destacaba un aviso en latón oxidado, que decía:

Camaronera del Pacífico        

Al frente del edificio se desplegaba la bahía. Los tres primeros pisos estaban destinados a los refrigeradores donde se congelaba el pargo, el camarón, y cuanto animal pescaban sus hombres en aguas del Pacífico. En el cuarto piso estaban ubicadas las oficinas de los empleados, y en el quinto piso, que en realidad era una terraza, se encontraba un pent house dotado de una oficina, un cuarto, baño, cocina, aire acondicionado y un minibar.

Desde la terraza divisé la bahía, que a esa hora del día brillaba como una diadema, y me dije: “Germán Urdinola supo leer mi pensamiento. Aquí voy a escribir mi obra maestra”. Al lado derecho de la terraza se encontraba el Hotel Estación, con su arquitectura republicana que nos recordaba una época de esplendor y progreso. A la izquierda, se extendía una franja infinita de bohíos de bajamar, muy pobres, que se perdían entre los manglares.

Don Arnulfo Mosquera me extendió su mano. Luego de ofrecerme un güisqui en las rocas, me presentó a su personal de confianza:

—Le presento al capitán de barco: Adán Tres Palacios, Dolfín, el contramaestre, y Karen Knudson, que de ahora en adelante, será su secretaria.

El propietario de la camaronea se apeó al muro de la terraza. Mientras hacía sonar los hielos que nadaban en el vaso de güisqui, preguntó:

—Poeta, ¿alcanza a ver el barco que está anclado en la bahía?

—Sí, don Arnulfo.

—Ese es el barco de la empresa. Lo pilotea Tres Palacios con la ayuda de Dolfín, el contramaestre.

Contemplé el navío con su castillo de proa, su arboladura, su palo mayor, sus grúas, sus vergas y sus redes de arrastre, y sentí un deseo inmenso de embarcarme y recorrer el mundo. El barco era un camaronero, grande y moderno, que lo podía llevar a uno a Canadá o a la Patagonia.

Don Arnulfo continuó hablando:

—Este es mi personal de confianza. Con el resto, no hay que fiarse. Tres Palacios es un viejo refunfuñón pero lo quiero porque trabajó con mi padre. Él conoce mejor que nadie los manglares, los esteros y los vericuetos que tiene la selva.

Observé a Tres Palacios, y noté que tenía un ojo de vidrio.

—Éste es Dolfín. Viene del interior del país. Es el contramaestre que dirige las operaciones de a bordo, de carga y descargue.  Es un aficionado a las negras y al arrechón. Tiene un grave defecto: Cuando no está borracho trabaja como un negro. Cuando está ebrio es el primero en abandonar el barco.

Dolfín, quien llevaba puesto un sombrero Panamá para cubrirse del sol y una mochila caucana, me hizo señas con sus manos, como diciéndome que él era una santa paloma.

—Ésta es Karen Knundon, su secretaria. Una linda culimocha, hija de padre sueco y madre buscajáe.

Karen sonrió.

Con la imagen de la bahía de fondo y el barco camaronero bamboléandose en el agua, yo vi frente a mí, a una mulata clara, de pelo largo, ojos verde-esmeralda, manos grandes y uñas multicolores.

—Cuídela, poeta —dijo don Arnulfo con cierta ironía—. Karen es la princesa de la empresa.

—Don Arnulfo —pregunté— ¿dónde voy a alojarme?

Y me reprendió:

—No me llame “don”, que aquí no estamos en Bogotá. Llámeme Arnulfo, a secas. Poeta, esta es su oficina. Si quiere, se puede quedar a vivir en el pent house, y me mostró el pequeño estudio desde donde se divisaba el mar. Pero si quiere, le he reservado una habitación en el Hotel Estación. Karen, por favor, acompañe al señor.

Se despidió junto con el capi y el contralmirante, y me dejó con Karen.

Aquella noche me quedé en la habitación 301 del Hotel que se convirtió durante diez años en mi lugar de residencia. Y enseguida, llamé a Julia: “Amor, te estoy llamando de la terraza del hotel acompañado de un pargo en salsa, un güisqui en las rocas y una vista al mar extraordinaria”, dije. Lo que no le conté fue que a mi lado se encontraba Karen Knudson, mi bella secretaria.

Amor —contestó mi mujer del otro lado de la línea—, me encanta que estés contento. Te deseo lo mejor en el trabajo. A propósito, ¿ya comenzaste a escribir?

Por el celular alcancé a escuchar el maullido de mi gata Lupita, saludándome. “Aún no”, respondí. “Apenas me instale, comienzo a escribir”. Y nos despedimos de besito.

Aquella noche Karen me contó que don Arnulfo era un hombre que tenía mucho dinero. No solo era propietario de la camaronera, del barco, sino que tenía acciones en la Compañía Portuaria, era propietario de una estación de gasolina y una grúa retroexcavadora que trabajaba día y noche en Zaragoza, buscando oro.

—¿Cómo hizo el dinero? —Pregunté—.

—Pescando —Contestó Karen—.

—¿Quién fue su padre?

—Fue el piloto-práctico de la Compañía Portuaria encargado de guiar los barcos de gran calado hasta el muelle. A su padre lo mató Mincho, el guerrillero, porque no quiso pasar un cargamento de armas. Y enseguida cambió el tema: En la camaronera dicen que usted escribe poesía. Señor Gardenia, ¿cuándo me dedica un poema?

—A ti voy a dedicarte todos los poemas que quieras. —Y sentí un placer inmenso que no pude definir—.

Señor —dijo Karen con cierta coquetería—, solo quiero un poema.

—Algún día te escribiré un poema. —Dije—.

Y le confesé lo que había sentido cuando la vi por primera vez.

—Karen, eres de una belleza deslumbrante.

—Ah, los poetas siempre llenándola a una de palabras hermosas. Señor escritor, quiero informarle que soy igual que las demás mujeres.

—¿Quiénes son tus padres?

—Mi padre era un marinero sueco que en sus viajes por Suramérica atracó en El Puerto, allí conoció a mi madre, y se enamoró de ella. Mi madre es una negra del Puerto. Es una historia bella, un día de estos se la cuento.

Y nos despedimos.

Al día siguiente, Dolfín, el contramaestre, me estaba esperando en el restaurante del hotel. Me dijo que don Arnulfo le había dado la orden de que me llevara hasta el barco para irme empapando de las faenas que tenía que dirigir como nuevo administrador de la camaronera.

Dolfín se sentó en la mesa, puso a un lado su sombrero Panamá y su mochila indígena, y mientras terminaba el desayuno continental que el mesero de turno había servido, me contó que él también escribía poesía, pero nunca se la mostraba a nadie.

—Eres un poeta clandestino —Dije—. Como todos los colombianos.

Recordé que cuando Borges había pasado por aquí, había dicho que en el país había más poetas por kilómetro cuadrado que en cualquier otro lugar del mundo. Colombia es un país de poetas y de hijuepoetas, pensé.

Con Dolfín me interesaba indagar sobre la empresa que iba a administrar. Karen me había dejado un poco inquieto con don Arnulfo, y ahora me interesaba conocer más acerca de la vida de ese hombre misterioso que tenía mucho dinero, y que iba a ser mi jefe. Hábil y malicioso, Dolfín desvió la conversación con una frase salomónica que salió de su boca infectada por el alcohol que había consumido la noche anterior:

—El Puerto es un lugar espléndido, de corazón de ébano. Poeta, usted tiene que descubrirla.

Me pidió que lo siguiera hasta el muelle porque el capi Tres Palacios nos estaba esperando.

Llegamos al muelle. Una lancha nos condujo al barco camaronero. La brisa marina golpeaba fuerte en nuestros rostros. Cuando llegamos al barco, Tres Palacios nos tendió su brazo musculoso, y de un solo tirón nos subió a cubierta. A su lado, se encontraba la tripulación del barco.

—Mucho gusto, poeta. Le presento a Chiriboga, el jefe de máquinas. Ariza, el cocinero, y Jason, Edward y Wilson, los grumetes de la embarcación.

Los cinco eran unos negros amables que cuando sonreían mostraban una dentadura blanca como la espuma del mar.

Tres Palacios comenzó a explicarme las partes del barco y las funciones que hacía cada uno de sus hombres. Con una gorra de los Bravos de Atlanta y su ojo de vidrio que no dejaba de escrutarme, el capi me contó que el barco tenía 30 metros de eslora y seis metros de manga, y tenía una capacidad de transportar sesenta toneladas de pescado.

Recorrimos la nave desde el castillo de proa hasta la popa. El capi me contó cómo Jason, Edward y Wilson pescaban con las redes de arrastre, embarcaban el pescado en una lancha hasta la bahía, y luego, en tierra firme, lo transportaban a la camaronera donde era guardado en las neveras de la empresa. El trabajo se hacía durante la noche, y era muy duro.

“Es un oficio de negros”, concluyó. Ariza, quien era un hombre belicoso, lo miró con rabia. Luego el capi le ordenó a Dolfín que subieran por el palo mayor hasta la gavia y le mostrara la “hermosura de la bahía” y sus alrededores. El contramaestre comenzó a escalar. Yo lo seguí. Cuando llegamos a la gavia, descubrimos un paisaje bello y extraordinario. Allí estaba la bahía en todo su esplendor, el mar picado y brillante, la brisa cálida golpeando nuestros rostros, y a su alrededor, la selva impenetrable con sus esteros ocultos e insondables. Ahora Dolfín era quien hablaba: “Este es mi lugar preferido. Cuando estoy deprimido me gusta subir a la gavia a contemplar el mar. Mire, allá están los barrios La playita, Viento libre y Piedras Cantan. Un poco más a la izquierda, se encuentran Pueblo Nuevo, San Yú y Muro Yusti”.

Puse la mano derecha de visera, y solo alcancé a divisar mar y selva, y en el límite que bordeaba la bahía, una hilera de bohíos de mala muerte, con sus palafitos empotrados sobre la arena. Unos niños desnudos jugaban fútbol en la explanada de arena que había dejado el mar. “Allá está Punta Soldado, y al frente, la Vuelta del tigre. Saliendo de la bahía, usted encontrará Playa Chucheros, la isla de Piangüa, La Bocana, Bahía Málaga, Juanchaco y Ladrilleros. Piangüa, que para los nativos de la isla es llamada como la isla Calzón. Poeta, si un día quiere solarse en esas playas no más es que diga. Yo le sirvo de guía”.

Volví a hacer un paneo por la línea grisácea de la bahía y solo vi el mar de sombras que penetraba con fuerza en el verde de la selva. Entre el gris y el verde había cientos de bohíos que se escondían entre la manigua.

En el pequeño espacio que teníamos, Dolfín hizo un viraje de ciento ochenta grados, y con el mar a nuestra espalda, continuó con su cátedra de geografía: “Vea los Farallones. Al otro lado de esa cadena de montañas, está Cali, la bella”.

Miré hacia el horizonte y vi por primera vez el revés de esa cadena de montañas azuladas, que iban a morir al mar. “Sí, al otro lado de esa línea de picos azulados se encontraba Cali, mi ciudad, y en el corazón de la ciudad, vivía Julia, mi mujer, y mi gata Lupita”. Dije.

Abajo, un tapiz verde- esmeralda hacia juego con las montañas creando un calidoscopio de colores. De los Farallones bajaban los ríos Dagua, Anchicayá y El Raposo, que desembocaban en el mar.

Desde la gavia, contemplé la selva, y dije:

—Me imagino que la selva está llena de animales feroces y alimañas.

—Así es, poeta, los biólogos han hallado tigres, culebras y venados. Aquí contamos con una flora y una fauna ricas que ya quisieran tener otros países.

—¿Hay gente en la selva?

—Sí, aún existen comunidades de negros e indios cimarrones que huyeron cuando los colonos quisieron esclavizarlos en la minería. También hay guerrilleros, paramilitares, narcos y contrabandistas. El espectro animal aquí es rico y variado, como decía mi maestro Jacques Aprile. Cuando los paras llegaron del interior del país, la guerrilla se replegó a la selva.

Desde la gavia se veía un mundo verde e intrincado, que para mí era desconocido. Dolfín se volteó de nuevo, y poniendo su lente hacia el puerto, continuó: “¿Ve aquel puente que parece una gaviota herida entre el manglar? Es el puente El Piñal que divide la isla Cascajal del continente. Del puente para acá está el puerto, del puente para allá, comienza Colombia y Suramérica”.

Con su dedo índice y torcido me mostró el muelle donde atracaban los barcos de cabotaje que, cargados de mercado y gasolina, zarpaban cada noche hacia Guapi, Timbiquí, Satinga y Tumaco. Luego señaló los barrios Matía Mulumba, Transformación y las instalaciones de la Compañía Portuaria, con sus grúas y su parque de contenedores que esperaban en hilera para que las tractomulas los transportaran al interior del país.