UN CUENTO DE LA MEXICANA MARÍA CELESTE VARGAS MARTÍNEZ

María Celeste Vargas Martínez

Periodista y escritora mexicana  egresada de la FES Acatlán, UNAM. Ha colaborado en publicaciones internacionales como: Alquimia de la Sal (España, 2015), Alquimia del Fuego (España, 2014), Doble en las rocas (Venezuela, 2014), Alquimia de la Tierra (España, 2013), Letras Adolescentes (Venezuela, 2012), XIII Experimento de Letromancia (Venezuela, 2009). En las revistas Poiética (CCH Naucalpan), Revue Annuelle de L’Association Rencontres Cinemas D’Amerique Latine de Tolouse, Remolinos, Destiempos, Cenizas, Cine Animado, Letralia, Pálido Punto de Luz, Caminos Abiertos, Cyberayllu, entre otras. Autora de las novelas: La Mujer de la sombrilla azul (2020), De muertos y otros devenires (2020), El desierto de las mil bocas (2015), Aquí no cabe el olvido (2015), El Rey Bárbaro (2011) y del blog Insomne de Letras (http://insomnedeletras.blogspot.com).

 

¡Que siga la fiesta!

 

Enrique, padre de Ana, Flora, Conselo, Gonzalo, Miguel y Apolinar. Esposo de Luciana. Blanco, alto, rollizo, de manos grandes y pies pequeños.  Obrero de una empresa de pinturas por más de cuarenta años. Todos los días descendía por la calle a las seis de la mañana, llevando su mochila bajo el brazo y enfundado en una chamarra a cuadros. Regresaba a eso de las siete. Trabajaba de lunes a sábado y los domingos, a las nueve de la mañana, tomaba el estéreo y lo colocaba en una mesa en el patio.  Enviaba a su esposa a la tienda por algunas cervezas frías y una bolsa grande de chicharrones.  Encendía el aparato a todo volumen, se sentaba en un banco, abría las piernas, se colocaba la bolsa de chicharrones entre ellas y así se pasaba todo el día.  Aunque en tiempo de lluvias, cubría una parte del patio con una lona, con el logotipo impreso de algún partido político, para evitar mojarse. Se ponía de pie a eso de las cinco de la tarde, cuando comía, entraba en casa y después regresaba a su lugar. A las nueve de la noche apagaba el estéreo y se dirigía a la sala a ver una película.

Al siguiente día volvía a la fábrica.

            Así eran todos los domingos de su vida, salvo aquellos cuando algún día festivo caía en viernes o sábado – fiestas patrias, día de muertos, festejos de cuanta virgen existiera – cualquier fecha era la adecuada para hacer tremenda fiesta.

En esas ocasiones, se veía a una vieja combi azul detenerse  frente a la casa de Enrique, de ella bajaba un par de hombres, quienes colocaban una lona blanca, sillas y mesas en el patio.  Luciana, su esposa, se dedicaba a limpiar y adornar la casa. El sábado, desde muy temprano, comenzaba a llegar la familia del matrimonio: hermanos, primos, tíos, sobrinos, ahijados. Todos.  Más de cincuenta personas abarrotaban el lugar y la música iniciaba.

            Los hijos de Enrique vivían con ellos. Las mujeres estaban todas casadas y con hijos, los hombres aún permanecían solteros y ninguno trabajaba.  Y Apolinar, el hijo más joven, iba a la escuela cuando el reloj lograba despertarlo y su cuerpo, por arte de magia, respondía al falso gallo cantando.

            La noche de sábado era de gritos, voces, risas y música a todo volumen. A las seis de la mañana el sonido cedía y volvía a encenderse el domingo a las diez, cuando los primeros parientes despertaban y se encaminaban hacia el patio, cual zombis en proceso, salvo que los muertos vivos estaban sedientos de sangre y vísceras humanas y los vivos muertos de cerveza y vino.  Cada uno cogía una silla, o se acurrucaba en algún rincón y buscaban entre los restos de botellas un poco de licor. Tomaban un vaso de cualquier lugar y seguían con la fiesta, la cual finalizaba ese día por la noche… aunque muchas veces hasta el lunes por la mañana.

Pero ahora Enrique había muerto. Muerto, frío, tieso, con la pata estirada, con la mano en la doña, la huesuda, la tilica… Muerto por una congestión alcohólica que lo fulminó en medio del patio, a un lado de Rulfo, su hermano, Mario, Consuelo y Miguel, quienes charlaban plácidamente de los programas televisivos vistos durante la semana.

Enrique cayó al piso y dijo: “Tengo sueño”, los demás lo escucharon y lo vieron acomodarse cerca de Tamara, la perra negra, encadenada los 365 días del año, quien estaba tan delgada que el pellejo se pegaba a sus costillas y si tenía suerte comía una vez al día.

Enrique ya no despertó y nadie lo notó hasta seis horas después. La fiesta crecía a cada momento y los chismes de los vecinos les hacían olvidar su miserable vida. Pero también se  olvidaron de Enrique, quien parecía dormir plácidamente a un lado de la perra. Sin embargo, no dormía… estaba muerto.  Y todos en la parranda lo supieron cuando Toña, la sobrina del hombre, cayó al piso cerca de éste, y comenzó a convulsionarse. Cuando se acercaron a ella movieron a Enrique y entonces descubrieron su deceso.

Sorpresa.

Gritos.

Lágrimas.

Algunos dejaron atrás la borrachera.

Otros la encontraron más profunda y apasionada.

Hacía apenas unas horas las botellas pasaban de mano en mano para celebrar el cumpleaños de Luciana. Ahora hacían el mismo recorrido, pero por la muerte de su amado Enrique.

Celebrar la vida.

Celebrar la muerte.

Emborracharse por festejar la vida.

Emborracharse por festejar la muerte.

Se hicieron los arreglos para el velorio, sin embargo, él externó, entre borrachera y borrachera, su deseo por ser enterrado en su tierra: San Luis Potosí.

  • Pos ni modo, no nos va a quedar otra que rentar un camión… ¿en qué más podemos caber todos? – preguntó Luciana, quien había apagado el llanto con un poco de tequila.

Apolinar, el hijo menor, buscó en internet dónde demonios se encontraba San Luis Potosí.  Ahí descubrió que en primer lugar era un estado; en segundo, estaba a siete horas del lugar donde vivían; en tercero debían atravesar mínimo dos estados más para llegar ahí; y en cuarto tenía cascadas, ríos y parajes por demás atractivos. Él jamás había viajado a algún lugar así, sólo conocía un balneario al cual lo llevaron cuanto era muy niño y ya ni se acordaba, pero sus hermanos le hablaban de la belleza del lugar. Así que ese recuerdo, en realidad olvidado, le llegaba a Apolinar como un sitio con albercas y bellezas lejanas.

 Pero, si irían a San Luis Potosí, ¿por qué no podían visitar, por lo menos, uno de esos paisajes tan maravillosos? Algunos de sus compañeros salían de vacaciones cuando podían y le platicaban a dónde iban y él sólo podía hablar de cuánto tomó la prima Licha, de que el tío segundo, Augusto, se había tratado de pelear con su papá y Toña se había convulsionado en la  continuación de la fiesta del día de muertos.

Le llevó más de lo debido encontrar la ubicación del pueblo de su padre, pues se entretuvo viendo los parajes, verdes y sorprendentes, ofrecidos por el estado.

  • ¡Vamos al entierro de tu padre!… ¿Cómo quieres que vayamos de vacaciones? – le gritó Luciana.
  • Pero si vamos a estar allá, ¿por qué no pasamos? Dudo que en otra ocasión regresemos… Además, me llega como un recuerdo lejano, cuando mi papá habló de lo bonito que era el lugar donde vivía… Si él viviera, le gustaría vernos ahí.

Ante la negativa de su madre, comenzó el convencimiento hormiga: inició con Ana, la hermana mayor, su esposo y sus tres hijos; luego vino Flora con su actual pareja, la tercera para ser exactos, y sus cuatro hijos, todos de padres diferentes; y así siguió con cada uno de sus hermanos. A los primos que ya se habían ido a casa, les envió fotografías por medio del Face y a los tíos, sus propios hijos se encargaron de convencerlos.

  • Mire, ma, si lo pensamos bien, la idea de Apolinar no es tan descabellada. Creo que no estaría mal ir a uno de esos lugares tan bonitos… ¿o qué? ¿A poco luego va querer rentar otro camión para ir? – preguntó Gonzalo.
  • Y yo para qué quiero ir allá. Aquí estoy bien, no me falta nada, ni siquiera quiero conocer esos lugares. Toda mi vida he vivido en esta casa de la cual salgo para ir al mandado y vender mis chacharitas en el tianguis y no me hace falta nada más – aseguró la señora.
  • Hágalo por mi papá – sugirió Consuelo.

La labor de convencimiento fue difícil. Después de un par de horas, se acordó que al regresar pasarían a visitar los sitios cercanos. En minutos, la noticia se corrió y ya eran cincuenta los interesados en asistir: “No es excursión, María”, le dijo molesta a su prima a quien tenía más de cuatro meses de no ver.

  • ¿Qué no te dijeron que se murió mi Enrique? Lo vamos a ir a enterrar a San Luis – dijo lloriqueando.
  • ¡No me digas, manita! A mí sólo me dijeron que irían a San Luis Potosí, y yo pensé: como nunca salen, pues de seguro se van a una excursión… Pero… lo siento mucho, manita… ¡Con más razón tenemos que ir!

Cuarenta personas más se agregaron a la primera comitiva y se tuvo que rentar otro autobús. Un día después, a las seis de la mañana llegaban los camiones para emprender el viaje, y como ya no hubo dinero para la carroza, el ataúd de Enrique se colocó en el pasillo de uno de los vehículos.

  • Mire jefa, si lo amarramos bien a los asientos – le hizo saber Miguel – no se moverá para nada. Porque si lo dejamos así solito va a bailar de un lado para otro todo.
  • Tío, dice mi mamá que si le pone queso de puerco a tus tortas – preguntó Jacintín, el hijo de Flora.
  • ¡Ya sabe que no me gusta el queso de puerco! Y dile a tu padre que eche uno de los cartones acá arriba porque si pone todos abajo, ¿qué vamos a ir tomando? – aclaró Leandro.

El ataúd se colocó en el autobús y en derredor algunas maletas para evitar que éste se moviera.  La tía Cuca llegó tarde, pues no encontraba el traje de baño morado que aún le quedaba y el tío Pancho porque la vinatería de don Meli, por algún motivo, había cerrado y debió desplazarse a otra colonia para comprar unas cajas de tequila: “Un entierro sin tequila, no es entierro”, aseguró el hombre con el aliento insoportable por llevar  más de tres días tomando.

 Todos tenían el rostro largo, las ojeras amplias y apestaban a rayos, no por el muerto y el velorio, sino por lo largo de la fiesta… aunque claro, ahora era por la muerte de Enrique.

  • ¿Sabe qué tía? Es mejor pasar de ida a la cascada, porque de regreso tendremos que dar más vueltas y de ida nos queda de paso – aseguró Ángel, hijo de Casimira, la hermana de Luciana.
  • ¿Cómo crees? Si tenemos que enterrar a tu tío – aseveró la poco dolida mujer.
  • ¡Qué más da si lo enterramos seis horas después! No va a ir a ningún lado, ¿o sí?
  • Además, las tortas se pueden echar a perder – Consuelo apoyaba la idea de su primo.
  • Sí tía, mejor pasamos de ida, así se nos hará menos feo y doloroso el entierro.

El viaje comenzó.

El féretro fue cubierto con cobijas, pues no tenían permiso para transportar un cuerpo.  La familia había discutido entre contratar una carroza, pagar los permisos correspondientes o comprar algunos cartones de cerveza, una grabadora para amenizar el viaje y trajes de baño para el paseo en las cascadas. Lo primero fue totalmente descartado.

El repentino llanto de algunos cambió por canciones, risas y charlas completamente embriagadoras.  Aunque de repente se acordaban del muertito y les daba por lanzar algunas lágrimas… pero sólo algunas.

  • No, pos así está complicado. Por eso mi papá siempre nos decía que no había de qué preocuparse: las cuentas las pagaba él y nosotros no debíamos responsabilizarnos de nada… Así debería de hacerle usted tío con sus hijos, porque ya ve, se fio de que Lolo pagaría la luz, no lo hizo y ya se la cortaron… No, mejor usted encárguese de todo y deje que mi primo disfrute de su juventud… Para eso somos jóvenes, para gozar la fiesta y el chupe – aclaró con los ojos enrojecidos Miguel.

Una hora después los chicharrones, las papas, los cacahuates y los tacos de canasta, comprados en el camino, pasaron de mano en mano, al igual que la bolsa de salsa verde y la de arroz rojo. El féretro les sirvió de mesa para colocar salsas, servilletas, platos y vasos.

Poco después, el silencio se hizo en el autobús… todos se quedaron dormidos. El conductor observó por el espejo retrovisor: el pasillo estaba lleno de bolsas de plástico, los envases de cerveza corrían bajo los asientos y hasta él llegó el zapato de un niño.

  • De haber sabido que iba a llevar a un montón de animales, me hubiera hecho el enfermo… Van a dejar el camión bien cochino – dijo enojado el hombre.
  • Pareja, pareja… ¿estás ahí? – escuchó a través de la radio.
  • Sí, por desgracia.
  • No manches, estos güeyes están locos… no debimos aceptar… Ya taparon el baño y eso que acabamos de salir y colgaron una hamaca en el pasillo – aclaró el chofer del otro lado de la radio.
  • ¿Te quejas? El que trae al muertito soy yo… y todo por quinientos pesos más.

Algunas horas después: San Luis Potosí.

Los pies impacientes de todos descendieron aprisa del autobús y hubo quien utilizó el ataúd de Enrique para tomar impulso, ganar espacio y llegar primero a la puerta del vehículo.  En las ramas de los árboles amarraron un par de sábanas e hicieron un improvisado cambiador: primero las mujeres, después los hombres y los niños a vista de todos, pues al parecer, para ellos el pudor no existe.

El agua cristalina del río, fría, pero reconfortante, ayudó a mermar la borrachera, la cruda, la nueva borrachera, una cruda más y la reciente borrachera. Los chistes de color se hicieron presentes, así como la música de banda que nacía de la reluciente grabadora alimentada por pilas. Las tortas pasaron de mano en mano y las cervezas también.

  • Oiga ma, aquí está re bonito, ¿por qué no salimos más seguido? – preguntó Apolinar.
  • Y, ¿para qué quieres salir? – inquirió Luciana.
  • Pues para conocer lugares – aclaró el adolescente.
  • Para eso tienes la televisión – refunfuñó la madre. Si quieres ver algo, prende la tele. Además, no tenemos tiempo de ir a ningún lugar.
  • Ya se vienen las vacaciones, o los domingos… ¿por qué no los domingos?
  • Ya sabes que los domingos a tu papá le gusta sentarse a tomar cerveza y oír su música – Luciana trataba de poner fin a la conversación.
  • Pero mi papá ya se murió, ¿o qué ya se le olvidó? Además, siempre hacemos lo mismo. Sería buena idea hacer algo nuevo y empezar a conocer el país.

En realidad, Luciana ya había olvidado la muerte de su esposo, por un momento se sintió diferente, como si algo creciera dentro de ella, en su pecho, como si eso empujara sus pies, sus manos. Como si todo su cuerpo no fuera el mismo… Sí, por un momento, al llegar a ese lugar, al percibir el aroma de la tierra, de los árboles, de las flores, se sintió viva. Parecía que durante muchos años había vivido en la ceguera total.  En un mundo diferente, donde todo giraba en derredor de su casa, la colonia, la familia, las fiestas y las borracheras. Sintió pena, primero por ella misma, después por haberse olvidado de su esposo muerto. Volteó hacia el autobús: allá estaba Enrique, encerrado en su hermoso féretro.

Enrique.

Para tratar de ocultar su olvido, gritó: “¡Pues tú debes seguir con la tradición y se acabó!… ¡Tienes que ser como tu padre!”.

Silencio en ella. En Artemio. En todos.

Silencio.

¿Ser como su padre? ¿En realidad él quería ser como su padre? ¿Qué haría de su vida? Trabajar toda la semana en una fábrica y los domingos estaría el día entero en el patio de la casa, tomando y escuchando música a todo volumen. Y las constantes fiestas le quitarían las ganas de visitar lugares “tan bonitos” como ese.

En verdad, ¿deseaba ser como su papá?

Llanto de Luciana.

Llanto de sus hijos.

Enrique encerrado en su féretro. Muerto, frío, tieso, con la pata estirada, con la mano en la doña, la huesuda, la tilica.

Muerto y el mundo afuera.

Muerto y la vida corriendo alegre por todas partes.

Vivo frente a un par de cervezas, con las piernas abiertas y comiendo chicharrones.

Vivo, con la música a todo volumen los domingos. Con las fiestas constantes y el escándalo.

Vivo y arrojando cohetes.

Vivo y sentado en el patio tomando y escuchando música… todos los domingos y los puentes y los días festivos.

Ésa era su vida.

Vivo y el mundo afuera susurrando.

Vivo y el mundo afuera gritándole para que abriera los ojos y despertara de ese estado de sopor y conformismo donde se encontraba.

Vivo y la vida corriendo alegre por todas partes.

Vivo muerto y muerto vivo.

Enrique encerrado en el féretro.

  • Ahora que lo pienso, ¿para qué lo enterramos? – dijo muy seria Luciana.

Todos la vieron con detenimiento: quizá ya se le había subido el tequila otra vez.

  • Mejor dejémoslo al aire libre y que se lo coman los gusanos… al menos así servirá de algo… o lo quemamos y que sus cenizas se esparzan en este mundo desconocido por él – estaba decidida.
  • Pero, pero… ¿se siente bien jefa? – preguntó Miguel.
  • Sí, ayúdenme a bajar el ataúd – ordenó.

Entre los hijos y algunos primos sacaron el féretro del autobús. El chofer los veía atónito: “Oigan, oigan, no creo que eso sea buena idea. De por sí, si alguien descubre que en el camión traía un ataúd me van a meter en un lío y ahora no sé qué demonios piensan hacer… si bajan esa cosa… mi compañero y yo nos vamos”, señaló el conductor. Con dificultad bajaron el féretro.

  • Traigan unas botellas de tequila – ordenó Luciana.

Vació cuatro botellas sobre el cuerpo de su esposo muerto y después encendió un cerillo.

  • Como tú nos enseñaste, viejito… ¡Que siga la fiesta!

Y el cuerpo de Enrique se incendió mientras su familia bailaba, cantaba y bebía alegre en derredor de su ataúd consumido por el fuego.  Los choferes de los autobuses bajaron las cosas, las arrojaron cerca del río y sin decir nada se marcharon.