CRONICAS DEL SUR DE COLOMBIA: BARBACOAS
Por Alejandro García Gómez
Esa noche de domingo de inicios de enero de 1984 en Pasto, Édgar García, mi primo (q.e.p.d.), nos había invitado –a mi esposa, a mi hija primera y a mí- a que nos quedáramos en su casa para madrugar al viaje en mi campero Suzuki LJ80 que me había ganado en 1982 en una rifa que programó el colegio -donde yo laboraba desde 1979- para recolectar fondos con destino a un festival nacional de estudiantes inemitas, adolescentes compositores e intérpretes de música. Ese Festival Nacional INEM de la Canción, que ya no se celebra, pero que año tras año se hizo a punta de rifas en estos colegios, entre sus profesores y padres de familia en cada capital departamental colombiana, también es historia para otra crónica. Debíamos viajar a Barbacoas, en el selvático occidente de mi Departamento de Nariño, distante a 14 o 15 horas, si no se presentaba ningún percance, muy frecuentes, como un derrumbe de la vía o algo similar, de lo contrario fácilmente se podría tardar hasta las 24 horas, y aun más.
Mi sueldo de maestro de secundaria, iniciante, en Medellín, casado y con una hija de escasa edad, me exigía entradas adicionales para que mi familia viviera dignamente, eso contando con la ayuda que siempre ha representado mi esposa. Como mi “auto aprendizaje” de escritor jamás me permitió duplicarme o triplicarme jornada académica laboral en otros colegios –al que se veían obligados muchos de mis compañeros-, habíamos enfrentado con ella algunos negocios en los que, cuando no ganamos al menos no perdimos. Ahora teníamos la perspectiva de un trabajo arriesgado, aunque todavía a nuestro Departamento de Nariño no lo había tomado el frenesí de muerte originado por el traslado de la ola de balas, dinero y sangre que llegó luego desde el vecino Departamento del Putumayo a causa del “Efecto Globo”, del Plan Colombia gringo contra las drogas, en el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002).
Nos encontrábamos en la presidencia de Belisario Betancur (1982-1986), el mismo que se había propuesto, de buena fe, llegar a un proceso de paz duradera, concretado en varios puntos: una institución creada para el efecto llamada Comisión Nacional de Paz; una Ley de Amnistía; diversas formas de publicidad a favor de la paz, alguna de las cuales fue pintar palomas blancas en el piso de plazas y calles de ciudades capitales, involucrando personajes nacionales e internacionales como el escritor García Márquez; finalmente diálogos con los principales grupos guerrilleros de los ocho o nueve de entonces, de los cuales el EPL (Ejército Popular de Liberación), las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el M-19 (Movimiento 19 de Abril) entraron al proceso, hasta que se rompió la tregua con el M-19 antes de los sucesos del Palacio de Justicia en noviembre de 1985. Con el resto ocurrió lo mismo, por diferentes causas.
Nuestro viaje a Barbacoas –aprovechando las vacaciones escolares de mi colegio- era para comprar algunas prendas de filigrana de oro, las que nos alcanzaran con el dinero que llevábamos, para venderlas en Medellín y otros sitios, con algún margen de ganancia. Como conocía el alto valor del trabajo de la filigrana de Barbacoas –costa pacífica colombiana-, quizá sólo comparable con el de Mompox en la costa caribe, o el de Chordeleg en Ecuador, teníamos la plena convicción de que el resultado del “paseo” sería fructífero para nuestras arcas de joven y necesitado hogar colombiano con una hija de cuatro años de edad.

Orígenes de Barbacoas
Desde antes de la conquista hispánica, toda la región cercana a Barbacoas había sido un emporio minero de oro. La llanura selvática colombiana del océano Pacífico, donde se encuentra situada, cuenta con esta riqueza natural. Los antiguos habitantes de la región aledaña a Barbacoas (conformados principalmente por tribus de barbacoas, telembíes, iscuandés, tapajes y sanquiangas, cercanos todos a los indomables sindaguas, de quienes existe la leyenda que afirma que prefirieron el suicidio colectivo ante su derrota frente a los españoles) desde tiempos inmemoriales, aprendieron a trabajar este metal y lo fueron enseñando a sus descendientes.
Ha sido tanta la abundancia del mineral que, quizá como mito, se cuenta que estos aborígenes prehispánicos utilizaban el oro para diferentes utensilios y hasta en armas y artefactos que tenían el mismo oficio de nuestros clavos de hoy. En los tiempos actuales Barbacoas vende al Banco de la República un promedio de 19.900 a 20.000onzas/año, es decir más de 566 kilogramos de oro/año, más de media tonelada. Hablamos del que se vende oficialmente al Banco de la República, pero conocido es que una gran parte de la población trabaja la orfebrería artesanal doméstica, con talleres en las puertas de sus casas que dan hacia la calle, y compra el oro de aluvión a los pequeños mineros informales –conocidos como barequeros o mazamorreros-, y tras de esta orfebrería íbamos con mi esposa y nuestra pequeña hija. Hoy se debe agregar la minería ilegal de grupos guerrilleros y paramilitares de primera y segunda generación (Bacrim -Bandas criminales-, las llamó eufemísticamente el gobierno de Álvaro Uribe [2002-2010] ).
En el año de 1600, Francisco de la Parada y Zúñiga, según Wikipedia37 [1] –Francisco de Prado y Zúñiga, según Cerón Solarte-Zarama Rincón 38 [2] y Marta Herrera Ángel39 [3] que es el que tomaremos para esta crónica; Francisco de Praga y Zúñiga, según el sitio oficial de ese municipio 40 [4] –nativo de Barbacoas, descendiente de españoles pero que hablaba la lengua indígena y que tanto él como su familia habían guerreado contra los sindaguas, fundó a Barbacoas como un asentamiento junto al río Telembí en el vértice del ángulo donde se une al Guagüí –ambos, vías navegables en medio de esa selva-, después de ganarse con halagos y fuerza a sus pobladores.
Entre 1610 y 1635 se dio el proceso de conquista del resto del territorio al que se llamó Provincia de Barbacoas, así la “población” fuese apenas un asentamiento. Esta conquista se la hizo con la participación de indígenas pastos (originarios de la región comprendida al sur del río Guáitara y norte del Ecuador, cuyas poblaciones actuales más representativas son Túquerres e Ipiales –en Colombia- y Tulcán en Ecuador, territorios de gran altura sobre el nivel del mar y muy fríos). Los pastos eran utilizados por los conquistadores y colonizadores como traductores, combatientes y cargueros de provisiones, armas y vituallas, según Solarte y Zarama41 [5].
En 1612, el capitán Pedro Martín Navarro refundó la población con el nuevo nombre de Santa María del Puerto de los Barbacoas. En el siglo XVII fueron llevadas oleadas de esclavos africanos a trabajar en las minas de los españoles y criollos descendientes de éstos, por las mismas vergonzosas causas por las que fueron llevados a toda la América hispana con el beneplácito del papado, de la curia romana y del mundo europeo que se auto consideraba la más adelantada civilización de entonces.
La razón del permiso de esclavos africanos a las regiones ubicadas en la llanura selvática nariñense (Barbacoas entre ellas) se dio porque los dueños de las minas no daban abasto ni aun forzando a la población indígena nativa de la zona y, aunque aumentaron el caudal de trabajadores del oro con indígenas pastos de las regiones circundantes frías, como se dijo, “más numerosos y menos rebeldes que los descendientes de sindaguas y barbacoas”, según Cerón y Zarama42 [6], tuvieron que dejar esta práctica porque se empezaron a despoblar esos lugares de proveniencia, y la producción agropecuaria de allá decayó, con perjuicio para blancos, mestizos e indígenas, pero principalmente para los últimos que comenzaron a malnutrirse y desnutrirse, con lo que mermó esta población.
En 1916 Barbacoas fue erigido como municipio.

Sábana de Túquerres, a 3.100 Mtos. de Altura. Al fondo los nevados Cumbal y Chiles.
La salida desde Pasto
─Tenemos que madrugar porque el viaje es largo, Alejandro ─me había dicho previamente Édgar─ … Por tarde, a las cuatro de la mañana debemos arrancar.
Salimos con la oscura y fría madrugada como son todas las de Pasto (2.559 m.s.n.m.), con su volcán Galeras (4.264 m.s.n.m.) nublado como casi siempre. Son 236 kilómetros a Barbacoas. Los 72 del primer trayecto, hasta la aún más alta y fría Túquerres, se hicieron por carretera asfaltada. Ésta es la ciudad colombiana de mayor altura con esa cantidad de población -3.107 m.s.n.m. y más de 41.200 habitantes-, que además recibe el frío de los vientos de su volcán Azufral (4.070 m.s.n.m.) a cuyos pies se encuentra. En Túquerres se puede llegar a sufrir de soroche o mal de altura. A una hora de la salida desde Pasto, habíamos desayunado en el abrigado caserío aduanero de El Pedregal –en una de las simas del encañonado río Guaitara en la llamada Carretera Panamericana que une Pasto con Ipiales y Rumichaca, el límite con la República del Ecuador- y las delicias culinarias nariñenses del sitio nos habían alegrado el estómago y el espíritu.
Habíamos pedido “tostado”, que es maíz de la variedad capio, tostado en paila o en callana con un poco de la grasa del cerdo extraída de minúsculos chicharrones y que opcionalmente pueden ir entremezclados con el maíz y algo de sal; plato que además alcanza a convertirse en fiambre, empacado en bolsas de papel o de plástico, para masticarlo cada que acucia el hambre. Entre más pobre es la gente menos chicharrones tiene el tostado. Nos decidimos también por tazones humeantes de café “negro” y huevos pericos con cebolla y unas tortillas longplay, que son grandes y circulares masas de harina de trigo aliñada y frita, y con un sabor que sólo se las puede comer allí, en El Pedregal. También pedimos frito: carne de cerdo aliñada y frita con más longplays, como fiambre. Desde El Pedregal debimos tomar la desviación que, pasando por Túquerres, nos llevaría hacia la carretera de la costa del Pacífico nariñense.
El paisaje desde Pasto a Yacuanquer –primer municipio hacia el sur- está bañado por el “verde viento de todos los colores” arturianos. Luego se empieza a descender y sigue Tangua. Desde allí la suavidad montañosa se transforma en agresivos peñascos, rocosos y áridos en su mayoría y así continúa no sólo hasta El Pedregal sino en el lento ascenso a Túquerres. El ojo se encanta entonces con la belleza escabrosa de los abismos bañados por el Guáitara, a los que a veces no se les alcanza a divisar el fondo. En tiempos de la naciente república, los precipicios de este río, así como los del Juanambú, al norte del departamento, ambos afluentes del Patía, hicieron del inmenso territorio llamado Pasto el terror de los ejércitos patriotas, frente al histórico Realismo pastuso.
Ya la mañana había comenzado plena cuando nos acercamos a la fría población sabanera de Túquerres, donde yo había servido como profesor de las asignaturas de Química, Biología y Ciencias Naturales en el Colegio San Luis Gonzaga durante los cuatro primeros años de mi profesión docente, apenas graduado de la Universidad de Nariño. Una vez dejados los últimos precipicios en el sector de Chirristés, desde un poco antes de llegar al corregimiento tuquerreño llamado Pinzón –famoso por los cuyes asados con papa sabanera, ají de maní y cerveza para bajarlos- se comienza a divisar el cambio de los riscos por suaves ondulaciones preñadas otra vez del minifundio, cultivadas entre el verde del poeta Arturo, preludio de la extensa, fría y bella Sabana de Túquerrres.
El paso por esa población de anchas calles, atravesadas en solitario por fantasmales vientos helados y gentes de ojos rojos por el viento, sacos de lana y de ruanas embozadas, fue rápido. De nuevo la carretera destapada, que sólo hasta ahora ya se encuentra asfaltada hasta Tumaco. Una mínima demora para abastecer –preventivamente- el tanque de combustible del Suzuki y continuar. Después de pasar por otro de sus corregimientos antes llamado con el sonoro, singular e indígena nombre de la lengua pasto de Chaytán y hoy con el insípido de Santander, terminan las suaves colinas y comienza el territorio de la sabana. Esa mañana estábamos de suerte y pudimos contemplarla con los nevados perpetuos del Cumbal y Chiles al fondo del paisaje, hacia el sur. Hoy ambos sufren del deshielo. La cima del volcán Chiles sirve como límite con la vecina Ecuador. En El Espino, pueblito sabanero, lechero y quesero, hay otra aduana y otro doble ramal: el que lleva a Ipiales y el que lleva a Tumaco, que es el mismo de Barbacoas.
Después de recorrer territorio sabanero se llega de nuevo a los riscos del fin del nudo cordillerano de Los Pastos hacia la llanura selvática del Pacífico.

Carretera Túquerres – Ipiales en la Sabana. Al fondo, Nevados Cumbal y Chiles.
Bajando por El Chambú y Gualcalá
Nuevamente los precipicios del paisaje en el paraje de Chambú, nombre que dio título a la novela de Guillermo Edmundo Chávez (Pasto 1903-1984) y que es un boquerón en el descenso de la Cordillera de los Andes hacia la selvática llanura del Océano Pacífico, a 3.300 m.s.n.m. La novela –publicada en 1946, en la que los personajes mejor logrados son los de las élites, no así los de la clase popular, quizá por la proveniencia de su autor- se ambienta en una cultura de mestizaje, cuyos protagonistas están inmersos en la dura labor de unir el puerto marítimo de Tumaco con la capital, Pasto, en el macizo del Galeras de la cordillera andina.
En nuestro Suzuki el frío no deja su intensidad pero el paisaje es imponente. A lo lejos, y al pie, el comienzo de la gran llanura selvática. Más hacia la derecha el pico o monte llamado Gualcalá: una rara pero bella formación geológica. Hay que bajarse a contemplarlo y desentumecer las piernas. Cerca de él, y descendiendo por Chambú, se encuentra otra rara formación geológica que la devoción nariñense no dudó en llamar El dedo de Dios, por el parecido al dedo de una mano que bendice y quizá también porque más abajo se encuentra la terrible Nariz del Diablo, esculpida por la naturaleza entre el escabroso precipicio, que muchos la llaman ahora El Balcón de la Virgen, por una imagen de la Virgen de Las Lajas, patrona del departamento, colocada de un tiempo hacia acá.
Sigue el descenso y van presentándose una serie de poblados de clima más abrigado pero las lluvias comienzan a ser constantes. Está la población de Piedrancha y luego el municipio de Ricaurte, la pueblo más grande antes de Barbacoas o de Tumaco; el calor y la lluvia continúan constantes en este piedemonte de la Cordillera Occidental. Después de Altaquer, corregimiento de Ricaurte, vendrá el comienzo hacia el occidente de la selvática llanura del Océano Pacífico. También se comienza a observar grupos indígenas de la etnia Awa Coaiquer, emparentados con los sindaguas según Marta Herrera Ángel 43 [7], pero mucho más pacíficos aunque con la reserva secular de su raza con el blanco. Contra los sindaguas llevó a cabo una acción de guerra Francisco de Prado y Zúñiga entre 1634 y 1635 y, según Cerón y Zarama 44 [8], eliminó a aproximadamente 900 combatientes, pues se encontraban disminuidos por las décadas de combate y de las enfermedades de los europeos. Quizá de aquí nace la mítica leyenda de su suicidio colectivo ante la derrota.
La de los coaiqueres o cuaiquereso o cuaikeres es una etnia que desde niño me había llamado la atención porque don Alejandro García Enríquez, mi padre, nos había hablado mucho a Laura y Concha -mis hermanas- y a mí, de sus costumbres ya que él había convivido con ellos por su profesión de agrónomo. También circulaba en nuestras escuelas el rumor de una de sus costumbres demasiado particular. De niños la escuchábamos a escondidas en “la conversa” de los adultos -porque entonces esas charlas no nos estaban permitidas; eran conversa de grandes- la forma como la madre cuaiquer tiene el nacimiento de sus hijos. Pero dejemos que sea el investigador Benhur Cerón quien nos la cuente hoy:
“La cobada»:
“Es un ritual de inversión, en el cual se cambian los papeles de la persona en la vida real. Cuando una mujer va a dar a luz, debe atender el nacimiento de su hijo por sí misma fuera de la casa, mientras el marido permanece en la cama con todos los síntomas del parto y posteriormente es atendido por la esposa mientras se recupera.
“Desde el punto de vista indígena, la ‘cobada’ es un acto necesario tendiente a preservar al recién nacido de posibles maleficios. Según ellos, toda persona al nacer está asistida y rodeada por espíritus buenos y malos; por consiguiente, existe la posibilidad de que los malos prevalezcan sobre los buenos; como resultado, el niño podría presentar deformaciones o enfermedades graves. Como los espíritus malos operan a través del cuerpo de la madre, le corresponde al hombre asumir el papel de la mujer y la sustituye física y psicológicamente. Así, entra en un trance, en el cual efectivamente asume las características de un parto.
“Debido a la drástica censura y al castigo que algunos indígenas sufrieron por esas prácticas, es difícil saber hasta qué punto todavía subsisten” 45 [9].
Lo que los niños y muchachos escuchábamos era que todos los dolores del parto verdadera y realmente los sentía el hombre y en consecuencia se quedaba en el jergón de su casa no sólo resistiéndolos sino que después hacía los cuarenta días de la dieta –alimentación especial y mínimo movimiento desde el lecho-, que eran los obligatorios de todo alumbramiento en aquellos tiempos. Mientras, su mujer paría en el monte y allá se las arreglaba sola. Que esto era así nos lo contaban nuestros padres a mis hermanas y a mí, cuando ya éramos mayorcitos. Esto lo conocían de primera mano debido a que en los inicios de su matrimonio mi padre trabajó en su profesión de agrónomo –como dije- en el municipio de Ricaurte como funcionario de la Dirección (hoy Secretaría) de Agricultura del Departamento de Nariño en la segunda mitad de la década del 40 (siglo XX). Allá pasaron su Luna de miel, les decíamos con algo de humor, ya mayores nosotros.

Cerrando esta crónica, alguna persona que escuchó mi borrador, se refirió a este hecho, aunque me advirtió que quienes le contaron (jóvenes investigadores de la Universidad de Nariño, actuales) sólo lo conocieron de oídas, porque es imposible que los Awa-Cuaiquer dejen asistir o “ver” a extraños nada de esto. Que en el presente ya es difícil encontrar gestantes indígenas que alumbren sus hijos de esta manera. Que aun así al parecer todavía las hay, pero con algunas diferencias sobre lo relatado a nosotros por nuestros padres, por el resto de personas que nos hablaban del hecho y por el investigador Cerón. Que la parturienta se dirige al río o a la quebrada cercana y que allí pare su hijo, de pies. Que es asistida por otra mujer o comadrona y que además de ella, sólo puede –y debe- asistir el padre de la criatura, o sea, el esposo. Que nadie más debe ni puede estar presente. Que en el momento de las contracciones, la parturienta se agarra con fuerza de los testículos de su marido, hasta los alaridos de éste. Por esa razón, el padre queda “de cama” después del parto. Que uno de los investigadores, muy joven él, se enamoró de una las cuaiqueres y ella de él. Se casaron, y tuvieron sus hijos en un hospital. Que sus compañeros se referían con cierto “malvado” humor al hablar de los hijos de su compañero.
Otra práctica de los hombres, también nos contaban nuestros padres, era emborracharse con chicha de maíz o con “chucunés”, bebida alcohólica que la extraían de una variedad de banano maduro –“chirarío”, su nombre vulgar- que fermentaban. Hoy hay un sitio que se llama Chucunés, cerca de Piedrancha, en la carretera hacia Tumaco. Que eran muy aficionados a esas bebidas las que generalmente complementaban con la música triste que extraían del instrumento llamado marimba, que en la actualidad es un poco más sofisticado y que ya se lo puede adquirir en muchos almacenes musicales como instrumento, un producto que sigue siendo artesanal. La música interpretada con la marimba se ha convertido en legado cultural de la costa pacífica colombiana. Cada agosto se celebra en Cali (Colombia) el connotado Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez o simplemente “El Petronio”, como se lo conoce popularmente.
Una marimba era –y es casi igual- un teclado armónico de veinte canutos de guadua (verticales), graduados de manera ordenada según su tamaño, adheridos a otros de madera de chontaduro (horizontales). Se los toca con unas baquetas que en su extremo tienen envuelto algo semejante al jebe o caucho. La marimba la colgaban de las vigas del techo, en las casas donde había músicos. Mi padre (que era un humanista y poeta) había compartido mucho con los cuaiqueres, tanto que a veces hasta se quedaba algunos días con ellos, por lo lejano de las distancias -debía transportarse a pie o en bestia, si la había- y por el gusto que sentía de hacerlo. A veces se quedaba acompañándolos por cuestiones de su trabajo, pero otras lo invitaban a sus mingas, nos contaba. Las hacían para casi todo: para fiestas, para solucionar algún problema comunitario como arreglo de vías, construcción de viviendas o de habitaciones para algún integrante de su comunidad, etc.
Que siempre le llevaba a mi madre –Angélica Gómez- cosas que ellos le regalaban, comida u objetos, pero que ella no los aceptaba por temor a posibles hechizos. Ella era muy religiosa. Mi padre le explicaba los elementos de la cosmovisión cuaiquer 46 [10] que iba descubriendo, para que tomara confianza con los obsequios, pero ella jamás los aceptó. El quedó impresionado de la solidaridad indígena entre sí y, dice él, allá fue donde concibió la que luego sería su obra “Cuyanacentrismo. Teoría social pacifista con base en el pensamiento milenario del “Homo americanus” (Editorial Lealón, Medellín, 1992, 73 pp.). 47 [11] Así lo asegura en el Cuyanacentrismo, que allá la concibió, muy joven.

Construcción de la carretera Junín – Barbacoas
Desde Junín hacia Barbacoas
Pasada la población de Ricaurte, a dos o tres horas se encuentra un mínimo caserío llamado Junín que sirve como crucero. Una “Y” nos indica que la carretera de la izquierda sigue hacia Tumaco y la de la derecha hacia nuestro destino. Los que van hacia Barbacoas, son quizá los kilómetros más extensos de la geografía colombiana porque, estando de buenas, esos 56 Km se los hace, en un mínimo de 9 horas. Centímetro a centímetro, la trocha está llena de rocas grandes que deben ser “saltadas”, una por una, y caer suavemente en cada hueco que ellas van formando con las lluvias y con los saltos de los carros de esos 56 desesperantes kilómetros. Paciencia.
Otras veces se van formando huecos semejantes a cráteres. Hay que rellenarlos para pasarlos. Paciencia. Las rocas han sido llevadas allí por contratistas del Estado para “reparar la vía” y las han traído desde algún río –el Guagüí o el Telembí, generalmente- en chatarras de volquetas viejas. Los contratos son de, por ejemplo, 1.000 millones de pesos (más o menos 500 mil dólares al cambio de hoy, dólar a $2000, más o menos), amarrados a cualquier político (político rapaz, en Colombia es redundancia), al que “llevan” en el negocio, porque les abrió la puerta para el sí afirmativo de la licitación. Son los imprescindibles ladrones colombianos de cuello blanco que devoran cualquier presupuesto. Antes, los timadores sólo eran políticos liberales o conservadores.
Ahora, después de la Constitución de 1991, ese banquete deben disputárselo con los de cualquier partido político. Pero además no hay Contraloría General de la República ni Fiscalía General de la Nación ni Procuraduría General de la Nación ni Defensoría del Pueblo que les preocupe, porque ninguna, ni ningún poder estatal, ha hecho nada en los años que existe esa trocha. A los únicos que temen hoy es a los narcoparamilitares; o a sus “descendientes”, Los Rastrojos u otra banda narcoparamilitar, llamadas todas eufemísticamente Bandas Criminales (Bacrim, descendientes de los primeros); o a la narcoguerrilla (Farc o ELN). Cualquiera de ellos es el otro Estado, y con ellos deben compartir, a las buenas o a los balazos.
Ese tramo está lleno de asentamientos humanos olvidados de Dios y de los hombres. Los carros que se arriesgan son chatarras de bus para pasajeros o chatarras de pequeños camiones o camionetas para cargas de mercados: legumbres y hortalizas de tierra fría, bebidas y alimentos procesados, textiles, calzado, ropas, materiales de construcción, etc. Hoy, asentamientos y tierras, están tomados por grupos armados y organizados que, como dije al comienzo, fueron “desplazados” con todo su dinero, armas y costumbres traquetas (producto de la cultura del narcotráfico, para que me entienda, señor, señora) por el Plan Colombia, desde el Departamento del Putumayo, en el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002). En el siguiente gobierno, los dos períodos de Álvaro Uribe (2002-2010), se fortificaron y lo continúan en ambos del actual de Juan Manuel Santos.
Es el fenómeno sociológico llamado “Efecto Globo”, señor. Este nombre se debe a que va corrompiendo todo lo que queda junto a él cuando es presionado al abandono de las tierras donde señorean, rompiendo las cuerdas más débiles, comenzando precisamente en ellas y propagándose como “reguero de pólvora”, hasta insospechados pero inevitables estragos, como los que se viven hoy. Volver a armar ese tejido social, causado por el Efecto Globo, es una tarea titánica, casi imposible. Con el Plan Colombia, la violencia del Putumayo sólo se aplacó un tiempo, para algunos como que se camufló, porque ha seguido en aumento indiferente y campante.
Esos grupos Bacrim que hoy se hacen llamar Los Rastrojos, ayer pudieron ser Las Águilas Negras que perdieron el poder a balazos con los anteriores, mañana lo pueden pelear con Los Urabeños, o con Los Paisas, o con otros. Todos son “hijos” de los paramilitares de extrema derecha llamados Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) o de las filiales que se derivaron de éstas. Las AUC se formaron por grupos de narcotraficantes con el beneplácito y aun con el apoyo estatal, como una alterna y secreta Política de Estado, como sigue corroborándose cada día. En ellos basaba (¿basa?) el Estado su guerra sucia, relevando de ella al ejército regular, aunque no del todo. Todos éstos a veces en disputa, a veces en alianza con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), guerrilla marxista de más de 50 años –muchísimos más si se cuentan sus orígenes- “hija” de las guerrillas liberales de la llamada Violencia, de mediados del siglo XX. O con el ELN, “hijo” de las Farc.
El Tronco, El Peje, Buenavista, Chanul, El Cruces, Sinajillas, El Descanso, El Almorzadero y, finalmente, Barbacoas. Son esos los nombres de los asentamientos mayores de esa geografía humana del abandono en estos 56 kilómetros. En alguno de estos sitios, nos ocurrió un suceso en las horas de la tarde.
Con el fuerte calor selvático, María Angélica, nuestra hija, sintió sed. Pero como era una niña de casi cuatro años de edad, se antojó de una Coca Cola y tenía que ser sólo una Coca cola. ¡Una Cola Cola en la trocha de una selva! Al parecer, estábamos a unas tres horas de nuestro destino, pero era urgente conseguir el refresco. Entonces dimos con no recuerdo cuál de estos caseríos. Eran cuatro o seis casas visibles en total. Visibles desde la trocha.
Había una tienda de comestibles y esperábamos encontrar una gaseosa aunque no fuera una Coca Cola y convencerla de que así era la Coca Cola de ahí. Coincidencialmente, allí había ocurrido el homicidio de un lugareño de raza negra, que es la única observable en esa llanura selvática casi siempre, porque los indígenas viven en sus comunidades tierra adentro y sólo salen al pueblo a sus asuntos. “Blancos” no se ven.
Al bajarnos del Suzuki, ya comprado el refresco, un grupo de personas se nos acercó. Empezaron a hablarse entre ellos y, según pudimos deducir, creían que alguno de nosotros era el juez o su delegado para el levantamiento del cadáver de hacía alrededor de uno o dos días. En ese tiempo no había fiscales aún, pues regía la Constitución de 1886. Éramos cuatro adultos, contando un familiar de la esposa de mi primo. Nos rodearon unas mujeres y una de ellas hizo la pregunta de que quién era el juez, después de referirnos que tenían un muerto y que no le habían hecho el levantamiento. Les dijimos que no éramos ninguna delegación, que éramos viajeros particulares, pero ellas, entre el ruego y la insistencia, amabilísima insistencia con mi esposa, con venias y reverencias y repitiéndole “pero venga, venga a verlo”, trataban de convencerla para que las acompañara y, a pesar de nuestra inicial negativa, Ligia accedió. Yo me quedé con nuestra niña por obvia precaución.
Édgar y su familiar siguieron con las mujeres y mi esposa, pero me contaron luego que no los dejaron pasar de la rejilla de la puerta de un salón desde donde pudieron observar, y sólo ella pudo entrar. Que la piel del cadáver se había vuelto entre amarilla y blanca, que todo él empezaba a heder ya y a botar líquidos por la boca, la nariz, los ojos, los oídos y que habían comenzado a rajarse las uniones entre los dedos y a botar líquidos por allí también, y que estaba vestido y tendido sobre una mesa pelada, con una almohada. Que por varias veces Ligia volvió a insistir que no era delegada estatal para el levantamiento, pero que las señoras se hacían las desentendidas ante esta insistencia.
Que entonces les dijo que al cadáver había que limpiarle los líquidos y que pidió algodones. ¡Algodones! ¡Tenga, señora! Luego, lentamente la arredondearon pero siempre por detrás de ella, como protegiéndose con ella, observando con atención y en silencio. Como es una persona muy religiosa se dispuso a orar; las señoras la siguieron en silencio. Pidió una sábana para cubrirlo de las moscas y mosquitos. ¡Tenga las sábanas, señora!
La creencia, según le contó posteriormente la que le tomó más confianza, era que ellas no podían hacer esos auxilios de aseo y limpieza con el cadáver, porque el finadito fue una mala persona entre la comunidad, señora. No nos atrevemos a tocarlo por el temor de que su espíritu se quede entre nosotros, y nos cause desgracias como riñas, robos y muertes, por esa maldad que tuvo con nosotros y por los daños que nos causó, señora. A ustedes no les puede hacer nada porque no viven aquí, van de pasada, señora. Estaban a la espera de algo como una señal y esa habíamos sido nosotros.
Entendí entonces que no les importaba si alguno de nosotros éramos o no delegados estatales, porque no era la cuestión judicial lo que les acuciaba sino practicar el rito mortuorio con una mujer para ahuyentar la tragedia, según sus tradiciones. Y mi esposa era la única adulta, aparte de ellas. Cuando Ligia terminó, la señora que llevaba la voz cantante, la misma que le había tomado alguna confianza, salió con unas ramas, le hizo algo como una venia a mi esposa y se dirigió a María Angélica, que estaba conmigo, y sacudió las ramas por fuera de ella, y repetía “a la niña no”.
Por mi primo y luego por mi esposa supe que era una limpieza que le estaba haciendo como precaución con el espíritu del finado. Sentí curiosidad porque no hubo nadie de alguna familiaridad con el difunto que apareciera, pero preferí no preguntar. Cuando mi esposa subió al Suzuki para reemprender el viaje, dos señoras, la que “limpió” a nuestra hija y otra, le hicieron una reverencia como de profundo agradecimiento, todas la aplaudieron y arrancamos. “Ni que lo hubiera resucitado”, fue el comentario de Ligia, ya dentro del carro y silenciosamente.

Casco urbano de Barbacoas
Plan Colombia y Efecto Globo: llega la hojarasca
En junio de 1997, 160 guerrilleros de las FARC se tomaron a Barbacoas, asesinaron a 6 policías y secuestraron al resto de los 13 que la custodiaban. El 11 de noviembre de 2011, el Consejo de Estado condenó a la nación al pago de 500 millones de pesos a la viuda, los cuatro hijos, la madre y los dos hermanos de un policía que murió allí. Ya había ocurrido otra toma similar allí mismo en abril de 1996. Además ordenó al Estado que “por los canales adecuados, solicite una opinión consultiva a la Corte Interamericana de Derechos Humanos acerca de la violación a los derechos humanos que se haya producido en el caso en concreto por parte del grupo armado insurgente FARC, y que una vez rendida sea puesta en conocimiento de la opinión pública por los medios de comunicación”, según la providencia. Hasta el momento de escribir esta crónica, no se conoce en qué va el mandato de esta corte.
En 1998, a una semana después de su elección como nuevo presidente, Andrés Pastrana (1998-2002) viajó a los Estados Unidos a proponer algo semejante a un Plan Marshall para Colombia ante Bill Clinton (1993-2001). El aparente objetivo del plan era la prevención de los cultivos que generaban las drogas. Los gringos estudiaron la propuesta. Siete años antes, el 8 de diciembre de 1991, la URSS había dejado de existir y el Muro de Berlín había caído en la noche del jueves 9 al 10 de noviembre de 1989. Caída la URSS y acabada la excusa del miedo comunista, y como además había evidencias de que la guerrilla marxista colombiana FARC había buscado el narcotráfico como otra forma de financiar su actuar, la propuesta del electo presidente colombiano era el pretexto perfecto para que los Estados Unidos hicieran una indolora penetración a Latinoamérica desde su mejor esquina, Colombia, con la excusa de luchar contra el narcotráfico. El ratón pidiéndole al gato cuidar el queso.
Andrés Pastrana llegaba como presidente luego del accidentado cuatrienio de Ernesto Samper, quien había conseguido la presidencia ayudado por los dineros de la mafia narcotraficante del Cartel de Cali. Se dejó pillar, al contrario de sus antecesores, que era un secreto a voces. Por medio de algunos de sus voceros, este cartel de Cali aseguró que también ayudó al contendor Pastrana en su primer intento, o sea en el mismo tiempo en que financió y triunfó Samper. En las campañas presidenciales, los mafiosos ya habían aprendido el “juego a dos y hasta tres bandas” de los grandes grupos económicos, que “con cara ganan pero con sello también”. “Colaboran” con dinero y recursos con los dos o tres candidatos más preferidos en las encuestas. El gobierno Samper se fue entre cortinas de humo –como la promesa de la carretera Panamericana a través de la selva pacífica del Tapón del Darién y muchas más- y sólo le alcanzó el tiempo para defenderse de ese escándalo y de otros que se le “engarzaban” como consecuenciales (el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, aún impune; el de la “Monita retrechera”, Elizabeth Montoya de Sarria, impune; el del conductor de Horacio Serpa, su ministro de gobierno y escudero, impune, etc.) y he aquí que el nuevo presidente presentaba semejante oportunidad.
Según se supo después, más que acabar la interminable guerra con las Farc, más que encontrar una conciliación de acuerdos de convivencia para Colombia, más que cualquier otra cosa, lo que le interesaba al fatuo Pastrana era buscar la nominación para el Premio Nóbel de la Paz, y por esa razón abrió un improvisado proceso con el despeje del territorio más grande que ha tenido cualquier grupo guerrillero en Colombia ─42.000 kilómetros cuadrados, 12.000 Km2 más que Bélgica─. Aguantó pacientemente la burla de ellos en la inauguración de la zona, cuando su máximo jefe ─alias “Manuel Marulanda” o alias “Tirofijo”─ no asistió. La fastuosa ceremonia que deseaba Pastrana se quedó con la silla vacía del máximo cabecilla (“La silla vacía” dio origen luego a un portal periodístico web). Que Pastrana lo sabía con más de una semana de anticipación, aseguró después su Comisionado de Paz, Víctor G. Ricardo. Esta zona de distensión se conoció como “El Caguán”, en el municipio de San Vicente del Caguán, Departamento del Caquetá, entre los Llanos Orientales y la Amazonia colombiana, desde comienzos de 1999 hasta el 21 de febrero de 2002. Hoy por hoy en Colombia, el “verbo” caguanizar significa dejar una región al garete, en manos de delincuentes que imponen su propia ley de terror a punta de balas y crímenes, tal como hicieron la cúpula, los mandos medios y la tropa de las FARC en ese tiempo, porque de la delincuencia común no quedó ni el rastro: a quienes no se alcanzaron a volar, las Farc los “ajusticiaron” (asesinaron).
El Plan Colombia, una invasión “a las buenas” de EE UU, era el ideal complemento al Consenso de Washington (conocido también por el más largo título de “Lo que desde Washington se entiende por política de reformas”, 1989) que pretendía solucionar los insolubles problemas identificados y descritos en los documentos Santafé I y Santafé II (elaborados por la CIA entre 1980 y 1986 en esa ciudad gringa), que son algo más, mucho más, que aquello de “del ahogado, el sombrero”, hablando de la impagable deuda externa de América Latina con EE UU. Era buscar la manera elegante de seguir con su penetración neocolonialista e imperialista.
En el intermedio entre Santa Fe I y II, en 1981, ocurrieron dos hechos confusos, aún no aclarados: los accidentes aéreos de dos presidentes, el uno Jaime Roldós Aguilera, en Loja, Ecuador (24 de mayo) gran demócrata de acentuado nacionalismo. Sus hijos señalaron como responsables a la CIA, en connivencia con sectores políticos, económicos y militares de la extrema derecha ecuatoriana. En 2013 y a raíz de este presunto crimen impune, Manolo Sarmiento y Lisandra I. Rivera produjeron y dirigieron la película documental La muerte de Jaime Roldós, de 123 minutos de duración. El filme trajo gran polémica porque se relaciona el nombre del expresidente León Febres Cordero en ella. Las salas ecuatorianas pertenecientes a Supercines se negaron a exhibirla. Pero por otro lado, la justicia se vio obligada a reabrir el caso.
Un accidente casi simultáneo fue el de Omar Torrijos en Panamá (31de julio) cuyo avión donde se transportaba estalló en el aire. “John Perkins relató en su libro Confesiones de un sicario económico que la muerte de Torrijos no fue accidental. Según Perkins, Torrijos fue asesinado por miembros de la política estadounidense quienes se oponían a las negociaciones entre Torrijos y un grupo de empresarios japoneses liderados por Shigeo Nagano que proponían la construcción de un canal a nivel por Panamá. Sin embargo, los documentos en donde estaban las investigaciones sobre el accidente fueron robados durante la invasión de Panamá por Estados Unidos en 1989 y nunca fueron recuperados. En audiencias previas al juicio de Manuel Antonio Noriega, en Miami en mayo de 1991, el abogado de Noriega, Frank Rubino dijo: ‘El General Noriega tiene en su poder, documentos que demuestran los atentados sufridos por él y Torrijos, todo orquestado por agencias del gobierno de Estados Unidos’ [carece de cita de fuente, según el original]. Los documentos no fueron aceptados como evidencia en el tribunal, debido a que el juez concordó con el gobierno estadounidense en que la mención pública de dichos documentos, violaría el acta pública de procedimientos sobre información clasificada” 48 [12]. Tanto Roldós como Torrijos eran mandatarios acentuadamente nacionalistas y no proclives hacia EE UU.
En febrero de 1999 ocurrió un hecho que los EE UU aprovecharon al vuelo. El 25 de ese mes y año, el grupo de Germán Briceño, á. Grannobles, hermano del Mono Jojoy y comandante de las Farc, asesinó a tres indigenistas norteamericanos que asesoraban a la comunidad U’wa. Entre el 13 y 14 de diciembre de 1999, Philip Chicola, representante del Dpto. de Estado (EE UU) para asuntos andinos, se reunió secretamente en Costa Rica con alias “Raúl Reyes”, entonces canciller de las Farc. Se trataba de incorporar a esta guerrilla y al Ejército de Liberación Nacional (ELN) a un proceso de paz, que no prosperó. A raíz de este fallido intento, el 11 de enero de 2000, el presidente Clinton dio a conocer oficialmente la ayuda para el Plan Colombia aprobado luego el 13 de julio del mismo año.
Hacia fines de 1999 y más a mediados y fines de 2000, desde la Amazonia del sur colombiano, se comenzó a observar grandes oleadas de gentes con el característico sello del estrafalario lujo traqueto. Se habían trasladado desde el vecino Departamento de Putumayo y parte del Caquetá al tradicionalmente pacífico Departamento de Nariño (con costa selvática sobre el Océano Pacífico) y empezaron a transformarlo. ¿Qué había pasado? Las pequeñas, medianas y mayores familias que se dedicaban a los cultivos del narcotráfico de coca y amapola en el Putumayo y Caquetá, habían sido arrinconadas por las Fuerzas Armadas Regulares ya con el apoyo del gobierno gringo. El gobierno colombiano no había ofrecido nada efectivo para cambiar una costumbre de vida económica arraigada con base en los cultivos ilícitos, que se podían hacer con excelentes opciones de mercadeo, para lo que no se necesitaba vías de comunicación. Mejor aún, no tener vías de acceso garantizaba seguridad. Pero sus plantaciones habían sido atacadas con aspersiones aéreas de glifosato indiscriminadamente contra todo cultivo, buscando los de coca y, en menor proporción, los de amapola. También los de marihuana.

Claro que las aspersiones no habían aterrizado solas. Llegaban además con las masacres con que se abrían paso otros ejércitos, los de los paramilitares, sin que las Fuerzas Armadas estatales hicieran nada por detener esa ola de sangre o, peor aun, con su beneplácito y apoyo. La consigna estatal, teóricamente, era erradicar y prohibir los narcocultivos. En la práctica, la oferta era: o se desplazaban, o bala, glifosato y muerte. Como siempre, los humildes y pobres, que nunca han tenido para dónde ir, pusieron los muertos y sumaron más miseria a la miseria. Pero además, sus cultivos tradicionales hacía mucho tiempo habían dejado de tener salida por imposibles mercadeo y asistencia económica y técnica, y por esas mismas razones debieron entregarse a los cultivos ilícitos. En esto, la situación seguía igual.
Los capos o quienes tenían el dinero traqueto, se desplazaron. Prefirieron a Pasto, capital del Departamento de Nariño, como centro de residencia de las familias, pero empezaron a extender su accionar a los poblados de climas más bajos y abrigados, ayudándose o camuflándose con negocios de lavado de dinero en rebajas a granel, los populares almacenes o ventas callejeras “todo a mil” o similares, a plena vista de las autoridades, sin que éstas se inmutaran, siquiera. Luego fueron negociando su estadía con los grupos guerrilleros que habían llegado por las mismas épocas a la costa del Océano Pacífico nariñense. Más tarde la comerciaron con los paramilitares y luego con las bacrim, grupos de paramilitares de segunda generación, “hijas” de éstos, que se formaron en uno de los gobiernos de Álvaro Uribe, después de su controvertido y aparatoso “sometimiento” a ese gobierno. Hoy se habla de que dineros de la mafia mexicana se han tomado a Pasto (y a la costa pacífica).
Primeros avisos de la tragedia
El símbolo del crecimiento desproporcionado con despilfarro y estrambótico lujo ─características del dinero traqueto─ lo representó la población llamada Llorente. Anteriormente había sido un caserío de una decena, o menos, de ranchos montados sobre horcones de madera, que de la noche a la mañana se convirtió en asentamiento de lujosas casas con camionetas último modelo estacionadas en sus frentes, almacenes, cantinas, prostíbulos y sangre de muerte, dinero y poder . Así alerté en mi columna periodística Desde Nod en abril de 2001 en El Mundo, de Medellín, y Diario del Sur, de Pasto, con el artículo “Llorente” (aún gobierno de Andrés Pastrana).
A finales de 2001 se hizo la primera gran operación de las FF AA colombianas sobre la región costera pacífica nariñense, pero luego se la dejó a la voluntad de Dios. Se volvió a hacer algo, cerca de mediados del 2002, cuando ya la disputa por los negocios del narcotráfico se hacía a bala entre la narcoguerrilla y el narcoparamilitarismo. Barbacoas continuó siendo escenario de combates en sus afueras.
Las acciones sobre esta población nariñense fueron opacadas por el infame acto de las FARC en la Masacre de Bojayá (departamento del Chocó, 2 de mayo de 2002). Este hecho tuvo la singularidad de que sirvió para catapultar y dar el triunfo de las elecciones presidenciales –por primera vez en primera vuelta- a Álvaro Uribe, candidato de la extrema derecha 43 [13]. Las elecciones se celebraron sólo 26 días después de la barbarie de las FARC, el 28 de mayo de 2002 y los ciudadanos se encontraban indignados con las noticias vistos en los informes de la televisión sobre los resultados de esa bestialidad. Uribe Vélez, en esos 26 días finales, trepó sobre todos sus adversarios en las encuestas y, finalmente, ganó en primera vuelta, convirtiéndose en el nuevo presidente. Como dije, los actos sobre Barbacoas quedaron opacados entonces, pero me arriesgué y los señalé en “Barbacoas: ¿sálvese quien pueda?” en los mismos diarios en mayo de ese año.
En julio de 2002, “celebrando” la elección del nuevo presidente, Uribe, las Farc se tomaron la cabecera municipal de Sotomayor –norte de Nariño- a punta de “cilindros bomba” (armas que hacen las FARC artesanalmente en cilindros de gas domiciliario llenos de metralla, y explosivos que matan o hieren indiscriminadamente) en disputa por un corredor que les permitiera moverse entre la costa del Océano Pacífico y la Amazonia del Putumayo. Eso lo señalé ese mes de ese mismo año en mi artículo “Los otros desplazados”, en los mismos diarios. Ha habido señalamientos de que las Farc mezclan con excrementos y aun con cianuro la metralla que utilizan en esos llamados “cilindros bomba”.
Toda esta ola feroz que comenzó con los “Desplazados del Putumayo” ─ironía de los nariñenses con los traquetos, para burlarse de su propia tragedia─ atrajo la violencia que siempre había estado presente en todo el país, y las bandas de todo pelambre se auto invitaron al banquete de oro y de sangre. En consecuencia, aumentaron las olas de verdaderos desplazados, creando una tragedia adicional de escasez en las mínimas arcas municipales costeras adonde llegaban, como la ocurrida en La Tola con comunidades (alrededor de 400 personas) que venían desde las veredas Vaquería, La Paulina, Viji, El Naranjo, San Pablo y desde el resguardo indígena de San Juan Pampón. Así lo señalé en “Desplazados de la costa nariñense”, en noviembre de 2006, segundo mandato de Álvaro Uribe, mismos diarios.
Según Diario del Sur (Pasto, 06 de noviembre de 2006), el gobierno y la dirigencia nariñenses habían presentado un modelo de solución al Programa de Desarrollo Alternativo de la Presidencia de la República para que se tuviera en cuenta su tradición agropecuaria con proyectos de cacao, palma de aceite, café y otros pero el comité evaluador del segundo gobierno de Uribe (Uribe II) no los tuvo en cuenta o los descartó de plano. En junio de 2009, en medio de la borrasca de sangre, el gobierno Uribe llevó al cantante Juanes a dar un concierto a Tumaco, puerto sobre el Océano Pacífico nariñense, y las cosas, después del concierto y como era de esperarse, continuaron igual o peor y no por culpa de las canciones ni del cantante, como lo señalé en “Tumaco y el ‘Efecto Globo’”, mismos diarios, en ese tiempo.
En la última semana de agosto de 2011, fue noticia el asesinato de unos policías, entre ellos una mujer, en Llorente a manos de las FARC, de manera bárbara (aunque no hay asesinatos bondadosos). El ruido de los medios duró una semana. Hoy nadie lo recuerda. Lo señalé en “Llorente, Barbacoas, Tumaco y la costa”, en septiembre de 2011 en los mismos diarios. Ha empeorado todo en cuanto a violencia. El estallido de una bomba en Tumaco (1° de febrero de 2012) ha dejado como saldo provisional 17 muertos entre policías y civiles, 90 heridos y más de 200 familias damnificadas. Las autoridades atribuyeron el acto terrorista a una alianza de las FARC (guerrilla marxista) con Los Rastrojos (delincuencia organizada descendiente de los paramilitares y narcotraficantes de extrema derecha, como señalé), según el general Navas, comandante del ejército, entonces. Ambos buscaban en el narcotráfico otra fuente de riqueza.
Hasta ahora la espiral de violencia continúa. Seguir señalando estos hechos, me haría interminable. Cada vez la violencia crece en hechos y crueldad, de todos los lados.
Qué ha representado el Plan Colombia para Colombia y para EE UU
Un informe de Sean Donahue, periodista estadounidense free lance, publicó el 18 de mayo de 2007: “la semana pasada la Associated Press reportó el descubrimiento de una fosa común en el [Departamento del] Putumayo en donde encontraron los cuerpos de 105 personas mutiladas, las cuales fueron asesinadas por los escuadrones de la muerte o paramilitares de derecha entre 1999 y 2001 [en 1999 inició el Plan Colombia, como se dijo]”. Luego hace un fuerte señalamiento: “…Las masacres ocurrieron mientras el general Mario Montoya Uribe, el actual comandante del ejército de Colombia, estaba liderando la ofensiva masiva en el Dpto. del Putumayo”.
En ese momento, el General Montoya era el Comandante del Batallón Antinarcóticos del ejército (2000-2001), en la localidad de Tres Esquinas (Dpto. del Caquetá) con 8.000 hombres bajo su mando. Continúa Donahue: “… A lo largo de dicha ofensiva, los EE UU siguieron dotando de armas, inteligencia, entrenamiento y equipo a los batallones antinarcóticos de las Fuerzas Armadas del Bloque Sur del General Montoya, a pesar de que el Departamento de Estado sabía que aquellos batallones estaban ligados con los paramilitares [bastardillas mías]. Anne Patterson [embajadora de EE UU en Colombia 2000-2003] quien ahora supervisa la mayoría de las operaciones de los EE UU a Colombia, fue embajadora en este país por la época y había sido advertida de los acontecimientos [bastardillas mías]… [¿] Por qué Pattersson permitió los lazos entre el ejército y estos grupos paramilitares [?]. (Citado por Sergio Camargo V, pp. 349-350) 50 [14].
Hay quienes aseguran que otro de los motivos verdaderos para la “guerra contra las drogas” en las eras de Reagan (1981-1989) y su sucesor también republicano, Bush (padre, 1989-1993), era producir una gran alza en su precio, disminuyendo por esa vía el consumo. En realidad lo que se logró fue subir las ganancias en un 20.000%, quedando los países consumidores ─el principal, Estados Unidos─ con el 96% al 98% de la ganancia y sólo el 2% al 4% en los productores, y el desangre de sus gentes y sus instituciones por la corrupción. Estos mismos aseguraban que del costo total de cada año del Plan Colombia, las empresas privadas de los EE UU que participaban se quedaban con el 87%: la que vendía el glifosato, es decir la empresa Monsanto, que aún la vende; la que fabricaba los helicópteros Black Hawck, la empresa Sikorsky; la que contrataba los pilotos para fumigar, la empresa Dyn Corp; la que montaba los radares, la empresa Lockheed Martin, entre otras.
Pero volviendo a nuestra odisea, a la carretera por la que hicimos el viaje, se vislumbra una esperanza: la adecuación de esos 56 kilómetros, recorridos en esta crónica, a causa del heroísmo de las barbacoanas al mejor estilo de la comedia Lisístrata, de Aristófanes.
Las Barbaconas se cruzan de piernas
“Por un nuevo amanecer nos abstenemos del placer”, reza una de las pancartas que portan unas mujeres en una protesta pública en Barbacoas (Diario del Sur, Pasto, 24.VI.11 y la misma en Revista Semana 30.VII.11). La consigna de su brazalete dice “Yo amo a Barbacoas”.
Después del triunfo sobre los persas, Atenas y Esparta comenzaron a disputarse la supremacía griega e inició una guerra que duró 27 años (441 hasta 404 a. de C). Aristófanes, contrario a ésta y a toda guerra, planteó una crítica de manera jocosa, demostrando que quienes más se lucraban eran quienes más la apoyaban, a expensas del dolor y del sufrimiento de la población y de la integridad y vida de los combatientes. Como hoy, cuando en Colombia soportamos el desangre de una guerra interna de más de medio siglo, si contamos su inicio en 1936 (segundo año de la primera presidencia de López Pumarejo y de las leyes de su Revolución en Marcha y entre ellas la de educación y, sobre todo, la Ley de Tierras, que dieron origen –mucho más tarde- a los sucesos del 9 de abril de 1948), tema bastante referido pero que no sobraría para otra crónica.
Aristófanes tituló Lisístrata a su comedia, nombre de la líder griega que convence a sus congéneres y acuerdan que no se permitirán sexo con sus parejas hasta tanto dure la guerra, porque no quieren traer más hijos al mundo, con el único fin de que sirvan como combatientes, es decir, carniceros y carne de muerte.
Frente a la continua corrupción generada por contratistas y políticos en el trayecto de 56 Km Junín-Barbacoas y ante la nula acción de los entes fiscalizadores del Estado –Contraloría, Procuraduría, Fiscalía y Defensoría del Pueblo-, dos jueces nariñenses, Maribel Silva Bravo, promiscua municipal, y Diego Fernando Enríquez, de familia, comenzaron una labor de sensibilización entre las mujeres porque los hombres habían sido incapaces de la protesta organizada y no pasaban de un furioso e inútil bla-bla-bla. Antes hubo paros y otras formas de reclamo que no produjeron resultado. Durante el año previo crearon cursos de capacitación en políticas de género, por fuera del tiempo de su trabajo como jueces municipales (y sin ninguna retribución monetaria ni de ninguna especie). Por ser un sitio tan aislado, las distracciones son pocas y entre ellas se cuentan, además del palique y la televisión (en horas cuando la planta diesel generadora de corriente eléctrica, para el municipio, la deja ver), el billar y el fútbol (hombres), la danza (hombres y mujeres), y el sexo.
Desesperadas frente a la desidia del Estado y de sus maridos, decidieron no sólo no tener más sexo con sus parejas hasta que se viera una solución, sino ─y esto fue lo más importante─ hacer pública esta decisión. La mayoría de las mujeres tuvieron que concertarlo con sus parejas ─según me lo comentó doña Cristina, de Magüí Payán, población vecina a Barbacoas, en un aeroviaje de Pasto a Bogotá─ y esto es entendible en una región tan machista como la costa del Pacífico nariñense. “¿Lo cumplieron al pie de la letra?, le pregunto. Es imposible saberlo”, dice entre risas. Ya en mi reflexión, pienso que esto eso no es lo más que importa, sino el ruido nacional e internacional que armaron. Invitaron a un periodista de Diario del Sur, de Pasto, muy leído en el sur de Colombia, y el 24 de junio de 2011 este periódico informó que 280 barbacoanas ─de una población total de 14.000 personas en su casco urbano─, que con los días llegaron a ser más de trescientas, habían iniciado la huelga el miércoles 22 y la noticia empezó a recorrer al mundo.

Río Telembí
Ante la singular protesta, el gobernador del Dpto. de Nariño de entonces, el ex guerrillero del M19 Antonio Navarro Wolff, aumentó la presión al gobierno nacional presidido por Juan Manuel Santos (2010-2018), y a causa de esto y del acoso del periodismo mundial, al gobierno de Bogotá no le quedó más que hacer presencia en el lejano y abandonado municipio. El 27 de julio de 2011 –un mes y una semana después de iniciada la huelga- se reunieron en Barbacoas la gobernación del departamento, el Instituto Nacional de Vías (Invías), el Instituto para el Desarrollo de Antioquia (Idea) -encargado del diseño de la obra- y el Ejército Nacional, quien sería el comisionado de construirla por la consideración de ser zona de orden público. En su fase inicial, el valor del proyecto costaba alrededor de 40 mil millones de pesos (entonces, un dólar equivalía a dos mil pesos fluctuantes, más o menos) y quizá a eso se debió también que se buscó al ejército nacional como contratista antes que entregárselo a particulares y se repita la historia de robos. Al menos, esa era la esperanza. Claro que esto no se lo menciona. Ojalá que el Ejército no vaya a salir con su “domingo siete”, me dijo otra persona.. En el Departamento de Nariño, “Domingo siete” es una alocución utilizada para predecir agüerísticas desgracias.
El 11 de octubre de 2011 se reunieron en Barbacoas el Ministro de Transporte Germán Cardona Gutiérrez, el Director de Invías, Carlos Rosado Zúñiga, el Gobernador del Departamento de Nariño, Antonio Navarro Wolff, el Comandante de la Brigada XIII del Ejército Nacional, Eliécer Pinto, y varias autoridades locales y regionales para dar comienzo a la obra que sería ejecutada por el Batallón de Ingenieros Militares del Ejército Nacional. La presencia de las otras autoridades regionales –además de las de Barbacoas- se entiende porque esta carretera es vía que utilizan también los no menos abandonados municipios de Roberto Payán y Magüí Payán, extensas zonas de la inmensa llanura costera selvática del Pacífico nariñense.
El 13 de diciembre de 2011, en un reportaje radial por Caracol Pasto, la señora Luz Marina Vallecilla (otra de las líderes junto con Colombia Quiñones, docente de la Normal Superior de Barbacoas), informaba que, de acuerdo con el seguimiento que el comité de veeduría se había propuesto, se observaba que sí se veía que las obras avanzaban, a pesar de las fiebres que habían aquejado a obreros, técnicos e ingenieros, por lo malsano del lugar. En enero de 2012 se conoce que los primeros trabajos previos a la pavimentación ya van en Buenavista, en la dirección Junín-Barbacoas. Esto es cerca de la mitad total del tramo. Pero el 24 del mismo mes, se lanza la voz de alerta de que las “piernas cruzadas” volverían a cruzarse en huelga porque las obras de la vía se han paralizado a causa de que el Instituto de Desarrollo de Antioquia (Idea), designado por el gobierno desde 2009, ha incumplido sus obligaciones, según se desprende de una reunión entre el nuevo Gobernador de Nariño, Raúl Delgado (2012-2015), y el Brigadier General Guillermo Arturo Ferreira, jefe de ingenieros del Ejército Nacional de Colombia.
El Gobernador Delgado señaló que era injusto que después de dos años de que hubiera recibido los recursos, la entidad ni siquiera haya terminado los estudios del proyecto. El gobierno nacional acordó citar al Gobernador Delgado, al Idea y al Ministerio a una reunión. Los resultados de dicha reunión no trascendieron, quizá por los hechos del brutal atentado en Tumaco el 1° de febrero de 2012, del que se habló. Hasta el momento de escribir esta crónica, la obra no se la ha terminado.
Y por fin, llegamos a Barbacoas
Entre las seis de la tarde y las siete de la noche, llegamos. Una vez tomado el hotel que mi primo recomendó, porque tenía buena colecta de agua de lluvia en estanques (pluviosidad de Barbacoas 3.000 mm) 51 [15], para el aseo personal y otros menesteres domésticos, y planta de luz para disfrutarla en las primeras horas de la noche, me urgió a que fuéramos a abastecernos de gasolina. Desde Pasto nos habíamos provisto de linternas, velas y fósforos. Según él, era mejor llenar el tanque de combustible del Suzuki en ese momento antes que esperar al día siguiente. Su venta se hacía en pimpinas plásticas o de latón que, según sus vendedores, tenían diferentes volúmenes y precios y se lo vaciaba al vehículo con un primitivo sistema de sifón, por medio de una manguera a desigual altura, sostenida por robustos brazos, y chupando con la boca para iniciar el llenado.
Los choferes de las chatarras de bus o camioncitos –los “dos cincuenta” que eran los únicos que se aventuraban llevando hortalizas y mercancías de manufactura- lo hacían ellos mismos, no permitiendo que les ayudaran, quizá por un secreto orgullo profesional. Cuando notaron mi torpeza y mi miedo, el dueño del establecimiento se ofreció a hacerlo. A mi regreso al hotel, me contaron que mientras yo conseguía el combustible, varios negritos y negritas dizque llegaron a invitar a mi hija a jugar, pero ella, quizá un poco extrañada, se resistió al comienzo aunque luego compartió el infantil y universal lenguaje del juego. Como la jornada había sido agotadora, nos servimos algunos alimentos, descansamos algo y ¡a dormir!, a pesar de la amable insistencia de la dueña del hotel para que viéramos la telenovela nacional del momento.
En la mañana siguiente y antes de dedicarse a sus asuntos de comercio de ropa, Édgar nos hizo un recorrido por la población. Se observaba en las afueras de las casas a muchos maestros orfebres con su taller montado sobre una mesita de madera, a manera de las que aún se emplean para la venta del juego del chance o los relojeros de calle, con unos cajones a lado y lado de la mesita e, infaltablemente, con un soplete manual y con una lente como de relojero pegado a uno de sus ojos. Comenzamos a averiguar precios que ellos ya tenían asignados de acuerdo con la prenda o joya. Como yo llevaba una mini balanza portátil, equivalía estos precios con los del gramo/oro.
Estaban acostumbrados a comprar y vender con la antigua unidad española adarme, al que equivalían a dos gramos y, como submúltiplo, el grano, con la equivalencia de 10 granos por 1 adarme. Como en el sistema métrico el valor real de 1 adarme es el de 1.79 gramos, casi 1.8, yo debía hacer atentamente varias pesadas (para obtener un promedio como cuando trabajaba en el laboratorio de química de la universidad en el aprendizaje de mi carrera de docente) y cálculos de cada joya para saber a cuánto realmente nos salía cada gramo de oro/prenda, que era como deberíamos negociar a nuestro regreso en Medellín. Mi esposa o yo anotábamos en nuestra libreta. No había un precio estándar del gramo/oro/prenda. Su costo dependía del mayor o menor trabajo que había representado el trabajo de la filigrana para cada una.
Los orfebres, con la más natural confianza, nos hacían seguir a sus humildes viviendas y nos sacaban sus joyas para el comercio, sin ningún temor. Mi esposa continuamente me lanzaba miradas de asombro, como temerosa de que esa confianza tuviera algo de raro. Veníamos del Medellín de Pablo Escobar y sus bombas de la década del ochenta (la década más terrible y sanguinaria del capo) y eso era sorprendente para nosotros. Igual de admirable era observar a muchas niñas de mínimos años con prendas de filigrana de oro en sus orejas, manos y cuello. Al percibir nuestra sorpresa, mi primo Edgar nos aclaró:
-Aquí nadie roba. Esa carretera o los ríos serían los únicos por donde podrían volarse, pero nadie lo lograría. Si intenta robar, lo agarran, lo linchan y después “nadie vio nada”.
Recordé al negrito del caso que relaté antes. Verdad, allá nadie nos habló nada de nada. Sólo querían deshacerse del finado con el rito mortuorio, sólo por la incomodidad que suponía para ellos el “bulto”, la hedentina y los enigmas de su cadáver.
El tesoro de la Virgen de Atocha
Y es que Barbacoas y toda esa región siempre ha tenido mucho oro y conflictos por esta fama. En tiempos de la Independencia de España ocurrió un hecho curioso que pinta la gracia o dolor de esa fama. En 1820, aunque casi toda la hoya del gran Cauca y gran parte del territorio nacional ya eran independientes, se necesitaba despejar el Sur, es decir la Provincia de Pasto y la de Los Pastos, para lo cual el General Santander le había hecho el encargo al gobernador y comandante del Cauca, el General José Concha. Concha pensó que la mejor manera de hacerlo era apoderándose de la Provincia de Barbacoas, con el doble fin de recolectar fondos de la rica región y a la vez cortar los suministros a los realistas de Pasto desde Panamá o Perú.
Para el efecto encargó a un Teniente Coronel de 21 años, como era lo usual en estos héroes patrios, al bugueño Angel María Varela, quien se embarcó en Buenaventura con el título de Jefe Político y Militar de la Costa Sur y una fuerza de más de doscientos hombres. De Buenaventura pasó a Iscuandé, en la costa del actual Dpto. de Nariño, y de ahí a Tumaco de donde desalojó al coronel realista Vicente Parra. Llegó a Esmeraldas, hoy en Ecuador, donde venció al español Andrés Castro, y de ahí sí se dirigió con tranquilidad a Barbacoas, por los ríos Patía y luego por su afluente, el Telembí. Esta población estaba defendida por el Coronel Francisco Eugenio Tamariz con 200 hombres. Entonces, Varela se presentó con una fuerza aumentada ya de 300 combatientes.
Tamariz, después de una breve defensa, se retiró a Pasto a robustecerse, porque comprendió que no podía hacer frente debido a las fuerzas, pertrechos y al ambiente independentista que cada vez era mayor. El joven Teniente Coronel Varela, llevó a Barbacoas a su esposa y pequeños hijos. La población les dio gran acogida. A los siete meses, más o menos, llegó a sus oídos que los negros de las minas estaban siendo “trabajados” por el realismo desde Pasto y que habría una sublevación. Que al frente del plan estaba el Coronel Basilio García, español, que se movería personalmente para las operaciones. Más tarde, 1822, el mismo coronel García vencería a Bolívar –para unos, y para otros al contrario- en la batalla de Bomboná o Cariaco la más cruenta de todas las de la campaña libertadora, según el número de víctimas.
Varela reunió a los representantes de las principales familias barbacoanas a un cabildo y les manifestó lo que conocía. A la mejor manera española en el secuestro de Atahualpa, no dejó salir a nadie entonces, y colocó escoltas en las puertas, exigiendo una cuota grande de oro para la retirada. Como la que pudieron mandar a recoger de sus residencias no fue satisfactoria, los barbacoanos prometieron traer lo que tuvieran desde sus minas. Varela aceptó con la condición de que si no cumplían, tomaría los tesoros de La Virgen de Atocha, patrona entonces de la población de Santa María de los Barbacoas: vestidos en filigrana de oro y piedras preciosas, custodias, vasos sagrados, etc. Pero la población cumplió con su promesa y Varela con la suya. Entre el producto de las minas, de las joyas de las mujeres -algunas piedras preciosas y hasta joyas de plata- se llegó a recoger el tanto de tres quintales, unos 300 kg52 [16].
El regreso
Nuestro viaje a Pasto se hizo más rápido. El mismo número de horas, pero éstas se acortaron, como en todos los regresos, menos en el de Odiseo. “Estuvimos de buenas; no tuvimos problemas, Alejo”, me dijo mi primo, cuando llegamos a Pasto. En Medellín, vendimos todas nuestras prendas. Alguna que otra pudimos obsequiarla en algún regalo familiar. A mí me quedaron los recuerdos para esta crónica.
Los 56 km aún no están listos. Me encontraba a punto de enviar este texto a Conexión Norte Sur, cuando el portal web Play Tumaco (de Tumaco, Colombia), el 15 de febrero/2021, publicó un video, (https://www.youtube.com/watch?v=FtwiBrcvNsc&t=16s) relacionado con esta carretera Junín-Barbacoas, inconclusa aún. El gobierno nacional ha prometido que las obras que fueron suspendidas por la pandemia estarán listas para este 2021. En el diario o portal web Extra, El 9 de octubre de 2020, el Gobernador de Nariño, John Rojas, aseguró que estará lista en nueve meses. Ojalá.
37 [1] WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Barbacoas_(Nari%C3%B1o)
38 [2] CERON SOLARTE, Benhur. “Geografía humana de Colombia. Región del Pacífico. Tomo IX”. Instituto colombiano de cultura hispánica. Banco de la República de Colombia. http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/geografia/geograf/awa1.htm
39 [3] HERERA ÁNGEL, Marta “Cultura y guerra. Los Sindaguas de la Laguna de Piusbí (el trueno) a comienzos del siglo XVII”. Revista Historia Crítica (Edición especial). Universidad de Los Andes. Bogotá. 2009. http://historiacritica.uniandes.edu.co/view.php/618/index.php?id=618
40 [4] Disponible en: http://barbacoas-narino.gov.co/nuestromunicipio.shtml?apc=mfxx1-&m=f
41 [5] CERÓN SOLARTE, Benhur y ZARAMA RINCÓN, Rosa Isabel. “Historia socioespacial de Túquerres. De Barbacoas hacia el horizonte nacional”. Ed. Graficolor. Pasto. 2003.
42 [6] CERON SOLARTE, Benhur. “Geografía humana de Colombia. Región del Pacífico. Tomo IX”. Instituto colombiano de cultura hispánica. Banco de la República de Colombia. http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/geografia/geograf/awa1.htm
43 [7] HERERA ÁNGEL, Marta “Cultura y guerra. Los Sindaguas de la Laguna de Piusbí (el trueno) a comienzos del siglo XVII”. Revista Historia Crítica (Edición especial). Universidad de Los Andes. Bogotá. 2009. http://historiacritica.uniandes.edu.co/view.php/618/index.php?id=618
44 [8] CERÓN SOLARTE, Benhur y ZARAMA RINCÓN, Rosa Isabel, Op. cit.
45 [9] CERON SOLARTE, Benhur. “Geografía humana de Colombia. Región del Pacífico. Tomo IX”, op. cit.
46 [10] A continuación, un fragmento de su obra “La Danza del Agua”, de un poemario inédito, donde el poema surge a partir de algunas mitologías de la cosmovisión cuaiker (aquí, sólo las mitologías por él recopiladas):
“Las lágrimas.-Estas aparecieron en la tierra al compás del baile funerario de unas islas atadas al cielo por el relámpago de la vida humana, que habita en un plumón de nube. Con el relámpago apareció la lluvia, lágrimas del cielo. Mitología Awa Cuaiquer.
“La islita de la garza rosada.-Diariamente renace la luz en una inmensa concha marina, en cuyo fondo hay una islita que cautiva al sol durante el día y lo rinde por la noche en el lecho de la luna. Es la islita de la Garza Rosada. Es el lecho de la luna. Mitología AwaCuaiker.
“La gruta de las estrellas de la amistad y el gran tambor del universo.- Un huracán celeste crece con el primer plumón de nube que viene del otro confín del mar. Llega violento a la sexta gruta iluminada. Es la gruta de las estrellas de la amistad y la verdad. Muy profunda, hundida en el Gran Tambor de Sonidos y Ritmos del Universo. Allí cesa la tormenta.- Mitología AwaCuaiker”.
47 [11] Lo publicado de El Cuyanacentrismo es sólo la introducción, porque el total de la obra no se pudo hacer y los originales los posee quien estas líneas escribe. Mi padre consideraba que la solidaridad indígena era la verdadera amistad; que la filosofía de esa verdadera amistad fue el más grande aporte social y antropológico del homo americanus al mundo, si en este mínimo renglón se me permite expresar el –que yo interpreto- fundamento de su teoría social.
48 [12] WIKIPEDIA: http://es.wikipedia.org/wiki/Omar_Torrijos_Herrera
49[13] El senador Iván Cepeda ha señalado vínculos, al expresidente, hoy senador Álvaro Uribe, no sólo con los paramilitares sino también con el narcotráfico. Lo hizo en un debate en el Senado de la República el 17 de septiembre de 2014 y en varios documentos, entre los cuales se puede mencionar A las puertas del Ubérrimo (Editorial Random House Mondadori. S. A. Serie Debate. Bogotá. D. C. 2008. 155 pp.), Por las sendas del Ubérrimo (Grupo Zeta. Ediciones B Colombia S. A. Bogotá. 2014. 159 pp.) y otros escritos más cortos, o en reportajes a la prensa hablada, escrita y televisada.
50 [14] CAMARGO V., Sergio “El narcotraficante 82”. Ed. Universo Latino (Asociation). España. 2008. Hay que señalar, en honor a la verdad, que Camargo, en su libro que sindica a Uribe de narco señalado por el gobierno gringo, no cuestiona a las FARC ni a los grupos guerrilleros de extrema izquierda.
Además, Michael McCkintock, politólogo estadounidense, del informe “Stopping the flood of cocaine with operations now cap” (destinado a examinar la ayuda antinarcóticos entre 1980-1990), afirma: “el despliegue de fuerzas de operaciones de militares estadounidenses en Bolivia, Perú y Colombia para entrenar y apoyar a fuerzas militares contrainsurgentes, bajo el paraguas de fuerzas de represión a la droga ha sido un aspecto de nuevo orden”. Citado en libro Colombia nunca más (1966, Creación colectiva, internet :http://www.derechos.org/nizkor/colombia/libros/nm/ )
Stan Geff, un oficial estadounidense que vivió en la base de Tolemaida entrenando Fuerzas Especiales del ejército de Colombia, dice “sabíamos perfectamente, como también lo sabían los comandantes de la nación anfitriona, que los narcóticos eran una excusa ridícula para fortalecer las capacidades de tropas que habían perdido la confianza de la población, luego de años de atropellos (…) Pero yo me había ido acostumbrando a las mentiras. Estas eran la moneda circulante de nuestra política exterior (…)”. Colombia nunca más (1996, internet).
51 [15] Fuente Banco de la república de Colombia:
http://www.banrep.gov.co/sites/default/files/publicaciones/archivos/DTSER-87.pdf
52 [16] ORTIZ, Sergio Elías. “Agustín Agualongo y su tiempo”. Biblioteca Banco Popular. Bogotá. 1974. 549 pp.




