Desde hace mucho tiempo me había planteado conocer más de cerca lo que se escribe actualmente en Colombia, pues la lejanía de la tierra me ha separado también del ambiente cultural que se produce y se consume en mi país. Por esta razón, inicié el 1 de julio, con el novelista Gerónimo García Riaño, una serie de entrevistas que pretende conocer no solo la obra de los escritores y escritoras contemporáneas, sino también sus secretos, sus pasiones y como no, los gajes del oficio de escribir. Hoy les presento al poeta y escritor ipialeño Julio César Goyes, cuya charla, como sucede con quien desea nutrirse de la experiencia de los demás, como es mi caso, resultó altamente formativa y rica en todos los sentidos. Espero que también lo sea para nuestros lectores. Arturo Prado Lima

 

 

“Este libro participó en el concurso Internacional de Poesía en Valparaíso, Chile, y quedó finalista. Uno de los jurados, el poeta español Fernando Valverde, me invito a publicar en la gran  editorial Valparaíso de Granada, España. Tengo gratitud por esa acogida”

Ya está en las librerías de España.

 

 

 

 

 

La poesía ayuda a vivir, pero eso no quiere decir que sea útil

Arturo Prado Lima: ¿La poesía en los actuales tiempos es útil para la sociedad?

Julio césar Goyes: Te propongo salirnos del tema de lo útil y lo inútil. Pues ese ha sido un concepto operativo para dividir la poesía. La cultura elitista ha sacado provecho de la inutilidad de la poesía para vanagloriar otros géneros, inclusive denigrar de la poesía en términos de qué no sirve para nada, excepto para huir de la realidad. Eso para extender el prestigio de la narrativa, del ensayo, la novela y otros géneros. El arte, en últimas, no tiene que ver con que sea útil o no; sabemos que nos ayuda a pensar la forma cómo podríamos vivir, a vernos como venimos formándonos en esta sociedad controvertida, globalizada e interconectada, y como podríamos pensarnos y vernos hacia el futuro.

La poesía ayuda a vivir, pero eso no quiere decir que sea útil. Habría que diferenciar entre lo útil y el uso para desmarcarnos de la sociedad mercantilista, de la publicación, del libro como objeto de mercancía y pensar más la re-existencia, volver a existir. La obra de arte ya no es solo forma y belleza, como la pensaban los clásicos, también es encuentro con la sensibilidad, energía renovable, natural; un ecosistema, una ecopoética en que  revivimos cada día.

APL: La poesía tiene peso. ¿Ese peso se calcula por palabras, por contenido, por ritmos?

JCG: Roberto Juarroz, el poeta argentino que poetiza lo vertical, decía que la poesía es una flecha que se clava a sí misma. Estamos en este momento alejados del parnasianismo, de la forma, de la presión de las formas a que fue sometida la poesía durante años. Los poetas modernos, contemporáneos, acá en Colombia a partir del Grupo Mito, antes con Silva, Barba-Jacob, Aurelio Arturo, liberaron el verso para considerar el peso, la gravedad, la sugerencia, su misteriosa musicalidad interior. Es preciso  pensar la existencia mientras transcurre y liberarse del augurio y ostentación de los buenos relatos que apuntan a lo religioso como salvación. La palabra y su peso también nos salva, nos hace pensar en algo de eternidad. Poetiza la muerte más allá del eufemismo, el porqué estamos en este mundo, porqué estamos solos y enseguida anochece, como reza un poema de Salvatore Quasimodo; es decir porque estamos en este mundo, qué venimos a hacer. Si estamos en este mundo deberíamos vivir cada minuto como si fuera el último. Y ahí, en esa ética es donde está el peso. Creo que de eso nos liberó la filosofía existencialista y los vanguardismos. Pensamos en una eternidad que figura la vida diaria, el amor diario, el sexo diario, la alimentación del cuerpo y del espíritu. Comer alimentos y devorar palabras todos los días. Ese es el peso que entra por todos los orificios y que sale por ellos. Esa constatación del cuerpo sosteniendo la poesía, más allá, claro, del idealismo que no reconoce nuestras diferencias.

Sabines dice: “Esto es urgente porque la eternidad se nos acaba”. Quizá esto de respuesta a tu maravillosa pregunta sobre el peso de la poesía: vernos fugaces, fragmentados, con la herida trágica griega pero ya no en el sentido abstracto tipo, sino que, aunque somos fugaces, vivimos una eternidad en cada palabra que decimos y por eso, porque hay responsabilidad en la palabra, debe haber una ética. Lo que quería Jorge Gaitán Durán, que detrás de un edificio estético hubiera un edificio ético. Sin embargo, parece que esto hoy nos abandona. Poner en cada palabra el peso de la existencia, la pasión de vivir, compartir la pasión del otro.

 

 

APL: ¿Dónde colocamos a la poesía que libera pueblos?

JCG: No comparto la poesía con un compromiso ideológico. A pesar de que yo tuve una militancia de izquierda y todavía la conservo, de una forma muy crítica yo me desmarqué mucho y quien me ayudó a que mi poesía evitará la seducción política, conservando la crítica al poder, justamente fue César Vallejo. Él siendo comunista jamás dejó que su poesía tuviera una ideología de ese orden. Y sin embargo su poesía es política, en el sentido de la crítica al poder. La poesía ayuda a liberar al individuo de la masa y muestra un tipo de guía al pueblo para que comprenda que tomar la palabra en sí ya es un acto político. Ahora, darle el peso a la palabra, que es lo que tú vienes preguntando, es más liberador porque construye subjetividad, personas autónomas críticas y creativas.

Si después hay un libro, como Poemas Humanos, de Vallejo, eso ayuda a conformar un ánimo, un espíritu libertador. Pero no es tan sencillo y tan directo. El poeta no es discursivo, eso lo hacen los políticos. El poeta es textual, gestiona la experiencia humana, el dolor y la alegría; canaliza la rebeldía y lucha por hacer realidad sus deseos. Es la provocación que el hombre debe tener para generar unas condiciones de vida dignas. En ese sentido, el poeta cuando está convencido, está comprometido en sí. No porque el poeta elija un tema, una forma, una escritura, sino por el hecho maravilloso de ser poeta, apalabrador de lo real, por excederse en la sensibilidad, en la mirada, como quería el cubano Eliseo Diego, “la poesía es el exceso de la mirada”; entonces la realidad es construcción y el poeta la hace visible, esto lo convierte en un rebelde y un agitador del espíritu político de su época, de la monotonía del barrio, del deterioro familiar, lo avienta fuera del narcisismo.

APL: Hablemos de tu poesía. El quinde es tal vez la única ave que puede retroceder en el vuelo. Tú poetisas sobre esta ave. ¿El poeta puede ir, regresar, de una época a otra, del subjetivismo a la realidad, en un eterno juego de la vida?

JCG: Me acuerdo de María Zambrano. Ella dice que el filósofo mira hacia el futuro y el poeta al pasado. Yo no creo mucho en esa división, tal vez por mi formación filosófica. Pues creo que la filosofía es pensamiento como la novela y la novela es también un filosofar. El poeta y su obra es el umbral. Mi padre era ebanista. Mi madre hacía pan en Ipiales. En el casa donde vivíamos y pasé mi infancia había una rejilla. Las casas de mi pueblo, muchas tenían rejilla. Las rejillas fueron para mí muy seductoras en mi infancia, porque desde allí uno podía mirar hacia afuera, a la calle, y también hacia adentro, hacia el interior de la casa. En ambos lugares hay sombras. Esa es la belleza del umbral. El poeta puede mirar hacia delante y hacia atrás, pero siempre con la mediación y meditación del lenguaje, de la conciencia que hay de ese apalabramiento.

Cuando miro el quinde o colibrí, esa forma de moverse hacia atrás y hacia adelante, y esa forma de mantenerse en el aire, ese equilibrio, se me parece muy cinético. Para mí es la imagen natural del cine. El movimiento de sus alas, entre 50 y 80 batidas por segundo son una visión portentosa de energía y por tanto tiene la necesidad de mucha azúcar. Y siempre va solitario, pero cumpliendo con una función reproductora, la de polinizar los jardines. Y además es tan frágil. Entonces empecé a leer cosas, libros, relatos, mitos, leyendas, y el ave significaba esa mediación entre el inframundo y el supramundo, mantiene el misterio en las frondas de lo imaginario. “Así en las flores como en el fuego”, se llama el libro de Alfredo Mires Ortiz, quien dirige la biblioteca campesina del Perú, allí el poeta hizo un maravilloso e inigualable trabajo sobre el quinde, colibrí, tominejo, que es quien prologó mi libro Arrayán donde poetizo a partir del quinde y los geranios.

Nosotros en Nariño tenemos una de las poblaciones endémicas más grandes de colibríes de Latinoamérica. Está en la vía que va de Pasto a Tumaco, la reserva del Ñambí, que comparte con el Ecuador y Perú la más rica variedad de colibríes. Y allí hay una variedad espléndida, una de las más grandes del mundo. Todo terminó llevándome a un espacio simbólico, a una fuerza icónica fugaz y transitoria. En la Universidad Nacional, donde yo trabajo como profesor, dirijo una programa audiovisual de investigación creación que se llama, precisamente, Quinde Audiovisuales. El quinde es una deidad fuerte.

Luego, Gonzalo Marqués Cristo, cuando publicó Arrayán, en la Editorial los Conjurados, en su pórtico, recuerda esa anécdota entre el colibrí y el cóndor. El quinde termina ganándole al cóndor por su inteligencia, por su amabilidad. Como esta hay cientos de leyendas. La que más me gusta es esa de cuando la selva está quemándose y todos los animales echan a correr. El quinde va hacía el fuego y cuando le preguntan por qué lo hace llevando en su pico una gota de agua, dice que él hace lo que tiene que hacer: llevar en su pico una gota de agua para apagar el incendio. Yo hago lo mío. Que los demás no lo hagan es otra cosa.

APL: ¿Poéticamente, el sur de Colombia sigue siendo artesanal o ha entrado en la producción masiva de poesía aprovechando las redes sociales?

JCG: Interesante. Mi padre fue ebanista, luego terminó en un carro llevando pasajeros a Las Lajas. Pero esencialmente fue artesano. Mi madre fue fundamentalmente una tejedora. Mis hermanas aún conservan los tejidos. Cuando yo estudié literatura latinoamericana en el Caro y Cuervo, mi maestro Fernando Charry Lara, que luego me permitió ser su amigo hasta el final de sus días, se tomó unos tragos con mi padre cuando visitó Ipiales. Cuando presentó mi libro Tejedor de instantes en la Feria Internacional del libro en Bogotá, dijo que solo después de haber ido a la casa paterna entendía el porqué titulé a mi primer libro tejedor de instantes. Claro, es así como debe ser. Tú vienes de tejedoras. El artesano es quien hace las cosas bien y las hace perdurar. Cito a Richard Sennett. En el sur somos muy artesanales, no solo en el sentido de hacer cosas, vasijas, vestidos, prendas de lana o mimbre, elementos para damas, sino en tejer la vida, las relaciones, la generosidad, la amistad, el afecto. Qué otra cosa puede ser un carnaval, sino tejido imaginación y pasiones. La poesía en las redes sociales se volvió un consumo diario. Lo cual está bien. Hay una gran comunidad poética. Ahora lo que hay que aprender es a elegir. Aprender a leer de forma crítica para no perder toda esa producción en redes. Que esas redes se nos vuelvan tejido, trama. Porque el tejido es un relato simbólico, poético, vertical; la red en cambio es sígnica, por tanto es comunicativa, eficaz, centrada en el mensaje que se repite hasta que pierde sentido. En cambio el tejido no. Los textos, el relato, el mito requiere lectura y continua reescritura; reinvención, si lo prefieres. Yo me quedo con cierta poesía artesanal, esa que sale de las entrañas, que antes que fama quiere ser sentida, compartida. Esa poesía que nos conmueve y que tal vez no es perfecta y no está muy extendida y no aspira al “me gusta” de las redes. ¿Cuántos me gusta construyen simpatía o hacen a un amigo?

Estamos en la época del arte del “me gusta”, pero nadie opina. Pocos escriben al menos una frase. La gente corre a darle me gusta y eso no es apoyar el arte; es ahí donde está el problema.

APL: ¿Qué significado tiene para ti las Nubes Verdes, como poetizó Juan Montalvo al referirse a Ipiales?

JCG: En Ipiales están los quindes, el río Guáitara, los geranios de los patios y las nubes verdes. La visión de Juan Montalvo es comparable a la del quijote por lo de los molinos. Donde don Quijote vio gigantes, Montalvo ve Nubes verdes. He hablado una única vez sobre Montalvo, quien fue el que propuso lo de las nubes verdes, un relato que es muy potente. Yen esa ocasión dije que un buen escritor, un buen lector, un buen artesano, un buen caminante debe alzar la mira, mirar hacia las nubes, no al suelo. Mirar hacia el cielo y mirar esas nubes verdes que son el reflejo de la naturaleza, sea cual sea el destino que hayas elegido, debes seguir adelante. Las nubes verdes solo se pueden ver a través de la poesía, de cierta forma trafican sueños en la frontera, pasan de un lado para otro, extienden el territorio.

APL: Julio César, hablemos de IGNICIÓN, el libro que acaba de salir en las librerías en España.

JCG: El libro es fruto de un trabajo de mi estancia en Madrid y a partir de esa irradiación que Madrid lanza sobre el mundo. Yo ya había ido a Alemania, a Portugal, a Francia, esa experiencia está en El eco y la mirada (2001); pero a raíz de mi estudio doctoral sobre la obra fílmica de gran cineasta poeta Andréi Tarkovski que publicó la Universidad Nacional bajo el título  La Mirada Espejeante (2016), tuve la necesidad de ir a Italia y a Rusia, y a otras partes. Ignición (quemadura) parte de un procedimiento de lectura que me enseñó Jesús González Requena, el gran intelectual español de Teoría y análisis textual; es un libro que transita con el deseo de un ipialeño de ir desde las papas pastusas al Vodka ruso (risas) Yo narré mis primeros viajes en El Eco y la mirada, como dije y que está en Arrayán (2013), pero que también se publicó como libro solo bajo con la edición del poeta, ya fallecido, Guillermo Martínez en Bogotá. Recuerdo muy bien haber dormido en un parque de Múnich y visto el amanecer (todo eso está en prosa poética), y da cuenta de un provinciano cruzando toda Europa, maravillado de lo que va encontrando y también cómo va resistiendo y re-existiendo uno, que es duro. El impacto en el Eco y la mirada es porque empiezo con los cuyes de Ipiales, paso por las caracolas y zampoñas del mar y llego a las ciudades portuguesas, francesas,  alemanas y luego regreso pero siempre perseguido por la misma luna de mi pueblo. En realidad nunca creo haber salido del barrio Gólgota donde nací. Siempre vuelvo.

Este último libro, Ignición (2021) recoge cuatro entradas: desvíos, retornos, contraseñas y umbrales,  la quemadura que se vuelve resistente a la soledad, pero también esas ganas de vivir para poder terminar los estudios, los retos por la vida, y si de allí para allá esa experiencia genera algún ejemplo o aprendizaje para los lectores, la familia, los amigos, pues maravilloso. Pero en principio, lo más importante es que te esfuerzas por vivir cada día intensamente. Es un libro que tiene versos sencillos, pero meditados con tensión que hace referencia a los inmigrantes, a las camas calientes, a los grandes problemas de España con sus antiguas colonias y los seres que viven acorralados por el sistema de nuestros países y el sistema mundo hoy interconectado por pantallas. Es un libro que da cuenta también de la gente que migra, que se siente nómade todo el tiempo y que sobrevive con heridas y deseos no cumplidos. El texto está suspirado desde Madrid, con la nostalgia de Colombia, de mi pueblo Ipiales, de Nariño, pero tejido de nuevo por esa posibilidad de ser cosmopolita, o por lo menos de dejarse afectar, de dejarse atravesar por la metrópolis y sus culturas.

Nunca he tenido la pretensión de escribir como español, como francés o como ruso, que se yo, porque no podemos entregar nuestra identidad, y sin embargo, a pesar que te aferras a nuestro lenguaje, nuestra oralidad y tono,  la poesía toma dimensiones inusitadas. Eso me gustó mucho. Lo sufrí. Uno termina escribiendo sobre esas andanzas. Pues una cosa es escribir porque lo vio en una película y otra es caminar las calles, visitar sus museos y bibliotecas, tomar agua a un euro, dormir en los parques. Con la poesía uno debe estar aprendiendo todos los días. Igual debe pasar con la narrativa y con todas las artes. Una entrada del libro se llama Desvíos. Es un poco el colombiano, el ipialeño, el nariñense en Madrid, que para mí es una ciudad cosmopolita fuerte. Por eso en la primera parte del libro hay mucho Madrid, mucha música de Madrid, mucha poesía de Madrid. La segunda entrada es Retornos. Habla más del poeta que trabaja con algunos autores, los que lo motivan, los amigos y luego Contraseña, que es el testimonio del viajero: los parques, algún vino, Venecia, Moscú, San Petersburgo.

El libro termina con Umbrales, que es un retorno a Ipiales. Un ir a la salvación de esta vida que es la justicia poética. Es el apalabramiento nocturno de la poesía que va hasta el alba. He tratado de contar de la manera más honesta que uno puede hacerlo. Es un libro para compartir con quienes me quieren y quiero y con los que no conozco ni me conocen, quizá los mejores lectores. El libro está cocinado desde el “Yo” del poeta, pero no el Yo autobiográfico del autor, sino que es el “Yo” del lenguaje el que habla. Este libro participó en el concurso Internacional de Poesía en Valparaíso, Chile, y quedó finalista. Uno de los jurados, el poeta español Fernando Valverde, me invito a publicar en la gran  editorial Valparaíso de Granada, España. Tengo gratitud por esa acogida.

 

 

APL: Hemos terminado nuestra conversación  y como sucede siempre con mis invitados, hemos quedado a tomarnos un café ya sea en Bogotá y o en Madrid.

 

Julio César Goyes Narváez nació en Ipiales, Nariño (Colombia), en 1960. Licenciado en Filosofía de la Universidad del Cauca, Magister en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo. En Madrid realizó el curso para profesores de Lengua y Literatura Española del Instituto de Cooperación Iberoamericana y una investigación: Poesía de la Comunicación y del Conocimiento. Se doctoró en Comunicación audiovisual con una tesis sobre el cineasta ruso Andréi Tarkovski en la Universidad Complutense de  España. Desde el 2002 es profesor e investigador del Instituto de Estudios en Comunicación y cultura -IECO- de la universidad Nacional de Colombia. Es autor de las obras Tejedor de instantes (1990); El rumor de la otra orilla (premio de ensayo Morada al Sur, 1995; Bogotá, SMD Editorial, 1997). Imaginario Postal (SMD, 2010), Nubes verdes para una ciudad gris (Caza de libros, 2010), Arrayán (Los Conjurados, 2013), Pausada percusión y otras memorias (Galáctica, 2019); Guáitara, antología (Caza de libros, 2021), ignición (Valparaíso ediciones, 2021) .