Escribe Jorge Muzam

Esto de los ataques entre escritores es asunto recurrente. La solemne actitud que exponen en público, se transforma, apenas avistado un enemigo, en fiera postura de borracho de bar.

En Chile ardió una larga guerrilla literaria. Tres colosos que no se soportaron, que se pegaron, que se necesitaron, que nunca se perdonaron: De Rokha, Neruda y Huidobro.

Pablo de Rokha entraba al ring como un peso pesado que embestía sin dar en el blanco. Neruda era maletero. Huidobro escurridizo.

“Gallipavo senil y cogotero

de una poesía sucia, de macacos,

tienes la panza hinchada de dinero.

Astuto, ruin, tarado, voz gangosa,

saqueas a la U.R.S.S envilecido

con la tremenda mano estropajosa”, fue lo más suave que le escribió De Rokha a Neruda.

Neruda, por su parte, dedicó extensos poemas a burlarse de De Rokha, a quien le llamaba Perico de los Palothes, poeta gesticulador y matón intelectual. Fueron treinta años de desenfrenada guerrilla literaria, a la que entraba periódicamente a combatir el poeta Vicente Huidobro. Una especie de “todos contra todos”, y con los seguidores de cada uno agarrándose a coscachos en las esquinas de la república.

El escritor estadounidense Paul Theroux se refirió en cierta ocasión a Michel Houellebecq como “el tipo de escritorzuelo desagradable, abusivo, intolerante y sin talento. Podría estar despotricando en una pocilga francesa. No creo que lo necesitemos para definir las relaciones entre mujeres y hombres”.

A Virginia Woolf no le impresionó la figura fundacional de Mark Twain: “Un gacetillero que no habrían calificado ni de quinta en Europa. Les tomó el pelo a unas cuantas momias literarias salpicando sus textos aquí y allá con algunas dosis de color local, las suficientes para intrigar a frívolos y flojos”.

El poeta W. H. Auden lanzó un misil de baja altura: “Creo que Robert Browning no fue bueno en la cama.”

[1] MUZAM, Jorge. “Volver a los viejos”; Revista Inmediaciones, La Paz – Bolivia (2018).

[2] MUZAM, Jorge. “Volver a los viejos”; Revista Inmediaciones, La Paz – Bolivia (2018).

[3]MUZAM, Jorge. “Ya es bastante invierno”; Revista Inmediaciones, La Paz – Bolivia (2020).

[4] MUZAM, Jorge. “Antorchas de fuego azul”; Revista Inmediaciones, La Paz – Bolivia (2019).

[5] MUZAM, Jorge. “Antorchas de fuego azul”; Revista Inmediaciones, La Paz – Bolivia (2019).

[6] MUZAM, Jorge. “Antorchas de fuego azul”; Revista Inmediaciones, La Paz – Bolivia (2019).

Jorge Muzam desgrana el tiempo entre castaños y cerezos

Por Márcia Batista Ramos

Como nada es casual en el planeta azul, Jorge Muzam (1972), escritor chileno, nació en San Fabián de Alico, el “Nido de Parras”, la tierra de Violeta y Nicanor. Licenciado en Historia por la Universidad de Chile.  Es novelista y poeta. Ha publicado artículos, relatos, poemas, crónicas y ensayos en diversas revistas y periódicos americanos y europeos

Jorge Muzam, como si se tratara de un Lermontov del siglo XXI, que ama a su patria, “¡pero con un extraño amor!”, con una actitud firme, sabe que todo puede y debe estar mejor, por eso está insatisfecho con el estado actual de las cosas. El tema de la patria en las letras de Jorge Muzam adquiere notas punzantes y amargas, asociadas a la frustración de no poder corregir esa situación, sencillamente, porque los políticos llevan las riendas de un país, no los poetas.

 Así como Lermontov idealiza el pasado de su tierra natal y el tema de la patria en sus letras adquirió notas trágicas, también, Jorge Muzam analiza la realidad que le rodea, lo que ve y no le gusta, porque realmente está mal. Jorge Muzam anota:

 “Ni siquiera se trata de ferocidad capitalista o desprolijidad socialista. Es la condición humana la que entreteje los hilos de la injusticia y donde el exceso de ética actúa en contra de los que anhelamos cierta igualdad (…)”[1]

 Igualmente, la patria en la obra de Jorge Muzam, está estrechamente vinculada a la imagen de la naturaleza, asimismo, a la imagen de la sociedad que le corresponde vivir, que parece descomponerse y le hace mirar hacia atrás en el tiempo y anota:

“(…) Debes volver a los viejos, a la generación sacrificada, para encontrar cierta tenacidad, honor y respeto. O al menos para mover la pala de un sitio a otro.”[2]

La rápida mirada en el tiempo que hace Muzam, se equipara al mito del eterno retorno, modelo y repetición en su movimiento ritual y cíclico en busca del pasado arquetípico, donde la conducta de los hombres se inspiraba en la harmonía del hombre con la tierra.

De la misma forma, las letras de Jorge Muzam expresan lo que Jorge Tellier llamó de: “rechazo a veces inconsciente a las ciudades, estas megápolis que desalojan el mundo natural y van aislando al hombre del seno de su verdadero mundo.”  Ya que Jorge Muzam, constantemente, reafirma la tradición y la historia de la literatura chilena. Muzam es otro poeta de los lares, que sostiene una búsqueda medioambientalista, se funde con la naturaleza, en un retorno a lo originario del hombre en contacto con el mundo, como una experiencia vital, no como una experiencia puramente literaria.

Si Jorge Tellier, en cierta medida, fue un inspirado que tuvo el valor, propio de la persona  honesta y, supo prolongar su brillante mocedad dentro de una atmósfera mítica que se constituyó, a partir del árbol de la memoria encantada, fusionando dicha memoria con un poco de nostalgia, de naturaleza con niebla y pájaros, entre otros elementos que conforman la arcadia que sirve de escenario a su poesía lárica, Jorge Muzam, a su vez, hipnotizado, por el embrujo de la alta cordillera del Ñuble, donde se puede admirar el vuelo de los cóndores, conjuga el verbo vivir, mientras escurre por su pluma la belleza y el dolor de existir.

La narrativa de Jorge Muzam, contiene una prosa poética exquisita, plagada de bosques de robles, avellanos y cerezos, montañas y cabras en busca del cielo, que derrama una llovizna infinita, raras veces, cargada con copos de nieve, con el cerro Malalcura (corral de piedra), visto a diario, desde la ribera sur del río Ñuble… San Fabián de Alico conforma la arcadia donde se desarrollan las letras de Jorge Muzam:

“Por aquí ya es bastante invierno (…). Llueve con murmullo persistente. Ha nevado en las cumbres. Las escampadas tienen rumor de viento norte. El musgo se apodera de las piedras, de los estanques, de los troncos viejos. El río Ñuble vuelve a adquirir la prestancia y el rugido de un río sureño. Despierto temprano, incluso en día domingo, es una conducta propiamente campesina que suele acompañar toda la vida. Café para espabilar mirando por la ventana el Malalcura, comprobar que sigue en su sitio. Que la historia previa no fue una ilusión ni menos un sueño de Monterroso. Mis ingredientes para vivir suelen ser imaginarios. Posibilidades y recuerdos que interactúan en una novela inédita, incongruente, circense por defecto. La soledad fantasmagórica de la cordillera exalta mis quijotismos. Si tan solo Doré pudiera dibujarme. Mi cabeza es un Saturno anillado de esqueletos, cañones sin pólvora, generales rusos dubitativos.”[3]

Jorge Muzam, en su narrativa, presenta una dimensión dramática de la temporalidad. No necesariamente, con el miedo a la muerte, condensado en el vértigo temporal que prácticamente elimina el tiempo de existencia entre la cuna y la tumba, pero, como el contador de arvejas, que percibe el efecto atormentador de las horas que pasan:

“Intento atrapar el tiempo con la mano como si fuese un mosquito neurótico. Nunca lo logro. Las palabras me saben a pasado. El té me sabe a pasado. El amor es una tempestad emocional replicada infinitamente hacia el nido de los recuerdos. A veces llego a estar seguro de que somos bombas de relojería. Yo mismo siento mi tic tac encaminado hacia la hora 0. Es cierto que podemos hacer trampas, manipular el segundero, causar estropicios monumentales, pero de todas formas la resta es inaplazable y el saldo final será vacío.(…)”[4]

La temporalidad apesadumbrada, forjada con frecuencia y manifestada en la noción del plazo, el tiempo estimado del que se va substrayendo parte a parte, hasta que ya no queda nada y se consume…  Tal vez, con él se acaba el fracaso de las ilusiones, la felicidad o la propia vida:

“(…) Y eso es muy injusto, porque creamos y queremos como dioses infantiles, sin fecha de caducidad, sin contratos definidos. Mientras tanto podemos deslizarnos a bordo de un monociclo y hacer malabares con antorchas de fuego azul. Unir dos riscos con una cuerda. Aspirar la contradicción del viento. Al fin y al cabo, la vida es sólo una fiesta irresponsable de ocho décadas probables. Si nos caemos no se perderá mucho, y lo esencial quedará resguardado en memorias ajenas. Las dagas de hielo a veces acechan la pluma, la intimidan, y no hay cómo defenderlas. Escribir inutilidades puede convertirse en un drama íntimo, pues no le agregará energía extra a ningún hogar del planeta (…).”[5]

Así, de manera cruda, Jorge Muzam refleja la angustia que le produce la conciencia sagaz del quehacer cáustico del tiempo y el dolor por lo transitorio hace parte de algunas de sus imágenes recurrentes, dimensiones que se suman y amalgaman al tiempo que interviene en la construcción de la estructura de su narrativa que va más allá de la captación del instante, pues logra dilucidar el paso del tiempo en diferentes planos que expresan durabilidad, tiempo lacónico, movimiento: llegar, partir, verter, florecer…

“(…) Podría no hacerse e igual las ocas caminarían graciosamente. Es el septiembre más frío en muchos años. Nubes solitarias rodean las laderas montañosas, algunas dejan caer llovizna y otras agua nieve. Llegan cientos de cachañas empujadas por el viento sur. No solían arribar en esta época. Parecen desorientadas. Sus recuerdos las guían hasta los viejos manzanares, y ahí se detienen a descansar, pero en esta estación no hay manzanas, ni siquiera hojas y deben seguir rumbo al norte sin haber cenado.”[6]

Como un custodio de la memoria y su valor humano, Jorge Muzam desde el bello valle de San Fabián, desgrana el tiempo entre castaños y cerezos.