Nana Rodríguez Romero (Colombia). Es Poeta y narradora.  Sus minificciones han sido publicadas en antologías de varios países Becaria del ministerio de Cultura en el programa Residencias artísticas en el exterior (2002). Ganadora del Premio Nacional de poesía Ciro Mendía, 2008. Entre sus obras de poesía y minificción publicadas están: Elementos para una teoría del minicuento (1996) Permanencias, Hojas en mutación, Lucha con el ángel, El sabor del tiempo, La casa ciega y otras ficciones, El bosque de los espejos), Efecto mariposa, El oro de Dionisios, Elementos para una teoría del minicuento, La piel de los teclados, Vendimias del desierto, Juanantonio, El orden de otros días, El astrolabio, Los elementos. Profesora e investigadora de la escuela de Filosofía y Humanidades, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.

 

Sinfonía en mi mayor

Ha comenzado el invierno. Esta humedad del piso y las paredes me está penetrando los huesos y el cerebro. Cada día llegan más y más inquilinos a la alcantarilla, siento que mi espacio se reduce. La leve línea de luz que atraviesa este aire pestilente ya no alcanza a iluminar el pedazo de libreta amarillenta, con la tinta desteñida, tan parecida a mi vida. Las ratas y las sabandijas anoche no me dejaron dormir, el nivel del agua las ha arrastrado hasta la boca del túnel. Esa niña lloró durante la madrugada porque la mordían los roedores. El olor de la mierda, el bazuco y el pegante me mantienen entre la ingravidez y la náusea. Hoy saldré a tomar un poco de aire y me abrazaré a uno de esos urapanes del parque para recordarla y poder beber un poco de su alegría. Ella tenía un gesto de ángel en el labio inferior, por eso la amaba y por sus manos pequeñas y porque se estremecía cuando le besaba la curva de sus hombros y porque… la patrulla se ha detenido justo sobre la tapa de la alcantarilla. Ya siento los pasos de la ley, el ruido ensordecedor de las motos y la dureza de los bolillos sobre mis brazos. La negra, entre dormida y asustada corre socavón adentro, con su pedazo de cobija hundido entre la oscuridad del agua. El chapoteo la delata, los perros sobreaguan con la mirada llena de sangre. Es un día como cualquier otro. Es la rutina.

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Me observo frente a la vidriera del centro comercial y no me reconozco, o no quiero reconocerme. Veo un pedazo de hombre oscuro, lleno de costras, mugre y grasa, recuerdo que antes tenía las uñas rosadas y muy cuidadas, me preocupaba mucho el aspecto de mis dientes y mis uñas. Por eso no quiero reconocerme. Se que antes amaba la música y sobre todo el piano. Ahora me persiguen las moscas y lo único que conservo es esta manía de escribir, de aferrarme a las palabras.

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Ayer estuve con el rey de los puñales. Estaba triste, chupaba susto como un desesperado y no hablaba, no decía nada, era lo peor. Tenía la mirada clavada en el vacío y de vez en cuando me miraba y lloraba. Lloraba como un niño asustado. Yo la abrazaba, lo arropaba con mi manto. El humo me penetraba los ojos y el cerebro. Yo no fumo susto a mi me gusta la bareta.

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Hasta hace poco, todavía sentía vergüenza al pedir dinero por las calles pero el hambre es un gusano que me roe las entrañas, el hambre despierta los instintos asesinos. Todavía no he llegado a merodear por los botes de basura, a veces logro coronar una fruta callejera en tiempos de cosecha. Todavía mi lengua y mi paladar recuerdan mis gustos de sibarita. Ojalá perdiera esa memoria. Hoy le llevo papayas hawaianas a la negra y a su niña.

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La gente me huye, me tiene miedo, sobre todo, las mujeres. Puedo sentir cómo la adrenalina les corre por el cuerpo. Yo no les quiero hacer daño, yo sólo quiero unas monedas. Todavía no cargo chuzos, sólo este bastón para defenderme, como todos. Reconozco la calle como mi territorio, mi casa es la ciudad, mi habitación la alcantarilla, mi mundo interior, lo que vivo, lo que pienso, lo que escribo.

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Un camino de hormigas recorre la piel rugosa de este tronco. Me siento como a diez centímetros de piso. Una de las hormigas transporta a cuestas un pedazo de hoja. No se ve el animalito debajo de la hoja. Un hombre lleva una casa de cartones, no se ve el hombre debajo de la casa. Una colonia de hombres y mujeres corretea por en medio de las calles, entre una jauría de carros… las hormigas mantienen el equilibrio, los hombres dejan a su paso la huella de la destrucción y los desechos. Basura. Hediondez. Tengo hambre, pero no quiero moverme…por qué siento hambre… por qué estoy aquí…bajo el sol tostándome los huesos…por qué la vida…por qué yo y ellos y nosotros, por qué este trasegar de sótanos y alcantarillas y este sol brillante, brillante, brillante…un caballo brioso arrastra una carreta.¿Qué hace ese animal en medio de las máquinas? ¿Qué hago yo en medio de estos trapos malolientes?…pero todo está bien, todo tiene una razón, es comprensible. Así… todo es razonable…la bareta es una anestésico contra esta realidad…tengo sueño, ni una de mis células quiere moverse…voy a dormir aquí en medio del orín y del ruido…el sol…está bri…llan…do…

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El hombre está distraído y no se va a dar cuenta. ¡Quiero ese libro! Hace tanto que sólo leo los avisos en las esquinas y los periódicos obsoletos… es una mala edición, pero qué me importa ahora la calidad del papel y la impresión, si mi cabeza va por un lado y mi cuerpo va por otro. ¿Qué hago con este cuerpo que me estorba? Pero quiero el libro, me servirá de pasaporte y de almohada, me servirá de disculpa. Me perderé en sus páginas, en sus palabras, me bañaré en sus sonidos interiores. Me servirá para esta cárcel que arrastro cotidianamente. Mi biblioteca, ¿la tuve? O es sólo un sueño, un buen recuerdo. Reconocía los libros cuando los abría, por el aroma que soltaban. Reconozco a los hombres por su olor y hay días en que la náusea y las ganas de vomitar me desesperan. Ayer estuve en la puerta del auditorio pero el vigilante me despidió a empujones. Yo sólo quería escuchar un poco del concierto. No se hasta cuándo viviré en este estado transitorio, en este limbo, rayando los umbrales de la normalidad y del infierno. Es terrible esta conciencia, es terrible estar en medio. Prefiero las orillas. Soy un solitario, por eso me golpean mis compañeros de la noche.

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Esta noche cambiaré de dormitorio. Voy a quedarme en este árbol. Esta noche me voy a sentir abrazado por sus ramas olorosas y tibias como el seno de una mujer. Esta noche voy a estar mecido por el viento.

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Debajo de estas ropas me habita el deseo, el deseo de macho primigenio y salvaje. Un río de esperma corre por entre mis manos, me siento triste y aliviado. La negra me mira con su par de ojos que alumbran como carbones encendidos. Se levanta el pedazo de saya, abre las piernas y me provoca, me enciende la sangre. Nos revolcamos como un par de fieras devorándose a dentelladas. Mirándose en iguales espejos, arrancándole a la vida un tallo, una flor de los pantanos de la muerte. Ella era tierna y se arqueaba en el instante del orgasmo, ella se perdía debajo de mi cuerpo. Ella era especie de astrolabio.

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Con el mueco ya son nueve en este año. Lo encontraron entre una caneca, con un tiro en la nuca, seguramente cuando dormía o bien embalado que estaría. Cada vez que matan a uno de esos locos, siento un frío en el hígado. Siento miedo. Dicen que son los de la limpieza, yo los he visto, son el exterminio para nosotros, los habitantes deleznables. El mueco tenía dos hijos, dos chicos que nacieron en la calle, en medio del crimen, el vicio y el olvido.

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Tengo miedo. Cada día que pasa, siento que el abismo me atrae poderosamente como un imán maligno. Cada día la desidia me enlaguna los actos, todavía me quedan algunas cosas de importancia. Los valores que permanecen, a veces me llagan la conciencia. Quisiera que otro imán me halara, me rescatara de las fauces del abismo. Hace un tiempo que he perdido la noción del espacio. Vivo en el pasado, recorriendo los pasillos de la memoria como un perro que olfatea los lugares amados y los odios, los rencores y las culpas. Ayer me vi escarbando las bolsas de basura y comí los restos de naranjas ya descompuestas. No me importó. Los gusanos se retorcían en medio de mi lengua…estoy descendiendo los escalones y extiendo los brazos aterrado, sin saber qué círculos de horror me esperan. Las noches me agarran con sus dedos oscuros, invisibles…sin embargo, los días son azules y el sol brilla y ella aún existe en algún recodo del mundo…siento sus labios mirándome desde las ventanas, sus manos me esperan detrás de cada esquina, por las bocas del subsuelo emanan vapores amarillos…estoy construyendo mi propio perfil de desechable. Tentáculos, fetidez…desperdicio, podredumbre, contravía…antes no aceptaba ese término, pero esto es irreversible…rrever…versi…versible…el desencanto, la duda, la realidad me arrastran en un remolino de muerte…todo gira, estoy atado a una noria…las calles están atestadas y yo deambulo con los brazos extendidos…yo arrojaré mi pedazo de libreta y de vida a esa alcantarilla que serpentea por en medio de la ciudad…yo deambulo con los brazos extendidos…

En el libro El astrolabio. Nana Rodríguez Romero