Juan Martínez Reyes
(Chimbote – Perú). Se licenció en Lengua y Literatura (Universidad Nacional del Santa). Integra el Grupo Literario “Isla Blanca” (Chimbote). Participó en la Antología de cuentos “Desde el silencio” (2016) y “Navío al viento” (2017). Antologado en la Revista Poética Marea N° 23 (2017), Marea N° 24 (2018), Marea N° 25 (2019), Marea N°26 (2021). Publicó su plaqueta de microrrelatos “Juego Final” (Venezuela – 2021). Ha publicado en revistas literarias de diversos países: Perú, Chile, Colombia, Argentina, Venezuela, Bolivia, Costa Rica, Honduras, México, Estados Unidos y España. Finalista en el II Concurso de Microrrelatos Bibliotecuento, organizado por la Casa de la Literatura Peruana (2017) y finalista en el Primer Certamen Literario Internacional Lone Star, organizado por Poetas Houston (Estados Unidos, 2020).
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Sin saber que aquel día terminaría en la cárcel, caminé hacia su casa con la dicha de verla.
Cuando Claudia ingresó al aula, todos la miraron. Quedaron envueltos por el sortilegio de su belleza y su sonrisa clara como el alba. Muchos querían seducirla, pero nadie tenía la valentía para hacerlo.
Por esos días, en la televisión trasmitían que la inflación había crecido de manera desmedida, y que un coche bomba había acabado con la vida de varias personas en la capital. El país vivía en una época llena de terror. Pero para mí, esos hechos dejaron de ser importantes, porque mi atención estaba solo en Claudia.
Cuando terminaban las clases me acercaba a ella para preguntarle cualquier tema, solo con el afán de tenerla cerca y contemplar la armonía de su rostro. Incluso comencé a escribir poemas en mi cuaderno, pero nunca tuve la osadía de dárselos, solo me conformaba con enviarle cartas anónimas.
Con el transcurso de los días y el trato gentil que le mostraba, me gané su confianza. Mis compañeros comenzaron a notar mi inclinación hacia ella. Si logras que Claudia sea tu enamorada, te ganarás la admiración y respeto de todos, afirmó uno de mis amigos.
Tenía la sensación que ella sentía algo por mí. Me miraba de soslayo de vez en cuando y me sonreía. A veces, solía decirme que nuestro país necesitaba de los jóvenes para transformar la sociedad. Su intención era concientizar a las personas de nuestra realidad sociocultural y llevarla a un cambio a favor del pueblo, afirmaba enérgicamente. La miraba absorto por su madurez y su preocupación por la problemática de nuestra nación. Poco a poco fui siguiendo sus pasos. Comencé a interesarme en los temas sociales, incluso asistía a los debates que ella organizaba, solo para verla. Además, poseía una gran facilidad para hablar y dominar grupos, eso también me atraía de ella.
Transcurrieron varios meses y, este amor creció rápidamente dentro de mí. Le ayudaba a formar y reunir a los compañeros para debatir. Me gustaba escucharla. Al culminar, la acompañaba hasta la avenida que abordara un auto hacia su casa. En el trayecto le rozaba su mano y ella me miraba de soslayo.
Aquel día la noté pensativa. No participó en la clase y no escribía. En su cuaderno vi extraños símbolos. Cuando le pregunté sobre eso, me cambió de tema. Me extrañé, pero ya no le di importancia porque debíamos realizar un trabajo en parejas, sobre historia, su curso preferido.
Al culminar la clase, me dijo que vaya a su casa. Sí, le respondí sin pensarlo dos veces. Me dio la dirección de su domicilio y en la tarde fui con mi mejor vestimenta. En el trayecto la imaginé esperándome con su vestido rosa, sonriéndome con dulzura. Cuando llegué, me invitó a ingresar amablemente. Me dijo que sus padres habían salido a una reunión y llegarían en la noche. Con la confianza que me tenía no dudó en pedirme que la acompañe a su habitación, y la seguí como autómata. Me senté al borde de su cama, mientras ella veía unos papeles apilados en su mesa. Su cuarto estaba desordenado, había varias prendas dispersas en su cama y cajas arrinconadas en el piso. Serán cosas que habrá comprado recientemente, pensé. Observé con deleite sus piernas contorneadas, que se dejaba apreciar en el short que llevaba puesto.
– Hace calor –dijo de pronto, y comenzó a quitarse la polera quedando solo con una diminuta blusa a tiras.
Recorrí fascinado con la mirada los contornos de sus hombros, su rostro apacible y las formas delicadas de su juvenil cuerpo, mientras crecía más dentro de mí la fuerza del deseo. Mi corazón comenzó a latir con ímpetu. Se acercó, y me acarició el rostro. Sentí un ligero temblor en mi cuerpo, y comencé a sudar. ¿Sentirá algo por mí? Por mi mente rondaban miles de ideas. En ese momento, la voz de Claudia quebró el silencio.
– He notado cómo me miras, César –me dijo coquetamente–. ¿Te gusto?
Me quedé en silencio un instante.
- Sí –repliqué, me has gustado desde el primer día.
En ese momento, llevado por la emoción, me acerqué y la besé. Ella me miró dulcemente, y volví a besarla. Luego se quitó la blusa, dejando ver sus atributos. ¿Qué hermosa es?, pensé. Con mis manos palpé cada extremo de su cuerpo, mientras terminaba de desnudarla. Bajo las sábanas nos amamos sin tiempo, desatando el fuego que ardía dentro de nosotros. Al culminar, deseé que esto no fuera un sueño. La abracé y ella se acurrucó en mi pecho. Minutos después, abrieron la puerta intempestivamente. Varios soldados entraron. Nos sacaron de la cama a empujones y nos golpearon. Uno de los militares nos gritó: ¡Vístanse, carajo! Todo fue tan rápido. Los otros tiraron la ropa, los libros y las cajas apiladas del rincón, buscando algo. Lo encontramos, dijo un soldado.
– Ya se jodieron terrucos de mierda –dijo uno de ellos. Pónganles las esposas y llévenselos.
Claudia lloraba con rabia, murmurando algo que no alcancé a entender.
– ¿Qué hacen? ¿A dónde me llevan? –pregunté confundido, mientras salimos escoltados de la casa.
Desde sus ventanas, algunos curiosos nos miraban. Aquí erre nueve, informando la situación, los agarramos capitán, habló uno de los militares, por su radioteléfono, misión cumplida.
– ¡Yo no he hecho nada! ¡Soy inocente! –grité, pero todo fue en vano, ellos no me escucharon y nos metieron a empellones en la camioneta. El viento silbaba en el lomo de la noche, mientras el pavor y la incertidumbre crecían dentro de mí.



