Araceli Otamendi
Araceli Otamendi (Quilmes, Provincia de Buenos Aires) vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde hace mucho tiempo. Graduada en la carrera de Análisis de Sistemas(Universidad Tecnológica Nacional – Fac. Regional Buenos Aires). Cursó estudios de literatura principalmente en el taller de Mirta Arlt. Es escritora y periodista, dirige desde hace veinte años las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel. Publicó las novelas policiales Pájaros debajo de la piel y cerveza – Premio Fundación El Libro a escritores noveles 1994 y Extraños en la noche de Iemanjá en e.book. En 2000 su antología de escritores hispanoamericanos Imágenes de New York fue presentada en el Centro Rey Juan Carlos I de NYU, New York. Estudió pintura, guión de cine, dramaturgia, realizó seminarios de Literatura policial, con Ricardo Piglia (UBA) , Seminario de pensadoras. Coordina talleres literarios y seminarios de literatura.
LOS PRIMOS
Nunca supe muy bien cuál fue el origen del parentesco, se empeñaron en decirme a mí, «prima» y a Roberto «primo». Éramos vecinos desde hace años.
Ellos eran un matrimonio solo. Nunca los visitaba nadie. El hombre era gordo, demasiado gordo, la mujer también. De noche, a la hora de la comida a través del pasillo se escuchaban risas, parecían alegres, pero eso sólo duró algunos años. Seguramente veían algún programa de televisión.
Cuando Roberto empezó a progresar en el trabajo y nos pudimos comprar un pequeño auto, los vecinos empezaron a mirarnos con mala cara. El hombre viajaba en taxi porque la gordura le impedía subir a un ómnibus. La mujer era más delgada y también trabajaba. Creo que el problema empezó cuando la mujer dejó de trabajar. Cuando yo llegaba a casa, la veía a ella, desde la calle, mirando por la ventana.
Nos saludábamos, como siempre. Pero había algo extraño en su mirada. Hasta que un día, serían las siete de la tarde, alguien tocó el timbre. Me acerqué a la mirilla y vi que eran los vecinos y abrí la puerta. ¿Qué tal? – dije.
– Queremos hablar un momento con usted. Las caras del hombre y la mujer no parecían las mismas de siempre. Había algo extraño, un brillo, en la mirada de los dos.
Les ofrecí sentarse. El hombre era tan gordo que tenía problemas hasta para estar en una silla. Enseguida empezaron a hablar de un parentesco, al parecer todos éramos primos, el hombre y la mujer entre ellos, y ellos entre Roberto y yo.
Casi no podía creer lo que estaba escuchando. En eso Roberto abrió la puerta del departamento y sorprendido dijo: – Buenas noches ¿pasó algo?
Le hice una seña, habitual entre nosotros, para advertirle que sí, algo raro estaba pasando.
– Sí señor, dijo el hombre, con voz altisonante. – Pasa que somos primos y usted no lo quiere reconocer.
– Ajá – contestó Roberto, mirando hacia el teléfono.
El hombre seguía hablando y dando detalles del parentesco y todo se tornaba cada vez más extraño. Mientras Roberto iba hacia el dormitorio, les ofrecí un refresco a «los primos».
Bebieron el refresco y se fueron a los pocos minutos.
– Están locos, hay que hacer algo – dijo Roberto.
– Sí, mudarnos – contesté.
Esa noche Roberto y yo nos reímos, creo que fue la única noche que reímos después de semejante escena de «los primos». Tardamos meses, creo que años en volver a reír, hasta que el «primo» murió y la mujer, «la prima», casi no salía de la casa.



