Por: Zeuxis Vargas.

Escritor colombiano

 

     “Yo no quiero que me hable

De pena ni sufrimiento

Yo quiero vivir mi vida

Alegre, feliz, contento

El día que yo me muera

No quiero llanto ni rezo”.

(interpretado por Piper PImienta)

En «Los versos satánicos» Salman Rushdie logra que Farishta y Chamcha, sus personajes principales, obtengan atributos divinos. Este artilugio que posibilita la ida y vuelta entre dos dimensiones: la celestial y la terrenal, es un truco narrativo pocas veces alcanzado con tanta maestría en la novela moderna.

Dante, siglos atrás, viaja por el universo místico de los cristianos, Gilgamesh miles de años antes, desciende al inframundo al igual que Orfeo al subsuelo de Caronte, todas estas historias devienen del primigenio deseo de poder ir y venir sin consecuencias al más allá.

El asunto es que dichas exploraciones realizadas por héroes mortales han sido circunscritas a universos espirituales netamente occidentales, ancladas a religiones monoteístas, la más de las veces, y casi siempre limitadas por el goce divino o por el beneficio de la inmortalidad.

No encuentro entre toda la literatura, un acontecimiento literario que haya intentado otra clase de relación con el más allá. Dentro del panorama épico no hay un héroe que viaje o pueda estar entre uno y otro plano, con el pretexto de otra premisa que no sea la religiosa o la amatoria.

Fabio Martínez, en su novela «La gente pide para bailar tumba y bongó» no sólo consigue que su protagonista se comunique con los dioses del más allá sino que logra recrearnos un cielo diferente al acostumbrado. Su cielo es el cielo de los Orichas y sus dioses son dioses apasionados por el ritmo y la parranda.

Este prodigio es admirable, Martínez nos presenta una historia fantástica donde el fin es el goce de la música. Esta es una de esas novelas que tiene su propio soundtrack. Así como el road movie de José Agustín: «Se está haciendo tarde (final en laguna)» que nos lleva por una historia diletante del rock; en «La gente pide para bailar tumba y bongó», asistimos a una magistral lección que nos ilustra sobre la historia del son, el bolero y la salsa.

Cheché, el protagonista de la novela, es un símbolo de la historia de la salsa y de esta misma en la historia de Colombia, y de la historia de los negros y de Cali. Desde el cielo Oricha rodeado de todos los grandes soneros y de todos los representantes del ritmo, mientras se organiza el gran espectáculo, el gran concierto, leemos la vida de un negro con una voz prodigiosa inmerso en el laberinto de una ciudad que protagonizó algunos de los grandes hechos de la Colombia de finales del siglo XX.

Lo fantástico no la fantasía, permean este universo donde los dioses negros interceden o cobran cuentas. Como los dioses homéricos, los dioses del universo de Cheché se inmiscuyen en todos los asuntos humanos, apareciéndose aquí y allá, generando ese dialogo natural que desaparece la línea que separa lo divino de lo mortal.

«La gente pide para bailar tumba y bongó» es un libro para gozar escuchando buena música y para comprender que la literatura latinoamérica puede ir siempre más allá de lo realista y que la búsqueda experimental, ese ejercicio por dejar atrás toda la narrativa, a veces no está en el tratamiento técnico de la sintaxis o de aquello que se intente con lenguaje sino que, en pocas ocasiones como esta, en muy contadas revelaciones como esta, la magia consiste en dejarse llevar por una historia maravillosa, tan real como los milagros de las vírgenes aparecidas en rocas o las lágrimas de sangre que brotan de los íconos de yeso.

Invito a todos los lectores a sumergirse en este universo fantástico, les aseguro dos cosas: que tras su lectura, contarán con una enorme información musical y creerán en el cielo de los Orichas. Yo estoy aquí, a la espera del concierto celestial de los salseros, tan solo para escuchar a Cheché gritar:

“Muchos discuten de rumba

y ni siquiera saben

qué cosa es Columbia.

¡Oh, guaguancó!

¡Señores!”