Sir Brenda Mitchelle. Actriz, escritora, poeta, narradora y dramaturga mexicana. Mágister en Langues, litteratures et civilisations étrangeres et régionales por l’Université Lumière Lyon II, Mención honorífica del Certamen Estatal de Literatura Laura Méndez de Cuenca y finalista del III Certamen Internacional de Relatos Cortos Ciudad de Sevilla. Es autora de la novela La niña que amó a un demonio con tacones rojos (Valparaíso ediciones, España), el álbum ilustrado El gato que amó, quiso ser perro (Mr. Momo, España) y el libro de relatos Memorias de extraños seres que no se acostumbraron a la tierra (FOEM, México). Actualmente es doctoranda del Programa Interuniversitario del Doctorado en Comunicación en la Universidad de Sevilla. 

 

Vendrá la realidad como viene la muerte 

                                                                                                                 

                                                                                                 A Ana García Bergua  

 Elevas la mirada que mantenías en el libro y se cruza con la de una mujer que te observa fijamente, que te ha devuelto al momento, miras de malas el entorno. Es siempre mejor el libro, mejor a escuchar el llanto de aquel niño, al sonsonete de conversaciones que giran y dan vueltas en torno a lo mismo, a la música de alguien que vende discos, a sus gritos para ofertarlos, pero prefieres no volver a la hoja porque casi has llegado a la estación. Hace poco más de una hora que viajas en este vagón sucio, llueve y el metro se ha detenido por espacios prolongados de tiempo. Hay calor húmedo. Ahora que no lees ya, que no estás lejos de todo puedes sentirlo. 

No soportas a la gente, ni al sudor que te adhiere la ropa al cuerpo. Se abren las puertas Corroboras tu destino en el letrero verde y te arrojas fuera del vagón casi feliz de abandonar todo aquello, hasta que la humedad que llevas contigo choca con el viento frío de la estación protegida sólo por unas rejas de hierro que permiten el paso del viento, tiemblas, avanzas rápido. Deben ser más de las diez de la noche, tienes que ir con prisa, alcanzar al siguiente transporte, bajas y subes escaleras, atraviesas un pasillo largo, sigues por el pasillo a la izquierda. Una mujer con un niño en brazos te pide una moneda, Para darle de comer a mi hijo. Tú sólo bajas la vista, tienes que llegar, no puedes detenerte, delante unos jóvenes te miran. Estás acostumbrada al “mirar” de las personas desde niña, hay un “algo” que atrae sus miradas a ti, has aprendido a ignorarlo, a vivir con ello, a ignorarlo según las temporadas y el caso. Subes al transporte que estaba a punto de irse, el último que va a tu destino, cuentas las monedas, 4, 5.50, pagas, te sientas en el asiento delantero, el que no hay que compartir, te sientes feliz por eso. Lo que sigue, sabes, son dos horas de tráfico y pedir que no asalten el transporte. 

Ahora te aferras al libro como si a un leño en mitad del vacío, y buscas las letras. Te aferras como un enfermo cuyo único sosiego fuera contenido en estas pastas, en estas hojas que repasas fervorosa para no pensar en la vuelta en la que irremediablemente piensas entre los saltos de las páginas. A veces entre las palabras vienen imágenes de la casa sola esperando que cuides de ella. Te aferras para no pensar en el silencio que va a rodearte una vez que llegues, irrumpido sólo por el sonido de aquellos muebles envejecidos que parecen hablarte, que truenan y te recuerdan en todo momento el paso del tiempo, a los que te antecedieron. Lo que vendrá. El vacío. 

El camión se detiene, te asomas molesta a la ventana para ver qué lo ha provocado, quieres llegar a pesar de todo. Vienes de la universidad. Estás cansada. Afuera, un hombre sostiene a un anciano por el brazo. Llueve apenas. Es que nadie quiere subirlo, no trae pa’ pagar, va aquí a Ticomán, se escucha una voz afuera, el chofer entrecierra los ojos, asiente…Y en el camión aparece el anciano que hace unos segundos estaba afuera, le es difícil subir el primer escalón, el más alto. El hombre que viene con él casi lo carga. Se aferra al barandal una vez que puede tocarlo. El esfuerzo de los otros escalones parece algo importante para este hombre que a la vista pasa ya de los ochenta años, sube, se acomoda en el asiento detrás del tuyo. Sabes que tenías que levantarte para cedérselo pero no lo has hecho, intentas leer y las letras poco a poco se pierden, se hacen borrosas. 

Despiertas por efecto de una voz que grita, Aquí es, don, aquí baja usted, la calle está para allá, es para allá la calzada, váyase con cuidado. Hay mujeres detrás que se preguntan cómo llegará y por qué lo dejan salir solo, Que Dios lo acompañe, dicen. A esta parte del camino, teniendo en cuenta el tráfico, deben ser casi las diez de la noche, nadie hará nada por ayudar al hombre salvo encomendarlo a Dios por no hacer algo, podrías encomendarlo también tú y lavarte las manos, quedarte en el lugar que no le cediste, pero prefieres bajarte, hacer por ayudarlo. 

Te levantas del asiento y te arrojas al vacío, renuncias a la seguridad última que representaba el transporte.  

Aquí afuera está obscuro, hace mucho frío. Estuvo lloviendo mucho tiempo y hay charcos y la zona ciertamente da un poco de miedo. No la conoces, no recuerdas haber sabido algo de su existencia antes de este tiempo. ¿A dónde va?, le preguntas por no preguntarte qué carajo estás haciendo. El anciano te mira, sonríe, le faltan varios dientes, ahora que lo miras de frente y de cerca piensas que tal vez pase un poco de los noventa, las muchas arrugas del rostro se cruzan entre ellas, una sobre otra, sobre la siguiente. La piel es morena, sus ojos te parecen borrosos, casi azules, con esa capa que los cubre cuando la persona está a punto de perder completamente la vista, de unos ojos que han visto ya mucho, te pasa la estatura por un buen tramo, tú no eres alta, ¿A dónde va?, repites porque sabes que no te escuchó. Dice algo que no entiendes y hasta este momento te das cuenta de que el anciano hasta ahora no había hablado. Lo tomas del brazo para acercarlo a la banqueta, porque un auto pasa muy cerca y te devuelve al momento. El anciano camina apenas, da los pasos uno tras otro invirtiendo esfuerzo, hace parecer el caminar todo un suceso, se balancea un poco, para lograr equilibrio separa los brazos del cuerpo en actos involuntarios. ¿Para dónde va?, gritas. Se ríe y te mira, balbucea en la calle, habla casi sin sonido, casi sin despegar los labios, como si le doliera dejar salir las palabras. Adivinas un impresionante esfuerzo en cada una de las acciones del hombre, ver, hablar, andar. ¿Trae alguna identificación?, gritas. Otra vez gritas. Saca unos papeles y te los enseña. Son del Seguro Social, amarillentos todos, manchados, con una dirección distinta, en otro lado, lejos. Esto no es por aquí, le dices. El anciano habla, dice muchas cosas, poco a poco entiendes más, él no ha modificado en nada la dicción ni el tono, ni la imposibilidad, ni la forma, son tus ganas de entenderle, piensas. Te ha hecho entender que es al final de esa calle por la que van y a la que no se le ve fin a simple vista. Después de unos metros ya no hay luz. El último farol encendido está cerca. Te arrepientes de haberte bajado. Pero no te irás. Si dejas aquí a este anciano nadie detendrá su vida para ayudarlo, y haces un recorrido por todo lo que puede pasarle si lo abandonas también tú. 

           A unos metros, una eternidad por todo el contexto, ves una caseta de vigilancia al final de las rejas verdes de una unidad habitacional, la gente con la que han cruzado no te ha dado confianza como para acercarte y contarles lo que es evidente, que están solos tú y lo que queda de este hombre, sería como decirles Por favor róbenos, o puede matarlo y si le place después vióleme. Si decidieran hacerles daño muy seguramente no podrías intentar demasiado, ni por defenderte ni por defenderlo, ni él tampoco. Él menos. Pero quizá la caseta sea una buena opción, quizá se lo queden y puedas irte a la casa que te espera. De pronto vuelve el frío y te das real cuenta del peligro.  

         Lo mejor es dejarlo. 

         Ahora ya están enfrente de un hombre que viste de azul, en la caseta, Hola, oiga, el señor necesita llegar a su casa, parece que es cerca de aquí, dice que es en la Avenida Ticomán pero no sabe el número, ¿le puede llamar a la policía para que hagan algo? Usted tiene radio, ¿no?, ¿Qué es de usted el señor?, te pregunta. No es nada, el del camión en el que veníamos iba a dejarlo aquí y no trae teléfono ni nada y las identificaciones que tiene son de otro lado, yo me tengo que ir a mi casa. El hombre parece inferir que le quieres dejar el paquete. No. Es que nosotros no tenemos radio, nos los robaron y no nos han traído los nuevos, dice muy rápido, Pero deben tener algún modo de comunicarse, apuras, Pues no, no nos han puesto teléfono en la caseta y por aquí ni vienen los policías, ¿Y si pasa algo aquí, cómo se comunican?, Pues, tenemos radio, pero sólo entre nosotros, ¿Y no le puede llamar a algún policía de algún otro lado?, Uy, se tardan mucho, y eso si vienen, pero… Te corta, Mire, señala, Pasan en la avenida, o a veces por aquí pero tardan mucho. 

Ah, mire, allá va una, con la suerte. Te olvidas del anciano y corres, gritas para llamarlos. Se detienen muchos metros adelante, sabes que te han oído pero intentan irse como si no. Ni siquiera haces por correr, te frustras, te quedas parada en la mitad de la banqueta, esperas unos segundos pensando que van a irse pero se echan en reversa, Buenas noches. Quieres llorar a este tiempo. Oiga, les explicas a grandes rasgos y otra vez te interrumpen. Nosotros tenemos que llegar, porque nos hicieron un reporte, pero vamos a radiar para que vengan unos compañeros, señorita. Se te hace un nudo en la garganta, uno grande. Te volteas molesta, te lo tragas, te alejas.  

          Miras al anciano con coraje, ¿Por qué haces esto? Pero lo tomas del brazo, le dices que tú lo vas a llevar, en contra tuya, Vamos a llegar a su casa, no se preocupe, le gritas porque no escuchó lo primero, y desde tus ganas de llorar y de darle una patada le sonríes. Caminas a su paso. No sabes qué va a pasar, otra vez la sensación de estar saltando al vacío, cada vez se acercan más a la obscuridad de la calle. 

            Llegarán al último poste, y una vez que lo pasen, andarán entre la calle obscura una muchacha de 22 y un anciano que apenas camina, que apenas habla, que apenas mira, que apenas vive. 

            Gracias, señorita, te dice con sus modos, Sí, respondes para ti porque él ni te escucha. Llegan al poste, desde aquí será empezar a alejarse de la luz, quizá no vuelvas a tu casa. Una luz azul. Una luz roja, azul, roja, azul, roja. Volteas. Es una patrulla. Elevas el brazo para que se detengan sin pensarlo. Buenas noches, les explicas, te atropellas, repites, la caseta, la patrulla, las identificaciones, que el señor no puede caminar, que ya está grande, que no escucha. 

             El policía te mira de modo extraño, no sabes descifrarlo. Le grita al anciano para preguntarle la dirección, el anciano saca los papeles otra vez, Ticomán se le entiende. Ticomán. Súbanse, dice el policía. 

Miras al anciano rápido con toda la intención de despedirte. Y él te mira, desde algún lugar en que habita el desamparo.  

No te irás. Éste es el no retorno.  

Miras la calle de regreso y sientes miedo, miras la patrulla. Se sube el anciano con mucho trabajo. Te subes del otro lado y escuchas la puerta cerrarse, sabes que no se abrirá por dentro, hay sangre en la reja blanca que divide a los policías de ustedes. Volteas a ver al anciano y una vez más le sonríes. Desde sus ojos nublados te agradece. No tiene que decir nada. Ninguno de los dos tiene ya nada que decir. 

Quizá van a dar las once. Avanzan por el camino y entran a la oscuridad, las luces de la patrulla iluminan el camino apenas porque de pronto no hay contra qué proyectarse, entran en una zona 

de terrenos baldíos, ¿Puede identificar su casa, don? Grita tres veces más el policía. No, dice el anciano. Tú ya miras desde un lugar lejos. Como si estuvieras en otra realidad y vieras todo esto desde una cámara de video. Avanzan, dan vuelta, éste es el final de la calle, pero da vuelta, avanzan, Aquí, dice, Aquí vivo. Entiendes. Les dices que se detengan, que el señor dice que es ahí. Se bajan ellos, uno va a tocar a la puerta y el otro les abre las de la patrulla. Tomas al anciano por el brazo y cruzas con él la calle, ya ni siquiera estás pensando. “Sí, vive aquí, déjeme ir por su familiar”, una mujer. Es una vecindad, parece. Llegas a la puerta. Vuelves a la realidad. De pronto se te sube el coraje a la cabeza. Te internas en el lugar, empujas la puerta que se va cerrando por inercia con fuerza. Baja un hombre. Las luces de la patrulla iluminan todo, de pronto te das cuenta de que la han acercado. Llega un hombre de unos cuarenta años, Buenas noches, señor, dice el policía con las manos dentro del chaleco antibalas, pero lo interrumpes tú ahora, hablas más fuerte. ¿Es tu familiar? ¿Qué es de ti el señor?, Es mi suegro, te responde. ¿Por qué carajo no lo cuidan? Cómo es posible que lo dejes salir así, ni siquiera puede caminar, ¿tienes idea de todo lo que puede pasarle? ¿Estás pendejo o qué?, Por favor no me hable así, señorita, te dice con cara de víctima. Es que eres un pendejo, un hijo de la chingada, estás gritando, Si no puedes cuidarlo, ¿por qué no lo dejas en un lugar en que sí puedan? Y ves que su mano va a tocarte. No me toques, imbécil. No me hable así, te dice, Cálmese, te dice el policía, lo miras, miras al anciano, miras alrededor, hay mucha gente, han salido de las casas por los gritos, por las luces de la patrulla. De pronto te confundes, empiezas a llorar, no puedes controlarlo, si por ti fuera te tirarías al piso y cerrarías los ojos. Hipeas, La llevo a su casa, gracias por haberlo traído, insiste el familiar del anciano, No. No quiero que me lleves a ningún lado, idiota. Es que entiéndame, no puedo amarrarlo, el señor se sale solo, ya está senil, Ojalá que cuando llegues a esa edad, entiendas. Pendejo. Lloras, lloras, el anciano te mira, Ya vámonos, señorita, ya está con su familia, la llevamos al metro, te dice el policía. La gente te está viendo, habla. Te miran con cara de que no entienden nada de lo que has hecho. Te sientes sola. Miras al anciano y le dices que se cuide. No te dejan ver las lágrimas, así es como debe ver él, piensas. Levanta una mano y te seca el llanto. Usted es un ángel, te dice, No cambie. Prométame que no se va a ir, y que si se va, va a irse a un lugar mejor, y ahora te estás riendo. Sí, quizá pareces una loca. No dura mucho porque vuelve a arrugársete el rostro y las lágrimas otra vez. Lo abrazas. Cuídese mucho, dices. Que Dios lo bendiga, se te sale. 

Gracias, escuchas del hombre que lo ha recibido, lo ignoras, te das la vuelta. Los policías se despiden, te abren la puerta de la patrulla. Piensas que no volverás a ver al anciano, y lloras con más fuerza. Te duele la cabeza. Tratas de que el llanto no se escuche, no puedes evitar que las lágrimas sigan saliendo. Piensas en su cara. Vas en la patrulla. Pierdes la noción del lugar y del tiempo, de pronto todo se densifica, lo único que puedes hacer es llorar, por él, por ti, por todo. De pronto la patrulla se estaciona, todo está oscuro y bajas a la realidad de golpe, otra vez. Se baja el policía y te abre la puerta, Ya llegamos, señorita. Son las once y media de la noche quizá. Te piden tus datos, para hacer el reporte, dicen. Lo siguiente que ves son las luces de la patrulla que desparecen. 

Son las doce de la noche, estás otra vez en el metro, en el lugar en que comenzaste. Tu casa está a una hora y media de camino todavía. Les hubieras dicho que te llevaran, nada te costaba, quizá lo hubieran hecho pero a veces no te entiendes. Ya no hay transportes. La estación está cerrada. Cierras los ojos. Quizá de hecho sea más tarde. El viento te seca las últimas lágrimas que quedaban frescas, piensas en la cara del anciano. Caminas pero ¿hacia dónde?  

Adviertes un esfuerzo grande en cada una de tus acciones, ver, andar, pensar. Así que te sientas en la banqueta porque es lo único que puedes, vencida, sin fuerzas. Metes la mano a la bolsa, rebuscas y sientes al fondo el libro. Lo aprietas, respiras hondo…Vuelves la cabeza. La poca gente que hay pasa, camina rápido. Sacas el libro. La página con el separador en que te habías quedado, tratas de enfocarla vista con la poca luz que llega de una casa, con un esfuerzo grande tratas de leer. 

Hay un hombre que camina hacia ti, que se sube el gorro de la sudadera, que mete en la bolsa la mano y empuña algo, que mira sin discreción el entorno. 

El anciano está seguro en su casa y tú estás aquí sentada. Quizá cambiaste los lugares. Pero lo que pasó ya ha pasado. Bajas la cabeza. Intentas en un último esfuerzo aferrarte a las letras, que ocurra el milagro, que el libro te salve. Pero vendrá la realidad siempre como viene la muerte. Cierras los ojos para no ver que llega eso a lo que nunca quieres enfrentarte. Para no ver que ya, como siempre, la realidad se detiene amenazante. Que te está viendo de frente y te respira encima, como ha hecho siempre