Ilustración de Fabio Manosalva

Este muy bien logrado cuento hace parte del libro «Sin motivo aparente», publicado en la «Colección Los Ilusitrados» de la La Parcería Edita, de Madrid, España. Carlos Bernal es además actor y dramaturgo. Las ilustraciones son de Fabio Manosalva. Los dos son colombianos residentes desde hace  muchos en Madrid.

 ( Para el homenaje teatral MUJERES DE MACONDO, dedicado a Gabriel García Márquez y dirigido por José Sanchis Sinisterra)

 Como vivo en una ciudad grande, a menudo amanezco espesa, es decir, la mirada turbia y los anhelos ausentes. Para aliviarme de congojas, voy al parque a pasear, escojo el camino de las rosas y lo camino despacio, es lo que más me gusta de El Retiro. El aroma fresco de las flores se me pega al pelo, al pecho y a la cara, respiro amplio y mis pechos florecen. Dos árboles más y ya estoy frente a la estatua del Ángel Caído. Siempre allí, abatido, sufriendo su belleza y su castigo. Dicen que representa al demonio y que Dios lo arrojó del cielo, con un rayo, porque tenía una codicia sin límites y era tal su narcisismo que resultaba insultante y daba mal ejemplo. Yo casi ni lo miro para no hacerle pasar vergüenzas.

Dijo mi abuela de él que era más tonto que malo. Yo a ella no la conocía, sabía que era la mujer de mi abuelo, el señor Mariano, que había llegado de Galicia a Colombia hace muchos, muchos años, con tres camisas blancas, cuatro paquetes de tabaco y dos piedras de afilar, una para vender y otra para ejercer la profesión y si era posible hacer las Américas. Tuvieron siete hijos y uno de ellos, el menor, heredó del abuelo la estirpe de viajero y el amor por la aventura y con los veinte recién cumplidos hizo el viaje al revés y regresó a España. De ese yo soy la primogénita.

El caso es que fui por primera vez, con dieciséis, al Caribe colombiano y allí conocí a la abuela. Yo todavía no había entrado a la escuela de periodismo. Le mostré postales que llevaba de los monumentos de Madrid y cuando vio la foto del Ángel Caído”, dijo que ella lo había conocido “ya mucho más viejo y mucho más caído en desgracia”.

Dicen que era malo, le dije.

– No era malo, era cochino.

-¿Cómo así?

-Sí. Aquí llegó todo sucio y olía muy mal; se le había caído el pelo de tanta inmundicia, y en la boca solo le quedaban dos o tres dientes. Muy viejo, con unas alas muy grandes, ni las gallinas lo querían. Parecía las ruinas de Matusalén. Tu padre todavía no había nacido.

Y contó que el tal “ángel” cayó en su solar una tarde en plena tormenta, las alas chamuscadas “tal vez, algún rayo que le pasó cerca” y emitiendo sonidos rarísimos, echando mocos y tosiendo. “Daba penita el pobre, todito jodido, todito humillado”. Que ella lo había curado, que lo puso en el gallinero, primero amarrado porque le tenía miedo pero que cuando ya le cogió confianza lo soltó.

“Eso sí, comida nunca le faltó. No te miraba nunca a los ojos y a veces murmuraba unas letanías que, en algún idioma extranjero, seguro que eran maldiciones y palabrotas. Pero se fue recuperando con los brebajes y las sobras que le traían otras vecinas del pueblo: las escarbaba, comía poco y bebía mucho y por las noches se pasaba horas enteras mirando a la luna y se le caían las lágrimas”.

Como vio la impresión, las dudas que me causaba su relato, como si pudiera leer mis pensamientos, la abuelita agregó.

-Si no me quieres creer, mira, encima del armario está esa cajita de madera… Allí tengo una pluma suya y también el silbato de afilador con que trabajaba tu abuelo.

Cuando le pregunté que si sabía dónde estaría ahora, me dijo, que no tenía ni idea, que si acaso no le había dicho yo que estaba en un parque de Madrid.

– Pero ¿Cuándo fue la última vez que usted lo vio, abuela?

– Yo ya había notado que tan pronto nos acostábamos él hacía ejercicios para volar; encogía y estiraba las alas. Una mañana me levanté y ya no estaba. Se fue volando, y se fue sin despedirse ni nada. Desagradecido.

– ¿Y cómo sabe que se fue volando?

– Porque la Sra. Tranquilina Márquez, una de aquí, del pueblo de al lado, de Aracataca, me contó que su nieto Gabito que por esos años era un niño travieso y mentiroso, esa noche como no podía dormir, lo vio pasar volando como podía. Como nadie le creíamos, él sacó una pluma y dijo que se le había caído al ángel viejo. Tranquilina ahí mismo se la quitó. El niño se quedó llorando y dijo que la pluma era de él y que tarde o temprano, aunque lo castigaran, él la iba a recuperar. Ese muchacho, ya de mayor y con bigote, se volvió famoso, le dieron el “premio noble” por cantar cien boleros de soledad.

-Lo sé, abuela, lo sé. Pero no es “noble”.

-Y por qué no… Hay mucha gente que son muy nobles y no son de la nobleza.

-Eso sí es verdad.

Subí en un taburete antiguo y cogí la caja, allí mismo la abrí. Ella me dijo: “No la bajes, coge el silbato de Mariano y la pluma déjala allí”. Yo no le había dicho que en la caja no había ninguna pluma, que allí no había ningún rastro del Ángel Caído, “¿Me haces el favor de tocarlo? Es fácil.” Yo lo soplé y ella con las notas navegó por su pasado de amor y recuerdos.

Según ella, del paso del ángel por su casa solo le quedó esa pluma. La pluma del Ángel Caído. Con esa misma y con paciencia infinita, entre jornadas de afilador y amores hechos a la luz del día, a la sombra del calor Caribe, mi abuelo le enseñó a escribir. Nadie supo cómo ni cuándo pero un buen día la pluma desapareció. ¿Será por eso que Márquez escribe esas novelas tan bonitas?

A mí, de mis ancestros colombianos solo me quedan historias…Y el silbato del afilador.