POR Márcia Batista Ramos

 

“Cuando las amadas palabras cotidianas

pierden su sentido

y no se puede nombrar ni el pan,

ni el agua, ni la ventana,

y ha sido falso todo diálogo que no sea

con nuestra desolada imagen,

(…) es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,

y ver que en el viejo armario conservan su alegría

el licor de guindas que preparó la abuela

y las manzanas puestas a guardar.” Jorge Teillier

Las temperaturas han empezado a bajar y apenas empieza el otoño: la moneda también está bajando unos centavos cada día, y, nos cobijarnos del frío ordenando armarios y alacenas, tratando de reorganizar los libros en los estantes y los sentimientos en donde les corresponda, ya que están envueltos como un ovillo de hebras de lana.

El contradictorio continente del sur pulsa muy rápido, jadeante, a punto de explotar de hambre y otras miserias pestilentes que parecen incurables en todos los tiempos difíciles, que se perpetúan bajo el sol que, de a poco, se debilita anunciando la llegada de un invierno más frío que los últimos que soportamos.

El álamo del patio del fondo derramó millares de hojas amarillo quemadas y marrones, como si expulsara la tristeza que acumuló toda su vida. Cada hoja podía contar una historia que llegó de lejos con el viento: historias de putas tristes, de soldados abandonados, de ríos de sangre y de cristales molidos por el sonido del estallido de una bomba… No importan que historias desconsoladas trajeron los vientos, para que el álamo las guardara en el interior de su corteza y las llorara al desprender sus hojas, así casual, en las tardes del otoño que apenas empieza.

Los días prefieren ser nublados, ahora, y me apena no poder estrechar las manos de mis futuros muertos, de aquellos que ya me anunciaron su partida y están lejos. No les abrazaré en su lecho de agonía, no besaré sus frentes, ni sus mejillas, nunca sabré a qué huelen.

Miro al álamo del patio del fondo y veo que aún faltan muchas hojas para que termine de desvestirse y pienso que el otoño será largo, lo suficiente para cobijar el desconsuelo y la amargura. Juntar la hojarasca una y otra vez, tal vez, sirva para entender, al escuchar su crepitar, qué hubo, para que la vida nos separe antes de la muerte.

La máquina de preparar café mantiene la casa aromatizada y reafirma la idea de la importancia del hogar; las cortinas en las ventanas aíslan el mundo de adentro, separan la ternura, del otoño que ladra afuera.

Sería bueno o quizás malo, fue bueno o malo…Todo se mezcla antes que la tarde desmaye y no me percaté si alguna ave de verano está perdida revoloteándose por el jardín.