Imagen: Periódico Colombia en España

Escribe:Luis Hernando Ortega Cabrera

UNA HERMOSA POESÍA, EN UNA EXTRAORDINARIA VOZ

Estábamos en esos días aciagos, en los que, como lo sentenció muy acertadamente el antioqueño Miguel Ángel Osorio en su conocido poema, “Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres”, y donde los cambios se deben según Franz Halberg a los ritmos circadianos endógenos, cuando como por arte de magia nos encontramos con un bello poema escrito por nuestro amigo Ipialeño Julio César Chamorro Rosero y dedicado al amado terruño, lo llamó “Mi tierra”.

Inmediatamente nos trasladamos mentalmente al tercio final de la década del 60, cuando estudiábamos en el Colegio San Felipe Neri de Ipiales, Julio César estaba dos grados menos que nosotros, era el primer año en que el colegio pasaba de haber sido exclusivamente de varones a ser mixto. La llegada de lindas adolecentes, aceleraba nuestros núbiles corazones que la vil timidez, producto de una infancia retraída e introvertida, se obstinaba en esconder una mirada furtiva y mucho más, una inocente declaración de amor.

Sin embargo, Julio César era diferente, alegre y dicharachero, inteligente, acaparaba a todas las estudiantes por eso lo mirábamos con cierta vesania, pero como todo en nosotros, en esa época, hasta ese sentimiento era inocente. De apariencia delgada, su menuda figura parecía tener el don de la ubicuidad. Estaba en todas partes, siempre rodeado de lindas condiscípulas y amigas, ahora entendemos la razón de su novela “Las mujeres que amé”, porque en eso del amor, si sabemos que tiene muchísima experiencia.

Prolífico escritor de cuentos, ensayos, novelas y dramaturgia. Ha ocupado importantes cargos y recibido reconocimientos del gobierno y organismos internacionales y grandes premios literarios como la presea Benjamín Carrión al mérito de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la distinción Trilce de oro en el encuentro internacional itinerante Capulí Vallejo y su tierra. Perú 2013, mención de honor en el KóEyú latinoamericano de poesía en Caracas y la Orden del Mérito a la Democracia, en el grado de Caballero, del Congreso de la República de Colombia. Entre sus obras mencionamos la antología poética Cartas furibundas y los Ángeles perversos, el cuento “Cartas sin destinatario” y las novelas “El día de mi desgracia” y la mencionada, “Las mujeres que amé”.

Pero conocemos perfectamente que cualquier escrito sea en prosa, sea un poema, pierde toda su magia, su brillo, la perfecta concatenación y elegancia de las palabras si se trasmite al oyente con una voz plana, sin matices, monótona y sin fuerza.

La poesía encierra conocimiento, espiritualidad, liberación, es la exaltación del mundo real, es la creación de un mundo nuevo. La poesía aísla, la poesía une, la poesía es una plegaria, es angustia, es desesperación, la poesía invita a un viaje sideral, es un conjuro, en síntesis, la poesía es un compendio de sentimientos, belleza, armonía, fascinación, seducción y hermoso embuste.

Y cuando encontramos la poesía “Mi tierra”, decidimos escucharla con detenimiento, respeto, en absoluto silencio. Buscamos un “espirituoso”, como excelente acompañante y la escuchamos.

Debemos admitir que quedamos fascinados. La voz del Dr. Marcial Montenegro Aza, es el complemento perfecto. Su entonación, sus giros fonéticos, su fuerza vocal, su puntuación, consigue sobradamente el objetivo de trasmitir esos sentimientos que nos hace recordar la divinidad que esconde nuestra coraza material.

Somos añejos amantes de la poesía, hemos escuchado muchas veces a iconos legendarios de la dicción poética colombiana, entre ellos Juan Harvey Caicedo, Otto Greiffestein y el gran Juan Caballero con los poemas del bardo antioqueño de la raza y gratamente podemos decir que los sentimientos que nos hizo aflorar Montenegro Aza, tuvieron la misma fuerza, igual misticismo e igual fascinación..

Lo hemos escuchado declamar otras hermosas poesías como “Salve ciudad Materna” de Julio Cesar Álvarez Pérez, “Canto a Ipiales” de Florentino Bustos Estupiñan, poeta Ipialeño a quien conocimos y escuchamos en nuestra niñez y “A Ipiales” del Pbro. Félix María Cadena, oriundo de Potosí.

Conocemos a Montenegro Aza, pero desafortunadamente nunca hemos compartido personalmente ni siquiera una velada, ni hemos tenido una conversación, pero después de escuchar esa poesía que cambió diametralmente y en forma positiva nuestro estado de ánimo solamente nos resta enviarles una inmensa felicitación, una profunda admiración y un gran abrazo.

En seguida nos permitimos compartir la mencionada poesía para deleite de nuestra familia en España, Ecuador, Bello, Cali, Bogotá, Pasto e Ipiales y nuestras amigas y amigos.

L.O.