Carlos Bernal lee un libro de Patricia Merizalde

Escribe: Arturo Prado Lima
Un actor de teatro, acostumbrado al sonido de las tablas, a los diálogos y las furias, los altibajos de la denuncia o la nostalgia, lo negro y lo blanco que está en todos los colores y en donde los colores también suelen ser negros y blancos. Digo, un actor que reclama el aplauso después de la función. Que gesticula para darle voz al silencio y silencio al alboroto y que deslumbrado por su propia imaginación se sienta a escribir cuentos sin alma, o lo que es mejor, a darle alma a las historias que bullen en su cabeza. Ese actor existe, y se llama Carlos Bernal. Un día, de esos que se sientan a bostezar en la puerta del pensamiento, se dedicó a escribir cuentos. Uno de ellos le comió la panela, es decir, no pudo con él, y ni corto ni perezoso, le escribió una carta a uno de sus personajes, un loro, y le dijo sin inmutarse, que siguiera él, el pajarraco, la historia que él, Carlos Bernal, caleño por más señas, no podía seguir y que salía del cuento.

Fue una decisión inteligente. Un recurso que ya lo han empleado muchos, pero no con la naturalidad con que lo hace Carlos Bernal. A propósito, este dramaturgo y actor metido a escritor, es un buen cuentista. Cuando nos citamos para tomarnos unas cervezas, no ahorra tiempo para hablar de los soldados alemanes dormidos en los aeropuertos de Berlín, las nostalgias de Andrés Caicedo, el escritor caleño que proclamó «vivir después de los 26 años, es una insensatez» (se suicidó a los 26), y las causas justas de Enrique Buenaventura, el impulsor de la “creación colectiva” del teatro colombiano que le daría la vuelta al mundo.
Así que todas esas historias que aparentemente no son para las tablas, “Sin motivo aparente” las ha reunido en una colección de cuentos que ha publicado La Parecería Edita e ilustrado su amigo Fabio Manosalva. Juntos, y Sin motivo aparente (que así se llama el libro), tratan de acercar las líneas paralelas del arte de escribir con el arte del collage, llegando a un punto donde las historias se unen pero pivotean, porque los motivos que los indujo a encontrarse también son aparentes.

Pero el problema es que las apariencias siempre son sombras de realidades puras y duras que rondan la cotidianidad de los hombres de letras, tablas, pinturas o música. Y en este libro, la realidad es tan gruesa y vital que a veces la ficción se queda corta y el lector puede fácilmente identificar su vida con muchos trozos de todos los cuentos. Así que yo hice un ejercicio: situar mis historias personales, rastreando mis experiencias vitales no en mis recuerdos, sino en los cuentos de Carlos Bernal: que allí está mi historia, mi vida, no sé si la tuya, la de ella o la de nosotros.
Me acuerdo perfectamente del pajarraco que solía aplastarme en un sueño de madrugada. Era pesado y sin alas. Cuando despertaba pensaba en las alas, y me acordaba de Ana Belén: “nos hicieron libres pero sin alas”. ¿Quien? El autor de la canción o el poder establecido, me preguntaba. Y no daba con bola. Eran “otras épocas y otros escuadrones”. Recuerdo que solía soñar a un pájaro que tenía “bastante envergadura de alas y cuerpo alargado con el pico y la cola a la misma altura”. Mi padre Parménides, que era un artista rural sin saber que lo era, solía extraer las raíces de los árboles y los moldeaba a algo parecido a una culebra, a un pato, a una morena desdentada, a un avión sin alas. Y claro, un pajarraco como el del cuento de Carlos Bernal “La siesta de Barrabàs”, apareció cualquier día, primero, babeando en mis sueños y días después en la raíz de un eucalipto adaptado por mi padre.

Mirando las figuras que mi padre hacía, tuve la certeza de convertir la pesadilla en sueños más pequeños, pero más grandes. Ya la primera mujer de quien me había enamorado me había rechazado con vehemencia y era yo un insomne vagando por los cuatro puntos cardinales del mundo sin encontrar reposo. Soñé en ser escritor. Una tarde de un enero sombrío, fui a orillas del río Carchi, y mientras mi prima Berta cortaba leña, yo tiraba un anzuelo sin caña. Nunca picó ningún pez. Así que yo mismo ensartè en el anzuelo una hoja seca, alargada, y desde una piedra, en el centro de las aguas, muy lejos, se lo enseñé a mi prima, quien soltó el machete y corrió hacía mí para ayudarme con el pez. Simulé que me había vencido y que las turbulentas aguas me lo habían arrebatado. Entonces tuve la sensación de que el pescado era una hoja escrita de lado y lado y que estaba allí garabateada la sinopsis de mi obra futura literaria.
Desde aquellos tiempos, cuando inicio un cuento o una novela, o artículos de prensa y me atasco, me pierdo, me autocensuro y no encuentro por dónde seguir, me acuesto pensando que los muros que obstaculizan el avance de la narración serán derribados por insospechados argumentos que los encontraría en una cajita de sueños clarividentes. La costumbre ha sido dejar el texto y volver en tiempos mejores. En el cuento “Me llamo Mokinrock”, de Carlos Bernal, el escritor recurre a su propio personaje para que le ayude a terminar el cuento. A lo Juan Rulfo: el narrador de Bernal no asume la responsabilidad de terminar la narración y por tanto una explicación: es la ficción la que se construye y se explica a sí misma. De allí que el mismo narrador, al contar sus historias, las vaya encontrando en una cajita que pesca en el río revuelto de la vida mientras intenta olvidar a la mujer de su vida, como se lee en “Cuentos sin alma”.

Si, los derroteros del ser humano: el sueño, la conquista, la felicidad y muchas veces el arrepentimiento por las tácticas empleadas para alcanzarse a uno mismo, para llegar a eso que nosotros creemos que somos pero que no somos durante el proceso de construcción. En “La arrepentida”, sigue la regla de los demás relatos: la proyección de su yo, la orfandad, la aventura, la falta de identidad propia, la justificación de ciertos hechos necesarios, como el de robar, o “expropiar”, una espada a su amo, utilizando el recurso del camuflaje (la ladrona tenía su hermano gemelo), convertido en cómplice a la fuerza, y quien en su nombre cobrará la venganza después que el patrón descubriera que la chica era quien se llevó su espada y la condenará a muerte en una celda sin nombre. El opresor y el oprimido librando su eterna batalla y en medio un escritor que quiere narrar y hacer justicia por su propia mano.
Las condiciones de vida eligen el camino cuando se es un rebelde. Y en cada uno de nosotros hay muchos rebeldes dispuestos a jugársela por amor propio o por necesidad básica de alcanzar un sueño, y, quizá en demasiadas ocasiones, por vanidad y desconocimiento de lo que hay del otro lado de la puerta. Nadie sabe a ciencia cierta si uno anda del brazo de uno mismo o de un enemigo, y si trabaja para este o aquel. En El Tercer ladrón, hay dos personas que trabajan para robarse un Jesucristo, un cuadro de un museo. Después de todas las argucias y las tristes violencias psíquicas de los dos ladrones, mediante una trama casi de novela negra, el beneficiado de todo este drama es un tercer ladrón que recurre a todo tipo de artificios para ganarlo todo y aplacar, incluso, sus remordimientos propios. No es sino pensar en que los jefes de la operación les aseguran a sus marionetas que el mismo Cristo que se están robando, los protegerá de cualquier percance con los dueños o las autoridades. Pero la realidad va por otro lado: “…antes de ningún otro movimiento suenan tres detonaciones que perforan la pintura y uno de los tiros le impacta en el hombro”. Como en todo el sistema capitalista, cualquier fenómeno o acontecimiento, sentimiento o cosa es transformado en mercancía. He aquí que el cuadro, toma valor por el tiro que ha destrozado parte de él, y es presentado como el Cristo Tiroteado de Latinoamérica, pasando, incluso a formar parte ideológica y política de la dominación occidental.

El drama de la inmigración. En Lucecitas que se encienden y se apagan, Carlos Bernal retrata la inmigración hacia la Europa civilizada, hacia el jardín, de Josep Borrell, el alto representante de la Unión Europea para asuntos exteriores. Y es cierto que por unos instantes, después de pisar tierra europea, se tiene el orgullo de estar en el primer mundo, pero poco a poco la Europa xenófoba, racista e hipócrita va saliendo de los recovecos del sueño y se adentra en la realidad de los huesos. Este relato, esta metáfora ilustrada de lucecitas de neón no deja lugar a dudas de que los cuentos de Carlos Bernal hacen parte de una arquitectura social ampliamente analizada y narrativamente poetizada. No, no es una fotografía de la realidad. Ni siquiera una radiografía: es, esencia, la realidad abierta en canal para que la vean quienes la quieran ver.
Ya con el tiempo, y atrapados en el jardín de Borrel, asistimos a la confrontación con nuestro propio destino. Mokinrock somos todos. Nos lo hemos creído todo. Ahí están los cuernos, las fatigas, las nostalgias de lo que somos y lo que hemos dejado de ser: los amores, los sueños, las pasiones. Las ganas de tapar lo que ahora somos, y al fin la resignación. Hemos venido para volver, y ese volver se convierte en otro exilio. Hemos perdido nuestra identidad. Al menos ese es el planteamiento que nos ocupa. Con el tiempo sobre nuestras cabezas, y viviendo el sueño europeo, queremos recuperar la inocencia, la adolescencia y todo lo que para ellos significó, como Potros: en un velódromo jugando a competir con el mejor orgasmo, mientras la competencia se impone como destino tanto en la carrera de caballos como en la rapidez de la eyaculación del grupo de muchachos que se esconden en el baño para masturbarse, unos a conciencia, y otros, utilizando la imagen de la mujer fotografiada para satisfacer el más elemental deseo del ser humano: la satisfacción sexual.

Y los problemas de allá, el humo de cigarrillo, el sicariato, el secuestro, la pobreza, la corrupción, la muerte. Pero también la poesía, la semilla de otras generaciones que han nacido en el límite del despeñadero y que no están dispuestas a esperar el empujón final, sino que se arman de valor, ciencia y literatura, no para resistir, porque la resistencia tarde o temprano se quiebra, sino para la ofensiva que dará al traste con la barbarie del neoliberalismo.
Este es un libro de cuentos que me gusta. Lo he leído una y otra vez y sé que quien urge entre sus laberintos y salidas, sus túneles y sus espacios abiertos, sus silencios y sus gritos, encontrará muchas respuestas que hasta ahora nos habían invadido pero que no encontraban un desagüe por donde evacuarlas de nuestra lista de dudas y vacilaciones. La poética es eso. El arte de narrar es eso: buscar el camino por donde transitar hacía nuestros sueños. Enhorabuena Carlos. Ya nos tomaremos una cervecita, sin motivo aparente, para seguir comentando tus creaciones.

Carlos Bernal y Arturo Prado Lima acompañan al ilustrador de este libro: Fabio Manosalva
NOTA DEL ILUSTRADOR FABIO MANOSALVA
Ilustrar la realidad humana que plantea Carlos Bernal en sus cuentos es un enorme reto. ¿Cómo representar la precariedad, el abuso, la infancia, la migración, el afecto o la soledad contemporánea?
Con la construcción de estas imágenes busco la evocación, intento dar pistas que, más que conducir al lector a un uno sentido, amplíen las interpretaciones que cada texto puede ofrecer. Como las migas de pan en el cuento de Hansel y Gretel, los elementos que componen las imágenes son, indicios, señales.
Las imágenes extraídas de otros contextos constituyen el collage. En él se rasga el papel, se oculta, se yuxtapone, se trasluce, se hacen entramados. Estos elementos son las puertas que conectan la imagen con el texto, las reflexiones del autor con la interpretación del ilustrador.
Fabio Manosalva.

Carlos Bernal y Hernando Cabarcas en Madrid
Carlos Bernal nació en Cali, Colombia. Director y Dramaturgo. Ha trabajado muchos años en compañías como el TEC (Teatro Experimental de Cali) en Colombia o El Teatro de los Sentidos, en España, con el que recibió el “Premio Max a las nuevas Tendencias” en España y “La Rosa de la Crítica” en Munich
Ha escrito entre otras piezas: “Cualquiera Resbala”, “La Cama de Noe”, “Ayer de Besos” o “El Quinto Pecado de Buffalo Bill”. Y realizado la puesta en escena de textos de , entre otros, Bertolt Brecht, Alfred Jarry o Enrique Buenaventura.
Son de su autoría los libros: “La Fábula de la Nevera, el Cuchillo y el Mechero” y “Cuarteto, del Ser y el Parecer” además de cuentos y artículos sobre teatro.
En su trabajo como pedagogo y director, ha dado clases y en algunos casos dirigido montajes en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas (Compañía de actores de la ASAB, Bogotá); la Universidad Complutense de Madrid; La Universidad Estatal de California, San Bernardino (Acto Latino); La Universidad de Alcalá; La Georg-August de Göttingen en Alemania; La Universidad de Granada; La Universidad Carolina del Norte, Pembroke. Actualmente da clases de Dramaturgia en Escrituras Creativas en la Universidad en Pamplona.




