
Camila Salazar Pantoja, Dayana Paola Paz y Jacobo Peña Mesías, fueron los cuentos más votados en el concurso, “Trazos de Paz: Imagina una Colombia reconciliada”, organizado por la Comisión de la Verdad, la UNICEF y la Embajada de Alemania en Colombia. El autor Jacobo Peña Mesías se presentó con el relato ‘El Hijo del Páramo’. conexiononortesur.com felicita a Jacobo, y a los otros dos ganadores, por supuesto. El futuro literario y la esperanza de paz está en sus manos también.
«Con su conmovedor cuento ‘El Hijo del Páramo’, Jacobo tejió una narrativa literaria que aborda la reconciliación y la esperanza, explorando la inocencia que persiste en medio del conflicto armado colombiano. Su obra recibió un merecido reconocimiento por parte del público, consolidándose como una pieza destacada en el certamen».
EL HIJO DEL PÁRAMO
Ay, páramo alto: el día en que vi descender al niño, aún no había pactado con la muerte suficientes años para olvidar la madrugada en que mis manos se asustaron, diminutas, ante el primer estremecimiento del fusil. Y aunque la cabeza se me iba en derroteros de memoria, mi cuerpo continuaba erguido: andaba resignado, porque un soldado me había encomendado matar a Don José, y la desobediencia no es asunto conocido por las piernas. El milagro sucedió cuando estaba bien adentrado en tu tierra. El comandante me había contado de una casa que se tambaleaba en la decrepitud y era cargada por los hombros de Don José, como un caracol: así me lo dijo. Pero no me dijo que el páramo iba a estar atiborrado de frailejones, ni que el sol de ese domingo iba a ser tan fuerte que, cuando el niño apareciera, yo había de confundirlo con una paloma.
El niño era un punto en el aire. Sólo desperté a su naturaleza humana cuando me hube extrañado por lo mucho que tardaba en moverse. Cambié de posición, varias veces, y desde todos los ángulos de la tierra pude comprobar que un bebé flotaba en la mitad del páramo, justo en el centro, suspendido por un interminable cordón umbilical que se desprendía de los cielos. Era un montoncito de ternura; llevaba puesta una piel rosa que parecía constituida en flores; desembocaba, abajo, en unos piecitos erizados por el frío, y arriba, en una cabeza con ojos tan profundos que cuando los miré, cuando volteé mi rostro hacia aquel cuerpo, sentí un puñal de vergüenza clavado en el esternón. Sí, páramo: entonces se me aguaron los ojos como no se me aguaban desde niño, y dejé de permitir que mi cuerpo tuviera el gobierno de mi alma. Solté las armas al suelo, me postré ante el infante divino y rompí en lloros.
Pero mis lágrimas no eran suficiente para que él se quedara conmigo; ni el asombro que sentía ante la aparición; ni mi nombre y mi apellido envueltos en pañuelo blanco; nada de eso impidió que el cordón empezara a jalar al recién nacido, hacia arriba, lentamente, mientras el sol menguaba. Temí perderlo para siempre, como un día temieron perderme mis padres. Solo algo me amparó, y sé que a ello debo la vida: a los diez minutos de iniciada la ascensión, cuando ya las nubes devoraban al chiquillo, una larga laya de campesino removió las comisuras del firmamento. Aunque la herramienta medía como una montaña, era tan delgada que cualquier hombre del mundo sería capaz de manipularla. Pero solo un hombre bueno habría podido tirar del niño como el campesino lo hizo; solo un ser humano digno de vida y memoria pudo tener el coraje de halar esa laya bendita, tramo por tramo, hasta que en las alturas del páramo de Berlín no quedara ningún cuerpo suspendido.
Cuando el bebé estuvo de vuelta en la tierra, llorando y sin cordón umbilical, me acerqué al hombre que lo había rescatado. Era un viejo que llevaba una casa en la espalda. Le pregunté qué parentesco tenía con el niño del aire: me explicó que era su hijo. Me sorprendí, porque yo también había reconocido al mío en la cara del pequeño. Colombia entera lo habría hecho. Entonces abracé a Don José con todas mis fuerzas y lo mantuve bien cerquita al latido de mi corazón. Pronto comencé a escuchar el suyo. Sonábamos tan parecido que no supe si el primero que sonó fue el mío, el de mi enemigo, o el de nuestro hijo.




