Escribe: Bibiana Pineda Rodríguez

Que históricamente Colombia es y ha sido un país paternalista, no hay ninguna duda. No se necesita ir tan lejos para saber que en nuestro imaginario tenemos una “madre patria” y que, durante décadas, en las aulas nos enseñaron que también teníamos un “padre de la patria” y que se apellidaba Bolívar.

En el intento por anudar nuestros afectos filiales a los de ese padre que murió camino del exilio (sí, la historia de exilio en Colombia es bastante larga), en los colegios nos enseñaron que lo debíamos venerar como a un “dios” al que todo se le acepta y al que todo se le perdona, sin importar que ese progenitor, dependiendo de quién nos contara su historia, fuera un conservador carca, un liberal visionario o un centralista contenido. Era un dios y punto. Su inclinación partidista y/o política no tenía relevancia, él era Simón Bolívar, el Libertador, y ya está. Su foto, junto a la del sagrado corazón de Jesús, presidía todas las aulas del país y en las izadas de bandera le cantábamos con la mano en el pecho y a su figura sagrada, no se le cuestionaba nada, absolutamente nada.

Desde muy niños aprendimos de Bolívar todo, su vida pública y sus campañas, sus guerras, quiénes fueron sus amigos y quiénes sus enemigos, su legado histórico y hasta sus devaneos amorosos con Manuelita Sáenz, quien, dicho sea de paso, durante mucho tiempo fue relegada al papel de amante del héroe, minimizando la importancia de su figura junto a la de “nuestro padre”.

Fue tanto el chute de Bolívar que desde niños nos metieron en la escuela, que varias generaciones terminaron desmigando su legado hasta llegar a los vericuetos de una historia que nos habían contado a medias. En esa narrativa oficial todo fue miel sobre hojuelas hasta que una generación de muchachos estudiosos, pensantes y contestatarios asumieron su legado para sí y vieron en él al gran referente del cual apropiarse. Entonces todo cambió y la cosa comenzó a torcerse a tal punto que hoy en día admirar a Bolivar es casi un acto heroico y el espíritu bolivariano se persigue como la inquisición persiguió a los herejes.

La espada

 De la historia de la espada de Bolivar se ha hablado mucho y depende de la lectura que haga quien la cuente y la interpretación que elabore desde el lugar en que se posicione bien sea a esté, o al otro lado del relato. Mientras unos hablan de robo, sustracción, atraco, pillaje, hurto y hasta de apropiación indebida, otros hablan de recuperación. La interpretación de el por qué salió la espada de Bolivar de su Quinta, la hago con base en la historia “oficial” con que me formé en los colegios públicos, mientras me vendieron la idea de que ese señor que presidía el aula de clase era el padre de nuestra patria, nuestro libertador.

Así es que cuando aquellos muchachos se llevaron la espada de la Quinta de Bolívar y nos ofrecieron la posibilidad de interpretar la historia bolivariana desde nuestra realidad y no desde la figuración de quienes la manipularon y luego nos la contaron en los salones, lo que hicieron fue recuperar para el pueblo la dignidad de una historia que merecía ser contada en la versión de esa parte de la sociedad que cuando los gobiernos miraban, era para joderla cada vez un poco más. Recuperaron el espíritu de libertad que endilgaba Bolivar para la construcción democrática de los pueblos de América. Con esto, la espada de Bolivar no es un capricho de la izquierda, es un símbolo de la independencia de un pueblo al que históricamente se le negado todo, hasta el derecho a la vida.

De la guerrilla a la paz

La historia tiene un contexto que debe ser mirado en el momento de los hechos. El Movimiento 19 de abril, M-19, surge en una época en la que correspondía hacer las cosas, Colombia vivía momentos que requerían, no solamente que los ciudadanos se cuestionaran el statu quo, sino que tomaran acción y buscaran las respuestas que nunca llegaban, mientras sus necesidades carecían de importancia para una élite minoritaria que con asqueroso descaro saqueaba al país y parecía gobernar desde otro planeta para ellos y solo para ellos. En ese contexto, el pueblo, con la espada de Bolívar en la mano, tenía la obligación de reivindicar para sí la dignidad que históricamente se le estaba negando y la única vía que el escenario del momento permitía, era mediante la insurgencia.

Ahora y, desde la constitución de 1991 que permitió la inclusión a un sinnúmero de grupos y etnias excluidas, marginadas y despreciadas antes y después de nuestra independencia de España en 1810, la insurgencia no se hace con las armas, sino con la palabra, con el diálogo, con el consenso y por la vía pacífica, algo que, al parecer, la élite colombiana se niega a aceptar, por eso llaman terrorista a todo aquel que esté fuera de sus márgenes e interpretan la constitución a su acomodo jugando con la palabra democracia como un párvulo juega con su chupete.

El M-19 dejó las armas, firmó la paz, se convirtió en partido político y asumió un compromiso serio con la democracia y, a día de hoy, desaparecido como partido, sus exmilitantes le siguen cumpliendo al país con asombrosa rigurosidad. Pese a que fueron amnistiados e indultados, muchos de los firmantes insertados en la legalidad fueron asesinados impunemente a manos de esa amalgama macabra formada entre los grupos paramilitares y los organismos del Estado. Los que no cayeron a causa de las balas, cogieron el camino del exilio y los que no, siguen poniendo el pecho a la brisa, defendiendo la democracia y, desde cualquier rincón del país, o del mundo, siguen demostrando que la paz es el camino para alcanzar la verdadera libertad de la que habló Bolívar.

Ese sector maligno de la sociedad criolla que con asquerosa avaricia sigue expoliando el país, pensando que les pertenece per se y que el territorio debe ser uniforme de acuerdo con su color, credo y bandera, es ese mismo que ha incumplido todos los acuerdos firmados e impunemente asesinando en primavera a todo aquel que ha osado confrontarlos. A ese sector minoritario pero poderoso, valdría la pena preguntarles: ¿cómo etiquetan hoy con sus gafas de miopes y sin contexto histórico a Alejandro Magno, a Julio César, a Napoleón o, inclusive, al mismo Simón Bolívar? No hace falta que abran su boca, conocemos su respuesta: todos, sin excepción, son unos terroristas.

Lo nuestro es amor a la patria, lo de ustedes, terrorismo

No es en vano que el realismo mágico tenga su cuna en esta Colombia tan desconcertante como   surrealista en la que pasa de todo y a la vez, no pasa nada. En la actualidad, cuando no se le perdona a un exguerrillero que sea demócrata, que hable de paz, la ejerza como un mantra y que haya llegado a la presidencia del país ganando limpiamente en las plazas; cuando a unos no se les permite ni hablar de la memoria histórica y otros descaradamente y con una ignorancia supina, cortan los hilos para que los demás no la podamos tejer, hay que recordarles que en Colombia las guerrillas no son un invento de la izquierda.

El partido liberal, ese que hoy va de guardián de la democracia, fue el que inauguró las guerrillas en los llanos orientales y, los conservadores, esos que actualmente van de adalid de la moral, los que la organizaron para despojar a sus anchas la tierra de los campesinos y los indígenas y aumentar así los latifundios que hoy defienden con metralleta en mano. La historia ha demostrado que hay que hacer la guerra desde la legalidad, por eso el M-19 regresó la espada de Bolívar a su casa en enero de 1991 y luego se sentó a escribir una constitución que se abrió al pueblo y que tantas veces ha sido violada impunemente.

Los 50 años de la recuperación

En los cincuenta años transcurridos desde que Álvaro Fayad rompió el cristal de la urna en la que se encerraba la espada, han sido muchos los elementos simbólicos enfrentados. Mientras que para el M-19 fue la personificación de su lucha, para una parte del país fue un motivo para armar una guerra sin cuartel y aniquilar el pensamiento discordante. Jaime Bateman decía que la espada valía más que 100 mil fusiles y sí, así fue, porque su significado no tuvo parangón alguno. Afortunadamente, los herederos políticos de ese líder carismático acallaron los fusiles y hoy, con los ideales intactos, pero con el silencio total de las armas, conmemoran que tuvieron la entereza de mantenerse firmes en la paz y pese al ruido de los sables, una sola espada fue suficiente para conquistar espacios y mantener intactas las cadenas de afectos que hoy siguen apostando a la paz justa y duradera.

En esta simbología que estamos conmemorando, hay un movimiento de almas disperso por el mundo que además de celebrar que la espada está donde le corresponde en este momento histórico y que en el solio de Bolívar está un demócrata pacifista, celebra, no sin nostalgia por los que se quedaron en el camino, el milagro de estar vivos.