Gustavo Guzmán Castillo, uno de los miembros del M-19, recordó ayer en Madrid la Odisea de la recuperación de la Espada de Bolívar, el libertador de cinco naciones.            (Foto: Arturo Prado Lima)

(NOTA DE LA REDACCIÓN) Hoy se cumplen 50 años de la «recuperación» de la Espada de Bolívar por parte de un comando del M-19, guerrilla urbana colombiana, operativo dirigido por Álvaro Fayad (el 17 de enero de 1974), como un gesto de que la lucha del pueblo colombiano por la liberación nacional no había terminado,  prometiendo así que la espada no se envainaría hasta que la patria estuviera totalmente emancipada. A raíz de la toma de posesión del nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro Urrego, que hizo parte de ese movimiento guerrillero, el tema de la espada se ha vuelto un asunto de palpitante actualidad. Diversos actos en Colombia y en toda Latinoamérica, incluso en España, han conmemorado esta gesta libertaria que culminó con la ascensión a la presidencia de uno de sus integrantes.

Ante las expectativas de muchas personas por conocer la verdadera historia de esta odisea, conexionnortesur.com trae en esta edición una valiosa crónica del periodista y cronista Jaime Flórez Meza, que esperamos ayude a conocer mejor lo que sucedió desde el mismo momento en que la espada fue sustraída del Solio de Bolívar en la capital colombiana.(APL)

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Escribe: JAIME FLÓREZ MEZA

La posesión de Gustavo Petro como presidente de Colombia puso al país a hablar de uno de los símbolos de la Nación: la espada de Simón Bolívar, robada en 1974 por guerrilleros del M-19, grupo del cual hizo parte Petro en su juventud. El debate también se dio en España, pero más por la actitud del rey Felipe IV de no ponerse de pie cuando la espada desfiló ante el palco presidencial internacional durante la posesión pública de Gustavo Petro como presidente de Colombia y por ende, como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Colombianas, a las que había combatido antes de la Amnistía general y la redacción de la Constitución de 1991. ¿Por qué era tan importante para Petro que la espada, celosamente guardada en una urna en la Casa de Nariño (palacio presidencial) y asegurada por una suma millonaria, estuviera presente durante su investidura presidencial? ¿Cómo están relacionados en esta historia la espada bolivarense, la guerrilla del M-19, la mítica revista de izquierda Alternativa, los poetas León de Greiff y Luis Vidales, la escultora Feliza Bursztyn y el propio Petro? ¿Debe ser considerado ese objeto un símbolo de Colombia y, sobre todo, de la Colombia que se pretendía construir a partir del nuevo gobierno? Estos y otros interrogantes seguramente aflorarán a lo largo de este escrito.

El primer golpe

En la segunda semana de enero de 1974 los periódicos El Espectador y El Tiempo publicaron una serie de avisos con las siguientes leyendas: “parásitos… gusanos? espere M-19” (sic), “falta de energía… inactividad? espere M-19” (sic), “decaimiento… falta de memoria? espere M-19” (sic), “ya llega M-19”, “hoy llega M-19”. Una campaña publicitaria, sin duda. Pero no la de un purgante o reconstituyente. El 17 de enero se develó de qué se trataba cuando cuatro hombres encapuchados asaltaron el museo Quinta de Bolívar en Bogotá, sustrajeron la espada de Simón Bolívar que se guardaba en una urna y otros objetos (espolines y estribos), y dejaron un edicto que se convertiría en su primer eslogan: “Bolívar, tu espada vuelve a la lucha”. A la noche miembros del mismo grupo se tomaron el Concejo de Bogotá, leyeron proclamas y pintaron grafitis alusivos a la organización. El 28 de enero, en la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta, otros miembros dejaron una nueva proclama sobre la cama donde muriera Bolívar: “La espada libertadora está en manos del pueblo”. El país sabía, al menos, que M-19 no era lo que se pensaba.

Foto: archivo Infobae

Antes de que el mes concluyera los diarios más importantes del país recibieron una fotografía en la que una persona cuya imagen estaba recortada, custodiaba la espada colocada sobre un mapa de Suramérica junto a los espolines y los estribos. Al fondo un cartel con letra y números grandes: M19. El 15 de febrero, aniversario de la muerte de Camilo Torres, el cura guerrillero, se produjo otra toma, esta vez en la Universidad Santiago de Cali, donde los subversivos repartieron panfletos. Ese día salió el primer número de la revista Alternativa, fundada por Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón y Bernardo García, entre otros, que reunía a un brillante grupo de periodistas e intelectuales de izquierda del país y tendría una relación muy cercana con el M-19.

                                                                                                                            Foto: Centro Gabo

Era un año electoral. El que ponía fin a la falacia del Frente Nacional bipartidista, bajo el cual habían surgido las guerrillas izquierdistas. Feliza Bursztyn, que el año anterior en una entrevista se había definido políticamente como de extrema izquierda, era la escultora colombiana más importante. Diez años atrás había realizado una serie de esculturas empleando latas de café instantáneo, fiel a su opción por los materiales innobles, no convencionales (chatarra, desechos metálicos industriales, latas, tubos, chécheres…) o pobres, como también se los llama, para crear sus obras. En 1967 Bursztyn fue retenida en el aeropuerto El Dorado al volver de un viaje de exposiciones por Europa, Israel y Cuba, siendo interrogada por las autoridades por haber visitado este último país. Cuba era uno de los países que más visitaba por cuestiones profesionales.

          Feliza Bursztyn. Foto: Las2orillas.com

El año electoral de 1974 Feliza se aprestaba a exponer en el Museo de Arte Moderno de Bogotá otra serie que no dejaría indiferente al público, la crítica y la prensa: Las camas, que había expuesto por primera vez en la Bienal de Medellín en 1972. Nuevamente la escultora replanteaba la relación obra–espectador de una manera crítica, participativa y provocadora, como había hecho con Las histéricas, aquellas esculturas de acero inoxidable abigarradas, trenzadas o erizadas puestas en vibración por motores ruidosos, que cuestionaban un estereotipo según el cual las mujeres son histéricas por cuestiones orgánicas relacionadas con el útero.

Alfonso López Michelsen, del Partido Liberal, ganó las elecciones. Pronto su gobierno sería blanco de la revista Alternativa y del M-19. María Eugenia Rojas, hija del polémico general retirado Gustavo Rojas Pinilla, fue candidata en esta contienda siendo la primera mujer en presentarse a unas elecciones presidenciales en Colombia. Lo hizo a nombre del partido Alianza Nacional Popular (Anapo), que su padre había fundado en 1961 y que reunía a militantes y simpatizantes de todas las tendencias políticas. La fecha del fraude electoral del 19 de abril de 1970, cuando Rojas Pinilla ganó las elecciones presidenciales sin que su triunfo fuese reconocido, fue el nombre adoptado por los fundadores del Movimiento 19 de abril (M-19). Pero lo de 1974 fue un retroceso para la Anapo, que obtuvo un tercer lugar detrás del Partido Conservador.

En octubre apareció en la revista Mujer el artículo “Felisa (sic): la mujer de las camas”, firmado por Beatriz Zuluaga. Sus camas seguían dando de qué hablar. Después de la exposición en Bogotá, se exhibieron en el Museo La Tertulia, de Cali. A la aparición del M-19, de la revista Alternativa y la exposición ambiental, provocadora e intimista de Feliza habría que añadir el estreno de Camilo, el cura guerrillero, de Francisco Norden, el documental sobre la azarosa vida del sacerdote Camilo Torres Restrepo, como otro de los acontecimientos de un año de subversiones políticas y culturales.

Justo un año después del público develamiento del M-19, el general Rojas Pinilla, personaje que indirectamente había propiciado su surgimiento como guerrilla, murió el 17 de enero de 1975. A través de la Anapo, Rojas Pinilla había creado un partido que creció de tal modo que se convirtió en la tercera fuerza política del país. Y para 1970 incluso la primera, aunque nunca el Establecimiento lo reconociera. De ahí que en la conformación del M-19 concurrieran miembros de la Anapo, como el médico Carlos Toledo Plata, así como ex guerrilleros de las Farc y militantes del Partido Comunista y otras organizaciones políticas alternativas. La Anapo se dividió en torno al M-19, pues había en el partido una corriente socialista disidente en la cual militaban varios miembros del grupo subversivo.

El M-19 se había presentado desde un comienzo como brazo armado de la Anapo (hasta 1978 se asumió como tal), que además de la facción socialista tenía un periódico de propaganda, Mayorías, integrado por miembros de dicha facción como Carlos Toledo Plata, Andrés Almarales e Israel Santamaría, entre otros. La ex militante del M-19 María Eugenia Vásquez Perdomo (1998) reconoce que éste irrumpió con la consigna “¡Con el pueblo, con las armas, al poder!” precisamente desde el robo de la espada de Bolívar, acción en la que ella participó, como lo recuerda en su libro Escrito para no morir. Bitácora de una militancia:

“El 17 de enero de 1974 llegamos a la Quinta de Bolívar a las 17:30. Dos grupos de compañeros habían entrado una media hora antes. Cuando los celadores apuraron la salida de visitantes, ellos se quedaron rezagados y, una vez despejado el sitio de turistas, redujeron al mismo tiempo a las guías y al celador de la puerta. Ver al hombre queriendo gritar sin que saliera la voz y tratando de defenderse me produjo mucho pesar, pero me concentré en lo que tocaba. Un grupo de turistas paisas se acercaba. La otra compañera y yo salimos a su paso diciéndoles que ya habían cerrado y tenían que volver al siguiente día, antes de las cinco. Alegaron un poco y se retiraron. Estuvimos un rato en silencio, no se oía nada… De pronto apareció El Turco [Álvaro Fayad], lo vi meter la espada por el cuello de su maxi–ruana. Caminó hacia el carro que lo esperaba. Los otros, abandonaron el sitio detrás de él, unos a pie y otros en un segundo carro. Un grupo nos entregó las armas cortas. Esperamos a que todos se retiraran y emprendimos el descenso con gran alivio”.

En lo referente a la relación entre el M-19 y Alternativa, Carlos Vidales (uno de los fundadores del M-19, jefe de redacción de la revista e hijo del poeta Luis Vidales) la sintetiza así:

“El M1-9 miró con simpatía la formación de la revista. Varios de los periodistas de Alternativa, o bien fuimos reclutados por el M-19 cuando ya trabajábamos en ella, o bien eran miembros del M-19 antes de la fundación de la revista. Las instrucciones fueron siempre claras: no se trataba de usar Alternativa como una voz del EME, ni de manipular la información a favor del EME. Se trataba de ayudar a que la revista se consolidara y creciera como un medio independiente, amplio, democrático y generoso. Había que dar ejemplo de no-sectarismo” (citado por Mena Sepúlveda, 2015).

El periplo de una espada

Durante los 17 años de insurgencia del M-19 la espada de Bolívar, que en realidad era una de las muchas que usó el Libertador, se mantuvo oculta en distintos lugares y formas. Para los militares colombianos recuperarla era un objetivo, por lo cual en los interrogatorios a cabecillas y militantes del grupo siempre preguntaban por su paradero. Se sabe que en los primeros años de actividad del grupo el primer custodio de la espada fue el poeta León de Greiff, que era amigo de Álvaro Fayad, uno de los fundadores y comandantes del M-19. De Greiff se identificaba con la causa del grupo, así es que cuando Jaime Bateman le propuso guardarla en su casa el poeta aceptó encantado. Y ahí permaneció hasta que en 1976, debido a que el poeta estaba gravemente enfermo, su familia contactó al M-19 para que la sacaran de su casa. De Greiff, uno de los más grandes poetas colombianos de todos los tiempos, murió en julio de 1976.

León de Greiff. Foto: alponiente.com

No se sabe con certeza dónde fue escondida la espada entre 1976 y 1979. Las versiones apuntan a que uno de sus custodios en ese período fue el poeta Luis Vidales, autor de una gran obra de vanguardia como es Suenan timbres y padre de Carlos Vidales, uno de los fundadores y dirigentes del grupo insurgente. Carlos era también poeta y había sido jefe de redacción de Alternativa. Se fue de la revista en octubre de 1974 cuando se produjo la primera crisis dentro de la misma, y de la guerrilla cuatro años más tarde. “Me fui del M-19 en diciembre de 1979 porque jamás pude aceptar los secuestros, nunca apoyé el asesinato de José Raquel Mercado y siempre estuve en desacuerdo con la aventura del Cantón Norte”.

Vidales se refería a la ejecución en 1976 del líder sindical José Raquel Mercado, secuestrado y acusado por el grupo como un traidor de la clase obrera colombiana; y, al robo de cinco mil armas de una guarnición militar al norte de Bogotá la última noche de 1978. Siempre se ha dicho que la audacia, la osadía y la temeridad eran características del accionar propagandístico, político y armado del M-19. Y parecía que cada acción superaba a la anterior, a veces en imaginación, otras en violencia. Lo cierto es que los golpes más violentos tenían también una fatídica carga simbólica, como lo fue el de Mercado. Más allá de la responsabilidad que le cupiera a éste en su cuestionada labor sindical, la forma como se decidió su muerte resulta estremecedora:

“La organización había dispuesto un plebiscito nacional en torno a la pena de muerte que pesaba sobre Mercado por la acusación de traidor a la clase obrera y agente del imperialismo norteamericano. En paredes, en puertas de baños, en las universidades, en billetes y buses, aparecían un sí o un no, como respuesta. El Eme propuso suspender la sentencia del sindicalista si el gobierno de López Michelsen arreglaba favorablemente la huelga del ingenio Riopaila antes del 19 de abril, día de elecciones. El gobierno respondió que no podía ceder a presiones armadas y José Raquel Mercado apareció muerto el 20 de abril de 1976 en una glorieta cercana al parque El Salitre” (Vásquez Perdomo, 1998).

En cuanto al Cantón Norte, se trataba del robo de cinco mil armas de dicha guarnición militar, sin disparar un solo tiro, el 31 de diciembre de 1978, mientras el país celebraba dionisíacamente, como es costumbre, el final de año. La prensa nacional recién pudo dar la noticia el 3 de enero de 1979. Durante meses un comando del M-19 excavó un túnel de 75 metros desde una residencia próxima, la cual fue alquilada para robar ese arsenal. Otro comando de la guerrilla dejó en la Gobernación de Cundinamarca en Bogotá el siguiente mensaje: “No contaban con nuestra astucia”, parafraseando a un popular personaje televisivo. La respuesta del gobierno de Turbay Ayala, que había impuesto un arbitrario estatuto de seguridad desde el año anterior, fue desmesurada, deteniendo a más de 400 personas. El Ejército recuperó buena parte del arsenal, pero las fuerzas de seguridad cometieron todo tipo de excesos: “El 4 de enero cayeron presos los primeros compañeros. Allanaron residencias en todo el país. […] Encontraron una caleta con gran cantidad de armas. Torturaron a los detenidos. Se llenaron las instalaciones militares de personas acusadas de ser miembros del Eme. Se violaron los derechos civiles y políticos de los acusados”, dice Vásquez Perdomo.

Debido a los constantes allanamientos de esos años, en busca de las armas y de los miembros del M-19, la espada fue almacenada, para no despertar ninguna sospecha, en un bloque de cemento que reposaba en un jardín de alguna residencia bogotana. La casa fue allanada pero los militares no imaginaron que el preciado objeto pudiera estar camuflado de esa manera. Posteriormente sería extraída del bloque por Bateman y cuidadosamente limpiada y ocultada en otra casa de un elegante barrio de la ciudad. Finalmente habría de ser resguardada en una caja de madera para ser enterrada en una casa campestre fuera de Bogotá. La casa presuntamente era de propiedad de un político colombiano.

Pero mientras la espada era puesta fuera del alcance del Ejército, éste tenía pistas de que había estado en casa de León de Greiff y por ello la había buscado hasta en su tumba. Por el mismo motivo miembros de la Brigada de Institutos Militares (BIM) habían allanado la residencia del poeta Luis Vidales, que fue detenido y trasladado arbitrariamente a la Escuela de Caballería del Ejército, lo que provocó una indignación nacional. Su hijo nunca fue capturado y hubo de salir del país en diciembre de 1979, con papeles falsos, rumbo a Suecia, donde se exilió posteriormente. Alternativa denunció así la detención del autor de Suenan timbres: “Al poeta Vidales simplemente se le entraron sin timbrar, rompiendo una ventana de su casa a las cinco de la madrugada, cinco agentes de la BIM. Se lo llevaron vendado en un camión. Lo mantuvieron vendado, de pie y a la intemperie durante diez horas… Semejante trato dado a un hombre de 75 años es lo que el general Vega Uribe entiende por ‘trato correcto’” (citada por Mena Sepúlveda, 2015). El general Camacho Leyva, ministro de Defensa, dijo por su parte: “Aquí no hay poeta que valga”.

Luis Vidales. Foto: Ciudad Seva

A lo largo de 1979 el M-19 realizó distintas acciones para presionar por la liberación de sus presos políticos y el levantamiento del Estado de Sitio. En abril, por ejemplo, doce guerrilleros disfrazados de sacerdotes y monjas tomaron en Cali las instalaciones del diario El Caleño y obligaron a los periodistas a elaborar una edición especial de denuncia al régimen. En agosto otro de sus comandos entró al museo Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta y robó otro objeto de Simón Bolívar, su bastón de mando. Sin embargo, los golpes que la fuerza pública continuamente propinaba al grupo lo tenían acorralado. Lo grave de la situación era que “capturaban, torturaban y luego investigaban. Cientos de personas inocentes sufrieron la arbitrariedad de los interrogatorios y Consejos de Guerra”, dice Vásquez Perdomo.

Con buena parte de sus comandantes y militantes presos por la brutal persecución en su contra, el M-19 se jugó el todo por el todo en la siguiente acción, aún más espectacular y arriesgada que las anteriores: el 27 de febrero de 1980 tomó la Embajada de República Dominicana y a 17 embajadores, que asistían a la celebración de la independencia de ese país, como rehenes. El propósito era, nuevamente, exigir la libertad de los presos políticos, el fin del Estado de Sitio y ahora, con una operación tan mediática, denunciar ante el mundo las violaciones de derechos humanos por parte del régimen. La toma duró 61 días durante los cuales el mundo entero estuvo pendiente de lo que ocurría en Bogotá; decenas de periodistas acamparon con sus cámaras en inmediaciones de la embajada para seguir paso a paso las liberaciones de rehenes, las negociaciones con el gobierno y todos los pormenores del suceso, hasta el desenlace con la partida de los dieciséis guerrilleros en un avión cubano que los llevaría a La Habana, recibiendo como parte de la negociación una elevada suma de dinero en dólares, aunque el gobierno no liberó a sus presos políticos. Fue durante ese período que el país supo al fin quién era el jefe máximo del M-19: Jaime Bateman Cayón. El periodista y escritor Germán Castro Caycedo fue retenido por guerrilleros para entrevistar a Bateman. Entrevista y fotos fueron publicadas por la prensa nacional.

Una de las primeras fotos de Jaime Bateman dadas a conocer.

Foto: oigahermanohermana.org

Ahora la historia de la espada sufre un giro inesperado cuando Bateman toma la decisión de sacarla de Colombia para que esté segura de una vez por todas. Lo único que se sabe al respecto es que en 1980 la espada salió del país en una valija diplomática, después de pasar de mano en mano en un sigiloso operativo que el M-19 realizó para entregársela a un extranjero, cuyo nombre nunca ha sido revelado, como tampoco el del diplomático que finalmente la recibió y la llevó consigo a Cuba, donde permanecería hasta 1989.

El M-19, una guerrilla sui géneris

El M-19 fue una organización subversiva bastante peculiar, inmersa en una serie de paradojas, y quizás tenía más en común con guerrillas sudamericanas como Tupamaros (Uruguay) y Montoneros (Argentina) que con las colombianas de aquellos años. Si bien su accionar político armado fue siempre urbano también lo extendió a zonas rurales del país. La politóloga Ginneth Esmeralda Narváez (2012) define el proyecto político de esta organización como un “populismo armado”, lo cual le habría permitido evolucionar en sus estrategias y tácticas desde un discurso de extrema izquierda a uno democrático de carácter “nacionalista, popular, independiente, comprometido con el desarrollo económico, político y social del país”. En ese sentido uno de sus rasgos fue el llamativo uso de signos y símbolos para divulgar su ideario acudiendo a todas las formas de difusión: comunicados a los medios de información masivos, pero también a los alternativos, pintadas, grafitis, propaganda impresa, un permanente contacto con la prensa para coordinar entrevistas e incluso retenciones de periodistas para llevar mensajes al gobierno. Era una guerrilla muy mediática que sabía que cada golpe que diera sería ampliamente difundido por la novedad que casi siempre introducía.

Citando a Mario Aguilera (2009), Narváez dice que “sus acciones de ‘propaganda armada’ abarcaron acciones populistas, como el asalto a camiones repartidores de leche, pollo y otros productos que repartían en los barrios populares; las interferencias a las señales de televisión; las interrupciones de las estaciones de radio para difundir comunicados; las arengas de sus militantes encapuchados en los escenarios sindicales y estudiantiles”.

El 28 de abril de 1983 Jaime Bateman viajaba en una avioneta a Panamá, donde tenía que entrevistarse con un delegado del gobierno de Belisario Betancur (1982-1986). La avioneta se estrelló en el Darién panameño y Bateman murió junto a los otros tres ocupantes. Los restos de los cuerpos fueron hallados nueve meses más tarde.

En octubre de 1985 un joven concejal del municipio de Zipaquirá, al norte de Bogotá, que militaba en el M-19 desde 1977 y había hecho pública su militancia en 1984, fue detenido por el ejército y llevado a un tribunal militar y posteriormente encerrado en la Brigada XIII del Ejército, donde fue torturado, y finalmente en la cárcel La Modelo, de Bogotá. Fue dejado en libertad en febrero de 1987, luego de 17 meses de encierro. Era Gustavo Petro, por entonces un desconocido, cuya labor en el M-19 nunca fue militar sino social, como la de muchos otros miembros de la organización.

Tras el incumplimiento de los acuerdos de paz pactados con el gobierno de Belisario Betancur, el M-19 realizó en noviembre de 1985 su operación más arriesgada, trágica e insensata: la toma del Palacio de Justicia, que generó un holocausto en el que murieron más de cien personas, entre magistrados, guerrilleros y empleados del Palacio. El M-19 se mantuvo activo hasta 1989 cuando inició conversaciones de paz con el gobierno de Virgilio Barco (1986-1990). Por fin, después de un intenso año de negociaciones bajo el marco de una violenta escalada de la fuerza pública, en marzo de 1990 el grupo guerrillero se desmoviliza y entrega sus armas, constituyéndose luego en partido político con el nombre de Alianza Democrática M-19 (AD M-19). Carlos Pizarro Leongómez, último comandante máximo del M-19, fue el candidato presidencial del partido en las elecciones de 1990, pero el 26 de abril de ese año fue asesinado a bordo de un avión por un sicario que a su vez sería ultimado por los escoltas del candidato. Tenía 38 años.

Carlos Pizarro. Foto: archivo El Colombiano

Feliza en la mira

En 1977 Feliza Burzstyn fue una de las artistas que apoyó públicamente el gran Paro Cívico contra el gobierno de López Michelsen. En 1979 también hizo lo propio con el Primer Foro por los Derechos Humanos, organizado por distintas fuerzas sociales y políticas para denunciar la represión del régimen de Turbay Ayala. “La izquierda vivía un clima de incertidumbre y terror por la ofensiva oficial y por las constantes revelaciones sobre los suplicios a que eran sometidos los detenidos. Las denuncias se contaban por centenas” (Mena Sepúlveda, 2015).

1979 fue para Feliza un año muy importante en su trayectoria por una nueva e impactante exposición que presentó en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, La baila mecánica, que fue muy elogiada por la crítica y terminó siendo una obra, si se quiere, premonitoria del final que tendría la escultora y de la situación política del país, como lo advirtió un crítico en una retrospectiva de la obra de Bursztyn:

“En La baila mecánica convivían varios caracteres completándose a sí mismos, abasteciéndola de profundidad e incluso de diversos puntos de vista. Sin embargo, prevalecía un grado de tristeza y de mal augurio en el espacio. Si tenemos en cuenta los eventos que condujeron a Bursztyn a su exilio, cada personaje debajo de las telas de la baila fue una insinuación de lo que pasaría durante esos años con muchos colombianos vendados e interrogados, sometidos a un absurdo e interminable mecanismo. Desde esta perspectiva el espacio expositivo era social y político: las víctimas estaban sobre una plataforma para ser observadas por el público con atención e indiferencia” (Osorio, 2009).

En 1980 Feliza llevó a Cuba La baila mecánica, y al año siguiente volvería a ese país para presentar parcialmente su último trabajo, la serie Color, en Casa de las Américas. Fueron estos viajes los que llevaron a los organismos de seguridad del Estado a fabricar un proceso en contra de la escultora, acusándola de ser un enlace entre el M-19 y dirigentes cubanos, sirviendo como correo entre ambos. El 24 de julio de 1981 su casa fue allanada durante cuatro horas por militares vestidos de civil. Lo único sospechoso que encontraron fue una pistola vieja e inservible que un amigo le había regalado y tres fotografías que había traído de Cuba de una exposición de fotógrafos colombianos a quienes tenía que devolverlas. ¿Buscaban también la espada?

Feliza fue detenida y trasladada a las Caballerizas de Usaquén, el principal centro de detención y tortura del régimen. Allí le vendaron los ojos, como a Vidales, y la interrogaron durante once horas, sin informarle en ningún momento cuál era el motivo de la detención. Finalmente la pusieron en libertad, pero los diarios El Tiempo y El Espectador recibieron información, respectivamente, del Ministro de Defensa y de otro alto oficial del ejército sobre la seria acusación que había sobre ella, sin que estos presentaran ninguna evidencia. El 27 de julio Feliza fue citada por un juez militar que la acusó de tenencia ilegal de arma y le dijo que, de ser hallada culpable, tendría que pagar cinco años de cárcel, según la ley, y la emplazó a presentarse nuevamente en su despacho en dos días. La escultora decidió entonces refugiarse en la Embajada de México y no salió de ahí hasta que le fue concedida su petición de asilo. Durante esos días el gobierno colombiano desmintió que hubiera persecución o acusación alguna sobre la artista y afirmó que ella podía salir del país y volver libremente. El 6 de agosto de 1981 Bursztyn partió a Ciudad de México. Pero nunca volvió.

Feliza Bursztyn murió en París, donde había continuado su exilio desde noviembre de 1981, de un paro fulminante el 8 de enero de 1982 a los 48 años. Estaba en un restaurante acompañada de su esposo Pablo Leyva y de dos de los fundadores de la revista Alternativa: Gabriel García Márquez y Enrique Santos Calderón, además de las esposas de ambos. Alternativa había llegado a su fin en marzo de 1980 por problemas económicos y políticos: el constante asedio del Establecimiento también la había hecho inviable. Feliza fue una de las miles de víctimas del Estatuto de Seguridad y su prematura muerte tuvo que ver, de alguna manera, con ello. “Se murió de tristeza”, dijo en su momento García Márquez, que también había tenido que salir del país rumbo a México en 1981 por el mismo motivo que lo hizo la escultora cuatro meses después: acusación (nunca comprobada) de complicidad con el M-19.

La Orden de los Guardianes de la Espada

La siguiente historia es inverosímil pero muestra las excentricidades que solían acompañar al M-19. A Bateman se le había ocurrido que la mejor manera de proteger la espada a futuro era creando una orden secreta internacional de guardianes que cuidaran de ella. Así nació la idea romántica de la Orden de los Guardianes de la Espada, pero Bateman no la llevó a la práctica o no le alcanzó la vida para realizarla. Fue ante la desesperación en que se hallaba el grupo después de la tragedia del Palacio de Justicia, que les había procurado un gran descrédito en Colombia y el mundo y duros golpes del Ejército, que se retomó aquella extravagante iniciativa.

El plan era que los dirigentes del grupo escogerían a doce personajes o instituciones que se distinguieran por su lucha contra el imperialismo estadounidense y la defensa de la democracia en América Latina, como miembros de la Orden. Se sabe que dos de esos personajes eran los escritores uruguayos Mario Benedetti y Eduardo Galeano. Igualmente, que los supuestos guardianes recibieron en un estuche negro una réplica de la espada, que seguía custodiada en Cuba, y un pergamino que certificaba su pertenencia a la Orden. Que Everth Bustamante, uno de los dirigentes del M-19, era el encargado de entregar los estuches personalmente a sus dueños en la mayoría de casos. Y que solamente Benedetti y Galeano no pudieron recibir el respectivo estuche por distintos inconvenientes.

Con la decisión de dejar las armas, reintegrarse a la vida civil y constituir un partido político, el M-19 quiso resolver también, en octubre de 1989, lo concerniente al paulatino retorno de la espada a Colombia, para lo cual se acordó trasladarla a la embajada de Cuba en Panamá. La espada llegó en diciembre de 1989 a este país, pero el 21 de ese mes ocurrió la invasión de los marines estadounidenses para capturar al presidente Noriega. La embajada cubana hubo de ser evacuada y se cree que la espada pudo ser llevada de vuelta a Cuba. El caso es que a mediados de enero de 1991 Arjaid Artunduaga, otro de los fundadores del M-19 y a su vez secretario del grupo, fue comisionado para viajar a Cuba a recoger la espada, que volvió a Colombia vía Venezuela. Antonio Navarro Wolf, jefe del partido AD M19, viajó a Caracas a recibirla, teniendo como testigo a Gabriel García Márquez. Y así llegó el anhelado día de su devolución formal el 31 de enero de 1991 en un acto en la Quinta de Bolívar en Bogotá, en presencia de los hijos de varios comandantes del M-19 fallecidos. Navarro Wolf la devolvió al museo, pero ese mismo día el entonces presidente César Gaviria ordenó que fuera llevada al Banco de la República, donde permanecería en una bóveda de seguridad durante 19 años. A cambio se dejó una réplica, que es la que se exhibe en el museo desde entonces.

¿El círculo se cierra?

En 2020 el presidente Iván Duque ordenó que la legendaria espada fuera sacada del Banco de la República y trasladada al Palacio Presidencial. Ahí permanece custodiada en una urna de cristal. El 28 de julio de 2022, el nuevo presidente Gustavo Petro le anunció al país que la espada estaría en su ceremonia de investidura. Y ahí estuvo finalmente, pese a la negativa de su antecesor días antes. De este modo, un presidente de izquierda y ex militante del M-19 pretendía hacer una devolución simbólica e histórica de la espada al pueblo colombiano, representado en las cien mil personas reunidas en la Plaza de Bolívar. No obstante, no dejó de ser ambigua su justificación cuando dijo: “llegar aquí junto a esta espada, para mí, es toda una vida, una existencia. Quiero que nunca más esté enterrada, quiero que nunca más esté retenida; que solo se envaine, como dijo su propietario, El Libertador, cuando haya justicia en este país”.

A partir del incidente y presencia de la espada en la posesión presidencial y de todo lo que se ha dicho hasta ahora, habría que preguntarse qué tan pertinente y vigente es un objeto que el propio M-19, al robarlo y esconderlo durante tantos años, contribuyó a elevar a la condición de símbolo nacional, y que Petro lo estaba reafirmando como tal en el momento de su posesión. ¿Se le dio a la espada, por ejemplo, demasiada importancia por encima de la propia vicepresidenta Francia Márquez, la primera mujer afro que ocupa esa dignidad en Colombia? ¿Es ya la espada bolivarense un símbolo anacrónico que precisa ser revaluado? El debate sigue abierto.

 

Referencias  

Mena Sepúlveda, Luis Alfonso. Periodismo independiente en Colombia: la historia de la revista Alternativa (1974-1980). Tesis de maestría en historia. Cali: Universidad del Valle, Facultad de Ciencias Humanas, 2015.

Narváez Jaimes, Ginneth Esmeralda. “El populismo armado del movimiento 19 de abril (M-19)”. Criterios – Cuadernos de Ciencias Jurídicas y Política Internacional. Vol. 5. N° 2 p. 117-144. julio-diciembre de 2012.

Oiga hermano, hermana (blog). “In memoriam: Carlos Vidales”. 8 de noviembre, 2014. Disponible en: http://www.oigahermanohermana.org/article-in-memoriam-carlos-vidales-124965793.html

Semana. “La ruta de la espada”. Diciembre de 1997. Disponible en: https://www.semana.com /especiales/articulo/la-ruta-de-la-espada/34708-3/

Vásquez Perdomo, María Eugenia. Escrito para no morir. Bitácora de una militancia. Bogotá: Ministerio de Cultura, 1998.

(Editado. Publicado en los medios digitales Cronicón y La Cola de Rata)