Hemos conversado largamente con Miguel Oviedo Risueño, él en el sur donde nacen todos los nortes, y yo en el norte del mundo donde los sures llegan en oleadas y ráfagas de nunca acabar. Y me emociono, porque en el sur de Colombia no sólo nació el gran Aurelio Arturo, el poeta más grande de Colombia del siglo XX, sino que en paralelo, siguen su rastro otros hombres y mujeres que saben que esta tierra es fértil y generosa cuando se trata de poetizar o narrar, pintar o cantar, danzar o esculpir la realidad pura y dura que nos rodea desde siempre.
Por tanto, hablar con el escritor Miguel Oviedo me ha traído un poco de cabeza sobre los elementos naturales y sociales que componen la materia prima de la literatura nariñense y colombiana y he podido comprobar de primera mano que aquella realidad sonora y a la vez silenciosa, cuando es atrapada por los sentidos de un poeta de las circunstancias, como es Miguel Oviedo, se vuelve frágil o moldeable y surge entonces el cuento, el poema, la novela: el universo ha sido creado nuevamente, reelaborado, interpretado de otro modo, mirado desde otro ángulo, oído desde otra orilla. Era mi interés conocer la obra literaria de Miguel, y con estas charlas me ha dejado claro que su obra es una monumental odisea de lo local sin paredes, o de lo universal descifrado en “La forma de las cosas sin figura”, esas líneas paralelas que se cruzan sin cesar en una ciudad sin trenes donde una mujer desnuda atraviesa la sombra de lo que fuimos y quizá seremos.
La charla que tuvimos la puede escuchar en tres audios donde, como gran narrador, Miguel muestra sus dotes de buen conversador y excelente conocedor de las artes literarias. Los audios no tienen pierde. Y, además, presentamos una extensa muestra escrita por algunas brillantes plumas que escriben sobre su obra. Buena lectura. Buena escucha.
ARTURO PRADO LIMA
Más allá del Galeras
Más allá del Galeras es un libro de cuentos, narración e historias de nuestra tierra. Su autor lo ha signado también como recuerdos…
En conjunto, sigue siendo un compendio de fábulas terrígenas narradas a modo de personajes que se construyen a cada momento y se eternizan en el tiempo.
Más allá del Galeras obra necesaria en la vida de cualquier lector que seguirá maravillándose con esos trazos de vida que alimentan las páginas de esta obra, clara fuente de inspiración, que se convertirán en tus nuevos aliados gracias a las historias que
incluyen: «Un solo recuerdo». «Una noche larga, lluviosa, eterna y misteriosa». «Solo veinte días con mi padre», y. «Más allá del Galeras».
Cuatro historias que tienen la capacidad para deslumbrar a un lector que devorará de una sola vez estos relatos cuya extensión no está reñida con el tiempo, el suspenso y, por supuesto, la inspiración para que también soñemos en mundos disimiles, que se presentan vividos en esta obra literaria.
«Más allá del Galeras», narración terrígena, mestiza, bucólica, proclive al delirio visionario, a la devoción por las más picudas alquimias del alma y a la aventura de perderse en atalayas inéditas, atraídas por las nieves cumbres y por el minifundio retador, es prueba del irrevocable anclaje con lo nariñense, con lo pasto, con su reproche milenario y su trova arrebatada.
«Más allá deñ Galeras»: Escribe: Fernando Denis
Una corriente submarina se llevó sus huesos entre murmullos. En ascensos y caídas pasó las etapas de juventud y madurez internándose en el remolino.
T.S. Eliot, Muerte por agua
La palabra retumba con sus ecos en toda una civilización. Es pan, es vida, es agua que bebemos y que se lleva el aire con sus barcos de papel; algunos barcos son hechos con hojas cuadriculadas del cuaderno, otros en vez de cuadrículas llevan poemas, y estos poemas son los que cuentan la verdadera historia de todos. La poesía es un espejo del mundo visible, pero también del que no vemos, y sus metáforas forman los embragues un destino hecho con fantasías, delirios e incertidumbres que forman la psicología de nuestra educación
sentimental con las palabras. Escribo esto para mencionar a Miguel Oviedo, un poeta del sur que viene a entregarnos sus palabras como si fuera sus últimas monedas de oro, guardadas mucho tiempo para comprar una porción de infinito. Su poesía verbaliza los sueños de una naturaleza herida por los sentidos, acechada por incontables estados de ánimo que relumbran en las aguas que atraviesan todo el libro. Sus poemas recogen cadencias, músicas e imágenes de ese sur frío y melodioso, el sur radiante y sonoro que viaja en la garganta de todos los pájaros y que se detiene al alba en los campanarios bajo la embrujada atmósfera de una neblina donde se esconden los grandes misterios de su historia, son poemas hilarantes que viajan por ese paisaje desgarrador y armonioso “donde el verde es de todos los colores”, como lo describió Aurelio Arturo en su ya famosa Morada al Sur.
Te veo con ojos de pez
desde abajo del agua hacia el firmamento:
mis ojos no son otra cosa que el músculo de tu luz, como un espejo.
Estamos hechos de soledad y de tiempo y por eso acudimos a las palabras para mitigar un poco esa condición de errantes sin destino, esa zozobra que nos empuja por pasadizos secretos del lenguaje, por incontables laberintos donde de vez en cuando un verso llega a rescatarnos. La poesía de Miguel Oviedo transita bajo el signo de una desmesurada iconografía, que es la de su habitad y la de su mente inquieta, la geografía surrealista de un sur que está grabada en la mano con la que escribe y se diluye lentamente como un agua del tiempo, como un agua de la inteligencia, como un agua transparente de la belleza y de la plasticidad que da sentidos a la escritura. Agua de lenguas es un libro que se abre como un paisaje y su escritura traza una línea divisoria entre el sentido común y los requintos que atraviesan como fantasmas las fronteras de la imaginación, más allá de esa sensibilidad volcánica que está en la fantasía de todos en el sur, que es símbolo del sureño, porque esa intensa neblina planetaria que baja del Galeras (que además tiene nombre de aguardiente) recorre los caminos y la sangre.
Este libro de Miguel Oviedo está escrito para nadar, para beberse o para naufragar, es un libro que corre y atraviesa el continente. Va cargado de días y de noches, de incesantes metáforas que brillan como peces, o como astros dormidos en un frasco, dormidos en un acuario o atravesando sigilosamente la historia de las letras en una frase de Heráclito el Oscuro. Escritos con denuedo para extrañar la sed de la lengua en que habita, para extrañar el mar y toda la mitología que lo habita, estos poemas resumen la plasticidad de una mente que se detenido en la mirada y por eso piensa con los ojos, y por eso el mundo entero se mueve como una corriente minuciosa. Y habla con voz de agua.

CUERPOS MOJADOS – (Cuento)
El pasado mes de marzo el agua cayó tanto que cuando desperté, pensé: ¡llovió toda mi infancia! Como en el Poema Invierno1.
Los hombres y mujeres del barrio aleteaban entre los alambres descolgando la ropa, y achicando hacia la calle el agua que entraba a los cuartos.
Acompasábamos con música de olla y bacinillas las goteras del techo que, vaciábamos al sifón cuando se desbordaban. Andábamos descalzos arremangados los pantalones.
Mi vecina del tercer piso volaba con un plástico hacia la sala atravesando los tejados de luz, para cubrir la nueva enciclopedia ilustrada.
A la sombra del palo de agua la vi inclinarse, y la transparencia de su camiseta mojada me mostró lo que a diario imaginaba cuando la veía caminar con su jean apretado junto a la ventana y sonreírme coqueta al movimiento suave de su cabello lacio.
Cubrió los libros y el lomo de estos rozaron su pecho, y yo estaba allí sintiendo el calor húmedo de su respiración, penetrando su silueta, dibujando en la sombra de su cuello la huella de mi boca, lacerando con mis dientes los negros lunares de sus senos.
Si, su respiración y la mía, secándose gota a gota, hasta escurrir mi lujuria guardada en días de observarla, a la sombra del palo de agua.
1 “Poema invierno” (Jotamario Arbeláez – El profeta en su Casa- paños menores 1988).

LETICIA AMANECIÓ DESNUDA
O LA SUPERSTICIOSA ÉTICA DE LA SEDUCCIÓN
Escribe: Jorge Córdoba – Bruma Ediciones
Estamos en una sociedad en la que la yuxtaposición de mensajes a través de los cuales la cultura nos habla, es agobiante. Como dice Michel de Certeau (Francia, 19251986), estamos, ante una “epopeya de la mirada”, signada, a la vez, por la “pulsión de leer”. La cultura no deja de hablar, de interpelarnos. Tanto nos incita como nos adormece. En este mundo semiótico y complejo, la lectura literaria es un eslabón más de ese mecanismo y su productor, el escritor, se ve obligado a exigirse en la elaboración artesanal (il miglior fabbro, según el Dante) de la obra literaria.
El primer contacto con nuestra cultura es visual, pero en la
naturaleza del artista, ese contacto es un acto delicadamente amoroso. El escritor interviene en el mundo como un voyerista dispuesto a ver lo que la mirada del resto del mundo no puede: “ve las cosas desde el lado más pequeño” (Nietzsche). La escritura se asienta en un objeto discursivo que funciona sobre una base ideológica, es decir desde una mirada particular transforma aquello que lo rodea en universal. Desde el tiempo de los griegos los tópicos del arte siempre fueron los mismos: el amor, la traición, el dolor, la muerte, el erotismo. Solo ha cambiado la forma.
Miguel Oviedo Risueño (1960, Ipiales, Nariño) es un escritor de garra. En la novela que nos ocupa, Leticia amaneció desnuda, logra retratar con una prosa breve y contundente, el universo de San Juan de Pasto, la ciudad colombiana cabecera del departamento de Nariño, con notable conocimiento, no sólo de su oficio, sino también del contexto social y político de la zona; emulando a Tolstoi, “pinta tu aldea y pintarás el mundo”.
Leticia amaneció desnuda condensa aspectos totalmente propios de nuestros pueblos latinoamericanos: la frágil constitución del orden social, la puesta en duda de los criterios valorativos de lo bueno y lo malo, quizás por una esencia propia de nuestra naturaleza latinoamericana, de lo que se desprende aquel axioma de que toda estética implica una moral. La escritura de Oviedo establece una crítica a la compleja relación entre los hombres y los hechos, para lo cual el encuadre histórico y social es un elemento insustituible en la obra.
Una fuerte impronta de la literatura de Oviedo Risueño es el intenso pasaje de las situaciones sociales hacia el interior de los personajes, en un ahondamiento psicológico que logra insertarse en lo mejor de la tradición de la literatura rusa del Siglo XX. Con astucia, el autor colombiano centra su objetivo en retratar la historia de Doña Leticia Seral Aranda, de tal manera que en torno a ella van creciendo decenas de personajes, acabadamente definidos, ya sea en su aspecto psicológico como en su aspecto exterior. Como consecuencia, la integración de todas las historias en torno a la vida de Leticia, va creando un mosaico abigarrado, sobre el cual se articulan los hechos, con capítulos transitivos y efectivos que ejercen sobre el lector el deseo de seguir adelante en la lectura.
Sartre alguna vez mencionó que el hombre era una pasión inútil. Es decir, un ente que lucha día a día por no caer en el absurdo de la existencia, en el abuso de creer que su vida tiene un sentido más allá de la mera existencia diaria. Al terminar de leer la novela, el lector levantará la vista y entenderá la dimensión de aquella expresión tan literaria de la filosofía sartreana. Porque el cuerpo de Leticia es el objeto de deseo por excelencia. A quien persiga la construcción implacable de ese imposible, le espera su propia extinción.
Por eso Leticia es la mistificación de lo inalcanzable que solo puede conseguirse a través del dinero. En esta novela, la lujuria encuentra en la riqueza el encabalgamiento perfecto: todo se somete a esta moral sexualizada: la moral política, la moral psicológica, la moral sociológica. Todo puede ser doblegado por la sola presencia de Leticia. Su cuerpo es el objeto metonímico por excelencia que alguna vez enunció Lacan. Leticia, repudiable, y por eso mismo, deseable. De allí la liberación del aliento contenido en el final de la obra, donde la prosa del autor colombiano adquiere momentos líricos y brilla con mayor intensidad.
Nuestra editorial se complace en presentar ante el público y la tiranía del tiempo, (los únicos jueces implacables de la literatura y el arte), Leticia amaneció desnuda.
Escribe: Fernando Denis – Editorial Ibañez
Se entra en esta novela como se entra en la selva oscura de Dante. La noche se mete en nosotros con sus palabras, con sus gestos de sombra, con sus inequívocas revelaciones, con sus barajas de adivina, y cursa en los destinos una sincera aventura interior, una exacerbada y poderosa mitología que nos envenena desde el comienzo de la historia. En su mágico poema Two english poems, escrito en la lengua de Shakespeare, Borges escribe:
“Las noches son soberbias olas; pesadas olas azul oscuro cargadas con todos los matices del profundo despojo, cargadas con cosas improbables y deseables. Las noches tiene un hábito de misteriosos dones y negativas, de cosas medio dadas, medio retenidas, de alegrías con un hemisferio oscuro. Las noches se
comportan así, yo te lo digo”.
Estás palabras de Borges son símbolos de la novela de Miguel Oviedo Risueño, prefiguran la gran historia de deseo y de despojo, de lucha interior, de incesantes periplos por la geografía de un sueño. La novela tiene ese acento de la noche nómada, como quien busca en la astronomía su estrella, su Virgilio, que lo guíe en las grandes encrucijadas del mundo. La novela se mueve como un animal nocturno, acecha en los grandes abismos que son la moral y el amor, siempre intuyendo la canción mineral de la naturaleza, sus emociones y su lúcida relación con el aislamiento y la incertidumbre.
¿Quién se cura de la sombra, esa cosa oscura que siempre está contigo como un ángel misterioso? Nadie, ni siquiera hay una metáfora que nos alivie, pues siempre que haya una luz habrá una sombra en el camino. Miguel Oviedo lo sabe, y lo enfatiza en cada uno de sus personajes, recupera para su historia los engranajes de un sueño hilvanado en la penumbra de muchos horrores creados por la política, hurgo en los intersticios de una justicia que cojea y oprime a los débiles. Por estos seres la noche es un refugio, un bálsamo cargado de inteligencia astronómica, que a su vez es un libro abierto en cualquier página, el libro de todos.
Las novelas son un viaje que intentamos más allá de la realidad y sus símbolos. Es acaso la otra forma de asumir el tiempo y el lenguaje, llenar los abismos y cada instante de sombra, romper con los cánones y la soledad de hombre contemporáneo y abrir una puerta distinta, una historia que pueda parecerse a alguien, incluso al que la escribe.
Siempre llega la noche es una novela que recoge los afectos de mucha gente y los entrega, como símbolo de una historia contada, cargada de sueños, de presagios, de muchas incertidumbres. Con una prosa moderna, de quien sabe tejer muy bien. Miguel Oviedo enfatiza el gran problema de la guerra como un pretexto más para que dos personajes bellísimos se encuentren y las palabras armen el andamiaje de su destino. Optimista, cargado de mucho esplendor y atravesado por el gran paisaje del sur de Colombia, el narrador y los personajes van en busca de su pedazo de tierra santa, o de su Troya, ese lugar imaginario que está en el mapa de alguna flor amarilla en medio del camino. Con irreverencia, con un impecable lirismo y buen pulso, Miguel Oviedo ha creado una novela de tintes mágicos en su escritura, encadenado a un lenguaje que sobrevive a todas sus emociones, a su gran fabulación, y su viaje impresionante es una pesadilla escrita bajo la sombra tutelar del gran paisaje de Aurelio Arturo, la verdeante lucidez de una geografía guardada en los instintos del poema. Y en algún momento de esta selva oscura amanece.

EN ESTE LUGAR NO HAY TRENES – (Cuento)
—No me pidas que tenga coherencia. ¡No existe esa palabra para mí! — Me grito, mientras con una sonrisa al compás del movimiento de su mano, se despedía para siempre.
Tiene ahora ya casi treinta años y desde que aprendió a hablar la llamaron Liaa. Le gustaba su nombre y por eso siempre lo escribía. Se lo pusieron desde pequeñita, porque no podía decir Thalía. Ha vivido en muchos pueblos, así que tiene un microcosmos construido a partir de su visión de la tierra, siempre quiso tener una vida medio anónima —aunque divertida— que le permitiera una estabilidad. ¡Quería romper con lo que su madre había elegido sin cuestionarla!
Quería un diploma que le garantizara una profesión. Un trabajo que le permitiera montar en bicicleta, una estantería para sus libros de idiomas, —sobre todo de lenguas nuestras, Latinoamericanas— como solía decir a cada rato y, un novio que la estimulara hasta llegar al orgasmo sin tener que recibir instrucciones con dibujos.
En otro momento le hubiese parecido tan sencillo: cruzar la calle, patinar en el andén, visitar la luminosa fuente de la transparencia, ver el recorrido de las hojas que flotan en el agua, fingiendo ser una de ellas en una de esas mañanas en donde todo parece imposible. Porque en realidad nada parecería posible para una persona con cinco dedos de frente. Un mirar detrás para ver “quién” y no hacerlo por mantener la etiqueta del “qué dirán”, o tomar desnuda una de las pinceladas de sol a esas horas del día en que bien vale la pena, para evitar la ceguera.
Salvo lo de la bicicleta, nada más se le cumplió. Y la culpa de que su vida siga la rutina de una estrella fugaz se debía a esa ingenua idea de estabilidad que persiguió siempre, y a ese novio con el que soñó, con el que relleno páginas de sus cuadernos y con el que construía un almanaque de fantasías eróticas dentro de su cuerpo.
En cambio, para él, tantas veces le hubiera bastado, sólo mirar el reflejo de las calles pisoteando el arcaico pavimento, para acabar en el empedrado del parquecito de la íglesia, donde camina la coja paloma de sus anhelos inacabables: envió tantas cartas, tantos suspiros escritos con tinta de sol, para que saliera y le diera un beso, o tan sólo para invitarla a tomar café. Recordaba aquella sorpresiva visita a mediados de marzo, cuando intentó subir hasta la torre de la íglesia de San Juan, ¡solo para saberla volar! Era tan incómodo el hecho de pasar sobre los árboles, sintiendo el palpable plumear que le caracterizaba. En esos instantes nada tenia coherencia, porque nada era coherente. Todo iba pasando de gris a oscuro y el Poeta sin poder quitarle la mirada, sujetaba con sus ojos, cada paso. La veía de los pies a la cintura y, de la cabeza a la curva final de su cadera. Guardando en sus ojos el contoneo de su andar.
Para Liaa la coherencia no existía, la incoherencia siempre fue la puerta a todos sus viajes. Aprendió a ser incoherente con la misma mano con la que aprendió a fumar, a escribir, a batir huevos, a beber hervidos de maracuyá, a hacer y a hacer el amor como una diosa.
—Cuando no soy coherente —decía— pienso mejor, camino mejor y, ¡soy mejor!
Su primer trabajo fue como enfermera ayudante de odontología, en un pueblito caliente, allá perdido en la montaña, conocido como “Alma Musical”. Allí cada año, en el mes de agosto, caminaba y bailaba por las calles al son de las Bandas Musicales. La calidez de su gente y el clima lo convierten en uno de los destinos turísticos más llamativos de la región. Bueno allí llegó a trabajar. Para Liaa era suficiente: le daba para una dieta de cigarrillos, pero le entristecía tener que laborar día tras día, en el mismo polvoriento pueblo. Por un instante pensó en lo pequeño que era el mundo, las calles tenuemente transitadas, los parques solitarios donde en las noches vagaban lágrimas de mujeres, buscando un aire para llenar en sus carteras. Pero rápidamente se dio cuenta que estaba equivocada: ¿cómo podría ser tan pequeño un lugar en el que ni siquiera había podido encontrar su propia felicidad? Y ese deseo, constante, el firme deseo de mirar atrás, la intrigaba tanto, que en momentos acrecentaba su sentido y, no podía, sencillamente, contenerla.
No podía hacer más nada tal vez, el hecho de rebajarse a su propio capricho, implicaba para ella la fatal muestra de debilidad constante en du vida. Y sí, allí estaba, había alguien detrás de Liaa y, no era su sombra, quería parecerlo, pero la conocía. Y no era ella. En esos instantes, como en cualquiera de los otros, estaría estrujando sus huesos hasta hacerlos polvo, llenando cada instancia desde otro adentro he intentado ser quien nunca fue. No iba a tener un trabajo al gusto, porque con tantos estruendos en su vida, lo que le resultó más práctico fue convertirse, con veintidós años en profesora de idiomas.
Lo suyo empezó porque siempre le dijeron que era lista e inteligente. Y lo malo de decirle y repetirle todos los días que es lista e inteligente, es que se lo cree, y lo que es peor: se siente obligada a no defraudar a los que la han enaltecido con complejos. En cambio, el Poeta, conocía cada estructura con el sentido de lo que emana desde lo conocible. Y podía afirmar que entre su niebla y la luz de Liaa se esparcía algo diferente. Tantas veces aferrado a ella no podían ser en vano, tantos instantes en los que la locura evadía el holocausto, y, en los que el holocausto evadía la locura, para permanecer siendo quien nunca fueron: holocausto y locura. Allí estaban en un lugar, entre la calle 19 y la íglesia de San Juan, ese lugar lleno de mundos y de pueblos.
Pudo saberlo, porque arrastraba su sonrisa hacia la vastedad que el Poeta mismo había creado. Y en todo ese tiempo su nombre lo había gritado el viento, por encima de las torres del campanario y lo dejaba ir, con el sonido del repiquetear de las tres de la tarde. Cada letra pesaba detrás de su nombre, como un eterno jardín. Y parecía que cada una, cogía camino por las calles, tomaba presencia en sus ojos ya desgastados por el polvo. Y la encontró, perdida la mirada en un cuadro de una estación del tren pintado en el ventanal del edificio de la Cámara de Comercio, por la entrada de la calle 18, al cruce de la carrera 29. ¡Allí estaba Liaa!
— Y dime… ¿qué haces por aquí a estas horas?, ¿esperando el tren, acaso?
—En este lugar no hay trenes —Respondió Liaa—.
— ¿Estás esperando un tren que no existe? —Jamás en mi vida había conocido a una mujer que esperara un tren que no exista—. ¿A qué parte te diriges?
—A ninguna, porque no espero ningún tren. Además, no existen.
— ¿Estás esperando un tren que no llegará —replico el Poeta— y, marchas a un lugar que no existe? Estás loca, —le dijo—. Y si el tañer de las campanas no se equivoca, te llamas: L — i — a — a.
—Sí, Liaa —respondió—.
— ¡Vaya!, qué sorpresa, nunca pensé encontrar una mujer con ese nombre. — ¿En serio? —Agregó ella— Alguno de los dos debe estar equivocado, —continuó— — ¿Por qué? — Pregunto el Poeta.
—Porque si eres hombre y tienes un nombre, yo que soy mujer. También tengo un nombre y puedo llamarme como yo quiera, ¿no lo crees?
—Es cierto, —agrego el Poeta—. Como tú quieras o como quiera gritarte el viento al sonar de las campanas. En todo caso, ni llegará el tren, ni irás a donde piensas, ni te llamarás como dijiste. ¡Liaa! — ¿Por qué lo dices? (Hubo un largo silencio) Y sus ojos se perdieron en el tiempo como buscando seguir el juego al que le había apostado.
Era definitivamente hermosa, pensó el Poeta. Su sonrisa tranquila, cabello negro y largo, manos muy blancas, pequeñas y frías y, si, sus ojos definitivamente tristes. Salió del silencio de golpe, como si volviera a la realidad.
—Quien sabe, si el viento utiliza las campanas para gritar L — i— a — a, tendré la ayuda suficiente, para ser lista, para terminar de estudiar, para no tener que esperar entrar en la universidad, y para darme cuenta de que la vida es absolutamente aburrida y predecible.
Si, así era Liaa, no apagaba el despertador para entrar a clase, ni tenía necesidad de memorizar para pasar los exámenes. Si algo le parecía atractivo, era ir a la facultad para observar fijamente al profesor hasta hacerlo tartamudear o, en el mejor de los casos, conseguir ser llamada al terminar la clase para saber si todo en su casa y en su familia iba bien.
Pero ¿cómo iba a ir bien si su familia era un completo desastre y su vida nunca tuvo pinta de poder terminar bien? Su papá era un perfecto bueno para nada, había abandonado a su madre siendo ella una niña: “chiquita y piponcita” —comentaba, mientras esbozaba una pícara sonrisa— De su madre no le gusta hablar: “porque todo lo que digo, mi madre lo escucha”, —aclaraba— o le llega a su cerebro a través de mensajeros invisibles. “En este momento creo que se está enterando de lo que estoy diciendo, para que tú lo escribas Poeta. Porque ella tiene “eso”. Y “eso” me da rabia. Tener un papá que no existe, pero tener una madre medio bruja es una osadía”.
Y se enamoraron. No ese día. Tal vez otro como hoy, con la diferencia de que llueve. Hoy es uno de esos típicos días, de una ciudad fría, en los que se pega toda la tarde de tormenta. A Liaa le gusta ver llover, el Poeta se inspira con las transparencias del agua, —les agrada—. En cierta fotma les gustan los relámpagos, ese haz de luz increíble. Se estremecen con los truenos y se abrazan. Quizá suene un poco estúpido, pero a veces se siente como una típica tormenta del trópico. Sí, son así.
Se enamoraron a principio de la mañana, con lluvia, con un alegre sol que de pronto asoma por el cielo claro. “Hoy va a ser un gran día”, piensan. Su felicidad es notable conforme pasa la mañana y los rayos de sol los salpican. Nada anómalo en el tiempo, a excepción de los quejidos que emanan de sus bocas por el sofocante calor de su pelo largo recogido en la nuca, y del sudor cayendo lentamente por su frente.
Llega la hora de comer y el sol ha desaparecido. Liaa sigue irradiando de alegría pese a que las circunstancias no acompañen y el tiempo no agrade. El Poeta escucha los primeros truenos. Siente que el corazón le da un vuelco. Definitivamente el cielo amenaza con cernirse sobre ellos; las primeras gotas de lluvia caen. Llueve, llueve y llueve. Más de una hora con este chaparrón. Aceras inundadas, gente mojada, y ella, con sus piececitos, talla 36, tan mojados que ni los siente. El olor a lluvia no le desagrada. El aroma a asfalto mojado inunda sus fosas nasales y hace que se relaje. Parece que ya para, porque después de la tormenta viene la calma. Y allí está el Poeta, acariciando su cara mojada después de unas poquitas gotas de lluvia.
— Desearía, —le dijo —Que no te fueras. —Y sus manos lo apretaron con fuerza
— Te voy a extrañar —Contesto casi al instante— Nadie va ser como tú. —Y se acercó a su cuerpo.
— No mientas —Contestó. Una lágrima brilló con la luz de la luna.
Apoyó su cabeza en su pecho. Su respiración y la de él se acompañaron. Su aroma la inundó. Tomo su rostro entre sus manos, acaricio sus mejillas, limpió unas lágrimas y la beso. Un beso cálido que no conoce impurezas, cómo el suave roce de un pétalo. Se besaron con el ímpetu delicioso del amor, con el arrullo cálido de su piel.
— Te quiero.
— Yo también te quiero, pequeñita.
— ¿Te vas?
— Debo irme, pero sabes que volveré.
— ¿Cuándo volverás?
— Volveré
— No volverás nunca. Quizá sea muy tarde cuando decidas volver. ¡No te vayas! Acarició su cabello, la miró.
— No estés triste. —Dijo— Al tiempo que acariciaba su pelo y la miraba.
—Me enamoré de tu sonrisa. ¿Puedo verte una vez más? —Ella abrió sus ojos grandes en una mirada transparente y una leve sonrisa enmarcó su rostro. Al instante fue feliz.
Estaba preciosa, esa noche. La abrazó, se volvieron a besar. Un beso que fue eterno. Se dijeron adiós. La besó nuevamente, rozando sólo los labios con los suyos. Otro adiós. Entrelazando sus manos. Una vez más, ¡adiós! Ella se quedó ahí, mirando sonriente. Su exquisita sonrisa lo despedía, sus lágrimas la extrañaban.
A lo lejos el sonido de un tren, sería lo último que escucharon.
En tinta verde – Novela
Dos mundos separados, tan cercanos como lejanos entre sí, se encuentran en la Novela “En Tinta Verde”. Reconstrucción del proceso de vida y escritura de la obra de Juan Montalvo y su correspondiente reflexión desde la ficción narrativa, recreando personajes y espacios, permitiendo conocer particularmente a un hombre mítico: Don Juan Montalvo, en el territorio fronterizo de dos países, Colombia y Ecuador, enmarcando una región símil en desarrollo étnico y cultural, que ofrece un acercamiento a la vida de la gente que tan sólo puede ser realizado por la literatura con su capacidad de exploración en el alma humana y en el devenir social de los pueblos. Decididos a cambiar el rumbo de sus vidas, el abogado André Sampedro y su novia Yolima De Los Naranjos Parra Torres abandonan la Capital de Colombia, donde residen, para trasladarse a la ciudad de Ipiales, pequeño
pueblo fronterizo. Allí, entre frondosos bosques y montañas, se levanta la historia de su bisabuelo, Juan Montalvo Fiallos, polemista, ensayista y periodista de excepción, que fue uno de los escritores más fecundos que ha tenido el Ecuador. Su entrega a las labores de la pluma, sus continuos destierros (tres en total) y su especial tendencia hacia la soledad, le impidieron llevar una vida hogareña estable y feliz. Dueño de un destino movedizo, lleno de azares y riesgos, Juan Montalvo tuvo una vida sentimental salpicada de alegrías y sinsabores.
“En Tinta Verde” es la investigación de la “Influencia de Juan Montalvo en la identidad cultural del sur de Colombia, a partir de la llegada del escritor”, brindando de una manera práctica, información sobre acontecimientos, históricos, políticos, sociales, económicos y culturales.
“En Tinta Verde”, novela de ficción histórica, nos brinda un acercamiento de la realidad, cultural del antiguo pueblo Pasto. Los protagonistas de la historia, Don Juan Montalvo y quienes en su tiempo vivieron la historia; fueron la inspiración para realizar esta novela, donde podrán enterarse de aspectos desconocidos, pero no desvalorados de su vida. “En Tinta Verde” nos muestra abiertamente, realidades y acontecimientos que sucedieron con la llegada de Juan Montalvo a la frontera colombo-ecuatoriana.
El viaje iniciático de André Sampedro, como eje central de una novela que, a modo de tapiz, abarca desde la descripción minuciosa de los acontecimientos históricos y el análisis de la compleja convivencia entre lo actual y lo histórico, hasta la disección de la vida interior de un hombre sometido a circunstancias excepcionales.
“En Tinta Verde” sirve como base de la historia, no solo a los protagonistas colombianos, sino en general a todas las personas que sientan el interés de conocer la dinámica fronteriza única que existe entre Colombia y Ecuador.
En este lugar no hay trenes – (Cuentos)
En este lugar no hay trenes es un viaje alucinante por el maravilloso mundo de los cuentos. El destino será extraviarnos en sus encrucijadas, de las cuales no se puede salir, hay que seguir cada relato con la intención de evocar determinados sentimientos o actitudes. Buscando así en los personajes: cada palabra marcada por los hechos, sus lados más oscuros o algo tan grande como el amor, que nos genera pensamientos que luego se convierten en hechos de vida o trama final.
En este lugar no hay trenes nos lleva a recorrer los pasos dados por
hombres y mujeres, en búsqueda de nuevos lugares y ciudades. Que se intensifican al combinar personajes auténticos con el surrealismo para explicar mejor su mundo, ese que está perfectamente delimitado entre las interpretaciones que nacen de él y el imaginario más poderoso que la lógica. Por lo que es más fácil sentir primero, y luego pensar. Pensar en la estación más solitaria en medio de un pueblo perdido, para sentir su recuerdo y la calidez del refugio en el que nadie puede hacernos daño.
En este lugar no hay trenes se conforma de muchos elementos literarios que se desarrollan a lo largo del entorno y los personajes transmitiendo una extraña sensación que los mantiene a salvo. Sin embargo, el tren sigue su marcha, y los caminos se abren y los sitúa en un contexto brumoso, apenas visible, como si se tratase de recuerdos aislados de la memoria.
El conjunto de los 19 relatos que componen este libro está unido por las travesías del tren y los inquietantes personajes que son el hilo conductor de las historias contadas. El tren avanza entre las aguas profundas, de pensamientos confabulados con los fantasmas y los hombres que no suben al tren; más bien, apenas lo ven pasar. Y están obligados a contar sus historias, aunque nadie les preste atención. No hay un final feliz. Quizás ni siquiera haya final alguno. Ni siquiera haya trenes. Su viaje prosigue, y con eso basta.

La forma de las cosas sin figura
Novela
Mi tierra prometida
Durante la segunda mitad de los noventa me encontraba en las Costas del mar Pacifico, frontera donde la población de desplazados llegaba a engrosar los cinturones de miseria internos. Colombia según agencias del gobierno ha llegado al punto de estar catalogada por las Naciones Unidas como el segundo país con más desplazados internos en el mundo, lugar que al igual que Angola es solo superado por Sudán, que alcanza más de cuatro millones de desplazados internos.
Por esos años conocí al profesor Polo Castillo, si es trascendental contarlo, llegado de un pueblo costero, San Juan de la Costa, pequeño y perdido en las latitudes al occidente de Nariño, se
empecinaba en servir y defender a los desplazados que llegaban a la ciudad. A pesar de la difícil situación y los esfuerzos por entender esta realidad, todo lo que hacía resultaban hechos parcos comparados con la magnitud del problema.
Más allá de las duras condiciones de vida para las comunidades del mar Pacifico a menudo el desplazamiento es más que la pérdida de territorio. Ese camino se recorre por miedo a la muerte, o como una forma de protegerse y cuidar sus pocos bienes, la mayoría por sus tierras, “La diferencia es que ellos son desplazadas y yo soy víctima” —decía el profesor Polo Castillo.
Ellos los desplazados hacinados en una casa de madera pequeña, con un extenso galpón cubierto. Allí estaban, junto a una marimba, instrumento de percusión en madera. “Trajimos la marimba”, — contaba Polo—. “Los mayores la tocan y poco a poco los niños van aprendiendo a hacerlo, todo para que su cultura no se pierda”. Es tarde, horizontal el sol se oculta en el mar y sus rayos se proyectan por las rendijas de la casa, —Polo sigue hablando—. “Esta música es de todos incluyendo el canto con que nos acompañan los pájaros con su trino”.
“Los desplazados llegan caminando, cargando sus cosas o casi nada, todos escapando del miedo”. — Decía Polo Castillo— “Yo soy víctima, pero también a la vez soy desplazado, he estado allá. La diferencia es que a mis padres los mataron. Perdí todo: mis padres, mi casa, ¡todo! Las causas de desplazamiento varían” —confirma el profesor Polo— “el temor a los narcotraficantes, la continua intimidación de los grupos armados, hasta la falta de presupuesto y voluntad política”.
Realidad que dificulta la labor de quienes como el profesor Polo intentan ayudar, la mayor parte de sus esfuerzos, se han concentrado en resolver la urgente situación de manutención, o más bien, de supervivencia de los desplazados, ayudando igual en los temas de violación de los Derechos Humanos. Es por esto, que esta novela pretende entender desde un punto de vista equidistante el impacto del desplazamiento, tanto en el grupo de desplazados como en la ciudad que los recibe.
Cada uno en su búsqueda de tranquilidad, de dejar a un lado esa vida que día a día se complica, todo por el sentir de un pensamiento que creemos correcto y muchas veces está equivocado. Encendiendo entonces el fuego que desde hace muchos años sigue ardiendo en Colombia, como si pensar diferente fuera un delito y aquí seguimos, quemándonos en la hoguera de la violencia.
El caso del profesor Polo Castillo, nos ilustra aún más esta situación, esta forma de ser y proceder. Él guardaba sus miedos y lo hacía en el silencio que lo perseguía día y noche, su beligerancia lo llevaría a perder hasta la vida, olvidando que, al partir de este mundo nada se llevaría y, sus logros nada valían si no tenía a alguien a su lado con quien compartirlos.
Dando tumbos andaba buscando lo que no se le ha perdido, acumulando tantas cargas, tratando de lograr más, de servir a los demás como nunca imaginó; sin caer en la cuenta de que por un instante debemos hacernos a un lado del camino para no quedarnos solos y compartir toda la carga que llevamos. Solo de esta manera todos cabríamos en este País. En esta Colombia conformada por una sociedad de creencias erróneas. Nos enseñan falsos valores y rompemos el correcto establecimiento de la verdad al tener mal establecidas las prioridades.
Prioridad que en este instante para el profesor Polo, es encontrar la salida de esta forma, de aquella sin figura en la que estaba, para de allí partir a donde sea. Estaba en el infierno que él mismo lo buscó y soñaba con su cielo: lleno de monte, vegetación y aves de colores. (Pájaros que volaban con sus brillantes plumajes al sol de la tarde y que con su canto lo invitan a irse con ellos) Nunca entendió que el amor también es importante y que pudo ser feliz junto a Irena y con ella llegar a esos seres de plumajes resplandecientes, que lo acompañan en sus noches de sopor y sueño, creer que todos los seres somos importante en esta latitud de la vida y de la muerte. Hace que deambule de la montaña al mar, en silencio buscando las respuestas de este mundo sin formas. Se pierden en el tiempo, se va de este mundo sin remordimientos, sin rencores, sin echar de menos nada, con la esperanza de que algo mejor le espera tras del muro que llamamos vida.
Vale la pena recordar, pegarnos de la historia, aprender de ella, saber que no es la primera vez que Colombia experimenta migraciones forzadas internas. Dos grandes movimientos han precedido el actual desplazamiento hacia las ciudades. El primero ocurrió durante la denominada “Guerra de los mil días” y el segundo en el período conocido como “La violencia”. Ambos casos están llenos de lecciones al respecto, pero desafortunadamente no hay mayor evidencia de los hechos y eso nos pierde la magnitud de aprender del, pasado, nos falta esa información confiable. Si nos queda clara que las anteriores se basaban en su principal causa, la confrontación política entre los partidos tradicionales. En cambio, en esta se inicia con la falta de presencia del Estado en buena parte del territorio nacional, con la inhabilidad de garantizar la defensa y seguridad de todos sus ciudadanos y la llegada del narcotráfico, como raíz de conflictos internos bélicos, y la baja cobertura de servicios públicos básicos como salud, agua potable, electricidad y educación. Este hecho se refleja en el número de actores identificados por los desplazados como la causa de su migración forzada: narcotráfico, guerrillas, paramilitares, militares y policías. Así mismo, a estos grupos se han sumado la erradicación química de cultivos ilícitos.
El profesor Polo, empieza a caminar y no encuentra en su recorrido lo que busca, es su amor propio, el arte que predomina en sus manos, el amor a las mujeres que fueron parte de su recorrido y de su vida, esto lleva al “profesor de arte” a aislarse primero en la frontera, donde encuentra el verdadero amor, más tarde en un pequeño pueblo con nombre de prócer de la independencia “Ricaurte”. Este y los demás asentamientos en la vía al mar, se van poblando poco a poco por hombres que llegan en tránsito y que terminan quedándose.
Polo Castillo hizo lo mismo, de aquí hasta el mar se dedicó a escribir en un cuaderno de hojas cuadriculadas. Mientras lo hacía, cada tarde sellaba su propio fin, junto a los campesinos melancólicos, que obligados llenaban la montaña, sembrándola de sus nuevos cultivos, mientras sus bolsillos se prostituían con los dólares de procedencia turbia.
La reserva natural “La Planada”, ubicada en el municipio de Ricaurte, guarda uno de los últimos relictos del llamado “Bosque de Niebla”, donde la flora y fauna de este lugar son particulares, encontrándose un alto índice de especies “endémicas”, es decir de especies que tienen una distribución muy restringida y solo se encuentran acá.
Una cabaña perdida en esa montaña lo albergaba. Nunca estuvo solo, fuera de Bernardo Mera, lo acompañaban el rugir del viento y los pájaros que lo seguían a todas partes. Lo alimentaban los campesinos caritativos que se acercaban a escondidas, de cuando en cuando para dejar una gallina pelada y lista para cocinarse, y desaparecían al instante en la montaña. (las gallinas que consumía, gordas y bien alimentadas, lo mantenían vivo allí, en estado de pura dignidad) Se cobijaba la mayoría de las noches con el amor de una mujer hermosa, que decidió por voluntad propia cuidarlo, le llevaba pan, café y agua caliente para que se bañara.
Apolinar Castillo el profesor Polo, nunca sabrá que después de tantos años, sus apuntes heredados a Irena, y recuperados junto al mar Pacifico serían de tanta utilidad para no olvidar los hechos del pasado. A ella y a sus amigos les había advertido que regresaría del mar muy pronto transformado en un hombre nuevo al encontrar su tierra prometida.
Miguel Oviedo Risueño. (Ipiales-Nariño-Colombia 1960)
Escritor y Poeta. Magister en Etnoliteratura de la Universidad de Nariño. Administrador Publico y Comunicador Social-Periodista.
Reconocimientos y premios:
- Premio “Palabras sin fronteras” Bruma Ediciones (Argentina) 2013
- Finalista IV Concurso Internacional de Relato Corto (2013) «Caños Dorados», De Fernán Núñez (Córdoba-España).
- Segundo Puesto Premio Nacional de Cuento “Banco Popular”, Colombia 1993.
Publicaciones:
“Sin Agua en el Desierto” (Poemas 1991); Segunda Edición (2012)
“Más Allá del Galeras” y otros cuentos, (publicado por la DI y la Alcaldía de la Ciudad de Ipiales,
1994)
“¿Dónde Soñaras Esta Noche?”, Poemas (1995); Segunda Edición (2012)
“Poemas en punto G. Poemas en punto de Guerra” (2012)
“Fisura de lo Real” Antología de Cuento Latinoamericana Bruma Ediciones (Argentina-2014)
“Leticia Amaneció Desnuda” (Novela) Bruma Ediciones (Argentina-2015)
“Siempre Llega la Noche” (Novela) Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez-2016
“En este Lugar no hay Trenes” (Cuentos) Ediciones Albores España-2017
“En Tinta Verde” (Novela) Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez-2018
“En este Lugar no hay Trenes” (Cuentos) (Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez-2018)
“Más Allá del Galeras” y otros cuentos – Autores Editores-2019 “Agua de lenguas” (Poemas) Uniediciones Grupo Editorial Ibáñez-2022
“La forma de las cosas sin figura” (Novela) Caza de libros Editorial-2023







