Portada de las memorias de Fabio Martínez, Perfume de Cadmia

La escritora colombiana reflexiona sobre la vida y obra del escritor vallecaucano Fabio Martínez, contenidos en sus Memorias «Perfume de cadmia»

Escribe: Consuelo Triviño Anzola

 

   “Escribo estas líneas, feliz y lleno de esperanza, mientras, me voy acercando a la línea de sombra de los setenta años. Escribo estas frases, sabiendo que el pueblo colombiano, necesita -como dijo Gabo- una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Memoria o autobiografía, real o soñada, así cierra Fabio Martínez, este volumen en el que da cuenta de su vida. Son doscientas páginas en las que dibuja con finas pinceladas el destino de una generación, la de los años cincuenta en Colombia.

         Los nacidos en esta década no presenciamos la atroz violencia política que cubrió de sangre el territorio del país, incluso antes de la infausta fecha de 1948. Un silencio de muerte cayó sobre los nuestros, desplazados cuyo único delito era su pertenencia o su defensa del partido liberal, y que llegaron a la ciudad con las ilusiones rotas. El poder había sellado sus bocas obligándolos a convivir ⸺cuando no a huir⸺ con los cuatreros y asesinos que los habían despojado de sus tierras.

         El silencio que marcó las vidas familiares en los cincuenta mataba cualquier manifestación de rebeldía ante el poder de los conservadores y de la Iglesia. Los niños de esa segunda mitad del siglo XX no presenciamos la violencia, pero el dolor de los seres queridos nos llegó a través de sus murmullos. En los rostros se adivinaba el gemido que aprisionaba sus corazones, cuando al sorprenderlos en las conversaciones hacían el gesto de desterrarnos del lugar donde se reunían.

         Las familias hicieron tabula rasa para sacar adelante a la prole, abuelas, tías, heroicas madres solitarias, viudas o abandonadas, que apostaban por nuestra educación con una elevada cuota de sacrificios. Todos somos hijos de Pedro Páramo sugiere Fabio Martínez cuando destaca el papel de la madre en el hogar y la ausencia de ese padre borroso devorado por la niebla del tiempo.

         Los niños urbanos de esta generación ingresamos en la modernidad con la televisión en el centro de los hogares. Desde la caja mágica llegaba el mundo al vuelo y los Beatles en dibujos animados nos incitaban a bailar y a sacudir la melena siguiendo el ritmo de sus piernas, como en el “Club del Clan”. Hasta que, a finales de los sesenta, nos dice Fabio Martínez, llegaron a Cali quienes iban a revolucionar la música: Richie Ray y Bobby Cruz, que con su “Sonido bestial”. De ello dejaría constancia Andrés Caicedo en su mítica novela Que viva la música, publicada en 1976.

         Aún niños vimos pasar a los hippies predicando paz y amor. Crecimos bajo las consignas de Mayo del 68, que repetían los universitarios. Con asombro recibíamos las noticias de las manifestaciones estudiantiles, exigiendo derechos para los trabajadores bajo las banderas de los partidos de izquierda. Se volvió una frase hecha entre nuestras familias aquello de que se iba a la universidad a tirar piedras.

         Aún no habíamos cumplido doce años cuando las noticias culturales dieron cuenta de la irrupción de Cien años de soledad en el ámbito internacional. Teníamos quince años cuando en 1971 Gustavo Álvarez Gardeazábal removió los turbios recuerdos del pasado con su novela Cóndores no se entierran todos los días, publicada por editorial Destino en Barcelona. Si la novela de Gabo despertaba la conciencia a hechos atroces, como la huelga de las bananeras, y la violencia, la novela de Gardeazábal nos llevaba al pueblo Tuluá, a 80 km de Cali, para recordarnos el horror de los pájaros que se abalanzaron sobre la comunidad, con la complicidad de algunos vecinos enemigos de los liberales.

         Puede decirse que a los diecisiete o dieciocho años, al entrar a la Universidad, perdimos la inocencia. La intelectualidad de izquierda se tomó las facultades de Ciencias Humanas y formó cuadros entre los grupos de estudio, como nos cuenta Fabio Martínez que le ocurrió en la ciudad de Cali. Igual que en aquella telenovela titulada Destino a la ciudad, protagonizada por Judy Henríquez y Álvaro Ruiz, el destino de la violencia fue la ciudad con su miseria. Hasta aquellas lomas llegaron los militantes, pro rusos o pro chinos, a trabajar con el vecindario.

         En los setenta, los universitarios nos educamos bajo el siniestro estatuto de seguridad, que perseguía hasta su desaparición a los rebeldes. Para proletarizar el partido, algunos compañeros abandonaron los estudios y se emplearon como obreros en fábricas, cuando no se desplazaron a los barrios periféricos; otras ingresamos en grupos feministas y nos atrevimos a distribuir chapolas entre las vendedoras de las plazas de mercado, donde nos echaron a pedradas. Consignas como “compromiso político” y “conciencia de clase” se introdujeron en nuestro léxico. Expresiones como “la autocrítica, compañera” marcaban la línea de demarcación de ese super yo que se presentaba para atormentarnos.

         Cumplidos, o no, los requisitos para que se nos aceptara en sociedad, se tenía un proyecto personal. Algunos lectores apasionados de mi generación ya se habían contagiado del virus de la literatura, que ponía en el horizonte la escritura como destino. Esta enfermedad marcó una travesía que, desde la ciudad natal, llevaba a Barcelona o a París, al encuentro del yo que se proyectaba en la escritura, como le ocurrió a Fabio Martínez. Este eligió París donde, entre peripecias, brotó el germen de lo que sería su primera novela Un habitante del séptimo Cielo. Desde entonces, escribir ha seguido a cada experiencia suya, como constatan estas memorias que nos ofrecen su curriculum vitae. De la ciencia ficción a la historia, de la historia a los mitos originales, del rock a la salsa o al ritmo de los tambores orishas, en el Pacífico, esa franja peligrosa en disputa, como señala el autor en su estremecedora Marea de sombras.

         Si al decir de Philippe Lejeune, la autobiografía tiene su origen en un impulso creativo, que lleva al autor a recordar exclusivamente determinados acontecimientos y experiencias de la vida, los que pueden tener cabida en la construcción de su mundo de un modo estructurado, entonces, estas memorias reales o imaginadas, ofrecen la imagen viva y verosímil de una generación de escritores que en Colombia tuvo que enfrentarse a grandes maestros como García Márquez y asumir el reto de forjarse un destino, en el azaroso horizonte de nuestras letras.

Después de este excelente prólogo de Consuelo Triviño Anzola, los invitamos a leer el primer capítulo de las memorias de Fabio Martínez, el escritor vallecaucano, cuyo libro Perfume de cadmia, se presentará en la 36 edición de la Feria del Libro en Bogotá (17 de abril – 2 de mayo de 2024). Feliz lectura! (APL)


Mi montaña mágica

Mi madre acostumbraba a tomarme de la mano cada vez que salíamos a la calle. Una tarde, mientras caminábamos por el teatro Alameda, se detuvo de repente, miró fijamente a la acera del frente, y señalando con su dedo índice, me dijo:

-Ese hombre que va allá es tu padre.

Aquel día, conocí el secreto mejor guardado de la familia. Secreto que desde niño me había tenido martillando en mi cerebro, y que no me dejaba vivir en paz. ¿Quién era mi padre? ¿Por qué mis primos tenían padre, y yo no? ¿Por qué había nacido con ese vacío tan grande en mi vida?

La ausencia del padre fue lo que me hizo ser escritor. Escribir para llenar un vacío que yo nunca había pedido en la vida.

Así fue como yo entré en la larga fila de los hijos de Pedro Páramo. De los hijos de Nadie.

Años más tarde, mi madre me contó que mi padre era de Medellín, y había llegado al Valle del Cauca, durante el proceso de colonización antioqueña.

Nací en Santiago de Cali, en la colina de San Antonio, Carrera 12 No. 1-117, en una casa de adobe, de paredes blancas y zócalos verdes.

La casa era propiedad de don Agustín Victoriano Martínez Sanabria, un tipógrafo de origen pastuso, que después de aprender con los hermanos maristas el oficio de impresor, compró en la colina un pedazo de tierra, y allí construyó su casa.

Don Agustín se casó con doña María de todos los Santos Erazo, una india de La Cruz, Nariño, que a diferencia de mi abuelo materno, no sabía leer y escribir. De esta unión, nacieron mi madre, mis siete tías, y un tío calavera, que cincuenta años después, lo atropelló una moto en la Calle Quinta.

Mi abuelo materno me enseñó a leer y escribir a los cinco años de edad. Siempre he reconocido que mi primer maestro fue mi abuelo materno. Mi segunda maestra, fue la abuela María, quien me enseñó a leer los signos invisibles de la vida.

Don Agustín me enseñó el alfabeto español con base en la poesía modernista que estaba en boga en aquella época. Desde la infancia, Rubén Darío fue mi poeta de cabecera. Mi abuelo, que tenía una educación clásica basada en la retórica, la filosofía y la literatura, me hacía aprender de memoria la poesía:

 

Colombia es una tierra de leones;

el esplendor del cielo es su oriflama;

tiene un trueno perenne, el Tequendama,

y un olimpo divino, sus canciones.

Sentado en la sala del comedor, yo recitaba de memoria las estrofas de Darío dedicadas a mi país, y no comprendía por qué el poeta nicaragüense hablaba de leones, en una tierra donde no había leones.

-Abuelo, en Colombia no hay leones -decía, y el abuelo se quedaba pensando en silencio-.

Luego, cuando era un adolescente, y comencé a vivir en medio de la barahúnda que ha sido este bendito país, comprendí que los leones aquí abundan, y están enquistados en los altos cargos del gobierno. Aquí no solo hay leones, sino también fieras salvajes, que día a día, te acosan por doquier.

Mientras mis primos jugaban en la colina al escondite, mi abuelo se sentaba en la mesa de comedor, y me enseñaba a leer y escribir.

 

Coclí, coclí

Al que lo vi, lo vi

al que está detrás de mi

no juego más.

Yo alcanzaba a oír el canto de mis primos correteando por la colina, y me daba rabia estar encerrado. Desde la cocina, mi abuela María, gritaba a todo pulmón:

-Viejo, deja descansar al niño. De tanto estudiar, se nos va a enloquecer. Como el Quijote.

El sábado en la mañana, mi madre me pedía que la acompañara al centro de la ciudad, a cobrar su salario. Ella fue una modista que trabajó en las fábricas de confecciones de la ciudad, que eran de propiedad de los sirios y libaneses, que llegaron a la ciudad a comienzos de siglo.

A la altura de la tienda La Despensa, mi madre y yo tomábamos el bus Rojo y Crema. El automotor partía del Bosque Municipal, bordeaba los barrios Santa Rita y El Peñón; luego, subía al barrio San Antonio, tomaba la Carrera Quinta, y nos dejaba en la Plaza de Cayzedo.

La Plaza de Cayzedo era el centro de la ciudad, y de mi pequeño mundo.

El bus tenía asientos de dos puestos. Yo escogía el puesto de la ventanilla para contemplar el paisaje urbano, y dejar que la brisa fresca entrara y me acariciara el rostro.

Mientras el bus corría lento, yo leía desde la ventanilla los avisos comerciales, que veloces pasaban por la ventanilla. Fue mi primera demostración intelectual que tuve frente a mi madre.

Elvia se llamaba mi madre. Ella y yo descendíamos del bus, y nos parábamos a hacer fila al frente de la fábrica donde se destacaba una casilla de pagos. Mi madre se acercaba, mostraba su cédula, el pagador le extendía una planilla, ella firmaba, y luego le entregaba un pequeño sobre de papel kraft. Era el momento más feliz de mi madre y de sus compañeras de trabajo.  Algunas contaban en el acto el dinero; otras, como mi madre, doblaban el sobre y lo guardaban en el corpiño de la blusa.

Cuando mi madre se despedía, las mujeres comenzaban a lanzarme piropos amorosos, que me hacían ruborizar.

-Suegra, me lo cuida. ¡Eres un papito!

Doña Elvia sonreía, y me arrastraba con su mano diestra. Para celebrar el pago, me llevaba al almacén Gilbert, y me compraba ropa y zapatos. Luego, íbamos a comer salchichas vienesas con Coca Cola en la Salchichería Cali, que estaba situada sobre la Carrera Sexta.