Francisco Quinteros presenta una retrospectiva de su trabajo de los últimos veinte años, que culmina con su visión del genocidio del pueblo palestino

Texto y fotos: JAIME FLÓREZ MEZA

El pintor ecuatoriano Francisco Quinteros (Cuenca, 1948) expone actualmente en el Museo de la Ciudad (antigua Escuela Central de Cuenca) una serie que ha denominado Muros y Migrantes, que es en cierto modo una muestra de su trabajo de los últimos veinte años. Y de sus lecturas y reflexiones de lo que se conoce como nuevo orden mundial a partir de la caída del Muro de Berlín en 1989; orden mundial que ahora mismo se tambalea y parece llevarnos a otras realidades geopolíticas, como podría ser la de un mundo multipolar. Pero lo más profundo de esta visión pictórica es que está centrada en las víctimas de estas últimas pesadillas belicistas y genocidas: los muertos, los prisioneros y los supervivientes —heridos, mutilados, hambrientos, enfermos, separados de sus familias, violados, desterrados, deshumanizados, bajo amenaza permanente— que huyen, buscan refugio, cruzan fronteras y se dan de bruces con elevados muros; o que mueren en las rutas migratorias, asesinados, ahogados o de física hambre.

El arte siempre ha estado ahí para representar estas tragedias humanas y ambientales. Si uno observa Los desastres de la guerra de Francisco de Goya, el Guernica de Picasso o Abu Ghraib de Fernando Botero, por poner solo tres ejemplos, puede ver que el arte exterioriza el dolor, el sufrimiento y la destrucción de una manera única. Y sería quizás simplista decir que cuando el arte, o mejor, los artistas quieren asumir lo político, entonces el arte es político, teniendo en cuenta que las guerras y los genocidios son una manifestación, la peor de todas, de lo que se entiende por político. Más allá de ello, lo político, en su sentido más amplio, es transversal a toda práctica artística.

Título:“Sangra el cielo y la tierra que te vio nacer” 

“Desde mi primera exposición, de 1976, siempre he estado enfocado a los derechos humanos. Siempre he enfocado mi arte en contra de la guerra, de las armas, del capitalismo”, dice Francisco Quinteros, añadiendo que nunca ha recibido ninguna crítica o presión por su trabajo políticamente comprometido:

“El objetivo de esta muestra es crear un poco de conciencia en la gente… y que tenga una demostración de solidaridad hacia los que más sufren. Si bien es cierto que sufren millones y millones de personas en todo el mundo, hoy nos enfocamos en Palestina, que es el lugar donde la crueldad humana ya se sobrepasa. Solamente comparable con los campos de concentración nazis en la Segunda Guerra Mundial. Y en ese sentido, no sé si sea suerte o no, pero no he tenido críticas en contra de mi manera de pensar en el arte”.

Quinteros estudió artes plásticas en la Escuela de Bellas Artes Remigio Crespo Toral, en Cuenca, entre 1971 y 1976. Posteriormente realizó estudios de filosofía, sociología y economía política (1980-1986) en la Universidad de Cuenca; y ejerció el magisterio hasta pensionarse. Tener un contacto directo con el público es muy importante para él; por ello en esta exposición, que viene presentando desde mayo del presente año, siempre acude diariamente a dialogar con los espectadores, a hacer él mismo visitas guiadas. “He tenido bastante suerte, siempre han estado receptivos. Y he logrado que ellos expresen un rechazo a la acción criminal del Estado de Israel a los palestinos. Pero siempre he estado aclarando una cuestión: en mis expresiones y mi criterio sobre la invasión de Israel a Palestina, no es que esté yéndome en contra del pueblo judío. No todos los judíos son sionistas”. Destaca también el valioso papel que han tenido los medios alternativos que ahora circulan en las redes sociales al visibilizar, analizar y hacer comprender a sus audiencias la problemática palestina, y cómo ello ha contribuido a crear redes de solidaridad internacional con su causa, tal el caso de las acampadas en muchas universidades de Estados Unidos y otros países.

Una de las cosas que llama la atención en esta muestra son las figuras de pájaros colgadas del techo, otras al pie de uno de los cuadros, y otras más que salen de un díptico titulado Los pájaros de Hiroshima, en alusión a una de las bombas atómicas que el presidente Truman hizo detonar sobre Japón (una de las mayores infamias del siglo XX), al final de la Segunda Guerra Mundial. Quinteros también evoca una vieja canción de los setenta, Las voces de los pájaros de Hiroshima, musicalizada por el folclorista argentino Horacio Guarany a partir de un poema del poeta y escritor rumano Eugene Jebeleanu, e interpretada también por la cantante argentina Ginamaría Hidalgo.

La desnudez de las víctimas en las pinturas de Quinteros remarca la situación de despojo y destierro al que han sido condenadas por las guerras de invasión y los genocidios, como el que viene sufriendo el pueblo palestino a manos del Estado de Israel. Aquellos paraísos de Gauguin (una de las improntas que uno puede encontrar en el trabajo de Quinteros) se transforman aquí en infiernos: las prisiones en Abu Ghraib, las masacres en Sabra y Shatila, Irak y Palestina, los constantes bombardeos en Gaza, el muro en Cisjordania (de 8 metros de altura y 723 km de extensión), las tragedias migratorias en la frontera EE. UU. – México…

Quinteros también busca el diálogo en su propia obra con otros lenguajes: en algunas pinturas incluye imágenes de prensa a las que les da un tratamiento pictórico, y al pie de una de ellas recortes de prensa de anteriores exposiciones suyas; y en todas siempre está la presencia de algún poema de algún autor palestino, o de origen palestino, o latinoamericano. Estos textos poéticos fueron tomados por Quinteros del libro La fragancia de las olivas, editado por la Embajada de Palestina en Ecuador, y los ubicó al lado de las pinturas. Un ejemplo es este poema del uruguayo Jorge Palma, que acompaña el cuadro “Torturadores malditos venid a ver mi casa muerta”:

Solo son truenos

(recuerda Hassin)

La vida nada tiene que ver con eso.

Te dirán, sin mirar más allá de sus manos,

que no vale la pena, si al fin, y para qué…

Mi madre, que era analfabeta

ponía su cuerpo junto a las ventanas

y cantaba tan alto como le diera la voz,

para tapar el sonido de las bombas

cayendo en el huerto.

Mi madre no mentía. Solo lo hacía

para que durmiéramos sin temor.

Cuando temblaba el cielo

y se sacudían los olivos y las cobijas,

ella solo decía:

Son truenos, mi niño, Solo eso.

Pero la vida,

la vida no tiene nada que ver.

Le pregunto si el uso de estos materiales sirve para comprender el contexto de estas atrocidades. “Sí, en realidad ayuda bastante. La contraposición está en que muy pocas personas vienen a estas exposiciones. Pero en esas pocas personas sí se logra que capten el mensaje de la exposición”. Para profundizar aún más en el contenido de las 54 pinturas en exhibición, Quinteros elaboró un folleto de 18 páginas en el que realizó una amplia contextualización política, poniendo especial énfasis en la tragedia del pueblo palestino. En él explica que esta muestra es una selección de cuadros que comenzó a pintar “desde que se inició, en marzo de 2003, la invasión norteamericana al pueblo iraquí. […] En esta invasión se estima que murieron 700.000 iraquíes”.

Sobre el recrudecimiento del genocidio palestino anota:

“En estos últimos meses (hasta abril), han sido asesinados más de 41 mil palestinos, de los cuales 15.370 eran niños y 9.671 mujeres. Asimismo, han asesinado 136 periodistas y a 869 profesionales de la salud. […] Hasta el momento, ni la presión internacional, ni los llamados de cese a la masacre, por parte de las organizaciones de DDHH, ni las masivas manifestaciones que se han dado en todo el mundo, incluido dentro del mismo territorio israelí y en las universidades de EE. UU. y de Europa, repudiando el genocidio, han sido capaces de evitar que Gaza siga sometida al poder destructivo de Netanyahu y de su ejército”.

En otra de sus obras Quinteros alude a la masacre en el campo de refugiados palestinos de Sabra y Shatila (en el que también había sirios y libaneses), perpetrada por milicianos cristianos en dos noches de septiembre de 1982 en Beirut, con la complicidad del ejército israelí que había invadido el sur del Líbano en junio de ese año para expulsar a las milicias de la OLP (Organización para la liberación de Palestina). En efecto, un mes antes de la masacre el ejército israelí las expulsó. El campamento, por tanto, estaba completamente inerme y no se sabe con exactitud cuántos refugiados murieron o fueron desaparecidos. Los responsables de esta infamia (las Fuerzas Libanesas e Israel) siguen impunes hasta el día de hoy. Como recuerda Quinteros, el fallecido cantautor y poeta argentino Alberto Cortez compuso y grabó una canción sobre la masacre. La llamó justamente Sabra y Chatila y la incluyó en su álbum Como el primer día, de 1983.

Quinteros  y su obra “Sabra y Chatila I”                                

Muros y Migrantes estará abierta hasta el 30 de junio de 2024 y se espera que pueda ser exhibida en otras ciudades ecuatorianas.

En este cuadro, “Palestina mutilada por los sionistas”, pueden apreciarse los colores de la bandera palestina (rojo, verde, blanco y negro)