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El desafío cinematográfico que han tenido en sus manos los responsables de llevar al cine Cien años de soledad, del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, es monumental. Sobre todo, la de los amores extremos que se narran en la historia de la Familia Buendía y sus generaciones precedentes. Sin embargo, a pesar de la oposición de Gabo, se ha rodado una serie en Netflix. Me pregunto si alguna vez García Márquez intentó ver en la pantalla imágenes sobre su misma novela. Lo hizo, claro que sí, pero concluyó que era incapaz de ponerle rostro a José Arcadio, a Úrsula Iguarán, a Remedios La Bella, pero sobre todo al mítico coronel Aureliano Buendía, personajes solitarios y desmedidos que tienden a erotizar su vida al máximo.

Nuestro amigo César Herrera nos ofrece su visión sobre este tema y conexionnortesur.com pone hoy en sus manos este artículo sobre cómo se las apañaron los hijos del escritor y Netflix para no traicionar los deseos del autor, quien siempre quiso que los rostros de los personajes de Cien Años de Soledad  permanecieran como el lector los imaginó en su primera lectura.

Arturo Prado Lima

Cómo serán las escenas de los amores extremos de Cien Años de Soledad, a propósito de su próximo lanzamiento en Netflix

Escribe: César Herrera

Una de las inflexibles razones por las cuales García Márquez se opuso a que su novela más empinada se llevara al cine y a otros formatos audiovisuales fue la dificultad para escenificar sus amores extremos sin traicionar la esencia de su mitomanía y los rituales de iniciación de algunos de sus personajes.

Pronto tendremos la oportunidad de ver en las pantallas las rutilantes escenas que han hecho reír y suspirar a millones de personas en la complicidad de sus chinchorros. Algunos de los retos con los que se tuvieron que enfrentar los directores Alex García López y Laura Mora, se enumeran a continuación. Estamos a la expectativa para saber mediante cuáles recursos poéticos sortearon la barrera de la censura sin arruinar la magia y sin caer en la cursilería.

Pilar Ternera sirve de sacerdotisa y de medio físico para introducir a José Arcadio en el cenagoso camino de la lujuria. Era «una mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en los oficios domésticos y sabía leer el porvenir en la baraja».

Úrsula había visto desnudo a su hijo y le contó a Pilar que el jovencito estaba equipado con una portentosa pinga, lo que despertó el interés de la tarotista. Una noche, el muchachito entró a una habitación atestada por toda la parentela de Pilar, se orientó por el olor de la ilusionista y cayó en la redada en «donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como un costal de papas y lo voltearon al derecho y al revés».

Después José Arcadio se fue de Macondo detrás de la mujercita del circo: «La gitana se deshizo de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de encaje almidonado, de su inútil corset alambrado, de su carga de abalorios, y quedó prácticamente convertida en nada. Era una ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los brazos de José Arcadio».

Pilar Ternera fue la confidente del tormentoso amor de Aureliano por Remedios Moscote, la niña de  nueve años, hija de su enemigo político: «Tendrás que acabar de criarla, se burló». «Voy a hablar con la niña —le dijo Pilar Ternera—, y vas a ver que te la sirvo en bandeja». Aureliano se casó con Remedios antes de que la niña superara «los hábitos de la infancia». «Las generaciones futuras… habían de desconcertarse ante aquella niña de faldas rizadas, botitas blancas y lazo de organdí en la cabeza, que no lograban hacer coincidir con la imagen académica de una bisabuela».

Arcadio, el hijo de José Arcadio, que nunca tuvo noticias de su madre, sucumbió al ceniciento resplandor de la iniciadora: «Pilar Ternera, su madre, que le había hecho hervir la sangre en el cuarto de daguerrotipia, fue para él una obsesión tan irresistible como lo fue primero para José Arcadio y luego para Aureliano».

La madre salió en busca de una niña para apaciguar el desenfreno de su muchacho. En la oscuridad, Arcadio palpó esperando encontrar a Pilar, pero «encontró otra mano con dos sortijas en un mismo dedo… Entonces comprendió que no era esa la mujer que esperaba, porque no olía a humo, sino a brillantina de florecitas, y tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre, y el sexo pétreo y redondo como una nuez, y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada. Era virgen y tenía el nombre inverosímil de Santa Sofía de la Piedad».

Amaranta apaciguaba los borbotones de su sangre altanera con su sobrino: «Una madrugada… Aureliano José despertó con la sensación de que le faltaba el aire. Sintió los dedos de Amaranta como unos gusanitos calientes y ansiosos que buscaban su vientre. Fingiendo dormir, cambió de posición para eliminar toda dificultad, y entonces sintió la mano sin la venda negra, buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad…».

Otra relación extrema es la de Amaranta Úrsula con Aureliano Babilonia: «Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las dos manos, como una maceta de begonias, y la tiró bocarriba en la cama. De un tirón brutal la despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada que no tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lunar recóndito que él no hubiera imaginado en las tinieblas de otros cuartos».

José Arcadio, el hijo de Fernanda del Carpio y Aureliano Segundo, el que había estudiado para papa, se entregaba a las desmesuras: «Una noche, él y los cuatro niños mayores hicieron una fiesta que se prolongó hasta el amanecer. A las seis de la mañana salieron desnudos del dormitorio, vaciaron la alberca y la llenaron de champaña. Se zambulleron en bandada, nadando como pájaros que volaran en un cielo dorado de burbujas fragantes, mientras José Arcadio flotaba bocarriba, al margen de la fiesta, evocando a Amaranta con los ojos abiertos. Permaneció así, ensimismado, rumiando la amargura de sus placeres equívocos…».

Pienso que para los directores no fue un escollo hacer que Remedios la Bella se elevara y se deshiciera entre las nubes rumbo al cielo, que el coronel Aureliano Buendía perdiera treinta y dos guerras civiles y se muriera con la cabeza entre los hombros como un pollito, apoyada contra el castaño mientras orinaba, que Melquíades y Prudencio Aguilar regresaran de la muerte, que José Arcadio Buendía hablara en latín con los muertos debajo del castaño, que Mauricio Babilonia cautivara a las mariposas amarillas, pero no me imagino el tremendo problema para realizar las escenas de amor exacerbado que, desde luego, serán imprescindibles en esta novela provocadora, en esta obra engendrada entre los vapores ardientes de la ciénaga.