Yezid Arteta Dávila

Escribe: Arturo Prado Lima
El comandante fue condenado finalmente a «dos años sin mando, un año desarmado y a derribar a hacha dos hectáreas de montaña y sembrarlas con plátano, además de redactar un documento de cincuenta páginas de cuaderno en el que hiciera una recapitulación sobre lo ocurrido, aceptar sin chistar la sanción y el compromiso de enderezar el curso de la organización”. Así habría iniciado el libro uno de los integrantes de La Cueva: Gabriel García Márquez. Pero quien redacta este libro es un rebelde, en todo, hasta en el estilo y la concepción de la literatura post boom: mantiene el suspenso hasta las últimas páginas del libro, que, siendo una de las claves de la literatura desde tiempos inmemoriales, es utilizada para redactar una historia que evade toda señal de invención y convierte a la realidad en una ficción, no del mito guerrillero latinoamericano, sino del héroe diario que enfrenta todas las muertes posibles para que su ideal permanezca sobre todas las cosas. El héroe, al contrario del mito, es aquel que tiene que defender esa condición todos los días y cada momento, so pena de perder el aura como tal para convertirse en traidor, renegado, revisionista y todos los epítetos hechos costumbre en el manual de buen revolucionario latinoamericano.
Yezid Arteta Dávila: Imagen: Las 2 orillas
Entonces, Yezid Arteta Dávila emprende una aventura más en su vida: hacer la guerra desde la literatura, y lo hace a partir del último escalón emocional: la sentencia de muerte que él espera, atrincherado en la convicción del héroe romántico: “La causa dignifica al guerrillero y exalta su memoria”.
La vida es un camino hacia la muerte. Y ella no está al final de la vida. Está desde el principio. Cada instante estamos muriendo. La vida en sí misma es una sentencia de muerte. Rebelde dentro de los rebeldes, de Yezid Arteta Dávila, es una muestra de ello. Una de las condiciones para ingresar a una organización guerrillera, como las FARC, EP, es la muerte del ser individual para disolverse en algo más grande, en una organización donde las condiciones emocionales y de afecto dan paso a un aparato armado, a un ejército, que es en adelante, el que gestionará tus emociones, tus deseos, tus sueños. En gran medida, te quitan toda la responsabilidad como individuo y te entregan a una organización creada para enfrentar a un Estado incapaz de satisfacer tus demandas y proyectos vitales, a quien hay que matar, es decir, renunciar a su protección y alzarse contra él. Esta es la primera muerte: desde que ingresas a la guerrilla renuncias al sistema y el Estado, que, unas veces sí, y otras no, depende de las circunstancias, te da el estatus de enemigo formal o simplemente te califica como delincuente común. De todas maneras, la condición de asesinar al padre Estado es una condición básica para ser guerrillero.
La segunda muerte, es el asesinato de los afectos, sobre todo el que tiene que ver con la cuna, las costumbres, las herencias y las tradiciones. Ahora lo que prima es la sociedad, no el linaje. Cortar los lazos familiares de forma definitiva, ya sea por seguridad o por disciplina ideológica, es vital y no puede ser restaurada hasta la victoria final. Y la tercera muerte, la más dolorosa, sin duda, es el asesinato de uno mismo. Empieza con el entierro definitivo de tu nombre y la adopción de un seudónimo que por lo general hace referencia a un muerto ejemplar. Ahora ya no eres Yezid, ahora te llamarás Joaquín. Ya no eres tú, es la organización. Te has despojado de tus derechos y se lo has entregado a la causa revolucionaria. Ahora tú te llamas revolución. No es fácil asimilar esto. Y es aquí donde empiezan a fallar las cosas. Porque el Yezid de Barranquilla, de la urbe Caribe, de las salas de baile, del béisbol y el fútbol sobrevive en los sótanos de la memoria de Joaquín, y éste, que quiere vivir para la patria, empieza a clandestinizar sus emociones, sus tristezas, sus amores, sus nostalgias, sentimientos que, en aras de la lucha sediciosa, son imprudencias que se interpretan como crímenes contra la organización, que, según la categoría, se castigan hasta con la muerte.

Yezid Arteta en busca de la paz colombiana. Imagen: Diario público
Yo conocí al comandante Joaquín en el departamento del Cauca. A Yezid Arteta lo conocí en Europa. En Colombia conocí al comandante. En Madrid al escritor. Al leer estas páginas me viene a la memoria la dura década de los ochenta, cuando en una ocasión me invitaron a un acto cultural. Una vez pasado el pueblo de La Meza, Cauca, al cruzar por un riachuelo, ya casi oscureciendo, un comando guerrillero nos cerró el paso. Era una escuadra al mando de Joaquín, quien me dio la bienvenida a la organización armada. En realidad, yo no iba a incorporarme a las FARC, sino a hablar de poesía y otros asuntos culturales, en calidad de invitado. Más allá del río, había una valla inmensa sostenida entre dos árboles que decía: “Bienvenidos a territorio libre”.
Vivir en ese mundo bajo las reglas del “cuatro líneas”, “el librito de bolsillo que contenía toda la legalidad fariana”, y volver a la Barranquilla bulliciosa y alegre, siembra de dudas a cualquiera. Ir a la discoteca con las manos callosas, enfrentar viejos amores con la piel áspera, mirar con los ojos del perseguido, del ilegal, de la clandestinidad, es una de las vivencias que se muestran en el libro descarnadamente. Quienes lo hayan leído, quizá habrán sentido lo mismo: mientras avanzo en la lectura, me voy preguntando cuál es la clandestinidad legal, cuál la ilegal. Qué sentimientos o emociones debo expresar aquí o allá. Dónde estoy yo, cuál soy yo. Si es mejor la rumba de Barranquilla o el “caminar y cargar”, dentro de una organización clandestina que aspira arrebatarle el poder al régimen vigente. Qué hacer, si quedarme en lo urbano o mezclarme con esos campesinos bonachones que encuentran “mayor estímulo en el baile, los sainetes, el juego de pelota, el alcohol y el combate que en la teoría marxista”. La respuesta viene después de unas cuantas páginas: el Joaquín revolucionario se impone al Yezid soñador. El relato vuelve al monte con un ser dispuesto a cambiar la historia y las reglas de la guerra para siempre. Este ir y venir en el tiempo y el espacio teje una literatura dinámica y realista que siempre nos deja con ganas de más y gestando una opinión sobre el autor-personaje que tenemos entre manos: esta es la historia que se parece mucho a la novela.

Arturo Prado Lima, Yezid Arteta Dávila y Erika Antequera en Madrid
Entonces empieza la opinión: nunca, creo yo, Joaquín tuvo la intención de violar la fidelidad a la causa revolucionaria fariana, solo que al tratar de enrumbar su lucha por un camino diferente a la ortodoxia marxista, su nuevo padre lo acusó de “atentado contra la orientación político-militar de la organización e intento incumplido de órdenes de manera premeditada y a sí mismo de haberme insubordinado”. Sí, uno contiene el aliento porque el libro empieza prácticamente con el llamado de Raúl Reyes, tercero al mando en la FARC, y termina en el juicio, en cuyo lapso de tiempo Yezid Arteta reconstruye al comandante Joaquín, sin revelar las conclusiones finales del juicio y sí narrando las vicisitudes del héroe que no se deja arrastrar por algunas soluciones fáciles, como la deserción, ante el llamado a juicio que según sus cálculos, terminaría en fusilamiento. En cambio, afronta el drama sin desertar del camino que lo llevaría a “la piedra de sacrificio con la convicción de un mártir o como el creyente religioso que se autoflagela a guisa de penitencia”.
La rebeldía, sin embargo, es la seña de identidad del libro. Aunque tiene la convicción de asistir al juicio, no fija una fecha, ni permite que se la fijen: “No había un plazo fijo para Raúl Reyes. Iré caminando, no sé cuánto tiempo emplearé, le dije a Raúl Reyes por radio. Podía demorar semanas o meses, incluso no llegar si por el camino moría en una emboscada de la policía o el ejército, tragado por la selva, ahogado en un río o masacrado por una de las bandas civiles armadas que merodeaban por el valle del Patía y los alrededores del municipio de Mercaderes”.

Con el libro de Yezid Arteta asistimos a un tribunal de Barranquilla que oficia como padre compresivo y después de una reprimenda, lo envía a casa; a un tribunal en la selva que lo despoja de arma y mando que ejerce como segundo padre y a un tribunal interno o de conciencia que lo saca de la guerra aunque ya está preso, y lo lleva, muchos años después, a ejercer de negociador a nombre del Estado, a nombre de un nuevo padre que trata de sentar en la mesa a unos descarriados guerrilleros que se saltaron, o los obligaron a saltarse, los Acuerdos de Paz de La Habana.
Fijadas las aristas de este libro, el lector tiene la ocasión de conocer los aciertos y desaciertos de la lucha guerrillera en Colombia. Tiene la oportunidad de reconocer, reconstruir o reinterpretar la historia de nuestra trágica historia de guerra. Yo me quedo con la sensación de haberme metido en las entrañas de la guerra de la mano de un hombre que no solo ha vivido su propia obra literaria, sino que se ha reconocido como personaje de un monumental relato recreado de acuerdo a sus propias normas estéticas y morales. Este es un libro que hay que leer para, ahora sí, darnos cuenta de que en Colombia siempre la realidad supera a la ficción. No es la Crónica de una muerte anunciada (es más, es su opuesto en cuanto a estilo y método literario), pero sí el anuncio de una crónica histórica que puede inspirar nuevas formas de identificar, tratar y resolver los conflictos que hoy nos tienen al borde del precipicio.




