
Me gustaría ser ignorante.
Entonces no sabría lo ignorante que soy.
Margaret Atwood
El cuento de la criada
¿Estará llamándome? A lo mejor es sólo la costumbre, sus órdenes me martillan la cabeza a cada rato, Joaquina venga, Joaquina esto, Joaquina lo otro. ¿Estaré alucinando? De madrugada esta casa tiene algo que me hace volver a los ranchos vacíos de mi vereda donde, según decían, espantaban los gemelos ahogados en la quebrada. De día la casa es bien distinta, hermosa, porque se puede ver la gracia de los techos altos con esos listones en madera tan elegantes, los ventanales que tanto le gustan al sol, los pisos relucientes gracias a mi esmero, porque modestia aparte, todo está limpio y en su lugar por mí, y la señora lo sabe.
Quedarme en casa ajena es lo peor que puede pasarme, no estoy acostumbrada, ay, pero cómo decirle que no a la señora cuando antier sacó tremendo fajo de billetes de la cartera y lo dejó en el mesón de la cocina sin contar siquiera. No soy ambiciosa, pero a quién no pone a pasar saliva ese olor a papel nuevo, ese color verde tan provocativo como el de una manzana. Raro en la señora, ella no suele ser tan generosa, algo le pasa…yo sé, quién sabe qué bicho la picó.
Son las tres y cuarenta de la madrugada. Me pone nerviosa la quietud de esta hora en la que el cielo es más oscuro que el alma de mi tío Segundino y no se escucha ni el vuelo de un mosquito. Tal vez la señora esté llorando, como ha ocurrido a veces, y necesita que le lleve un vaso de agua, clonazepam o pañuelitos. Mejor será que me levante y vaya a su cuarto, no sea que se trate de una emergencia y después a lamentar. Me angustia tener que ver la casa convertida en un despelote, copas sucias, vasos rotos, servilletas mugrientas, platos grasosos, festones caídos aquí y allá; es que treinta invitados no es poco. Menos mal se fueron a la una y media.
Empujo la puerta del cuarto de la señora. De noche, a ella le gusta cubrirse con una sábana blanca, nada más. Tiene una figura esbelta, será porque no sale del spa. Me asomo de puntillas y veo su cara relajada, sin embargo, noto algo raro en ella, algo que me asusta, pero no sé qué es. El pelo negro y largo cae desordenado sobre la almohada, puedo verlo gracias a la luz poquita de la lámpara de su mesa de noche.
Desde que conocí a la señora me pareció que tenía cara de gallina, a lo mejor por los ojos redondos, brillantes, fijos y separados; ni qué decir de la mirada distante, como de que está, pero no está. Las gallinas son sencillas; la señora en cambio es complicada, no sé cómo puede vivir con tanto pereque, con tantísimos resabios y angustias.
Me siento en la poltrona frente a la cama, sólo a mirarla, así no hay diferencias entre ella y yo, así no puede darme órdenes, ni tengo que obedecerle. Ojalá no le dé por despertarse porque qué pensaría de mí, que soy una loca. Dormida no se le nota tanto la carita de ave, aunque tiene la cabeza bastante pequeña en proporción con el cuerpo, la nariz picuda y el pescuezo más bien largo.
La señora no parece así, pero es cansona a morir, no dice las cosas una vez, sino que las repite como disco rayado, «Joaquina, tráigame el pastillero, no se le olvide el pastillero, ¿me escuchó?». Le ruego infinita paciencia a mi madre, alma bendita, para que me tranque esta lengua y no responderle como debiera. Es que el divorcio dejó un poco loca a la señora, achicopalada, bastante sola, porque ni muchachitos tuvo por el cuento ese de que no lleva el chip de la maternidad, ja, ni ella se cree ese cuento tan rebuscado. Pobre, el diablo ni sobrinos le dio porque es hija única. No sé cómo se las arregla para vivir sola esta casa tan grande. A la señora es que de pronto no le gustan mucho los seres vivos. Ella es extraña, pero quién soy yo para juzgarla.
La señora no se ve así, pero es altiva, como si creyera que es mejor que yo porque tiene un cuerpo delgado, presencia y poder; y lo más importante, la plata no le falta ni faltará. El trato que me da no es despectivo, pero casi, le falta muy poquito para que así sea. Tiene aires como de reina la señora, levanta las cejas cuando algo no le gusta, arruga la boca, me mira de reojo.
La señora no habla nunca de Dios, ni va a misa. Ella prefiere encender velas y varas de incienso por toda la casa, Dios no lo quiera un incendio. Cierra los ojos frente a una figura en bronce de una mujer con veinte pares de brazos. Es como si suplicara un milagro en silencio, la pobre. Supongo que pide no quedarse sola en la vida, que anhela tener con quien morir.
La señora no parece así, pero a veces es desconsiderada y hasta cruel, la verdad sea dicha, me ordena que lave los baños y la cocina con esos productos que me han dejado con el gaznate cerrado, pero no le ha importado cuando le he dicho que me enferman, incluso parece que disfruta verme con los ojos llorosos y disfónica. Responde con frases que me insinúan que no sea floja, que no me queje tanto; y yo qué hago, qué puedo decirle, bajo la cabeza porque qué más. Saber que le quedaría todo mejor desinfectado con una mezcla de vinagre blanco, un pucho de bicarbonato y buen limón Tahití. A veces me las arreglo para que no se dé cuenta y uso productos distintos a lo que ella me indica, no quiero terminar hospitalizada, a esta edad ya no puedo darme ese lujo, me iría derechito al cementerio. Mentiría si dijera que la señora no cumple con las leyes de seguridad social, pero podría ser más generosa; es increíble que alguien con tanto dinero no tenga el corazón más grande, la vida le ha dado más de lo que cualquiera podría soñar. Cuando le he contado esto al padre Ardila, lo de la rabia que siento por tanta injusticia, me ha dicho que no juzgue, que acepte las diferencias sociales con el corazón abierto, cada ser tiene lo que le corresponde, ni más, ni menos.
La señora presume un amplio vocabulario, me da la impresión de que cree que usar palabras rebuscadas la pone en un lugar mejor que el resto de los mortales, incluidas su propia madre y sus dos amigas con doctorado. La señora no dice «medias» sino «calcetines», no dice «gocetas» sino «hedonista», no dice «berraco» sino «resiliente». Qué chistosa que soy, criticándola, raje que raje de la señora, cuando lo que hago es escucharla con las orejas bien paradas y apuntar en el cuaderno del mercado lo que dice a ver si algún día dejo de ser tan bruta.
La vanidad de la señora no tiene fin, todas las mañanas, a eso de las nueve, hace un recorrido, va de espejo en espejo por el segundo piso, admirándose la figura, con levantadora de seda, una moña alta, descalza, las uñas de los pies rojo cereza, y en la mano una taza del té ese importado que le fascina. No voy a decir que la señora no tiene buena estatura, aspecto distinguido o piernas torneadas, pero es que, ay, cómo decirlo, la carita de gallina no le ayuda, la pobre. Es más bonita y más buena persona la mamá, que es más sencilla… el mes pasado cumplió los sesenta.
La señora no parece descuidada, pero cuando sale de la ducha deja sendos charcos en el baño y a veces en el piso de la habitación, que me toca correr a secar para que luego no tengamos un accidente o se dañe la madera. Luego se unta todos sus menjunjes en la cara y el cuerpo, y viene lo peor, un montón de frascos que deja por ahí sin tapa, en completo relajo, y, claro, Joaquina a organizar.
Yo no sé de dónde sacó la señora esa obsesión de hablar horas por teléfono, mientras tanto yo barro, limpio, cocino, plancho, organizo, voy al supermercado. A veces no me queda tiempo para tantos menesteres.
Me asomo para mirar otra vez a la señora en su cama, se ve demasiado quieta, debe de ser porque bebió whisky como loca, aunque a lo mejor se le fue la mano con el clonazepam.
A veces, cuando la señora se pone especial, me dice la misma frase: «Joaquina, no sé qué haría sin usted», y yo callada, porque qué voy a decirle. Quiero pedirle un aumento, pero no me atrevo, me da la impresión de que ya tiene lista a una empleada más joven y diligente. La pura verdad es que ya estoy cansada, ojalá tuviera modo de jubilarme ya, mañana mismo, es que no es fácil estar trepada en un bus una hora y media de venida y dos de regreso todos los santos días, solo Dios sabe cómo he podido soportar tanto, ay, la necesidad tiene cara de perro, eso dicen, aunque hay perros que tienen mejor cara que los humanos con cara bonita. Me quedo pensando cómo es que no me sube el sueldo la señora, si ella tiene cómo, la tienda de decoración está bien acreditada y el exmarido inversionista le pasa una suma gruesa cada mes. Lo único que puedo hacer por mi economía es seguir guardando mi billetico semanal en el marrano, porque, como decía mi abuelita, de grano a grano, la gallina llena el buche.
La señora es medio parrandera, al menos para mi gusto, no digo que todos los fines de semana ande de fiesta, pero casi; me he fijado y sale a bailar y beber hasta perder la cabeza los viernes cada quince días, a veces también los sábados, no sé cómo aguanta tanto. Además, cuando quiere, es bien extrovertida, desabrochada, incluso le gusta darse sus placeres secretos como esas gomas de marihuana que esconde entre los calzones, las cajas de bombones de chocolate belga que guarda con la lencería y un par de vibradores importados envueltos en bolsas de tela que deja en la parte más alta del armario. La pobrecita, tan ingenua, cree que yo no le esculco, pero es que a las doñas hay que conocerlas bien por si las moscas, pero también paladearlas y tenerles paciencia, ni más faltaba.
La señora habla por teléfono durísimo, como para que yo la escuche, yo pienso que aprovecha para hacerme las críticas y los reclamos de forma indirecta, le dice a la mamá: «Sí, por aquí ando con Joaquina que está preparándome un batido verde que le queda espectacular ¡es que lo hace con tanto amor!, no te imaginas», pero en el tonito puedo sentirle la tirria, boba no soy, no señor.
La señora no parece así, pero es mezquina, cuando estoy aquí en la casa anda con la cartera para todas partes, la lleva al baño incluso, no sé qué es lo que carga ahí con tanto celo, a lo mejor cocaína, la foto de un nuevo amante o un jurgo de plata, no sé, es un poco loca la señora, y hasta tacaña, la verdad es que no entiendo cómo a veces estoy en la cocina, se acerca y me dice, «retírele el hongo ahí por un ladito y eche el resto a la olla». No, qué tal, ni yo que vivo al día; lo dañado a la caneca y sanseacabó.
La señora es exigente, cree que yo me las sé todas en la cocina, y tampoco. Hace como un mes invitó a cinco de sus amigas a almorzar y le pareció muy fácil decirme: «Joaquina prepare un shoyu ramen», ¿un qué?, yo ni siquiera sabía qué era eso, hasta que la señora me puso a ver un video en YouTube y supe que es una sopa japonesa hecha con un caldo levantamuertos, carne bien adobada, huevo melcochudo partido en dos, verduras raras y un montón de fideos en el fondo. Le dije a la señora que podía prepararle hasta con los ojos cerrados un sancocho trifásico, un cuchuco con espinazo, una mazamorra chiquita, pero eso, huy no. Dijo que tenía que ser ramen. Y pues no me fue tan mal porque la sazón es la sazón, con esa se nace y se muere. Cuando le conté lo ocurrido esa noche al hijo de mi primo, que es abogado, opinó que eso podría considerarse acoso laboral.
La señora parece una muñeca ahí acostada; ay, lo que hace el trago, Dios me ampare de las garras del descontrol, la soledad y el despecho.
Para no engordarse, la señora come casi todos los días lo mismo, vermicelli de frijol, carne o pescado a la plancha y aguacate con ensalada, ella no sabe que yo sé de la caleta de licores, chocolates y galletas; cree que lo que se come de pie y a escondidas no cuenta, la pobre.
Me ha dado por pensar que la señora no volverá a atarse a nadie, lo digo porque lleva un diario en el que escribe casi todos los días, menos cuando está muy contenta o muy ocupada en su tienda. El diario lo guarda en el bolsillo de uno de los abrigos comprados en Roma y que nunca se pone. A veces supongo que escribe para que yo lea, menos mal hace unos años hice el curso de lectura rápida por internet y nunca me ha pillado. La clave está en respirar profundo, clavar el ojo en el texto y leer por encima lo que llame más la atención. En casi todas las páginas la señora escribe con letra pegada, pero entendible, que se enamoró de un tipo con voz hipnótica, gran sentido del humor y brazos perfectos; todo iba bien hasta que el señor todo bravo le envió un mensaje diciéndole que no volverían a verse nunca, pobre señora, yo creo que algo terrible debió hacerle al hombre… pero quién soy yo para juzgarla. La pobre quedó como para recoger con cuchara, todavía llora y se lamenta; da tristeza, se toma un trago y ya está atacada llorando, llamando a las amigas para decirles cuánto extraña al señor ese. Por ese despecho será que se le cae tanto el pelo a la señora, estoy harta de ver pelo negro y largo en todas partes, en la ducha, en las almohadas, en la ropa, en las esquinas, en los tapetes, hasta en la comida, y yo recoja que recoja; le he sugerido a la señora que se tome algún remedio anticaída, pero se ofende y le echa la culpa al hipotiroidismo, ay, pero ambas sabemos que, si por cosas de la vida el señor de la voz matadora la llamara, los pelos se le quedarían bien juiciosos en la cabeza. Me dan ganas de aconsejarla, pero ella pensaría que solo digo burradas, mejor pico de cemento.
Que Dios me perdone, pero es que los ojos están para ver. A veces he mirado con codicia el armario de la señora, es que su ropa es un completo lujo, qué pesar que la mayoría esté oliendo a guardado o con la etiqueta todavía. Son prendas llenas de detalles, con diseños de padre y señor mío. Puede que la señora tenga muchos defectos, pero es elegante y tiene buen gusto. Qué triste que todo ese jurgo de vestidos confeccionados en seda, satín, terciopelo con apliques en encaje o pedrería, no tengan oportunidad de salir del armario. A veces me imagino que me regala uno de esos abrigos de lana virgen o cachimir con cinturón ajustable, botones grandes y cuello alto, y me entra tristeza mezclada con felicidad, como cuando tenía once años y la vecina me regaló una muñeca rota a la que bauticé con el nombre de Irma, tan linda que era. Y ni hablar de la mayoría de los zapatos de la señora, llamando polvo, pero ella usa siempre los mismos tres pares. No ha sido fácil toparme con tanta avaricia en este mundo. La señora es una persona especial, aunque la verdad me desespera; no sé si estoy encariñada con ella o si debo renunciar ahorita que amanezca.
En los últimos dos meses he soñado varias veces con la señora, pero unos sueños feos, que hasta me han provocado escalofríos; en el primero, la vi espantando ratas negras y alimañas con una escoba de pelos largos; en el segundo, la vi ahogarse en una laguna negra; y en el tercero, ella se miraba en un espejo triangular, inmenso y roto.
El aire de la madrugada me parece más frío que siempre. El silencio de esta casa es insoportable. Una punzada en el pecho me dice que me acerque a la señora, de punticas, con cuidado, no vaya a ser que la mate de un susto. Tengo la corazonada de que algo no anda bien.
Cinco y cincuenta y nueve de la mañana, ha comenzado a clarear. Del pico entreabierto de la señora no sale ni entra aire. Las manos las tiene dobladas hacia adentro…parecen congeladas. Su piel está helada. «¡Señora!», digo meneándole el hombro. «¡Señora, ya va a amanecer!», digo sacudiéndole la cabeza, también el resto del cuerpo. «¡Señora, despiértese!» grito pegándole una tremenda cachetada, luego otra, le halo el pelo, le pellizco las manos, los pies, pero nada que responde. El corazón se me va a salir. Pongo mis dedos en su cuello, pero no siento sus latidos. Quiero gritar, pero el gaznate se me cierra de golpe. Quiero moverme de aquí, pero estas piernas no me dan para buscar ayuda. «¡Señora, despierte, por favor, se lo suplico, no me haga esto!» Quedarme en casa ajena es lo peor que puede pasarme, yo, definitivamente, ya no estoy para estos trotes.
***
Sonia Ramón (Bogotá. 1978). Publicista, egresada del Taller de Escritores de la Universidad Central, especialista en Creación Narrativa y máster en Programación Neurolingüística. Ha sido ganadora y finalista en varios certámenes en Colombia. Algunos de sus textos han sido publicados en el diario El Tiempo, revistas literarias impresas y virtuales en Colombia, México, Venezuela, Argentina, España y Chile, así como en diversas antologías. Desde 2009 se desempeña como asesora editorial independiente. Es creadora de El cuervo en el espejo, un laboratorio de exploración personal, sensorial y creación literaria.
Más en: www.soniaramon.com. Instagram: @sonia_ramonv. Correo electrónico: sonia@soniaramon.com




