Durante años, los escolares españoles creíamos que aquellos conquistadores fueron los salvadores de aquellas gentes del Nuevo Mundo, de la lejana América. Nos hicieron creer que sin nuestra cultura hubieran seguido siendo unos salvajes. Nos lo contaron así y nos lo creímos. Después, el tiempo, los testimonios y la realidad, nos han demostrado lo contrario: Aquellos conquistadores llegaron a unas tierras vírgenes y ricas donde sus pobladores vivían en paz utilizando sus recursos y respetando la exuberante naturaleza que les rodeaba. Las mujeres adornaban sus cuerpos desnudos con oro y los hombres se pintaban el rostro y el cuerpo. Era su vida, eran sus territorios. Un día llegaron gentes de muy lejos, unos españoles miserables, que cambiaron su vida para siempre. Les robaron, violaron a las mujeres y las asesinaron, sometieron su voluntad, se apoderaron de sus territorios y les obligaron a obedecer a un Rey extraño para ellos (el rey de España)

Así es como vimos en el centro de Caracas, durante mi viaje a Venezuela, en torno a la emblemática Plaza de Bolívar, una bellísima recreación de la historia del país, en diferentes puntos del centro de la ciudad y a cargo de excelentes actores que fueron representando la llegada de Colón a aquellas tierras.

Mientras miraba con atención y emoción aquellas escenas, me contaba una señora venezolana de mediana edad, que a ella también la engañaron en la escuela. Le decían que no debía salir a la calle por la noche porque había un señor muy malo llamado Fidel Castro que se comía a los niños. Me decía, también, que le dolía el alma cuando imaginaba a aquellas indígenas bellísimas, casi niñas, semidesnudas y adornadas con oro, siendo atacadas por los hombres de Colón, para arrancarles el oro que lucían. Me decía que no quería imaginarse las horrendas escenas de aquellos salvajes abalanzándose sobre ellas, violándolas y degollándolas para robarles el oro que llevaban. Todo esto me lo contaba con lágrimas en los ojos porque todo esto es la historia de su país. La triste historia de su país. Pero me decía, al ver cómo asomaban lágrimas a mis ojos: “tú no tienes la culpa”.

En la Isla Margarita, en el Castillo de Santa Rosa pude ver una celda sin luz y sin ventilación, donde estuvo presa durante un más de un año una valiente mujer, Luisa Cáceres. Estaba embarazada. Fue uno de los personajes femeninos más insignes y heroína de la gesta de independencia de Venezuela. Perdió a su hija en el cautiverio. Allí me entero de que la mandó encarcelar Pablo Morillo un zamorano “insigne” al que se distinguió con una calle en nuestra ciudad. Cuando tránsito por esa calle, algo se me revuelve dentro de mí.

La historia es interesante. Y vergonzosa también. Como vergonzosa es la historia de una piedra sagrada que pertenecía a la comunidad indígena Pemón de Venezuela y que fue sustraída por el artista alemán Wolfgang von Schwarzenfeld y transportada a Alemania, donde fue tallada, pulida y expuesta en el marco del proyecto Global Stone, un conjunto de rocas arqueológicas expuestas en el parque Tiergarten. La roca Kueka (abuela, en lengua indígena), pesa 30 toneladas, estuvo expuesta hasta el año 1998 en el Parque Nacional Canaima, en el sur de Venezuela. Según la leyenda, es una anciana convertida en roca. En 1998, el presidente Rafael Caldera permitió que la roca fuera extraída por el alemán y llevada a Alemania.

Durante mi estancia en Venezuela pude ver por televisión a unas ancianas indígenas de la etnia Pemón clamar por su piedra, rogaban para que les devolvieran su piedra, sufrían porque le habían levantado la piel a su piedra.

Tras enterarme de esta historia pude comprender la angustia de aquellas mujeres. Una de ellas daba las gracias al presidente Chávez porque estaba haciendo lo posible para que su piedra volviera a Canaima.

La piedra volvió a Canaima y Chávez falleció poco después de mi viaje a Venezuela.

Y así se escribe la historia.

Concha Pelayo