Juan Norberto Lerma México, Distrito Federal. Escritor y periodista. He colaborado en diversos medios de comunicación y en varias revistas culturales.

He publicado varios libros de cuentos en Amazon, entre los que se encuentran La Bestia entre los días; Frecuencia Alterada; Perro Amor; y Las mariposas cantan de noche.

 

Bestias mansas en el espacio multicolor

Antes de que la Tierra colapsara y sus residuos se mezclaran con el polvo estelar, un puñado de seres humanos la abandonó en sus naves de iridio y se estableció en otro planeta, al que le puso el nombre de la primera mujer.

Como si llevaran consigo una plaga o cargaran sobre sí una maldición, tiempo después, el planeta al que llegaron los humanos comenzó a morir. En su momento, los hombres subieron a sus naves y partieron de nuevo en busca de otro hogar.

Como en los viejos tiempos, la vida era azarosa, las bestias ya no tenían colmillos ni garras, sino que eran ráfagas de manadas de meteoros, partículas desalmadas, descargas eléctricas demoniacas que recordaban los rayos poderosos de los que hablaron los antiguos, y espacios en combustión infernal.

El hombre había terminado de darles nombres a todos los animales de la Tierra, y ahora, tal como recordaba que antes de echarlo del Paraíso alguna vez Dios se lo había ordenado, les daba nombre a las estrellas, como si fueran bestias mansas que trotaran en un espacio curvo y multicolor.

 

La salida del Paraíso

Es posible que Dios no haya expulsado al hombre del Paraíso en un acceso de cólera. Tal vez Dios sólo le abrió la puerta para que el hombre conociera cuanto lo rodea, y aprecie y ejercite las potencias que habitan en su interior.

Sin embargo, el hombre recuerda con dolor y enojo el paraíso perdido, incluso, para no olvidarlo jamás, en cuanto pudo, escribió su desgracia en piedras, en papiros, y guardó para siempre esa experiencia en su memoria como un suceso que lo ofendió y lo humilló.

En su momento, cada uno de los hombres recuerda con dolor y enojo su salida del Paraíso y maldice a Dios

Algunas religiones primitivas predican que al Dios verdadero no le importa que el hombre lo maldiga, porque disfruta que su creación vaya por la Tierra tropezando aquí, durmiendo allá, y que elija libremente su forma de diluirse y volver a él.