! ADIÓS, BAGDAD! LA ÚLTIMA NOVELA DE VÍCTOR ROJAS

Víctor Rojas, es uno de los primeros exiliados de Colombia víctima de absurdas acusaciones que ahora, seguramente, dejará en claro la Comisión de la Verdad instalada en Colombia para verificar la auténtica historia de crímenes claros y oscuros que siempre ha tenido a mano la Historia Oficial para ser quien es.

Ha colaborado con Conexiónnortesur.com con sendos ensayos sobre la obra literaria de los más destacados poetas latinoamericanos. Ahora, y esperando que pase la peste del Covid – 19, prepara la presentación de su quinta novela: !Adiós, Bagdad¡. Por esto y por muchas cosas más, he contactado con el escritor para que nos participe de uno de los capítulos de su novela y hablar de otras cosas afines a la literatura. Esta es la conversación.

Por cortesía del escritor, al final de la entrevista encontrará los dos primeros capítulos de esta gran novela.

Arturo Prado Lima

 UNA CONVERSACIÓN CON VICTOR ROJAS

Victor Rojas, es uno de los primeros desterrados de Colombia. De joven fue víctima de absurdas acusaciones que ahora, seguramente, dejará en claro la Comisión de la Verdad, institución creada en el marco del acuerdo de paz.

Víctor ha colaborado con Conexiónnortesur.com con varios ensayos sobre la vida y obra literaria de los más destacados poetas latinoamericanos. Ahora, y esperando que pase la peste del Covid – 19, prepara la presentación de su cuarta novela: Adiós, Bagdad. Por esto y por muchas cosas más, he contactado con el escritor para que nos participe de uno de los capítulos de su novela y para hablar de cosas afines a la literatura. Esta es la conversación.

Arturo Prada Lima: Víctor Rojas (Bogotá, 1953). Poeta y narrador colombiano forjado en el exilio. Con una obra amplia que abarca los principales géneros literarios, ha merecido varios premios en Suecia. Entre esos se destacan el otorgado por la Federación de Escritores de Suecia como el escritor extranjero del año en 1997 y también el otorgado por la Academia Sueca en 2004, por sus aportes a la divulgación de las letras nórdicas en el extranjero. Obtuvo una maestría en literatura comparada en la Universidad de Gotemburgo. Se ha desempeñado como traductor, docente universitario y conferencista de temas literarios tan diversos como las metáforas de los vikingos y la influencia de las sagas de Islandia en los escritores del realismo mágico. En la actualidad trabaja en el Departamento de Asistencia Penitenciaria de Suecia en el cargo de inspector de libertad vigilada, oficio que combina con el de director del Festival Internacional de Poesía de Jönköping.

APL: ¿Cómo empieza Victor Rojas este oficio de escribir?

Victor Rojas: Yo comencé la carrera literaria el Suecia. Aquí estudié literatura en la Universidad de Gotemburgo. Me especialicé en la Saga de Islandia. Este es un género de literatura medieval, por demás apasionante. Para entender una saga islandesa es necesario tener conocimiento de la mitología nórdica. En esa búsqueda encontré que la poesía tiene su origen en los mitos de los vikingos. Para hacer corta una larga narración cuento que la hidromiel de la poesía se debe a un robo que el dios Odín contra su archienemigo, el gigante Suttung. Todos los elementos que requiere la buena poesía están escritos de una manera muy sutil en esta mitología.

APL ¿Hay alguna novela, un cuento, en el que narres tu historia personal?

VR: Si te refieres a la historia absurda, causante de mi exilio sí. Es la novela que se llama Fuego de escorpiones.

APL: ¿Algún reconocimiento? Cuando salió la novela, Una gota de lluvia en el paraíso, las autoridades culturales de Jönköping la homenajearon con una plaqueta en el parque central de la ciudad. Mi más reciente novela se llama Adiós Bagdad, y trata de dos ciudadanos iraquíes que llegan a Suecia después de la invasión norteamericana por diversos motivos. Uno de ellos es diplomático, protegido del famoso “Químico” autor de la masacre contra el pueblo curdo. Este personaje termina enamorado de una sueca. El otro es un albañil de Bagdad. Los dos terminan cometiendo sendos asesinatos en nombre del honor. Me gusta mucho esa novela. La hemos empezado a traducir al sueco, pero la pandemia del Covid nos echado todo el trabajo por la borda.

APL: ¿Para escribir piensas en español o en sueco?

VR: El tema es complejo. Siento que en eso del idioma uno en el exilio escribe para nadie. Yo escribo en español y soy consciente de que por eso llego a una cantidad muy reducida de lectores en Suecia. Pienso que tengo mucha influencia de la forma cómo se escribe en sueco. Siento que mi lenguaje literario se ha vuelto más concreto, menos adornado de adjetivos y ripios. Cada uno tiene su forma de decir sus cosas. Yo tengo mis ceremonias antes de entregarme a escribir un nuevo libro. Leo de manera desordenada a Jorge Luis Borges y a Juan Rulfo. Luego me concentro en mi propia escritura. Ahora, cada día laboral escribo por lo menos dos cuartillas en sueco. Eso tiene que ver con mi trabajo, que consiste en hacerle propuestas de sentencias a los jueces de Suecia. Antes de que un juez sentencie a un inculpado, ordena que en mi departamento se haga una investigación de la persona y a partir de eso se proponga una sentencia. La novela Adiós Bagdad, es precisamente, resultado de ese trabajo. Si no hubiera tenido este puesto, pues esta novela no habría podido ser escrita. Yo tengo una fuente de literatura muy grande que muchos escritores quisieran tener.

APL: ¿Hacia dónde se dirige tu obra literaria?

VR: No sé. Una vez fui a Paris a presentar Juego de los escorpiones y allí me encontré con un público grande y muy animado, algo que me sorprendió. Esa noche, después de la presentación de la novela, salí a un bar con un grupo de amigos y uno de ellos, un ex profesor de Universidad Nacional de Colombia, dijo: “Yo admiro a muchos escritores pero mi escritor favorito será el que logre encontrarle el alma a Colombia en una novela.” Esa frase me quedo sonando. Entonces, cuando encontré una historia originada en Barbosa, un pueblo de Colombia, donde un sacamuelas recibe la noticia que el papa ha muerto y él se ofrece a ser el nuevo papa. Ese es el origen de mi novela La virgen crucificada que por supuesto esta basada en hechos de la vida real. Ese suceso me da oportunidad de narrar la historia de Colombia desde 1936 hasta 1982, año en que parto al exilio.

!ADIOS, BAGADAD!

Capítulo uno

Ahora me llamo Tigris. Mi verdadero nombre decidí olvidarlo para siempre. Lo abandoné
en el archivo judicial que guarda los pormenores del sanguinario acto que cometí con todos mis
sentimientos enhebrados en las agujas del honor. Mi compañero de infortunio es conocido como
Éufrates. Él también tenía otro nombre a la hora de perder el juicio con una daga en la mano.

Éufrates y yo fuimos los primeros convictos iraquíes en ser albergados en esta prisión sueca de alta seguridad, situada en los bosques de la ciudad de Tidaholm. Acá las paredes de las celdas y los corredores aún mantienen el brillo de la pintura que les fue untada la primera vez. Este silencioso lugar fue el punto de encuentro de nuestros insondables destinos. Cada cual llegó vadeando su propio cauce a cual más extenso y epiléptico. Yo les digo a los guardias que la cárcel es la Costa de los Árabes de nuestras existencias y ellos lo único que hacen es sonreír por cortesía, fieles al peso de su cultura. Sus sonrisas a medias me dan a entender que no entienden mi comparación. Por supuesto, los carceleros saben más de estrictos reglamentos y programas de rehabilitación social que de hidrografía mesopotámica.

A Éufrates y a mí nos acercó el color desdibujado de nuestro cutis. Digo así, porque el
matiz tostado de nuestra piel, el que se congraciaba con el intenso sol de los desiertos, huyó de nuestro rostro protestando por la prolongada oscuridad a la que lo habíamos sometido en un puñado de duros inviernos nórdicos. En su lugar dejó un color impreciso, que nada inspira, queni es de aquí ni es de allá. También ayudó al encuentro el acento exasperado, como golpes de almádena rompiendo piedras, con que pronunciamos las palabras suecas. Nos encontramos un día cualquiera en el taller de carpintería de la cárcel. Allí queda nuestro lugar de trabajo penitenciario, nuestro camino al cielo, según los postulados luteranos. Nos pagan una simpleza por hora, haciendo cabañas para armar. Fue el lenguaje gutural de nuestra tierra el que nos obligó al primer estrechón de manos. La complicidad y el saber que a partir de ese instante éramos el uno para el otro, nos las brindó la mirada recelosa, tanto la de él como la mía, puesta en elir y venir de las rubias guardianas uniformadas de azul. Eso de que sean mujeres quienes vigilen nuestros pasos por los corredores hace más severo el castigo. Aunque una de las guardianas, Mia Haraldsson, se ha convertido en nuestra cómplice, sin que sepamos el porqué de su ayuda incondicional. Es que en esta parte del mundo los pájaros le tiran a las piedras. Las guardianas cuidan con sus miradas de mar en calma cada paso que realizamos mientras los guardianes parecen amas de casa sirviendo con esmero esos desayunos y comidas que ceban como si en lugar de presidiarios fuéramos cerdos destinados a las parrillas de los veranos.

Sé que es absurdo hablar de tiempo libre en una mazmorra. Pero así es, en Suecia ese rato
de esparcimiento es un dios muy venerado en todos los lugares. Tanto que si alguien dice que carece de tiempo libre, es visto con la misma mirada que se le clavaría al diablo en caso de que apareciera. En nuestro tiempo libre Éufrates y yo nos entregamos al juego de tenis de mesa donde en cada partida apostamos el orgullo del vencedor. El tiempo en la cárcel también es prisionero. No va a ninguna parte, no avanza. Yo libero lapsos cada día, de dos horas vespertinas, ejercitando el oficio de los traductores. Me he propuesto, durante los años que dure este encierro, verter al árabe libros de escritores suecos de la turbulenta generación del treinta del siglo pasado. A mí me fascinan esos autores porque además de que fueron contestatarios nunca se entregaron a la frívola escritura que recrea las tentaciones de la carne. La dureza de la vida, lo mismo que el oportunismo de los poderosos y la desventajosa lucha del individuo contra una sociedad despiadada y sin alma, son algunas de las tramas recurrentes de estos novelistas a quienes los estudiosos de la literatura llamaron escritores proletarios. Esos temas recreados en sus escritos bien pudieron haberse dado en nuestra convulsionada Irak, si en lugar de pedregosas llanuras nuestro territorio hubiera tenido en su geografía la fresca convivencia de los bosques y los lagos.Pero no, los caprichos injustos de la naturaleza mesopotámica los hemos tenido que corregir haciendo lagos artificiales en los desiertos. Esos osados escritores nunca fueron a la escuela, como Éufrates. La mayoría de ellos aprendió a manejar el alfabeto con las orejas pegadas a la radio. Yo le recomiendo a Éufrates que aprenda a leer y a escribir mientras cumple su condena.

Pero él se niega. Es tan árido a las letras como los desiertos a los pastos. Pienso que su oasis son los tres lenguajes que entiende. Se conforma con lanzar improperios en sueco, comunicarse en curdo y soñar en árabe.

Capítulo dos

Es cierto que no sé leer ni escribir, tal como Tigris, el de la celda de al lado, le ha dado a
entender a todo el mundo. Ese arte de manejar letras y números nunca estuvo en la lista de prioridades de mi vida. Yo sé que ignoro lo que se puede sentir al tener un libro entre las manos y leerlo, aunque quiero dejar claro que ni una pizca de vergüenza siento por ser iletrado. Eso en parte por la confianza que Tigris me dio al haberme dicho que debo sentirme orgulloso y sabio por poseer el don de relatar sucesos como si las palabras brotaran de la boca del más diestro de los narradores. No niego que al escucharle esas frases nada entendí y en cambió sí creí que las decía por ofenderme, por burlarse de mí. Así se lo expuse pero Tigris de inmediato agregó, sin ocultar la pena, que no era menester saber leer y escribir para contar lo que se ha vivido.

De todas maneras reconozco que tenía en mente aprender a escribir, por lo menos mi
verdadero nombre, sin embargo al intentarlo ya era demasiado tarde. No lo digo por mi edad, así mi padre una vez hubiera dicho que a buey viejo no se le saca paso, sino porque la maldita guerra irrumpió y acabó con mis aspiraciones. Sucedió que de la noche a la mañana las calles de Bagdad estaban infestadas de tropas enemigas que no solo sembraban miedo sino que también se hartaban de información acerca de quienes podrían ser miembros de la resistencia. Los detestados soldados extranjeros, digo detestados porque a nadie le gustan que le invadan el terruño donde nace, supieron convertir a toda la población en espía. Cuando el hambre y el miedo se juntan nada bueno se puede esperar. Muy pocos escaparon a las ganas de traicionar a su propia gente.

—Hasta las ollas más pequeñas tienen orejas —solía decir mi padre en vida para insinuar que había que tener mucho cuidado con lo que se hablaba.

Mi madre daba a entender lo mismo pero con palabras diferentes. Algo así como que los frutos de la seguridad nacen en el árbol del silencio. A los malditos invasores, hijos de demonios, y a los resentidos, hijos de perra callejera, les bastaba sospechar de alguien para tenerlo entre ceja y ceja. Y yo no podía evitar que mi mirada se fuera de medio lado al otearlos y que mi boca arrojara un escupitajo como cuando uno se traga un zancudo.

Yo no aprendí a manejar las letras aunque a menudo tenía las orejas pegadas a la radio. Me fascinaba escuchar por el transistor que nuestro presidente Saddam Hussein había crecido sin saber poner su firma en los papeles. Eso porque su nacimiento también ocurrió en el más miserable de los abandonos. Dejo en claro que no pretendo, de ninguna manera, comparar la vida de Saddam Hussein y la mía, pero los senderos que él transitó de niño, yo también los he transitado. Tanto a su niñez como a la mía le sobran los temores y el castigo. Me acuerdo, para ilustrar mi infancia, que una tarde mi padre me propinó una paliza que estuvo a punto de sacarme de este mundo. Eran esos días en que los adultos andaban con miedo de las bombas que podrían lanzarnos desde Irán. Mi progenitor había dejado de deambular con nosotros por los miserables suburbios de Kirkuk y se había hecho a un terreno bastante disparejo en Shu´ala, uno de los barrios más paupérrimos de Bagdad, y allí entre los dos habíamos paleado un rellano y empezado a construir con materiales de segunda mano una casa de dos piezas.

Mi madre y Nazim, mi única hermana, en algún rincón de la construcción habían armado
un fogón de leños cuyo humo además de quitarle el buen olor a la comida les llenaba los ojos de llanto. En lo que iba a ser el patio de la casa había arrumes de maderas usadas, tejas de adobe desportilladas y montones de ladrillos por limpiar. Yo los limpiaba. La yema de mis dedos había perdido la piel sobre las asperezas de los ladrillos. Pero mis dedos no sangraban, estaban secos por la arenilla que se desprendía del barro cocido.

En esos momentos en que mi padre andaba concentrado haciendo lo que hacía, ya fuera
levantando paredes o midiendo el hueco donde quedarían puertas y ventanas, yo me escabullía a un potrero a jugar a la pelota con los otros niños del barrio. Los minutos pasaban sin avisar, sin que me diera cuenta de que mi ausencia provocaba que el semblante de mi progenitor tomara el color del desierto al tiempo que levantaba en incontrolable ira y dejaba lo que estaba haciendo y enloquecido se daba a mi búsqueda. Se enrumbaba hasta el potrero y ante la mirada asustada de mis compañeros me sacaba del juego a las patadas o me perseguía con lo que llevara en la mano, ya fuera una correa o algún chamizo que recogía por el camino. Cuando no lograba darme alcance, a pesar de lo ágil que se desplazaba, entonces me gritaba a todo pulmón que se las tenía que pagar y que esa falta me la acumulaba. Sí, mi padre tenía la costumbre de acumularme las faltas que yo cometía. Esta es la tercera falta o esta es la cuarta falta y a la quinta falta me las cobraba todas sin ahorrar iras.

Esa tarde que ahora traigo a la memoria cometí la quinta falta. Mi error fue no haber estado pendiente de las responsabilidades que mi madre a fuerza de insinuaciones me había impuesto.

A mis cortos años tenía la tarea de ayudarle a conservar la buena reputación a Nazim, a pesar de ella ser la mayor. Eso significaba ni más ni menos que yo tenía que vigilar para que mi hermana no fuera a mirar a los jóvenes beduinos que arrimaban de vez en cuando al barrio donde vivíamos. Mucho menos estar a solas con ellos. Yo le hice caso a mi madre aunque a menudo me olvidaba de ello, se me pasaba por alto que yo era el guardián de la virginidad de Nazim. Por todos los cielos, yo no podía estar pendiente de tantas cosas a la vez. Pendiente de limpiar ladrillos, pendiente de escabullirme, pendiente de meter goles y pendiente de mi hermana. Así que la quinta falta, la gota de agua que rebosaba la copa, me tomó por sorpresa. De las cuatro faltas anteriores sólo me acordaba de dos. Una por haberle roto de un puñetazo los labios al portero del otro bando porque no quería reconocer que la pelota había cruzado la línea de gol. La otra por haberme demorado en ir a buscar agua para que Nazim lavara los trastes del
almuerzo.

La tarde que mi padre se ensañó conmigo, como ya lo dije, yo me encontraba juicioso
limpiando el arrume de ladrillos. Una tenue llovizna estaba jugando con el viento. Caía por
instantes y también por instantes el viento se la llevaba. Yo tenía mis ropas húmedas pero no sentía frío. Recuerdo vagamente que por el pequeño radio transistor, que mi progenitor siempre tenía prendido a todo volumen, el presidente Saddam Hussein juraba vengarse del atentado que un iraní suicida había cometido contra dos de sus más inmediatos colaboradores. Yo trataba de imaginar cómo las víctimas de la bomba accionada por el persa trastornado se volvían añicos por los aires cuando mi padre se acercó, sin que yo me diera cuenta, y me sujetó fuertemente por el brazo y con una cuerda de fique me amarró de cara a un palo que estaba enterrado justo al lado del arrume de tejas desportilladas. Algo dijo de mi hermana y los perros del desierto. Pero nada le entendí por andar pensando en la humillación que me propinaba al quitarme los pantalones y ponerme la ropa de Nazim. Un látigo apareció en su mano derecha, de repente, como si hubiera salido del intermitente juego de la lluvia y el viento. Cinco zurriagazos iniciales calentaron mi espalda. Uno por cada falta cometida. Los otros que siguieron, los que me enseñarían a no volver a cometer pilatunas, se llevaron en sus puntas trozos de mi camiseta. El resto de latigazos, los del descaro, se encargarían de manchar con sangre la ropilla rota. No sentía dolor pero sí un miedo enorme al pensar que algún vecino pudiera verme vestido con ropa de mujer.

La paliza que mi padre me infligió aquella tarde me ha dejado dos profundas cicatrices,una en la espalda y la otra en el brazo derecho. Pensé que también me iba a quedar una cicatriz muy dentro de mí, como un tatuaje al interior del corazón pero al parecer no. Con ese doloroso castigo, me despedí para siempre de mi infancia sin haber llegado siquiera a mitad de camino del crecimiento. Los latigazos me pusieron en el sendero que transitan los adultos. Nunca más volví a escabullirme a hurtadillas. El potrero donde siguieron jugando mis amigos, no volvió a interesarme para nada. Mucho menos la plaza del barrio donde ocasionalmente arribaban los jóvenes beduinos a impresionar a mi hermana con una danza de dagas encorvadas. A partir del momento en que mi padre me desamarró del palo del escarnio, todas las lágrimas de dolor que tenía represadas rebosaron como cascada por la línea inferior de mis ojos. Con llanto compulsivole pedí perdón por las pilatunas que cometía y le juré, de corazón, obediencia eterna. Entonces,desde aquella desventurada tarde me hice el firme propósito de convertirme en su sumisoayudante de albañilería. Ese era el oficio que él profesaba con altivez y que había aprendido sin que nadie se lo enseñara.

—Hay que observar para aprender —gruñía cuando yo descuidaba ojearlo haciendo
labores.

Las raras veces que algo me platicaba, lo hacía utilizando viejos refranes o dichos que en su gran mayoría nadie recordaba. Los dichos se me han ido olvidando por los caminos del mundo que he recorrido. Sin embargo hay uno que a menudo llega a mi mente para recordarme que nada en la vida es gratuito. Mi padre lo recitaba para aborrecer la pereza. Con eso de que no hay gorriones que vuelen asados a la boca del hambriento, nos recriminaba, tanto a mí como a mi madre y mi querida hermana.

Durante muchos años lo acompañé a demoler casas viejas y olorosas a moho, a levantar
paredes, a poner puertas y a cerrar tejados. El arduo trabajo era nuestro puente de afectos. Jamás lo aborrecí por lo que me hizo, creo que más bien sentí compasión por su brutalidad la cual, según mi madre, había heredado de mi abuelo paterno. Yo no ponía en duda las palabras de mi madre pero jamás vi cicatrices de látigo en el escuálido cuerpo de mi padre. Al parecer los hombres de antes de él se formaban a punta de látigo sin que les quedara huella alguna. Desde niños tenían que abrirse paso a codazos entre las dificultades de la vida. Estoy convencido que mi progenitor no hubiera querido azotarme con tanto ensañamiento. Seguro el silbido de la fusta en el aire lo encegueció, lo elevó al reino del desahogo. Los años de la adolescencia me sorprendieron sin que por su boca de peladas encías aparecieran las palabras del perdón por el espantoso escarmiento que me había infligido. Como sea, de ese castigo olvidé todo, menos la débil lluvia que caía y se conjugaba con mis lágrimas.