Por: FABIO MARTÍNEZ

En los momentos difíciles de la historia, los escritores, que son quienes nutren la memoria, han creado sus obras en medio de las epidemias, los conflictos sociales o bajo el ruido ensordecedor de las balas.

 

Desde Boccaccio, quien huyó de la peste y se refugió en las afueras de Florencia para escribir un libro erótico, pasando por Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, quienes participaron activamente en la protesta de los jóvenes de Mayo del 68, hasta llegar a la vida errante que padeció el poeta Juan Gelman, huyendo de la dictadura militar en Argentina, la metáfora de que el escritor solo escribe en su torre de marfil es un mito del pasado que ha quedado rebasado por los acontecimientos de la historia.

Hay que decirlo con mayúsculas. La pandemia del covid-19 también ha afectado el mundo del libro. Los primeros damnificados son los editores, quienes se han visto obligados a parar sus máquinas impresoras y a impulsar el libro digital, que se ha convertido en un maravilloso juguete editorial.

Los segundos afectados han sido las librerías, que ante las estrictas cuarentenas han tenido que cerrar, con la triste noticia de que muchas han quebrado, y las pocas tiendas de libros que quedan abiertas venden con cuenta gotas.

En medio de esta crisis epidemiológica y social, ¿dónde queda el escritor?

El escritor está en la resistencia. Este es su lugar favorito, su hábitat. El buen escritor sabe que su lugar ideal se encuentra en el umbral que existe entre la luz y la oscuridad. Y desde ahí, a través de la palabra, ejerce su resistencia contra la guerra, las injusticias sociales e incluso contra sí mismo.

El escritor es el hombre rebelde, del que nos hablara Albert Camus.

En esta columna quiero destacar a tres escritores que ante la presencia del covid-19 y los últimos acontecimientos sociales vividos en Colombia y el Medio Oriente han producido sus obras, desde el lugar de la resistencia.

Me refiero a la escritora colombiana Lucía Donadío, hija de inmigrantes italianos que llegaron al país huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Lucía, quien hace doce años sostiene la editorial Sílaba, junto con Alejandra Toro, ha impulsado la literatura colombiana, difundiendo a destacados escritores.

Su vocación por la palabra la heredó de su abuelo paterno Oreste Donadío, quien era escribano en la alcaldía de Morano, en Calabria, y escribía cartas de amor a los necesitados.

En plena pandemia, Lucía tuvo que enfrentar el dolor por la muerte de su hijo Camilo. Pese a esto, el año pasado nos sorprendió con su novela sobre inmigrantes: ‘Adiós al mar del desierto’.

Al poeta Ómar Ortiz lo cogió el paro nacional en Mompox, el bello puerto fluvial sobre el río Magdalena, que quedó detenido en el tiempo. Para poder llegar a Tuluá, lugar donde reside, el escritor tuvo que pedir por WhatsApp a su médica de cabecera una cita clínica para poder sortear los bloqueos que tenían inmovilizado al país, y así poder llegar al corazón del Valle.

Aunque Tuluá no es Ítaca, el poeta, subido en un motorratón, pudo sobreponerse a las manifestaciones pacíficas, así como a los monstruos y los iracundos que quieren destruir el país, y alcanzar su ciudad.

En medio de la profunda crisis social jamás vista en el país, Ortiz Forero publicó el libro ‘Pequeña historia de mi país’, una cartografía poética sobre Colombia.

Desde Jerusalén y la franja de Gaza nos llegan noticias de la escritora colombo-mexicana Bella Clara Ventura, quien relata que, ante los bombardeos por la dolorosa guerra entre judíos y palestinos, le ha tocado pasar sus noches en los refugios antimisiles.

Durante la crisis epidemiológica y el cruce de misiles entre dos pueblos vecinos, Bella publicó los libros: ‘El amor en los tiempos del coronavirus’ y ‘El milagro de la palabra’.

FABIO MARTÍNEZ

EL TIEMPO
hector.f.martinez@correounivalle.edu.co