Jerónimo García Riaño (Armenia, 1978).

Docente y escritor. Autor del libro de cuentos Corazón de araña negra (2017) y la novela El día de los dos goles (2018). Ganador del concurso de cuento breve Revista Avatares 2011. Finalista en los Premios Nacionales de Literatura, modalidad cuento, Universidad Central 2012, y del IV concurso de cuento corto Museo de la Palabra, en España. Segundo puesto en el VII Concurso Nacional de Cuento La Cueva, 2018. Finalista del Premio Nacional de Novela Universidad de Antioquia y del Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá, 2019. Sus cuentos han sido publicados en diversos medios de comunicación impresos y digitales.

LA SALSA COMO NOSTALGIA Y COMO HISTORIA

La noche de los forasteros es una novela que hace un homenaje a la salsa, que ha sido muy significativa en la vida de Jerónimo García Riaño, tanto en lo personal como en su universo literario donde la memoria, la historia, la realidad concreta e imaginación urden un fenomenal tejido literario que nos deja como resultado esta gran narración, que al mismo tiempo que nos desgrana el presente, nos lleva sin ningún esfuerzo a esa nostalgia que es el recuerdo de las primeras canciones que trastornaron el alma del adolescente.

Canciones que nos llevaron a alejarnos de nosotros mismo y que al volver las encontramos en el mismo sitio en que las abandonamos, pero que ahora tienen esa esencia nostálgica que nosotros ni siquiera sabíamos que existía. El retorno es un espejo donde nos vemos con otro significado y otro rostro. La música, en este caso la salsa, es ese espejo donde los personajes de La noche de los Forasteros se reconocen desde la distancia de su propio yo. La música hace el fondo de la realidad escrita, y la letra la historia narrada.

Iniciamos con el escrito quindiano una serie de reportajes de esta nueva generación de novelistas que, por diversas razones, no tienen los lectores que se merecen fuera de Colombia. (Arturo Prado Lima)

 

Arturo Prado Lima: ¿Qué es La noche de los Forasteros?

Jerónimo García Riaño: Es un homenaje a la salsa. Decidí hacerle una distinción a ella a través de la literatura, sumado a que me considero una persona melómana y que en mis anteriores textos hay música de fondo, pues porque no ahora utilizar salsa como música de fondo de la literatura. Eso es lo primero. El segundo objetivo de la novela es evocar la memoria a través del retorno. El personaje regresa a Colombia a reencontrarse con su mejor amigo, que está moribundo, y le ha pedido que regresara para despedirse. En ese retorno es donde se da el reencuentro con el pasado y con algunos amores que él consideraba que ya no existían, pero están ahí todavía, latentes a pesar de todo el tiempo que ha estado ausente. Todos estos recuerdos, reencuentros y sueños están envueltos con la música. Con la salsa.

 APL: ¿Tras de toda esta elaboración literaria hay una experiencia personal?

JGR: Sí. Yo soy de una ciudad llamada Armenia, en el departamento del Quindio, en Colombia, y hace mucho tiempo que vivo en Bogotá, (unos 18 años), y el retorno a mi ciudad siempre implica ese reencuentro con los recuerdos, una conexión con vida mi anterior, con mi infancia. Eso implica que el estar lejos, ya sea nacional o internacionalmente, siempre va a implicar lo mismo. El personaje que retorna siempre se encontrará con su pasado.

APL: ¿Regresar a uno mismo?

JGR: Volver a los recuerdos es una manera de reencontrarse a uno mismo, una forma de llenarse de nuevas energías para continuar el camino que uno ha decidido tomar. Por ejemplo, hay una clase de música que yo escuchaba por los años 80. Una música que me gustaba y otra que no. Esa música negativa para mí sí que le gustaba a mis amigos, al entorno del barrio, y al escucharla ahora me genera una profunda nostalgia que no sentía en ese entonces, tal vez porque se ha reconfigurado la realidad y tengo otra manera de sentir las cosas.

APL: La salsa está llena de historias de rebeliones pasionales, sociales, personales y colectivas. Escuchar a Rubén Blades, por ejemplo, (Pedro Navajas), es entrar en una parte sustancial de la historia hispanoamericana. ¿Crees que la música, igual que la novela, es un instrumento válido para denunciar las anomalías de los pueblos?

JGR: En mi novela la música tiene dos funciones. La primera es servir como música de fondo, es decir, que adorne y acompañe situaciones o escenas que estén ocurriendo. La otra es utilizar la música como conexión con la historia. Hay canciones en la novela que evocan el momento histórico en que ocurrieron los hechos. En el primer caso, las canciones son fortuitas, como si entraras a un restaurante y las escucharas. En el segundo caso no son accidentales. Si embargo, siento que la salsa tiene algo muy especial, y es que es una música que invita al gozo, a la alegría, a ser feliz, incluso cuando la letra menciona la muerte uno está tan alegre en ciertos momentos aunque este bailando una tragedia. No le ponemos atención a la letra, solo la música es la clave del instante feliz. Y a veces distrae y nos damos cuenta de que detrás de esa rumba hay una protesta social.

APL: El olor era el elemento conector con el pasado en Marcel Proust. Es decir, el olfato. En tu caso es la música, el oído.

JGR: La novela es una invitación, ahora que las redes sociales están a la orden del día, para que los lectores se conecten con la realidad a través del oído y tengan la oportunidad de que, si Proust hace del olor la esencia del recuerdo, acá sea la música, a través del oído, ese recurso tan utilizado por los grandes compositores a través de la historia, y que es muy válido para la literatura de hoy.

APL: ¿Las historias cotidianas elevadas al nivel de arte literario amenizadas con salsa?

JGR: Sí. Mi novela es como el pegamento de esas historias individuales que se diluyen en el todo social a trvés de mi narración. De tal manera que las circunstancias narradas vayan de la mano con la música que en su tiempo fue testigo de esos acontecimientos. Mi padre se fue muy joven a Estados Unidos y vivió unos 50 años allá. Cuando regreso a Armenia, tuvo la sensación de que Armenia le quedó grande. Ya no se encontró en ella. Tuvo que volverse a ir. Pero la música sí lo afectó.

APL: ¿Como salsero, que ha pasado con la pandemia?

JGR: Hay un bar cerca de mi casa que se llama el Sonsonet, y es un bar que ha sufrido por la pandemia y todo lo que ello conlleva. Pero ahora que se ha vuelto a abrir, he encontrado ese espacio de apertura para compartir. Y hemos vuelto a sentir esa energía que sentíamos antes. La música en esta pandemia la puedo escuchar en casa, sin problemas, refugiado en ella. Mientras trabajo y escribo. No ha habido como una ausencia de la música, pero si de los amigos. Lo que se extraña es la conexión con el otro.

APL: ¿El regreso de las discotecas?

JGR: Aún no están abiertas. Pero los pequeños bares sí.

APL: ¿Cúal es el género en el que más te sientes bien?

JGR: Yo he sido cuentista y microcuentista fundamentalmente. El microcuento lo he hecho más por práctica, como experiencia para calentar las manos, lo respeto mucho. Es muy difícil contar algo en pocas palabras. Y expresar la fuerza que debe tener un minicuento o un microrelato. Incluso en Pasto fui ganador de un concurso de microcuento. La novela es una explosión más de largo aliento y he incursionado en ella y ha sido una experiencia fabulosa. La poesía la respeto mucho. He leído, pero no me siento con capacidad para escribir poesía. Tiene un nivel de complejidad bastante especial que aún no me atrevo a abordar. La narrativa es donde me siento más tranquilo, y sobre todo en el cuento, sin demeritar el microcuento y la novela que tiene un nivel de extensión muy amplio y que también implica más de trabajo: organizar una estructura, perfilar unos personajes y encontrar una historia de largo aliento.

APL: ¿Tu novela es una fotografía, una radiografía o un corte transversal de la realidad de tu país?

JGR: Sí lo es. Por dos cosas. Primero la música. Somos latinoamericanos y somos caribeños, salseros. La salsa está en todas partes. Incluso en España, en las Islas Canarias ha llegado la salsa, y de una forma muy fuerte la salsa venezolana y el merengue. En Latinoamérica, no solo en el centro, sino en el sur, Chile, Uruguay, Brasil. De entrada la música representa el fondo de toda esa realidad compleja. Y en segundo lugar la Historia misma. Esta novela contiene una historia de amor, pero sobre todo de justicia. Una justicia humana, es decir, que nos compete a todos y que aplicamos, en definitiva, en la forma cómo entendemos el amor.

APL: ¿Menos racional?

JGR: La literatura colombina y caribeña es una literatura que está llena de elementos que solamente pueden darse allí. Gabriel García Marqués no hubiera escrito Cien años de soledad si hubiera sido de Flandes, Tolima, o de cualquier otra parte. Es en esa zona donde se gesta esa necesidad de contar esas cosas y de esa manera. La magia de Gabo ocurre porque es en el Caribe lo que sucede todo. En mi caso, mi mundo ha sido un mundo salsero, y esa magia en función de la narración ha producido un texto diferente. Nosotros pertenecemos al mundo macondiano, no podemos escapar.

APL: ¿La novela colombiana o latinoamericana en general qué aporte le hace hoy a la literatura universal?

JGR: Yo creo que en Colombia hay un nivel muy alto de narradores. No solamente escritores como Juan Manuel Vásquez, Quintana, Mario Mendoza, Fernando Vallejo. También hay una generación de escritores que está gestando un camino en función de la construcción literaria del país. Aquí hay una generación de escritores que publican las editoriales, pero solo se distribuye en Colombia, y es muy difícil que en otras esferas los conozcan. Andrés Mauricio Muñoz, Pol Brito, Daniel Ángel, Davis Betancourt, Daniel Ferreira, Melva escobar, John Jairo Murieles. En Poesía: Ela Cuevas, Alejandra Lerma, Piedad Bonet y muchísimas más. En ese sentido, hay quien está construyendo un nuevo momento literario en el país. Hay mucha gente escribiendo buena literatura.

APL: ¿Qué hacer para derribar los muros de lo nacional?

JGR: Utilizar las redes sociales para abrir el camino. Para conocer y que no conozcan.

APL: ¿Y cuál es a temática de esta nueva generación?

JGR: Daniel Ferreira ha tratado el tema de la violencia, pero en general no hay una clara alternativoa de una nueva novela de la violencia. Lo que si hay es mucha ficción y vivencia propia. La literatura del LGTBI+ ha empezado a tomar fuerza en el país. La ciencia ficción no tanto y al terrorismo le falta una voz que consolide ese tema. Pero no hay un género definido. Así como hay una diversidad, hay diferentes formas de contar las cosas.

APL: Muchas gracias.

 

ASÍ EMPIEZA LA NOCHE DE LOS FORASTEROS

1.

 Cuando las luces del día desaparecen, el bar enciende las su yas. Son unas lucecitas que dejan ver las siluetas de la gente, como sombras encarnadas. Luces mortecinas dentro de faroles oxidados, convertidas en vigilantes de la noche, las primeras en recibir a los clientes y mostrarles las mesas donde se pueden acomodar. Las lucecitas se mezclan con el olor dulce de los muebles rojos y viejos, iluminan los cuadros con la cara sonriente de Celia Cruz, la cabeza calva y el bigote poblado de Oscar León, las manos duras y callosas de Ray Barreto, el sombrero negro de Elíades Ochoa, el tabaco a punto de caerse de los labios de Compay Segundo, las gafas grandes y oscuras que ocultan a Héctor Lavoe, la sonrisa resguardada tras la barba de Rubén Gonzá- lez… Dejan ver los pies de los bailadores flotar por encima de las baldosas. Dejan ver a las mujeres colgadas de los cuellos de los hombres, dormidas con Rain de la Brooklyn Sounds (y dejan ver a los hombres arrullar el sueño de sus mujeres). Dejan ver a los músicos acomodar los instrumentos porque hoy tocarán aquí, encima de una tarima de madera vieja. Afinan las con- gas, los tambores y la campana del timbal. Las trompetas y el trombón suenan mansos, como para no molestar la música que sigue plácida. Dejan ver al tipo bajito y vestido de blanco rasgar 5 un güiro con un tenedor de tres puntas: le saca un sonido arras trado que se funde con la melodía de Mi Jaragual, de Ismael Rivera. Dejan ver a la gente sentada llevarse largos tragos de un licor cuyo aroma encierra el misterio de viejos soneros vueltos a la vida. Ellos la levantan de los muebles y la jalan a la pista, la hacen bailar un tas, tas, tas… tas, tas, como si tocaran la puerta de dioses africanos. Las lucecitas también dejan ver a los meseros repartir botellas. Dejan ver a un hombre envejecido, de bigote largo y canoso, buscar entre sus discos las demás canciones de la noche. Dejan ver a un mesero pedirle una botella, reci- birla y perderse entre los cuerpos apretados. El hombre bigotudo apaga la música y permite que el silencio acompañe a las luceci- tas. Se saca un micrófono, le da unos pequeños golpes para darse cuenta de que lo escucharán y luego anuncia el show de baile; todos reciben con aplausos a los dos artistas que se acomodan en el escenario. El hombre alto y moreno toma de las manos a la mujer de pelo negro, forrada en un vestido azul celeste, al que las lucecitas no alcanzan a resaltar del todo. Ambos miran al público y apuntan las manos al techo. Suena la música y las luces muestran los primeros pasos: los tacones azules desean morder los zapatos negros, ponerse encima y poseerlos. Pero los zapatos se defienden y acarician a los tacones que retroceden asustados. Los cuerpos se separan y las manos de los artistas se aferran entre ellas, sobreviven al temblor de los pies. Los artistas sonríen al público, las lucecitas dejan ver los rostros encendidos de los dos. El vestido de la mujer quiere abandonar ese cuerpo excitado, el pantalón del hombre se bate entre oleadas de viento. Las manos se liberan, el hombre se inclina y está inmóvil, en una suerte de reverencia. Ella baila. Las lucecitas la muestran libre, con las piernas sacudiéndose tanto que los pies desapare- cen. Ahora la pose cambia. Ella se detiene y agitada señala al hombre que empieza a bailar: las rodillas y los hombros tienen su propia vida. Las manos de la pareja vuelven a encontrarse, 6 los zapatos buscan otra vez a los tacones, pero ahora estos son indiferentes al cortejo. Él abre las piernas y pasa a la mujer por debajo. Ella sale al otro lado del túnel, y sin dejar que tome aliento, él la levanta y la pone encima de su cabeza. Ella se es tira completa, parece volar. Giran. La respiración de los artistas es ahogada por la música. Giran. Los brazos del hombre caen y ella también cae dando vueltas como un telón que se desenrolla. La música cesa, la mujer está cerca al piso, la sujeta el compa ñero de un brazo y una pierna. Sonríen. El aplauso ensordece y los artistas abandonan el escenario. Los zapatos y los tacones no vuelven a encontrarse.

Afuera un hombre mira el letrero del bar, es una pintura de dos banderas, la puertorriqueña y la cubana; en medio de las dos, como un cordón enlazándolas, hay un letrero azul y rojo, chispeado de blanco en el que se lee Borincuba. Y debajo, en letras más pequeñas, una sentencia: salsoteca. Entra y las lucecitas también le dan la bienvenida.