Imagen: centrogabo.org

Por: Fabio Martínez

Hubiera querido escribir la crónica sobre sus últimas horas de soledad. Pero esto era imposible.

A los setenta años, además de padecer un cáncer linfático que se le detectó a tiempo, comenzó a perder la memoria hasta el punto de que no reconocía a Mercedes Barcha, su mujer, ni a sus hijos, Rodrigo y Gonzalo, y nunca más pudo volver a escribir.

Gabo, el memorioso, el periodista y el escritor que consignó todo en sus crónicas, reportajes, cuentos y novelas, ahora ojeaba sus libros y no reconocía su propia escritura: “¿De dónde carajos salió esto?”. Se preguntaba.

Fue su hijo mayor, el cineasta Rodrigo García, quien escribió un libro bello y sincero sobre los últimos días de su padre.

Gabo y Mercedes: una despedida (Penguin Random House) se inicia cuando el premio Nobel es internado por una neumonía en un hospital de Ciudad de México. Allí descubren unos signos extraños en los pulmones y el hígado.

Los galenos aconsejan hacer una biopsia para detectar la posibilidad de un cáncer. Mercedes se niega a hacerla y decide aceptar el consejo de sus amigos médicos, que le recomiendan que a Gabo es mejor tratarlo en casa para que tenga una vida digna al lado de su familia y sus empleados de confianza.

La crónica de Rodrigo García parece una novela, pero es un testimonio doloroso sobre cómo se va derrumbando la vida del personaje literario más importante del siglo XX.

Lo más triste del libro es ver cómo el escritor, que contaba con una imaginación prodigiosa, va perdiendo la memoria hasta que prácticamente queda por fuera de la vida y del combate literario.

Un día de este nuevo siglo, Gabo intuyó su enfermedad y le dio tristeza porque ya no iba a reconocer a su familia ni escribir nada.

La novela que era considerada por él como una enorme piedra angular y necesitaba de concentración y disciplina.

Durante su pérdida de la memoria, su cabeza solo soportaba la música; en particular, el vallenato, que lo escuchó y lo bailó desde la niñez hasta antes de su muerte.

Rodrigo García narra que su padre tenía una memoria portentosa que le permitía recitar de un solo tirón la poesía del Siglo de Oro español. Cuando el cerebro comenzó a fallarle, tenían que recordarle la primera estrofa de un verso de Lope de Vega o Jorge Manrique y, en seguida, él se lanzaba a recitar de memoria el poema.

En aquella laguna mental donde no existen pasado ni futuro, a veces le llegaban fragmentos de la imagen de sus abuelos, que con sus historias lo influyeron en el delicioso arte de la escritura.

Y se colaban por las rendijas de su cerebro afectado las imágenes de los muertos que más le dolieron en vida: sus dos hermanos menores; el escritor barranquillero Álvaro Cepeda Samudio, quien murió de un cáncer; la cantante chilena Violeta Parra y el periodista Guillermo Cano, víctima de la barbarie colombiana.

Detrás de las últimas horas de Gabo está Mercedes Barcha, su mujer, de origen guajiro, siempre firme y tomando las decisiones de la casa ante el hombre que amó por más de cincuenta años.

García Márquez murió un Jueves Santo de 2014, como su personaje literario, Úrsula Iguarán, que en Cien años de soledad alcanzó a durar un siglo.

Fabio Martínez
hector.f.martinez@correounivalle.edu.co

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