Gregorio Cervantes Mejía: Ha realizado tareas de edición y corrección, además de fungir como jurado en algunos concursos de narrativa como el Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (en su edición 44) y como dictaminador del programa “Bibliotecas de Aula” entre 2004 y 2006. Impartió talleres de narrativa en la desaparecida Casa del Escritor y en el programa de Escuela de Escritores del IMACP. Colaboró también con diferentes antologías de cuento estatales y nacionales. Fue redactor de la revista Crítica de la BUAP y actualmente es parte del equipo del área de edición de la Dirección General de Publicaciones de la misma institución

Hubiera querido decirle: “Te equivocaste de domicilio. Me diste una dirección mal dada. Me mandaste al ‘¿dónde es esto y dónde es aquello?’ A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe.”

Juan Rulfo, Pedro Páramo

1

Con la energía de esa estrella azul, el equipo volvió a funcionar y envió a casa los primeros mensajes en mucho tiempo.

Un planeta rocoso la orbitaba y conforme el equipo acortó la distancia pudo detectar las primeras señales alentadoras. Quizá, por fin, la misión ofrecería ese resultado que tanto anhelaban.

El equipo ajustó su trayectoria para acercase a la órbita. Al acortarse la distancia, los instrumentos parecieron enloquecer: el planeta rocoso albergaba vida.

Cuando el viajero entró en la atmósfera, sus motores fallaron. Se estrelló contra la superficie en medio de una densa vegetación. Maltrecho, sus instrumentos aún enviaban datos a casa. Su carga más importante, el disco dorado, se encontraba a salvo.

Hacia el ocaso, un de par de ojos asustado y alerta vigiló los restos metálicos. Luego se movió alrededor del equipo sin perder un solo detalle de su aspecto ni de los sonidos que emitía. Durante varios días más lo observó a distancias cada vez más cortas hasta convencerse de que era inofensivo. Acercó su nariz al metal.

Al llegar la primavera, los restos del viajero habían dejado de funcionar y estaban convertidos en el refugio de una docena de crías.

2

Diez años se habían mantenido frente a las murallas de Ilión y los dioses, caprichosos, no favorecían a ninguno de los dos bandos. Muchos hombres valerosos habían caído a los pies de aquellos muros, con el rostro entre la arena, sin que el peso de su muerte inclinara la balanza de la victoria hacia uno u otro lado.

Durante largas noches Agamenón había sopesado ese plan que consideraba descabellado. El ánimo de su gente se sostenía con dificultad y los viajes e incursiones para reabastecerse eran cada vez más prolongados.

Decidió ofrecer una hecatombe a Zeus y esperar su respuesta. Así se lo hizo saber a Odiseo: de la divina voluntad dependería el plan que había propuesto.

Toda la noche ardieron las piras, donde quemaron grasa y huesos para agradar al dios. Los muros de Ilión se tiñeron de rojo y Agamenón se permitió imaginar la ciudad ensangrentada cuando él y su ejército pudieran, por fin, entrar en ella.

Al amanecer sólo quedaban túmulos de ceniza humeante. El rey salió de su tienda y levantó la vista: un cielo azul, sin nubes ni aves, lo recibió. Zeus seguía sordo a sus peticiones.

Cuando cayó el sol, pese a las protestas de Odiseo, empezaron a levantar el campamento. Desde las murallas de Ilión sólo se alcanzaban a ver las oscuras siluetas que, en silencio y con los hombros caídos, subían a las corvas naves.

En la hora más oscura de la noche vieron ese resplandor que, con la velocidad del rayo, golpeó las puertas de Ilión. Al estruendo siguieron los gritos y el fuego, la carrera de los aqueos hacia la ciudad desprotegida y luego el entrechocar de las armas de bronce.

El nuevo día reveló las ruinas de una ciudad humeante, recorridas por hombres fatigados pero exaltados ante la victoria reciente. Agamenón descubrió, entre los restos, un disco de oro cubierto de grabados. Levantó la vista hacia el cielo, agradecido.

3

Fue casi una casualidad que lo encontráramos: llegó a la deriva y estuvo a punto de chocar con una de las estaciones que orbitan nuestro planeta. Lo capturamos justo a tiempo para evitar la colisión y resultó ser el mayor hallazgo de toda nuestra historia. Durante siglos habíamos buscado, en vano, indicios de vida en otros puntos del universo. Y cuando menos la esperábamos, la señal estaba ahí, tocando a nuestra puerta.

Era un vehículo pequeño y rudimentario. Sus sistemas de comunicación habían dejado de funcionar mucho tiempo atrás, al igual que sus motores, pero los sistemas para almacenar datos estaban intactos. Quienes lo enviaron se habían encargado de proteger lo que consideraron la carga más valiosa de ese equipo.

La tarea de descifrar el mapa y las grabaciones puso a prueba nuestra ansiedad por contactar a quienes lo enviaron. Pero fue una tarea menor comparada con la construcción del vehículo necesario para hacer el viaje de regreso.

Llegamos aquí con la esperanza de encontrar un mundo pletórico de formas de vida y una civilización compleja y diversa.

Sólo encontramos lo primero: no hay un solo rincón de este planeta azul que no rebose vida en formas mucho más variadas de las que pudimos imaginar. Pero de la civilización descrita en el disco sólo hemos encontrado pálidos rastros.

Y de los constructores del equipo, apenas indicios confusos: sepultados bajo la superficie y en diferentes zonas del planeta, hallamos partes metálicas y fragmentos de materiales blandos integrados a restos orgánicos. Comprender su forma y estructura ha sido el enigma más frustrante para nosotros.

Llegamos tarde.

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  * En 1977, la NASA envió al espacio las sondas Voyager 1 y 2, con la intención de explorar los planetas exteriores del sistema solar. Ambas fueron equipadas, además de instrumentos fotográficos y de medición, con sendos discos que contienen grabaciones de audio en 55 idiomas, así como imágenes de la Tierra y un mapa con la ubicación del sistema solar ante la esperanza de contactar con otras formas de vida civilizada. Para septiembre de 2013, la primera de estas naves había salido del sistema solar.