Por Fidel Carlos Flores* – Bolivia

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Ciudad de México. Este análisis pretende ser una autocrítica y aproximación a un tema esquivo y espinoso que seguramente otros profundizaran. Con el siglo XXI inició en América Latina la popularización del internet, las carreteras virtuales abrieron una gran ventana al mundo, posteriormente vendrían nuevas plataformas y redes sociales. La revolución informática había llegado.

Todos los cibernautas pueden crear y difundir sus contenidos, sin importar distancia, tiempo y espacio. Actualmente, (segunda década del siglo) se normalizó el uso de multimedia, efectos, vídeos, infografías, animaciones, audio, texto, enlaces, elementos interactivos, personalización de contenidos, etc.

Los modelos de negocios en los consorcios mediáticos y la relación propietarios – obreros de la información, cambió. Si económicamente antes estaba mal, hoy es peor. El oficio se encuentra vapuleado, minimizado y apenas sobrevive. Obviamente, este proceso comunicativo, impacta en la construcción de audiencias (receptores) donde –en general- el pensamiento crítico es nulo.

En esta vorágine virtual las noticias (bulos o fake news) son gratuitas y en ocasiones perversas. Vivimos pues, en un mundo de posverdad donde el destinatario/receptor acepta que lo manipulen, por lo tanto los objetivos varían.

Por otro lado, en la profesión existe alta dosis de ego, poder e intereses económicos, aunque al final son los reporteros los que dan la cara, y defienden por línea editorial visiones ajenas o posiciones patronales, al final dichos recursos humanos son desechados.

En el mar digital las audiencias desconocen cómo discernir entre ¿periodistas o charlatanes?, entre datos ¿reales o irreales? Por eso el buen periodismo es necesario, especialmente cuando la tecnología nos permite convertirnos en altavoz de potenciales hechos noticiosos, aunque no tengamos idea de cómo monetizar nuestros contenidos

Se deben recuperar los valores básicos del periodismo (rigor, contexto y fuente) y el más fundamental que es investigar, un periodismo que aporte a la sociedad y genere reflexión, lo cual ninguna red social puede aportar. El periodismo, en consecuencia no debe ser gratis, a ese periodismo hay que cobrarlo.

Para que se entienda aristas y diferencias periodísticas hay que reformular un modelo nuevo e insistir explicando a las audiencias. Hay que dejar claro que en nuestro sistema económico los contenidos no dejan de ser un producto (bien intangible), y como tal deben tener un precio en el mercado porque tiene un coste de producción.

Lo mismo aplica para corresponsales o freelance, cuando son llamados desde otros países para dar reportes sobre noticias de impacto generados en México (Ej. terremotos, tragedias, entrevistas o despachos), entre otros.

En varios países de América Latina, consideran que las corresponsalías no deben pagarse, cuando el periodista se niega, los noticieros recurren a informantes circunstanciales que no tienen el criterio, ni pericia en el tratamiento noticioso.

Por otro lado, considero que a la mayoría de facultades comunicación social. Se les ha olvidado enseñar lo principal en el oficio “escribir bien”, desarrollar “intuición” y “olfato” periodístico. Si bien, los recién egresados salen manejando programas de edición de audio y video, cámaras, micrófonos y luces, expertos en internet, cuando se les pide escriban un par de párrafos de algún acontecimiento reciente, no lo pueden hacer o lo realizan con evidentes errores.

Finalmente, el discurso periodístico debe tener independencia, congruencia y solidez, aunque no tenga rentabilidad. Allí, una de las razones por las que muchos se cansan y paulatinamente migran hacia otras actividades (incluida mi persona). Pasan los años y nos desmarcamos totalmente “del mejor oficio del mundo” (Gabriel García Márquez) porque en tiempos del Covid-19 la prioridad es la satisfacción de necesidades básicas.

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(*) Periodista (Escuela de Periodismo C. Septién G./Lic. y Maestría) y Economista (Universidad Autónoma Metropolitana/Lic