1. MAURICIO CHAVES-BUSTOS

 Ipiales, Colombia. Con estudios en Filosofía y Letras y Derecho. Escritor de poesía, cuento y ensayo. Autor de los libros: El Vuelo del Kinde –memorias del Sur-, Caza de Libros, Ibagué, 2013; Liturgia del Amor, oraciones profanas para amantes profanos, Mundo Eólico, Bogotá, 2018; recopilador y gestor del libro Rimas Crepusculares, poesía completa del poeta Florentino Bustos Estupiñán, Pasto, Empresa Editora de Nariño, 2017. Invitado a múltiples escenarios nacionales e internacionales. Coautor de varios libros de temas literarios, históricos y sociológicos. Ganador de varios premios literarios. Facilitador en construcción de diálogo para la paz. Gestor cultural. Presidente del Consejo Departamental de Cultura de Nariño.

En un vagón del metro

El calor era desesperante, el río que se había convertido en una cloaca hirviente no hacía sino inundar la ciudad de una fetidez insoportable. Las ceibas y los urapanes que en un tiempo se buscaban para la sombra, hoy son como zarzas ardientes que parecieran recordar el rompimiento de un pacto. Las tórtolas y azulejos que antes surcaban los cerros de la ciudad han desaparecido, hoy, parecen que se concentran masas de plasma en el aire y son lanzados como flechas incandescentes. Los pocos habitantes que han sobrevivido buscan guaridas para resguardarse del calor del día y del frio intenso de las noches. Había que ser muy viejo para entender el eslogan que aparecía en un vagón del metro: Medellín, la ciudad de la eterna primavera.

La metamorfosis

Cuando el insecto se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre el prado convertido en un monstruoso hombre. Estaba de pie, puesto unos duros zapatos con forma de larvas y al agachar un poco la cabeza vio un cuerpo delgado, pálido, sin que se pudiera distinguir más partes que dos brazos y dos piernas, se sentía a punto de caer de cabeza al suelo. Cuando se observó nuevamente, supo lo miserable que sería su vida desde entonces.

Génesis

En el comienzo de todo era sólo el caos. Pero por afán de creación surgieron los poetas. Como un destello de explosión de diez mil entendimientos, todo se inundó de pensamiento de poetas. La Tierra hasta entonces no había tenido ninguna forma. Y entonces crearon los poetas a dios. A su imagen y semejanza lo crearon. Y se dedicaron a soñar, a fantasear, a amar, mientras dios creaba el universo.

El régimen

Recordó que en edad escolar había recibido la Enciclopedia del Régimen, obra de obligada lectura en la secundaria. Lo había dejado involuntariamente, eso sucede generalmente cuando nos acostumbramos a algo o alguien. Entonces buscó la palabra revolución, cuya definición era esta: Re – evolución, acto de evolucionar aceptando los mandatos del régimen. Comprendió entonces lo que era su vida, un cúmulo de olvidos permanentes bajo un sistema que detestaba.

El alma de Bogotá

Vamos compañero Pataquiva por Fontibón a visitar al amigo Piraquive, luego a ver si compramos uchuva en Suba, en Teusaquillo vamos a jugar turmequé y a comer ajiaco con guasca en Usaquén; pero antes nos damos una vuelta por Usme para comer buena changua y luego chicha en Sumapaz, para rematar con rellena en Engativá; damos una vuelta a la redonda por Bosa y luego vamos a ver chinas lindas en Tunjuelito; luego al Bachué y de ahí a rematar en el Chicó. Muchos dicen que nos conquistaron, que todo se acabó, pero el alma de Bogotá es también Muisca.

La sombra

Ya poco recuerdo a los compañeros del colegio. Recuerdo a Miguel, el pinta de la clase; Martha, la buenona; Pacho, el lameculos, siempre con su “yo le traigo la tiza profe. Al resto no los recuerdo ya.

Hoy, supe de Toño, un compañero de esos que ni fu ni fa, de esos que reconoces el día de la graduación.

Saco una fotografía y lo veo sentado tras de mí, con su cara de yo no fui, con su pinta de nada, peinado lamido de vaca que no le quedaba. No era nadie. Lo apodábamos “La sombra”.

Esta mañana, una voz femenina anunciaba en la TV: “Estamos de plácemes, anoche fue galardonado como cantante revelación en Miami el intérprete colombiano llamado La Sombra con su tema Los de la clase,”.

Deje de afeitarme y saque la cabeza del baño para ver la TV, cuál no sería mi sorpresa al verlo, terminaba su presentación con el estribillo de un tema de hip hop que decía: “los de la clase, no son naaaa, no son naaa, no son naaa, los de la clase no son naaa, no son naaa, no son naaa, yeaaaaa”, mientras levantaba su trofeo.

¡Domestícame!

– Domestícame, dijo el Zorro.

– Domesticar significa crear lazos, dijo el Zorro.

– Mi vida resultará como iluminada, dijo el Zorro.

– Los campos de trigo no me recuerdan nada, dijo el Zorro.

– ¡Por favor… domestícame!, dijo el Zorro.

Y el Principito comenzó nuevamente el ritual: con un viejo lazo, sujetó el pescuezo del animal y lo amarró a un poste; encendió la luz, esa que tanto molestaba al Zorro, pero de lo cual el Principito nunca se percató, es que lo esencial es invisible a los ojos; en un viejo plato le dejó sus sobras, pero el Zorro anhelaba corretear por los amarillos trigales que le recordaban su libertad.

Pero el Principito creía que era la manera de ser responsable para siempre con lo que se ha domesticado.

– El lenguaje es fuente de malentendidos, dijo finalmente el Zorro.

 

El Cizallador

El cuento se llamaba Mancha de Sangre y salió en el vespertino más importante del país. Al recibirlo en sus casas, una gran mancha de sangre decoraba el escrito, por la cual muchos pensaron que era una forma de atraer la atención del lector. Ignoran todos que al cizallador le han amputado los tres dedos, los tres con los que únicamente podía escribir su firma para cobrar su sueldo.

El beso

No se dio cuenta por el afán que llevaba, pero el mundo giraba lento, todo crecía al ritmo de los sauces que lloraban al lado del río que ya no existe en la ciudad. Botó la cinta de colores que guardaba, recuerdo de su primer beso; botó la billetera, testigo fiel de su pobreza, donde guardaba el retrato de su primer amor; botó la maleta, donde aún conservaba el llavero de la pieza del motel donde los dos perdieron la virginidad. Jamás imaginó que esa llamada terminaría con un beso. Beso que se desató cuando sus piernas apartaban la silla que sostenía su cuerpo suspendido de un grueso cordel. El beso del adiós.

Coincidencia

Desde la ventana del bus, en el que me dirigía a no sé qué punto, observé que un muchacho corría para alcanzarnos; no le importaba nada, sus piernas aceleraban hasta lo inimaginable; lo curioso, es que el muchacho me observaba fijamente a mí, inclusive considero que alcanzó a hacer algunas señales para que el bus se detuviera. Pero yo no tuve ni la fuerza ni la intención de hacer que el bus parara, me interesaba llegar a un sitio que no sabía cuál era.

Persistente, el muchacho se pasaba semáforos en rojo, saltaba obstáculos, empujaba uno que otro peatón, inclusive llegó a caer, pero sacaba fuerzas de no sé dónde y continuaba con la persistencia de querer alcanzarnos, de querer alcanzarme, es lo que pude deducir de su mirada intensa clavada directamente hacia mí.

Cuando llegué, a un punto que no sé cuál era, me sentí feliz sin causa aparente alguna. El muchacho desapareció, lo único que ahora recuerdo es que llevaba puesta la misma ropa que yo usaba ese día. Pura coincidencia.

Las Lajas

Nunca pensé en el regreso, partir implica dejar todo. Sin embargo, en mi mente nunca dejé de rememorar lo vivido, lo amado, inclusive lo odiado. Sin embargo, encauce la marcha hacia el abismo donde la gente murmuraba que moraba la esperanza, el lugar milagro a donde todos se volcaban reafirmando sus creencias. Quería abandonar todo, la incredulidad y las creencias, y en el abismo que marca el rio ancestral, fui descendiendo, sentía entonces que algo me atraía además de un inexplicable deseo de llegar ya, de acelerar la marcha, de volverme polvo en la brisa para acelerar el paso. Mi sorpresa fue grande, mis pasos no entendían lo que sentí en aquel momento. Era un templo en el fondo del abismo, las puntas se elevaban soberbias, blancas, en medio de un cielo azul. El frio viento era mi compañero. Las nubes se disipaban desde el lugar desde donde parecía nacían, ellas también fueron testigos de mi asombro. Entendí entonces que mi viaje implicaba no solamente reafirmar lo que soy, un incrédulo en dogmas, sino también comprender que solamente nos faltan alas para ser ángeles.

Los amigos

Hace diez o más años que no se ven. Se saludan con amabilidad, casi como si fuesen cómplices. Se preguntan por los hijos, la mujer, los otros amigos. Ríen al recordar aventuras del ayer. Un vino y un par de cervezas son pretexto para actualizarse sobre los últimos diez años de ausencia. Se despiden calurosamente. Un abrazo tras otro, un fuerte apretón de manos, no sin antes intercambiar correos electrónicos y números de celular con la firme promesa de volver a encontrarse. Ya solos, muerden y remuerden el dolor de una vieja traición.