Imagen: ALAMY

Venía de Rumanía y estaba orgullosa de ser europea. Trabajábamos vendiendo electricidad a domicilio. Hacíamos un grupo multinacional junto a ecuatorianas, paraguayos, colombianos, españolas, ucranianos, marroquíes y rumanas. Claudia, así se hacía llamar, nunca pagaba el café de las diez, alguien tenía que hacerlo por ella. Sabía seducirnos con su voz celestial. Había sido mezzosoprano de la Filarmónica de Bucarest antes de que Ceauşescu  fuera fusilado junto a su mujer en la plaza pública. Había en ella las huellas aun recientes de una irresistible belleza bajo una capa de nostalgia sin reposo.

Su esposo, al precio de cinco muertos, se había hecho con una máquina clonadora de tarjetas débito y crédito. Con tres amigos más, se colocaba cerca de los cajeros automáticos y clonaba los números de las tarjetas de los desprevenidos clientes. Se hicieron con millones de euros, pero no disfrutaron ninguno de ellos en España: trasferían todo el dinero a los países del Este. Vivían del sueldo y las comisiones de Claudia.

Una mañana, Claudia llegó al café de las diez con la máquina de clonar tarjetas en un bolso grande. Nos explicó para qué servía y preguntó quién la quería, para regalársela. Su marido y sus tres amigos habían caído ante las autoridades, les seguían la pista desde hacía meses. Nadie quiso el misterioso aparato, y como ella no tuvo el coraje de tirarlo a la basura, tuvo que llevárselo. En la frontera francoalemana la detuvieron por tráfico ilegal de tecnología.