Cobo Borda y Consuelo Triviño durante el Congreso Internacional de la Lengua Española en Cartagena de Indias en 2007

Esa rara existencia del no existir. Una persona está en un poema, o el poema está en la persona, pero cuando da el último suspiro, el primer pálpito de eternidad se siente en los versos. Gustavo Cobo Borda ha muerto a la vida de su obra literaria. Siempre se ha dicho que uno empieza a morir el día de su nacimiento. Con los grandes poetas quizá suceda lo contrario: la hora de su muerte marca irremediablemente el origen de la fuerza creadora con que seguirá iluminando el porvenir de la humanidad.

Consuelo Triviño Anzola nos trae una estampa, una hoja de vida, una semblanza, es decir, un poema escrito desde el corazón para enseñarnos quién «es» Jacobo Borda, ese hombre callado y profundo que ella conoció. (Arturo Prado Lima)

Consuelo Triviño Anzola

Juan Gustavo Cobo Borda (Bogotá, 1948-2022) era un hombre inmenso, corpulento, condo  cara de niño y una voz fina que no coincidía con sus dimensiones. Fue una de las personalidades más influyentes en la cultura colombiana y, por ello, criticado por quienes se creyeron excluidos del círculo de sus preferencias. Empezó su trayectoria intelectual en la mítica librería Buchholz en el corazón de Bogotá, un templo donde nos acercábamos con devoción y algunos estudiantes, como él lectores compulsivos, aprovechaban un descuido para hacerse con un tesoro.

Siempre rodeado de libros, en casa de Cobo Borda se tropezaba con volúmenes en el salón, los dormitorios, el cuarto de baño, hasta en la cocina. Eran tantos los que conservaba, que tuvo que comprar otro piso para las montañas que se acumulaban en el suelo. ¿Los ha leído usted todos? ⸺preguntaba el visitante ajeno. La respuesta era afirmativa porque, efectivamente, los había leído todos. Ahora que nos ha dejado este hijo de un exiliado español, reconozco que era el gran erudito de su generación.

Tengo especial afecto y devoción por Cobo Borda, a quien debo mi primer trabajo. Justo al acabar mis estudios universitarios, me llamó al Instituto Colombiano de Cultura donde se me encargó la edición de una publicación periódica. Conservo prácticamente todos sus libros dedicados, que me fue dando al ritmo de su publicación. Poemarios como Todos los poetas son santos, La musa inclemente, o textos críticos como La alegría de leer, Desocupado lector, o Historia Portátil de la poesía colombiana. Su labor como editor no fue menos importante. Desde el Instituto Colombiano de Cultura emprendió la tarea de recuperación de la tradición literaria del país, descubriéndonos nombres que teníamos olvidados, como si él mismo intentara combatir su ensayo de título polémico La tradición de la pobreza, con el que escandalizó a muchos. Gracias a él pudimos tener en las manos las obras de Jorge Zalamea, J. A. Osorio Lizarazo, Hernando Téllez, Baldomero Sanín Cano, y tantos otros. Sin olvidar los volúmenes antológicos de grandes autores. En nuestras conversaciones me transmitió algunas de sus pasiones, como la que sentía por el controvertido Germán Arciniegas, a quien se acercó con su aguda inteligencia, como hizo también con Mutis o García Márquez.

Tenía en la cabeza toda la poesía hispanoamericana, de la que hizo una excelente antología. La llevó a un mapa poético de América, donde cada poeta ocupaba su lugar topográfico, que sirve de índice en el libro Papeles americanos, que nos regaló a Jorge Urrutia y a mí una lluviosa tarde bogotana en que lo visitamos.

Si Cobo Borda era mesurado en sus apreciaciones, no lo era en su ejercicio vital, donde la desmesura podía avasallar, desde el coleccionismo bibliográfico, que no era simple bibliofilia, hasta la lectura constante a cualquier hora del día o de la noche. Juan Cruz recuerda cómo, un día que Vargas Llosa estaba en Bogotá, le llamó para decirle que quería llevarle unos libros para firmar. Cobo Borda apareció en su hotel con dos maletas repletas de volúmenes del autor peruano. Por el contrario, fue un poeta contenido, de aquellos que, como otra de sus pasiones, Borges, pretenden no tomarse muy en serio su oficio.

Concluye un libro suyo con el poema Deberes del poeta: medir el ascenso de la sangre, tararear melodías sin sentido, asomarse al abismo, constatar los vertiginosos cambios de los sentimientos, o callar de modo definitivo y profundo. Pero el primer verso define al propio Cobo Borda; pues su deseo siempre fue “comprobar el nacimiento del asombro”.

Fuente: El Periódico Español