
Sonia Ramón (Bogotá, 1978). Es egresada del Taller de Escritores de la Universidad Central, especialista en Creación Narrativa y máster en Programación Neurolingüística. Ha sido ganadora y finalista en varios certámenes de cuento y novela en Colombia. Algunos de sus textos han sido publicados en el diario El Tiempo, revistas literarias impresas y virtuales en Colombia, Venezuela y Chile, así como en diversas antologías. Pertenece al colectivo literario La Lupita. Desde 2009 se desempeña como asesora editorial independiente.
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EL BOSQUE DE LOS CIERVOS
Despierto con el corazón casi fuera del cuerpo. Quizás hoy yo no sea yo. La oscuridad de la
habitación entona una melodía sacra, un coro de voces femeninas que en un segundo se convierte en una fila de hormigas rabiosas merodeando sobre mis extremidades. Mi habitación es como el vagón de un tren de levitación magnética. La almohada empapada en sudor, la boca reseca y el corazón a punto de un estallido, me dan razones suficientes para reconocer que mi cuerpo reclama dos pastillas de Xanax. Algo o alguien me ha sacado de aquel sueño a patadas, ridículo decir que fue un sueño cuando ha sido, de lejos, una infame pesadilla. Sospecho que un evento tan aterrador puede ocurrir cualquier día de la semana, pero no en domingo, el único que me presenta relativa paz, aunque si lo pienso mejor, el domingo es el día del silencio, así la vida nos indica lo miserables quelos seres humanos podemos ser. Al ver vacío el otro lado de la cama recuerdo que mis dos hijosllevan ya cuatro días con su padre, ojalá pudiera quedarme sola una temporada, saber quién soy ahora, pasar horas en completo silencio, moverme de un lado a otro a mi ritmo, contemplar la naturaleza, llevar una vida en soledad. Ojalá pudiera salir de todo aquello que esperan de mí, quesea por los siglos de los siglos la santurrona, la hacendosa, la justa, la guapa, la entregada, la conciliadora, la inquebrantable. Sospecho que Marla y Nitro están hambrientos y que ya han dejado
sus respectivas camas peluchonas ubicadas junto al garaje. Lo que más aprecio de los animales es que aceptan su vida sin más, el único lugar que ocupan es el presente, se entregan a la experienciade vivir sin rechistar.
Con la manga de la piyama me enjugo la frente y el cuello, bebo agua directamente de la llave del baño, y sólo cuando logro apaciguar el temblor de las piernas, bajo a la cocina. Mi cuerpo de sólo cincuenta y cinco kilos me resulta aparatoso. Aquella sensación me devuelve al viejo asunto de los sueños premonitorios, al último grado de bachillerato, a la obsesión de Julia Doqueresama, mi profesora de filosofía, quien nos reunía al menos dos veces por semana en la cafetería para relatarnos sus experiencias adivinatorias, como aquella del matrimonio de su madre con un ingeniero químico, la del perro salchicha abandonado en la puerta de su apartamento o la del funeral de su tía abuela en medio de una tormenta eléctrica. «Los sueños tienen algo que decirnos, son un camino directo hacia el conocimiento del inconsciente», decía Julia mientras roía con sus muelas díscolas el extremo de un lapicero amarillo, a lo mejor la forma menos nociva que había encontrado para darle salida a su nerviosismo.

Imagen: www.cineinformacionyalgomas.com
Treinta años han transcurrido y no consigo olvidar la expresión aterrada de Julia, sus manos
convulsas, sus historias turbadoras, el modo acucioso en que aseguraba que algunos sueños pueden informarnos sobre el futuro. Julia y sus palabras me pusieron a temblar. Ella afirmaba que, si has tenido una verdadera premonición, una sensación enérgica en el pecho permanece al despertar, ronda luego la idea de que no ha sido sólo un sueño.
Esta casa así, con las cortinas cerradas y las luces apagadas, es el estómago de un búfalo
goloso. Mientras tuesto los panes de centeno y hiervo el agua del café, que hoy será descafeinado para evitar una alteración mayor, experimento el mismo pánico de la madrugada, un espanto idéntico al del sueño, en la puerta de aquella institución enorme, quizás un colegio o una universidad en cuyo exterior se llevaba a cabo una manifestación social. Salíamos un par de amigas y yo del lugar para refugiarnos en un local grande con paredes de vidrio, semejante a una pecera.
Yo imploraba auxilio, pero mi voz se desperdiciaba en la inmensidad de la calle. Desde aquella
pecera de cien metros cuadrados podía observar el desfile de militares y policías, de civiles con la ropa desgarrada y polvorienta, veía a una anciana con un traje azul oscuro y la nariz bañada en supropia sangre, también a un hombre con la parte delantera de su camisa raída, empapada de barro ysangre, además a un jovencito pelirrojo con el ojo morado y la frente atravesada por un navajazo.
Aquella calle era la página más oscura de ese libro ilustrado de cuentos de terror que me hizo pasar tantos insomnios en la niñez. De pronto un tipo llegaba para amenazarnos con un revólver, nos quedábamos fosilizados al tiempo que los militares se llevaban a rastras al pelirrojo. El desfile de heridos casi me provocaba un desmayo, así como los bramidos de los lesionados y el estallido de una bomba a pocas calles.
El desayuno se me queda atascado y descubro que mi cocina es una suerte un cuchitril lujoso, lo mejor sería salir de la casa para despejarme, comer en algún restaurante y darme un paseo. Entrar en contacto profundo con la naturaleza podría librarme de las imágenes de aquella protesta que aún me hostigan, al igual que la resonancia de las voces militares.
Me ducho con agua hirviendo, me visto a una velocidad inusual, alisto a Marla y a Nitro y
salgo hacia el bosque de los ciervos, ese lugar que parece irreal, y a donde acompaño a mi pequeña Juana a montar a caballo una vez por semana, es un espacio de trecientas hectáreas donde la angustia me deja en paz. En las áreas boscosas viven varias especies y las rutas llevan hasta un arroyo; también hay allí un pequeño refugio de fauna con venados y borregos, y ciervos, claro, entre otros animales. Hoy quiero olvidarme de todo. Hoy quizás yo no sea yo. A mi alrededor se forma una burbuja, se trata de una forma sutil, pero no por eso menos amenazante, que encuentra el miedo para indicarme que sigue aquí conmigo, que no va a abandonarme pronto. Con las manos y las piernas temblorosas conduzco; primero, a baja velocidad por el vecindario, luego a toda máquina por la autopista de múltiples carriles; al final, por el sendero en obra, ahora demasiado estrecho gracias a las barreras de plástico y metal con avisos y cintas con franjas amarillas y negras. «No importa nada, al menos estoy en este refugio lejos de la casa mientras mi mente se aclara», digo mientras inhalo y exhalo con la técnica del cuatro por cuatro. Voy adentrándome en el bosque con una serenidad postiza, y nada fácil de reunir, por cierto. A veces el Xanax me falla, a veces todofalla. Maldita sea. De pronto me detengo en un punto del bosque bañado por un sol nuevo yoptimista, como el de las películas, que se me antoja ideal para ir a jugar con Marla y Nitro.

Imagen: El sol de San Luis
Noto que un guardia corpulento se dirige hacia mí. «Buenos días, señora, le informo que aquí
no se aceptan perros», esta es la forma que encuentra el tipo de aporrear mi oído con su voz de tanque de guerra. Le contesto el saludo y, sin embargo, no me atrevo a responderle que me parece el colmo que no acepten mascotas. Vuelvo a la camioneta con una llama de ira en el pecho. Conduzco durante dos minutos más inhalando y exhalando de forma consciente, cuatro por cuatro, cuatro por cuatro, para evitar la tentación de lanzarle un improperio al guardia y terminar en una estación de policía. Me calmaré y podré, en algún momento, bajarme y revolotear por ahí con mis perros sin que nadie intervenga. Luego iremos a alguno de mis restaurantes favoritos, allí almorzaré algo sabroso y abundante, quizás enchiladas o pozole, y así me libraré de tanta prohibición y extrañeza.
Mientras avanzo, advierto a lo lejos a un nuevo grupo de policías, militares y guardias que
andan de un lado para otro, también veo a una niña herida vestida de blanco; entonces regresan la boca reseca, la consciencia de la burbuja a mi alrededor y el corazón galopante. El sol diezma. Bajo la velocidad, voy a diez por hora. ¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Por qué está aquí esta multitud de civilescon ropa polvorienta? A escasos metros una anciana vestida de azul oscuro y con la nariz bañada en sangre mira un árbol con añoranza, un hombre con una mancha de barro y sangre en la camisa reposa en el césped, un jovencito con el ojo morado y la nariz rota se toma un jugo de naranja y devora un pastel de chocolate. Por más que lo intento, no consigo estabilizar mis manos sobre el volante. No tengo modo de devolverme, gracias a eso un nudo ciego se forma en medio de mistripas. «Siga, siga, avance, señora», me indica un policía de nariz aguileña. El camino se presenta tan estrecho que por poco atropello a la horda necesitada. «¿Qué diablos pasa en este mundo? ¿Cómo es posible que no hayan llamado ambulancias?», me pregunto agarrándome la cabeza.
«Siga, siga, avance, señora», me repite otro guardia cuyo vitíligo avanza sobre su cuello y mejillas. Me extraña tanta amabilidad en un momento crítico. Las imágenes del sueño vuelven, mis manos heladas no logran estabilizarse, tampoco hay manera de devolverme. ¿Qué está ocurriendo? Me bajo de la camioneta, intento mantenerme en pie,
aunque mis piernas parecen de gelatina. Me dirijo al más joven de los guardias, pero antes aclaro la garganta: «Disculpe, ¿y todas estas personas heridas? ¿Cuándo las van a atender? ¿Necesitan que

Imagen: curiosidades del arte
Llame a la línea de urgencias? ¿Hubo alguna manifestación?» El guardia sonríe y mira de reojo a su compañero, lo hace con desparpajo. «Señora, fíjese que hoy están rodando aquí una película de terror, es sobre una anciana loca, un bosque maldito y una manifestación social en los años noventa. Le pido el favor de avanzar, están a punto de rodar la siguiente escena». Con la boca hecha un amero respondo: «Ah, okey, entiendo…», pero lo cierto es que no entiendo nada.
Maldigo entre dientes. ¿Cómo se atreve la realidad a desfigurar de semejante forma mi sentido de lo trágico? Avanzo como puedo, en medio de los falsos heridos, y salgo del bosque de los ciervos. En la última charla la profesora Julia Doqueresama nos dijo a mis compañeros y a mí algo que creía olvidado: «El inconsciente tiene un extraño sentido del humor, más les vale que loentiendan ahora, y no cuando estén a punto de irse de este mundo».
Prefiero no ir a ningún restaurante y volver a casa lo más pronto, aunque el mareo es cada vez más apremiante y los límites entre la realidad y la ficción más difusos. Tengo la impresión de que las paredes de la camioneta comienzan a separarse, mi camioneta es un compartimento metálico que apesta a cigarrillo, a embeleco, a aromatizante de colonia fresca. Mientras avanzo reparo de nuevo en el sol, que parece recién creado, vivaracho incluso, como fabricado en Los Ángeles por una compañía experta en utilería cinematográfica. Las personas que pasan en sus vehículos parecen ficticias también, como si se limitaran a cumplir una labor que concluiría en cuestión de minutos. Mi vecindario se ha convertido en una suerte de maqueta elaborada por un arquitecto malicioso, una construcción que con un mínimo viento podría desplomarse.
Llego más pronto de lo esperado. La casa es también un decorado de fachada blanca y
amplia, cuyos bordes mordisqueados revelan alguna dolorosa verdad de sus habitantes. Me
pregunto cuánto tardarían en aparecer los efectos especiales, algún sonido de puerta chirriante, lluvia artificial, una explosión en la cocina. Marla y Nitro se apresuran hasta sus tazas de agua mientras abro la nevera para sacar una cerveza roja que bebo tras zamparme otros dos Xanax. Enseguida me preparo un sándwich, al colocarlo sobre el plato parece deplástico, es colorido, bello, ideal para Instagram. Observo el techo con la esperanza de encontrar la tramoya, pero todo está en su lugar. Sólo hay una forma de averiguar lo que está ocurriendo.
Subo a mi habitación, entro al baño que ahora despide el mismo frío solemne de las funerarias, y enciendo la luz. Durante unos segundos contemplo mi cara en el espejo, me palpo con cautela las mejillas, la nariz, la frente. Un sudor helado me lava el cuerpo y supongo que puedo averiguar de qué se trata toda esta locura dominical. Sólo mis ojos podrán decirme la verdad. Me quedo absorta frente al espejo, el sonido y la luz se pierden en el trascurso de este viaje breve e infinito. Cuando intento ubicarme en mi antigua realidad, me rio, luego lloro y vuelvo a sonreír mientras los ciervos, un par de hembras, un macho y un par de crías, al fondo del espejo.

Imagen: 123RF
Beben de la fuente, mastican sus bayas con paciencia y toman impulso para adentrarse otra vez en el bosque. La anciana de azul y nariz rota se acerca a acariciar la cabeza de uno de los animales. En mi coronilla siento un peso leve, es su mano dándome una suerte de masaje. El hombre de la camisa raída imita la acción de la anciana, entonces la leve fricción ocurre por partida doble, el jovencito pelirrojo con el ojo morado y el navajazo en la frente se une a la acción. Tres manos se deslizan por mi pelo, resbalan sus dedos por mi cuello, se enredan en mis mechones, trazan figuras en mis sienes, y así, una fila de hormigas anda y anda sobre mi cráneo. Cierro los ojos, ¿cómo no hacerlo?
Me deslizo sobre el placer, mi cuerpo entero es la senda de un ejército de insectos generosos. Abro los ojos y descubro mi reflejo en el agua, soy una criatura de ojos brillantes, orejas puntiagudas, pelaje de color canela, cuello largo, sin esas astas que parecen extenderse, confundirse con el paisaje y llegar al infinito. Soy inocencia y gentileza, soy liberación y rapidez, soy dulzura y regeneración. Mi corazón se aligera al conocer la libertad. En cuestión de meses me convertiré en el almuerzo de un cazador y su familia, que en la sobremesa de un domingo feliz asegurarán con engreimiento que acaban de consumir una carne libre de hormonas, antibióticos y otros fármacos. Los humanos son mezquinos, torpes, soberbios, contradictorios, envidiosos, pero sobre todo ingenuos. Huyo de lobos, osos, linces, tigres y leopardos, de esa casa inmensa y dolorosa, de lazozobra, de las imposiciones sociales. Me desplazo sola, respiro como nunca, mi vida humana se desvanece entre cipreses, abetos y pinos. Ya no seré la santa, la laboriosa, la justa, la bella, la
entregada, la pacificadora, la inalterable. Huyo del desfile de militares, policías y heridos. La claridad del bosque me trae de nuevo esa melodía sacra, ese coro me desliza a través de un camino de aires vegetales hasta el silencio.





