Helí Ramírez. Foto: elmundo.com

Cuatro poetas, escritores, ensayistas y sentipensantes, se adentran en las entrañas de la vida y obra del poeta antioqueño Helí Ramírez (1948 – 2019), y nos desvelan los laberintos de un hombre que lo dio todo por una obra en la que dejó plasmado su ser total. Este contexto en el cual surge una escritura que rompe con el lenguaje tradicional, la métrica, el fondo y la periferia de lo que hasta entonces se conocía como poesía, es tratado a fondo por Alejandro García Gómez, Juan Mares, René Jaramillo Valdés y César Herrera Palacio.
En esta edición, Alejandro García Gómez nos hace una breve introducción al contexto histórico en el cual Helí Ramírez vivió y escribió, y René Jaramillo Valdés se adentra ya en la entrañas del poeta. Serán cuatro entregas para que los amantes de la poesía conozcan una de las propuestas más interesantes de la Colombia profunda. (Arturo Prado Lima)
Poeta Helí Ramírez Gómez (Colombia, 1948-2019)
Escribe: Alejandro García Gómez
Vamos a contextualizar al poeta en una parte de la historia colombiana, la que le tocó vivir y, para eso, debemos ambientarnos -de manera brevísima- en un fragmento de nuestro siglo XX, que tiene que ver con el fenómeno de los inicios de la industrialización de nuestro país:
Ésta, así hubiera sido de manera débil, comenzó como consecuencia de la Gran Guerra europea (1914-1918), durante la segunda y tercera décadas del siglo XX, porque esta confrontación mundial casi había acabado con los productos que se importaban desde Europa y EE UU y obligaba a reemplazarlos o a hacerlos acá. Para esto se utilizaron los dineros que dejaba la minería, sobre todo del oro. Luego, ya en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, la industrialización empezó a perfeccionarse de manera más acelerada y eficaz. ¿Cuáles fueron los motivos? Algunos se suman a lo antes mencionado. Pero hay otros, además: los habitantes de los países vencedores -después de tanta angustia, dolor, muerte y penurias sufridas- “estallaron” hacia un consumismo frenético y mejor si éste tocaba con lo exótico y, claro, el café fue una de sus preferencias. Entonces nuestro país se volcó a producir más café, porque antes ya había sido clasificado como el mejor del mundo; económicamente, nuestro grano se convirtió en el artículo nacional productor de la mayor cantidad de las divisas, las mismas que sirvieron como insumo para la ya adolescente industria. Entonces ocurrió un hecho sociológico importante: las propiedades de tierras de un poco más o un poco menos de 1800 metros sobre el nivel del mar, se fueron convirtiendo en fincas cafeteras. Y empezó una lucha de terrenos, primeramente, de características cafeteras (compraventa o despojo, era la consigna), aprovechando, para esta disputa, el secular odio existente entre los dos partidos políticos tradicionales, Liberal y Conservador, hábilmente manipulado por las castas aristocráticas de ambos y las jerarquías católicas, y agudizada hasta barbaries insospechadas con el asesinato del líder liberal populista Jorge Eliécer Gaitán (9 de abril de 1948). La codicia por la propiedad de la tierra se la disfrazó de causa política y la consecuencia de esto fue que la lucha por el despojo de tierras se generalizó a todo el resto del país. Cualquier propiedad era válida para los angurriosos despojadores y había que desalojar o asesinar a sus propietarios, valiéndose de la furia del populacho de las banderías.
Los villorrios y veredas eran o liberales o conservadoras y por las noches había turbas que se encargaban de transportar los pájaros de la muerte. Las hordas conservadoras asesinaban con la complicidad y connivencia de las Fuerzas Armadas del Estado y de los funcionarios, y las liberales, en su defensa, asesinaban por su propia cuenta empezando a organizarse también, dando origen a bandas (“badoleros”). El plomo y el machete eran para los hombres, la violación para las mujeres. De los niños, la consigna era “no dejar ni la semilla”, asesinarlos. Todo en medio de los más afrentosos tormentos. Lo que subsistía de casas y propiedades era pasto del fuego. ¿Y las tierras? Ya llegarían sus nuevos dueños con ejércitos de abogados y funcionarios para legalizar. La salvación para los restos de familias que quedaban -si lograban huir a los montes antes- era emigrar a las nacientes ciudades. Así llegó nuestro poeta -poetica entonces- a formar un cinturón de esos, a uno de los extramuros de la Medellín de la década del cincuenta, a algún añadido de retazos de casas y “calles” de sobrevivientes; a uno que se había comenzado a formar de esta manera alrededor de 1930: el hoy populoso Barrio Castilla, al noroccidente de la ciudad. Cuando asesinaron a su padre y su abuelo en Sevilla -una vereda del municipio de Ebéjico en Antioquia- su madre alcanzó a tomarlo a él y a sus otros tres hermanos; escaparon por montes y rastrojos y huyeron. Y con lo que tenían puesto, llegaron a Medellín, primero a un barrio de conocidos o familiares y luego a Castilla, que se convirtió en su cuna y luego en su hogar desde entonces.
El poeta buscó, encontró y tomó la esencia del barrio que lo vio crecer, que casi lo vio nacer, su barrio, y esa esencia la convirtió en poesía; la universalizó a la manera de Tolstoi, pero de una singular manera: la imbricó escrita no con el lenguaje académico sino con el que era el del diario vivir de él, de su familia, de sus amigos y de sus enemigos: el Parlache. Más tarde, también escribió una novela, de la que se hablará. Hoy lo presentamos en los textos de sus amigos, los escritores colombianos René Jaramillo Valdés, Juan Mares, César Herrera y quien esto escribe.

Helí, Compinche
Escribe: René Jaramillo Valdés
“El borde afilado de la tristeza me manda viajados para partirme en dos”
(Inmemorian 1948- 2019)
Helí, viejo, no sé si vas a estar de acuerdo conmigo, pero la ciudad también debe sentir tu ausencia. Sabemos que te vio partir y, sin embargo, pocos alcanzamos a escuchar su llanto. Por eso a tus amigos nos corresponde multiplicar su queja.
Medellín nos recibió como refugiados a quienes se les acabó el camino, cabras montaraces condenadas a mirar el valle desde las laderas, y a la espera de perderle miedo al río. Veníamos de pueblos donde no sentíamos la patria, apenas el corazón apacible de padres analfabetos que, de oídas, supieron que el mundo es estrecho y de una minoría. Sencilla imagen para describir la complejidad de lo que nos esperaba: cambiar el murmullo del arroyo, el canto mañanero de las aves, por afanes controlados; donde todo quedaba cerca menos la compasión y la alegría.
Nos acercó el destino y nos recordó que siguiendo la corriente van dos orillas que moldean el cauce. También advirtió que seguirlas hasta el final no garantiza la llegada al mar. Elegimos el camino sin regreso, la huida. Guiados por el rumor del agua aprendimos a descifrar sus colores, cuando se perdía en las profundidades.
Las calles del Barrio Castilla nos enseñaron a pulir los pasos, a medir distancias y que la pobreza era la guarida de muchos males, porque estos fácilmente se camuflaban en las sombras. Andarlas a cualquier hora del día nos enseñó que las palabras escondían poderes solo revelados a quienes las elevaban como a cometas, las sometían a vientos ineluctables y a noches frías, para oírles sonidos que agradarían a la historia. Aprendimos que el silencio apartaba la neblina del camino, que la mejor manera de sobrevivir era correteando el hambre en los juegos infantiles. Jugamos fútbol en las canchas de arenilla de Los Tanques, en la Macarena, en la Tinajita y en las mangas de Las Torres, al otro lado de la autopista. No faltábamos martes y jueves a los desafíos futboleros con los muchachos del
Barrio El Pedregal. En aquellas andanzas por tierreros y calles destapadas nacieron Millin, El Zarco, La Flaca, Rojo, Puntilla, Ojo de Águila, El Garetas y otros personajes que dieron vida a historias con las que exorcizamos la realidad.

Alejandro García Gómez y Helí Ramírez
Helí, viejo, en los finales de los años 60s y comienzos de los 70s, no nos habíamos saludado. Cada uno estaba en su agite, en su salsa, sacando a pasear las penas como a mascota que no sabe volver sola a su morada. Éramos dos ciegos en medio de una algarabía, aparentemente, sin sentido. Sin embargo, alcanzábamos a distinguir aquellas que alimentaban el desorden. Conocimos a quienes madrugaban a trabajar a las fábricas, a los vagos que medían calles, pasaban la voz cuando llegaba el carro donde vendían leche y a los que salían al rebusque con fierro empretinado para aquietar la muerte. Algunos de estos personajes con solo verlos una vez se hicieron inolvidables. Recuerda a La Fiera y La Piragua, mujeres que cargaban todos los rumores. Al Negro Villa, a Pitufo, a Malambo, para quienes el valor estaba a la altura de la existencia misma. El valor minimizó la vida y con este pretexto fundaron pequeños reinos que crecieron en nuestra mente sin control alguno, feudos que luego exploramos con nuevos protagonistas, porque desde las comunas aún se mira la metrópoli como ratón a trampa donde se amarra el queso. Vos, mejor que yo, comenzaste a cantar esas vivencias, la forma silente como la tristeza bombea el corazón del desvalido; lo distantes que están los bolsillos en un mismo pantalón.
Lo interesante de ascender la montaña es poder, ya en la cima, comprender que nada está más arriba de un pensamiento sincero y que la verdad no importa dónde se diga sino a quienes representa. Esta consciencia, la apropiación del territorio, evidenciar el trasegar de las familias en su lucha por la subsistencia, hizo de nuestro barrio esa “Venta” donde Don Quijote condujo a Rocinante y a su amigo Sancho, para evitar el acoso de la noche y detener el cansancio. Justo y reparador es el reposo cuando las fuerzas se han agotado cumpliendo las responsabilidades que el honor manda. Como el Noble Caballero Andante, aprendimos que el silencio era el mejor espacio para enfrentar la soledad y fue esta la que confabuló para que la poesía y la novela florecieran escondidas y dejaran constancia de que no todos los exilios son oscuros.
Recuerda, Helí, que debimos ejercer oficios prosaicos para dispersar la algarabía, corretear las necesidades empeñando el tiempo y conservar el hilo del silencio que celosamente nos guardaba la lectura. Volví a saber de ti, viejo, en el taller de escritores de la Biblioteca Piloto. Una tarde de miércoles Manuel Mejía Vallejo habló de tu poesía, de la revista Acuarimántima, donde publicaron tus primeros poemas. Manuel no dudó en darnos a entender que Castilla y los barrios populares ya tenían voz en la ciudad. Esa semana busqué la revista número 32 de Acuarimántima. Leí con devoción Adobes vivos, Arena, Romance con ají, Historial y Nido, y di más crédito a las palabras del maestro y me dije que allá junto al Picacho el viento comenzaba a soplar fuerte y los poemas huían hasta la orilla del río.
El taller de escritores me emancipaba de la fatiga que causaba estar alejado de la cultura. En hora y media de conversación, en torno a los libros, erradicábamos la contaminación de una semana. Un poema, una página, un aforismo, curaba el alma de cualquier pena. Por esa época leía a Charles Bukowski, quizá otro hermano extraviado, y me cuestionaron las menciones que hacía de la esclavitud, de la suerte, de la felicidad y de por qué costaba tanto al hombre liberarse para que su espíritu fluyera como el agua. Siempre he estado de acuerdo con él, en que la vida debe vivirse sin tantos apuros para merecer una muerte generosa, ver juntarse los caminos con exiguo equipaje, así, liviano ya, levantar la frente y divisar el horizonte como esa ventana que dejamos ajustada para contemplar el infinito.
Considero que al buen poeta no lo asusta la oscuridad, porque sabe adentrarse en ella antes de que lo sorprenda la noche. Bukowski tenía muy claro el largo y pedregoso camino del arte y por qué escribir subyugaba hasta el extremo de llegar a considerarse un esclavo. Debemos, por lo tanto, entregarnos a suplir las necesidades cotidianas, con el solo fin de recuperar el espíritu creativo y conservar la imaginación para recibir el alba.
La ciudad, viejo, tardó mucho para enterarse de que la estábamos observando con alma de poeta. Igual que la corriente fluye sin olvidar sus riberas, la vida se deja purificar por el asombro, se sacude, se oculta en las profundidades, descubre otros senderos para probar los sentimientos y, finalmente, se embarca en puertos insospechados donde fondean naves de gran calado y sin rumbo definido. Estos viajes imprevistos son los que permiten a la literatura ahogar todas las miserias y, mientras leemos, decretar el fin de la esclavitud.
Terminaba el siglo y abordamos la misma embarcación: la revista Mascaluna. Cinco amigos la habíamos fundado el 8 de julio de 1994. Quisimos hacerte un homenaje, una entrevista. Aprovechamos que ya nos conocíamos, que crecimos en el Barrio Castilla, que yo podía hablarte al oído y convencerte para que participaras en ella. No solo nos escuchaste, sino que decidiste unirte al proyecto de difundir obras de escritores que buscaban abrirse espacios en la literatura. La revista fue otra ventana por donde mirabas la ciudad y el continente. Nos enseñaste a diferenciar más los de “arriba” y los de “abajo”, los de la ciudad letrada y los que andábamos dando bandazos contra revistas y periódicos de tiraje nacional. Pero el sonido de la corriente es idéntico en todos los cauces, solo basta seguirla hasta descubrir las cascadas y evitar el naufragio. Mascaluna propició un viaje sereno, sin otras pretensiones que cumplirle al arte y conservar los caminos reservados por la imaginación para echar travesía a la indiferencia. “Viejo Rene”, sin tilde, así me decías, “a vos te salgo a donde quieras”. Y era cierto. Recuerda, Helí, nuestras conversaciones siempre fueron amenas. Nos desahogábamos de décadas sepultados por ocupaciones, ausencias y silencios. La literatura nos confirmó los mismos comportamientos en diferentes épocas. Rebeldías populares, clases sociales, movimientos políticos, corrupción, bandidajes, geopolítica, muertes, amores, odios y la codicia en la que se ha tambaleado la humanidad. Tomábamos café, jugo, cerveza, limonada natural y hablábamos de las obras literarias que nos habían inquietado o merecían espacio en nuestra biblioteca personal. Callábamos por ratos largos, observábamos el entorno y retomábamos el diálogo mencionando alguno de tus versos. “No valen la pena, viejo Rene. Lo importante es la amistad”, dijiste la vez que nos reunimos en el Centro Comercial Unión Plaza. Allí hablamos de “Jugaba de alero”. “Se levantaba a las seis de la mañana / a trotar a la cancha y a hacer gimnasia / por la tarde jugaba fútbol con la gallada / cuando no le tocaba entrenar /en un equipo en el que jugaba afiliado a la federación / y por la nochecita se comía su platado de agua con / dos o tres fríjoles remando en el plato / y se acostaba temprano/.
“Jugábamos alimentados con viento”, dijiste cuando terminé de leer los versos. Reímos. “Más de una vez nos pusieron a tragar polvo”, dijiste entre risas. Después recordamos a Albert Camus, sus primeros cuentos, El derecho del revés, y lo aficionado que era al fútbol. Llegamos a la conclusión que detrás del balón morían muchas tristezas y que a lo absurdo del mundo también se le podía poner trampa y enredarle queso. Esa tarde queríamos hablar de libros, de puertas que vislumbraran salidas a tanto tedio. Conversamos de Antonio Tabuchi, de su novela corta Nocturno Hindú y de Gesualdo Bufalino, escritor que había obtenido reconocimiento mundial, después de los sesenta años, con la novela Perorata del Apestado. El resto de la charla la ocupamos en hablar de las escuelas morales, de ética y la palabra como esencia del hombre. Recuerda, viejo, que Séneca, Marco Aurelio y Horacio, se metieron en la conversación para recordarnos la brevedad de la vida, que las aguas por más que se eleven siempre acaban en la misma parte, que llegamos sin nada, nos vamos sin nada, pero que desperdiciamos la vida peleando por lo que irremediablemente tenemos que dejar.
Al comenzar la noche, sin querer terminar tertulia filosófica, me confesaste el desencanto por la literatura colombiana que se estaba publicando en la actualidad. “Viejo Rene, agoniza el arte”, dijiste en medio del bullicio de vendedores ambulantes y pitidos de vehículos. Antes de despedirnos nos comprometimos para ir a escuchar tangos a la Casa Gardeliana o a Homero Manzi. Nos propusimos recordar a Gardel y cantar letras de Enrique Discépolo. Tomamos direcciones distintas. Yo crucé el Parque Berrío y subí al Metro, para evitar la hora pico del transporte público. En el corto viaje hasta la Estación Caribe no hice más que recordar el bar Los Tangos, en la carrera 68, al frente del granero mixto El Popular, que mi padre había tenido en arriendo en los años setenta; donde aprendí muchos tangos de memoria.
El 7 de diciembre de 2018 nos vimos por última vez, recuerdas. Te escribí por Whatsapp, en noviembre, te pregunté por tu salud y no demoraste en responderme: “Quihubo viejo Rene. Bien. ¿La salud? Los exámenes dieron con algo que es grave pero exige disciplina en el manejo. Y como yo no soy poeta maldito sino la maldad en la palabra y en los hechos y no en la retórica, y como tengo cosas para hacer buenas y malas hablando en términos morales desde la antigua Grecia a hoy, entonces viejo Rene, Helí es un guerrero y hace un manejo acorde de su vida. Saludos y gracias por la amistad hermano. Para el próximo año le hago un regalo a vos y césar (lo saluda de mi parte) para la revista.
Tu sinceridad, viejo, la manera de tomar las curvas que te presenta el camino es la que da sentido al paisaje. Por eso los precipicios pasan desapercibidos cuando la vida depende de giros inesperados. Superados estos, terminamos comprendiendo que alcanzada la meta cada huella que se deja se convierte en faro que impone límite a las sombras. Tus palabras me hicieron recordar la coherencia de la que hablaba Sócrates y te escribí esa misma tarde: “Amigo Helí, la palabra amaina las tormentas y luego que estas pasan la claridad que muestra el horizonte asombra y deja ver las huellas primeras; allí donde el hombre guarda los mejores secretos. La disciplina brinda a cada ser humano antídotos contra todas las amenazas. La amistad es uno de esos espacios que con el tiempo alejan las sombras. Estamos al pie de la pirámide, estoy ahí, amigo. Antes de navidad nos vemos para que tomemos café y caminemos por la ciudad. Para refrendarle la otra parte de la literatura que nos queda. El regalo lo esperamos con gusto. Un abrazo fraterno.

Medellín en tiempos oscuros. Foto: Jaime Flórez Meza
El día de las velitas nos encontramos en la entrada de la repostería Astor, en Junín. Recuerdo que pediste un café con leche y un postre “milhojas”. Yo ordené una limonada natural. Hablamos de la economía mundial, de cómo el gobierno en la sombra se repartía los recursos naturales de las naciones y de cómo Rusia se resistía a perder el control de Siria. “El mundo es un juego de ajedrez”, dijiste, viejo. Recuerdo que te hablé de las reuniones anuales del grupo Bildenberg, de Daniel Estulín, de Noam Chomsky, de las familias que dominaban el planeta y del reseteo monetario que se avecinaba. Pronto me dije que debía pasar a temas más amables, pero que no se alejaran de la situación mundial, que tanto nos preocupaba. Fue entonces cuando te mencioné a Fernando Pessoa, su poema donde dos jugadores de ajedrez disputan una partida y no se inmutan por lo que ocurre no muy distante de ellos, porque lo que les corresponde lo controlan en los treinta y dos cuadros del tablero. Recuerda que nos miramos, porque el asombro es diminuto y se transmite en las miradas. Te recité los dos primeros versos: “Oí contar que otrora, cuando en Persia/ hubo no sé qué guerra/. Me preguntaste que cómo se llamaba el poema y te dije que se conocía como la partida de ajedrez. Por varios minutos movimos los vasos con sigilo, como si de ellos dependiera una catástrofe o la caída de algún rey.
No sé si te acuerdas, viejo, que varias veces intenté abrir el morral manos libres, que descargué en la silla contigua. Allí guardaba una sorpresa. Me abstuve de hacerlo porque no quería estropear el entusiasmo con que hablabas de la economía mundial, del socialismo que buscaba afincarse en tierras donde los gobernantes ya no jugaban golosa, sino que aprendían el juego milenario y comenzaban a parar alfiles y almenas después de los peones. La “milhojas” se había deshojado entre palabras y entusiasmos literarios. Elena Ferrante, seudónimo de una escritora napolitana, te tenía “engrampado”, motivado con su prosa fresca y a la que empezabas a guardarle un espacio en el rincón del cuarto. Te tenía fascinado con su narrativa sencilla y las historias de barrio que se aferraban al alma.
“Viejo Rene, yo invito. Siempre invitás vos. No jodás”. Dijiste al poner la servilleta en el plato. Yo sonreí, ya me habías condicionado desde que nos encontramos.
Tuve, entonces, la oportunidad para abrir el morral. Te mostré el libro “En la parte alta abajo” nuevo, bien empacado, publicado por la editorial de la Universidad Eafit, en 2012. Dije que esa ganga la había conseguido en el Pasaje la Bastilla, por diez mil pesos. No mencionaste palabra mientras lo autografiabas: “Para Rene, un amigo del barrio, un compinche en la literatura. Helí”. Después dijiste, “hermano, los poetas no valemos es nada”, nos reímos. Sobre la mesa admiramos la bellísima edición de la obra, las pinturas y dibujos de Fredy Serna, otro artista y amigo del Barrio Castilla.
Nos despedimos al pie del edificio Coltejer, al apretón de mano le agregamos otra sonrisa, suscitada por el valor del libro y de los poetas.
Helí, compinche, gracias por enseñarnos que la poesía está en todas partes, que la podemos descifrar en camisetas del Dim o del Nacional, cuando corren en la cancha o cuelgan en los muros sin revoque para que no los tumbe el vendaval, en un baile alrededor de un sancocho y en los rayos del sol que se sienten en la parte alta abajo o en una golosina de sal. Nos dijiste que no se requiere ser letrado para pronunciar las palabras cuando quieren gritar lo que siente el hombre marginado, el que habita en la otra urbe.
Las orillas vuelven a apartarse. La corriente se ha vuelto serena, profunda, signo de que debe entregar toda su fuerza. Queda una enorme barca lista para soltar amarras, construida con materiales del entorno: tu obra literaria. Narrativa y poesía que podremos abordar en cualquier puerto y trasladarnos a otras latitudes, a ciudades como las cantadas por Cavafis, Seferis, Rumí, o callejones milagrosos donde crecieron, entre desilusiones, las primeras nociones de barrio; lugares donde floreció la poesía conversacional para dar sentido urbano a la palabra.
La vida es una burbuja que la muerte pincha con tanta precisión que, además, alcanza a inmortalizar el fugaz instante del asombro. Por eso qué mejor manera de concluir esta crónica, compinche, que leer el poema que cierra la edición del libro que me autografiaste en el último encuentro.
LXIII
Con cabeza de pato dos nubes
Me dejan ver el sol
El borde afilado de la tristeza me manda viajados para partirme en dos
Se acercan las ilusiones
Con cara de revólver
Y vienen cojas rengueando
Desde las cordilleras que la rodean
El viento abre sus alas y como un tominejo
Sobre la ciudad se deja venir
Flota el silencio
En el aire parece algodón
Me contemplo atravesado sobre mí mismo
Y me cuesta creer que vivo aquí
Viendo sólo el goterear de mis sueños…




