

Jojana Oliva reflexiona sobre el poemario Lenguas del agua (FOEM, 2022) del escritor mexicano Roberto Acuña. El texto viene acompañado de una breve muestra poética.
Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
- L. Borges
Al menos la mitad de cada ser humano adulto y más del 70% de la corteza terrestre están conformados por agua; como es de esperarse, son abundantes también las metáforas hechas al respecto. Por eso el lector recibe con familiaridad Lenguas del agua, de Roberto Acuña, con más de cien poemas en los cuales explora y personifica uno de los elementos más contradictorios de la naturaleza, el que perseguimos o nos persigue, el que da vida o mata, expresión de placer y desdicha.
La prosa poética resulta el género ad hoc para hablar del fluir discontinuo y la melancolía casi automática de la voz lírica. El poemario habla sobre el idioma expresivo de las aguas, pasando lista a los tipos descritos por Gaston Bachelard: claras, primaverales, corrientes, estancadas, muertas, dulces, saladas, reflejantes, purificadoras, profundas y tempestuosas. Todo trabaja o desemboca en los estados líquido, sólido o gaseoso según la experiencia y sentires de un individuo.
El agua es siempre advocación de sí misma, es todas a la vez: la del océano pacífico, la del canal de Xochimilco y la que da de beber. Es precipitación y lágrima, saliva y sed. Quizá es la sensible observación de su multiplicidad y omnipresencia la que lleva a Acuña, en literal transmigración, a mostrarla mediante todos los sentidos: para la vista es espejo, al olfato es lugar, al tacto es disolvente, al oído es fondo y al gusto vitalidad. En este poemario el agua manda sobre el poeta y moldea al vaso, es un ente de varias caras, medida de tiempo y distancia que ha acompañado al humano para señalarle las estaciones del año, darle abundancia y camino. La deslumbrante paradoja es que todos tenemos nuestro líquido interno dispuesto a expresarse, como el de afuera, en fuentes danzarinas, diluvios o sequías.
Con Odiseo, Ofelia, Jonás y Tláloc, podemos comprender la magnitud simbólica del agua tanto como en una gota de veneno o la lluvia que acarrea penuria a la hora pico de cualquier ciudad del mundo. El agua parece querer definirse en Acuña, en la intimidad de un hombre memorioso que sabe de mitos, de música y de llanto. “Lengua de agua” alude a la parte de la tierra que es “lamida” o humedecida por la corriente, o a la fuerza que ahoga a sus amantes, en este libro, me atrevo a decir que se refiere a la diversidad de emociones que destilan con las corrientes, a los recuerdos no evocados sino arrastrados por cualquier mínimo oleaje, al profuso océano interno y al tiempo que significa. El agua y sus metáforas resuenan profusas en este libro, y ¿qué otra cosa es la poesía sino la heroización de la palabra, la condensación del mundo en letras?
Jojana Oliva
FES Acatlán, 24 de mayo, 2023

Muestra poética de Lenguas del agua
LOS OLVIDADOS
Resbalo, dentro de la lluvia todo es posible, tú, quizás. Ladro, aúllo a una luna que no es y que me ha desquiciado y tengo tanta rabia escurriendo de la ropa, tanta espuma que forma su propio abecedario, su infinito lago de maldiciones y de ritos que me descarnan y me empelan con una sarna de recién nacido, como los niños incubando sueños desde las rejas de los orfanatos. Año tras año más gordos, más enfermos, más deformes. Año tras año la lluvia crea su propia música, sus letras, acelera la pubertad, los pasos hacia la tempestad de las alcantarillas, hacia esa ciudad donde escurre muerta la lluvia, río de los olvidados.
ENTRADA PRINCIPAL DE BELLAS ARTES
El mediodía en la plaza es un puño apretado sobre una flor o un cielo que encierra sus azules en la cerrazón de una tormenta. Llueve en el puño, el ramo de flores apesadumbra el corazón. Llueve, no para el agua, crecen los charcos, las sombras, el frío, el tiempo, la distancia, no vendrás… Miro mi mano, las flores y comienzo a tragar, pétalo a pétalo trago y es tanta el hambre, la intemperie, la comezón que incendia el estómago, trago, ni un pétalo ni una espina, trago, nada sobra. En mi boca todo el amor.
HIGUERA
Te doy la leche de este cuerpo mientras muerdo tus higos, te doy la voluntad de mi cadera mientras entrego mi espalda a tus sombras. Todos los árboles, menos tú, tienen las copas demasiado altas, los troncos muestran su soberbia milenaria, dan el rostro, sí, pero, ¿dónde están sus caras, dónde el refresco de sus hojas?
Toda agua termina por beberse o caer a tierra, sólo pocos la merecen; siento la fidelidad de tus raíces bajo mis plantas, me extiendo entre tus horizontes y tus años, y el sueño, que de un tiempo para acá se me aparece regándote, empapa mi cuerpo.
Tengo las piernas mojadas, la savia baja de mis muslos hacia la tierra, la bebes, bebes todo mi mundo, y yo arranco tus higos con las dos manos y los devoro, trago tres, diez, veinte, el zumo escurre por mi boca, por mi cuello, baja muy hondo, sigo mordiéndote, ¿la eternidad tendrá frutos más dulces que tú?

FUNERALES DEL AGUA
Eres demasiado para mi locura, para esta manera que tengo de entrar en la soledad de los cráneos y llorar, lloro como un niño de rodillas raspadas, y no sé, no entiendo qué son las lágrimas ni qué hacen de los hombres a solas, hay mucho polvo en un cuarto lleno de objetos olvidados, no sabes cuánto se acumula también en la cabeza, tanto, que me da por preguntarle no a la muerte, sino a la ausencia que se ha acumulado en libros, en cajas, en muñecos despintados, en tantas flores que no tengo más que sus colores en la memoria, al hueso frío, a este cráneo que sostienen mis manos o mis hombros. A todo lo que me rodea le pregunto por todos nuestros olvidos, ¿por qué olvidamos, por qué es necesario que olvide tu nuca de madrugada o tus ojos de mil demonios que intentaron mirarme tantas veces como ángeles recién mutilados, como una alegría que quiso ser más que la suma de tu boca?
Qué será de ti cuando yo posea el rostro de todos los hombres, los harapos de todos los cuerpos que han deseado algo en el mundo y lo han matado al final; dónde quedaré yo, dónde en este amasijo de gestos y pensamientos encontrados, de palabras, de frases estrelladas, reventadas, escupidas en la cara de otro, de quien sea por el gusto de ser idiota y sabio a la vez, dónde reposaré cuando la gente a mi alrededor rompa la forma de mi vasija, las líneas de mi cordura que quizá fueron sólo ilusión. Necesitamos ilusionarnos para amar este mundo. Qué es la locura sino dejar de sentir lástima y amor por uno mismo, qué es la locura sino un río donde arrojamos nuestro cuerpo para olvidarnos de nosotros, del peso que somos, qué es la locura sino una ilusión posible, este brillo que esplende la inmundicia de todo.
Qué será de mí cuando cierre los ojos y mi tacto sea el de esta calavera, de quién son esas cuencas vacías que acaricio, círculos, espejos negros, hondo pozo de cuya agua beberé y beberán todos, ¿por qué hay tanta sed en el mundo, por qué no nos conformamos con una habitación y una ventana? Es imposible que todos los cuartos tengan ventanas al sol, ¿cuántos soles existen en nuestra vida?, y la sed, si pudiera beberme toda el agua negra del mundo, toda la muerte que nos arrastra a una sola corriente, ¿podría dormir sin miedo y sin pesadillas la gente? ¿Podrás ahora, podrás tú?
Todo termina con una sed implacable hasta volvernos agua, igual a las ondas del río, igual a ti, que pesaste lo mismo que mi corazón sobre mi cuerpo, lo mismo que una piedra lanzada a lo largo del río; besé tantos guijarros antes de aventarlos fuera de mí, cuántas ondas he querido prolongar con ellos, quisiera que alguno me arrancara de este destino, de este deber que tengo con la demencia.
Me he mirado lejos, allá contigo, fuera, donde tus ojos buscan una corona de fuego azul, el ala de una lechuza que te mostrará el camino en la oscuridad, alejándote de este infierno de teatros y locos; si pudiéramos ir donde el agua y sus peces en amorosa profundidad, el infierno tan temido de tu desnudez sería posible aún en el miedo de ahogarme para siempre contigo… He visto tantos guijarros perder el valor en pleno vuelo, tropezar y caer al fin, cerrar con su golpe el ojo de los deseos. Onda tras onda el agua encuentra siempre su descanso y no hay piedra que no pueda ser nuestra lápida. Si supieras que el amor es cosa de locos si los locos pudieran retornar al dominio de su cuerpo.
Por qué se aprietan los puños cuando no queda más por decir y por qué el cuerpo es un nudo, un peso insoportable que necesitamos arrojar de nosotros para que caiga tan largo, tan largo y tan lejos. Cuánto amor hay en el abandono, cuánta destrucción, cuánta rabia y ternura en el abandono…, pero los ojos están condenados a permanecer con nosotros, a quedarse en la orilla y arder como veranos idos, como veleros que nunca llegarán a puerto. Todos los barcos han naufragado en mis ojos, probé la distancia de todos los mares, estoy cansado, realmente cansado.
En el filo del agua todos los deseos se precipitan contra nosotros, en el filo del agua siempre hay miedo, un horror que nos supera y nos deja para siempre amarrados a la intemperie, a esa otra vida que jamás nos perteneció porque la cobardía no nos permitió clavarle el cuchillo a nuestros fantasmas, he cargado de pecados mi destino. ¿Cuánto vale si soy yo mismo su valor? ¿Quién puede tasar mi vida hasta ahora?, ¿para quién brilla mi tristeza?
Si hubiera podido yo mismo arrojarte al agua, con cuánto amor besaría tu boca, con cuántos minutos me haría una eternidad contigo, con cuánta muerte me quedaría en la orilla de tu partida y tú con mis manos alrededor de tu cuello. El agua no es tan clara ni honda como la muerte y ni siquiera la muerte revela sus designios.
Escucho los gemidos sobre el río, el resplandor negro de los peces, las botas entrando en el agua… Los hombres siempre quiebran la serenidad de la belleza. Nadie entiende qué es y dónde está. Aquí, mis manos sobre esta calavera que es la mía, aquí, en este silencio, ser y no ser en este cráneo que me refleja y me impone mi locura y a ti, flor de agua, cordura que nunca quiso ahogar mi vida.
Jojana Oliva es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la FES Acatlán, UNAM. Maestra en Letras (orientación en Literatura Comparada) por la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Desde 2009, profesora de la FES Acatlán en las licenciaturas en Comunicación, Enseñanza de Inglés y Lengua y Literatura Hispánicas. Desde 2009, Jefa del Departamento de Consulta del Centro de Información y Documentación de la FES Acatlán, donde coordina la formación de usuarios, difusión de servicios y colecciones, manejo de redes sociales, actividades de extensión bibliotecaria y de fomento a la lectura. Desde 2011, coorganizadora de las Jornadas académicas: la Ciencia Ficción y lo Fantástico en el cine y la literatura en la FES Acatlán. Desde 2008, organizadora del Encuentro Literario de exalumnos en la FES Acatlán. Autora del poemario De sangre y flechas (MiCielo ediciones, 2016). Coautora en la antología literaria Ruta 08 (Samsara, 2020).



