Foto: Los Aparecidos

“Creo, con toda ingenuidad y firmeza, en el derecho de cualquier ciudadano a divulgar la verdad que conoce, por peligrosa que sea”
Rodolfo Walsh

Escribe: JAIME FLÓREZ MEZA
(Al final verá el enlace para leer la Parte I)
“La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años”. Así iniciaba Rodolfo Walsh su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, que terminó de redactar el 24 de marzo de 1977, como se lo había prometido a su última compañera, Lilia Ferreyra. Siete meses antes Walsh había perdido a María Victoria, la mayor de sus dos hijas, militante activa de la organización Montoneros. El 29 de septiembre de 1976 una compañía militar y un tanque rodearon la casa donde ella se encontraba con su pequeña hija y cuatro militantes de la secretaría política de Montoneros, en el barrio de Flores en Buenos Aires. Se produjo un enfrentamiento que, pese a lo desigual, duró más de lo esperado; los de adentro sabían que tenían que resistir y no entregarse. Walsh escribiría una carta póstuma a su hija (Carta a Vicki), en la que decía, entre otras cosas:
“Querida Vicki: La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y Pablo: ‘era mi hija’. Suspendí la reunión”. […] Hoy en el tren un hombre me decía: ‘Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año’. Hablaba por él pero también por mí”.
María Victoria Walsh (1950-1976).
Foto: Pluma de Río
Tres meses después escribiría otra epístola, Carta a mis amigos. En distintos pasajes decía:
“Mi hija no estaba dispuesta a entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros […]. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era no hablar, sino caer. Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro, la misma con que se mató nuestro amigo Paco Urondo, con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie. […]
A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político, Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido, y el cerco. El cerco de 150 hombres […]. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto.
‘El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía’.
He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de instrucción.
A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego.
‘De pronto —dice el soldado— hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad, no me deja dormir. «Ustedes no nos matan, dijo, nosotros elegimos morir». Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.’
Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró dos granadas. Después entraron los oficiales. Encontraron a una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres”.
Cómo empezó todo
Roberto Jorge Walsh Gill nació el 9 de enero de 1927 en Choele Choel, provincia de Río Negro, en una familia de ascendencia irlandesa. A los 10 años, cuando la familia se trasladó a la provincia de Buenos Aires, Walsh fue enviado a continuar sus estudios en el Instituto Fahy, un estricto colegio regentado por monjas y curas irlandeses. La disciplina y atmósfera del lugar marcarían su personalidad y obra literaria. Eduardo Galeano, que llegaría a ser amigo suyo, decía que Walsh era un hombre contenido y hermético, tanto en su prosa como en su vida.
Walsh empezó a trabajar desde muy joven. A los 17 dejó sus estudios secundarios para trabajar en la editorial Hachette como traductor (había aprendido inglés en el colegio) y corrector de pruebas de galera, pero a los 22 retomó sus estudios y terminó la secundaria. Luego hizo dos años de profesorado de Letras en la Universidad de La Plata y abandonó la carrera. En 1950 se casó con María Elina Tejerina, ella sí profesora de Letras. Con ella tuvo a Victoria y Patricia, sus dos únicas hijas. En 1953 publicó sus primeros artículos y cuentos en las revistas Leoplán y Vea y Lea. Walsh era un juicioso lector de Borges, que fue una de sus influencias desde un comienzo.
Rodolfo Walsh. Foto: El ciudadano
El policial era un género que lo fascinaba, de ahí que ese mismo año publicara la antología Diez cuentos policiales argentinos, en la cual incluyó un cuento suyo. También de ese año es su primer libro de cuentos, Variaciones en rojo, que contiene tres novelas cortas, y que le mereció el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires, cuyos jurados eran Borges, Bioy Casares y Leónidas Barletta.
Walsh siguió combinando la escritura de cuentos con su trabajo como traductor, antólogo y editor, aunque era su esposa la que sostenía la economía familiar. En 1956 publicó su compilación Antología del cuento extraño. Pero en los años siguientes la literatura, el periodismo y la política se unirán indefectiblemente en su vida.
Victoria y derrota
Walsh era aficionado al ajedrez. Era un buen jugador. La noche que un amigo le dijo que uno de los fusilados por la policía en José León Suárez vivía, estaba en un café de La Plata que él frecuentaba y donde se jugaba ajedrez. Lo primero que tenía que hacer era hablar con el sobreviviente, Juan Carlos Livraga. Era la navidad de 1956. A partir de entonces se obsesionó con el caso.
“Ahora, durante casi un año no pensaré en otra cosa, abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré conmigo un revólver, y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente: Livraga bañado en sangre caminando por aquel interminable callejón por donde salió de la muerte, y el otro que se salvó con él disparando por el campo entre las balas, y los que se salvaron sin que él supiera, y los que no se salvaron”. (Operación Masacre, p. 9)
Y descubrió que siete hombres más habían sobrevivido a la matanza, que cuatro de ellos se habían exiliado en Bolivia, que la policía, la justicia y la prensa habían encubierto los asesinatos. “La historia me pareció cinematográfica, apta para todos los ejercicios de la incredulidad”, escribió Walsh en marzo de 1957. Sin duda su experiencia como lector y escritor de policiales le sirvió de mucho para investigar y darle forma a un caso en el que él mismo se volvió testigo y personaje de un relato de no ficción, con el que iniciará, sin saberlo, un género hasta entonces inédito, aunque se siga enseñando en las escuelas de comunicación y periodismo que fue otro (Capote) el que lo inauguró. Era, en cualquier caso, una nueva forma de asumir periodísticamente un relato real. De lo que sí estaba seguro es de que su trabajo, hecho a puro pulso con ayuda de su colega Enriqueta Muñiz, bien merecía publicarse como libro. Por ello, desde la primera entrega semanal de Operación Masacre publicada en la revista Mayoría, Walsh añadía al título: “Un libro que no encuentra editor”. Esto era así porque “todas las promesas de editar su obra se diluyen o postergan indefinidamente” (Ferro, 2017). Hasta que al fin el libro vio la luz a fines de 1957. Además, como buen corrector y editor que era, siguió reescribiendo su novela testimonial. En 1964 la publicó con el subtítulo Y el expediente Livraga con la prueba judicial que conmovió al país. En 1969 apareció la tercera edición corregida y aumentada, en 1972 la cuarta y en 1973 la última en vida del escritor. Ediciones de la Flor la reeditó en el año 2000 como edición definitiva añadiendo ocho apéndices.
No obstante, Walsh lamentaba que nunca se hubiera hecho justicia en el caso del crimen que investigó, documentó, noveló, reescribió y hasta adaptó al cine con Jorge Cedrón, que dirigió la película a comienzos de los setenta en un rodaje clandestino, al igual que sus primeras exhibiciones, debido a la dictadura militar. El propio Walsh escribió en la edición de su libro en 1973:
“La filmación se realizó en las condiciones de clandestinidad que la dictadura de Lanusse impuso a la mayoría de las actividades políticas y a algunas actividades artísticas. Alrededor de treinta actores profesionales, en su mayoría de primera fila, aceptaron el riesgo de la filmación. La película se terminó en agosto de 1972. Con el concurso de Juventud Peronista, peronismo de base, agrupaciones sindicales y estudiantiles, se exhibió centenares de veces en barrios y villas de Capital e interior, sin que una sola copia cayera en manos de la policía”. (p. 95)

Foto: revista Haroldo
Sin embargo, para un luchador por la verdad y la justicia como llegó a ser Walsh, el libro fue también una derrota. En 1964, en la segunda edición, reconocía:
“Fue una victoria llegar al esclarecimiento de unos hechos que inicialmente se presentaban confusos, perturbadores, hasta inverosímiles, casi sin más ayuda que la de una muchacha [Enriqueta Muñiz] y unos pocos hombres acosados que eran las víctimas. […]
En lo demás, perdí. Pretendía que el gobierno, el de Aramburu, el de Frondizi, el de Guido, cualquier gobierno, por boca del más distraído, del más inocente de sus funcionarios, reconociera que esa noche del 10 de junio de 1956, en nombre de la República Argentina, se cometió una atrocidad.
[…]
Pretendía que, a los que se salvaron –Livraga desfigurado a tiros; Giunta casi enloquecido; Di Chiano escondido en un sótano; a los otros, desterrados–, cualquier autoridad, cualquier institución, cualquier cosa respetable de este país civilizado, les reconociera, siquiera con palabras, aquí donde las palabras son tan fáciles, donde no cuestan nada las palabras, que hubo un error, que hubo una fatal irreflexión, para qué decir un crimen.
Que a los seis hijos de Carranza y los seis de Garibotti, a los tres de Rodríguez y al de Brión, y a las mujeres de esos hombres se les reconociera algún derecho emanante de la carroña sangrienta que la justicia de este país, y no de otro, llevó al cementerio, de todos esos cuerpos que fueron gente querida por los suyos. Que se les diera algo, un testimonio, una palabra, una pensión, no tan grande como la de un general, no tan grande como la de un juez de la Corte, quién podría pretender tanto. Algo.
En esto fracasé. Aramburu ascendió a Fernández Suárez; no rehabilitó a sus víctimas. Frondizi tuvo en sus manos un ejemplar dedicado de este libro: ascendió a Aramburu. […]
Pretendía que Fernández Suárez fuera juzgado, destituido, castigado. Cuando se hizo evidente que nada de eso iba a ocurrir, quise castigarlo yo mismo, a mi manera, con mis propias armas […]. En la medida en que esa tentativa me haya hecho parecido a él, pido nuevamente retractarme”. (Operación Masacre, p. 118-119)
Una obra maestra del periodismo y la literatura de habla hispana. Que significó una derrota moral para un autor y un país que iban a vivir la peor de sus pesadillas.
El caso Satanowsky
Marcos Satanowsky era un prestigioso y recto abogado que representaba a Ricardo Peralta Ramos, dueño de La Razón, en un litigio con el gobierno de Aramburu que pretendía apropiárselo alegando que Peralta “le había vendido el diario a Miguel Miranda, presidente del Banco Central y hombre clave del primer gobierno de Perón”, según el historiador Felipe Pigna. “En la intransigencia de su negativa a entregar el diario a los representantes del gobierno de facto, el abogado encuentra su sentencia de muerte”, dice Schuliaquer (2017). El 13 de junio de 1957 Satanowsky fue asesinado en su despacho de Buenos Aires. Evidentemente, las sospechas de la autoría intelectual del asesinato recaían en el gobierno, pero, como era de preverse, el caso se mantenía en la impunidad. A inicios de 1958 los dueños de la revista Mayoría llamaron a Walsh para que lo investigara. El escritor conocía el caso y le interesaba.
Tras realizar una larga y minuciosa investigación periodística y detectivesca, Walsh empezó a publicar las crónicas en junio de 1958: un total de 15 notas hasta septiembre. Concluyó, efectivamente, que un alto funcionario gubernamental estaba detrás del homicidio, el general Juan Constantino Quaranta, jefe de la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado). Más tarde, gracias a toda la información acopiada por Walsh, la Cámara de Diputados lo designará miembro de la Comisión Investigadora del Caso Satanowsky, con lo cual desde fines de septiembre hasta el 25 de diciembre de 1958 proseguirá su investigación y la publicación de una segunda serie de notas para Mayoría.
Es de anotar que ello era posible porque ese año el gobierno de facto había convocado a elecciones, resultando ganador Arturo Frondizi, opositor a la Revolución Libertadora. Sin embargo, pese a que Walsh demostró quiénes eran los culpables y que el caso constituía un crimen de Estado, uno de los implicados (Pérez Griz) se desdijo de la confesión que hizo al escritor, mientras que el juez del caso dejó en libertad a dos de los sicarios. Walsh editó todas las notas que escribió para Mayoría y en 1973, quince años después de haber culminado aquella investigación, las reunió en el libro Caso Satanowsky.
Foto: Libros de la costa
En la contratapa Walsh escribió:
“El caso Satanowsky reveló la profunda corrupción de un régimen que intentaba resolver mediante un grupo parapolicial, armado por la SIDE, la propiedad del diario La Razón. Semana tras semana generales, almirantes y jueces soportaron impávidos la campaña de un periodista que los acusaba de asesinato, extorsión y encubrimiento. Triunfó el silencio, la impunidad. Pero la historia es hoy más ejemplar que en 1958: los que mataron a Satanowsky son, de algún modo, los que gobernaron el país hasta el 25 de mayo de 1973. Aprender a conocerlos, es impedir que vuelvan”.
La fecha dada por Walsh correspondía al comienzo del breve gobierno democrático de Héctor Cámpora.
Walsh en Cuba
Otro acontecimiento que cambiará la vida de Walsh será la Revolución Cubana. En 1959 Ernesto Che Guevara vio la necesidad de crear una agencia de noticias cubana que contrarrestara la información producida por los grandes medios de acuerdo con los intereses de Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría. Para ello Guevara llamó al periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, que había estado en la Sierra Maestra en 1958 cubriendo para Radio El Mundo, de Buenos Aires, las acciones del Movimiento 26 de Julio, además de entrevistar a Castro y Guevara. Masetti, que era amigo de Walsh, reunió en su equipo a algunos de los mejores periodistas hispanoamericanos de la época como Gabriel García Márquez, Plinio Apuleyo Mendoza (de joven izquierdista, hoy en el otro extremo), Carlos María Gutiérrez, Rogelio García Lupo y Rodolfo Walsh, entre otros. Así nació la Agencia Prensa Latina.
Walsh, separado ya de su esposa, llegó a La Habana a mediados de 1959 acompañado de Poupeé Blanchard, su nueva compañera, y fue designado jefe de Servicios Especiales. El hecho crucial de su trabajo en Prensa Latina ocurrió en 1960: mientras revisaba cables internacionales llamó su atención uno que contenía un mensaje cifrado. Walsh buscó en librerías de La Habana algún texto de criptografía, encontró un manual, lo estudió y se puso a descifrar el mensaje. Nuevamente una labor detectivesca que reveló nada menos que los preparativos en Guatemala para la invasión estadounidense por Playa Girón en abril de 1961 (que se conocería como la invasión de Bahía de Cochinos), con mercenarios cubanos entrenados en aquel país. Walsh alertó de inmediato al gobierno cubano. Pero, para estar más seguro, y apelando al aspecto físico y temperamento calmo de Walsh, el gobierno lo envió a Guatemala disfrazado de pastor protestante que vendía biblias. De ese modo Walsh pudo localizar uno de los campamentos de entrenamiento. La verificación de la invasión en ciernes le dio a Cuba suficiente tiempo para preparar su contraofensiva.

De izquierda a derecha: Jorge Masetti, Miguel Ángel Asturias y Rodolfo Walsh en la oficina central de Prensa Latina.
Foto: Cubadebate
En 1961 Walsh volvió a Argentina “donde siempre fue un fiel defensor de la experiencia revolucionaria cubana y con la cual seguiría colaborando a través de Prensa Latina”, afirma el periodista cubano Pedro Ríoseco López-Trigo (2021). Walsh se internó en su refugio del Delta del Tigre a escribir cuentos y teatro durante los siguientes años. Su amigo Masetti también volvió a Argentina, pero con el plan de conformar una guerrilla guevarista en la provincia de Salta en 1963: el Ejército Guerrillero del Pueblo, que será desarticulado en algo más de un año. Masetti desapareció el 21 de abril de 1964, tres años después de la invasión de Playa Girón que él había cubierto en Prensa Latina. Su cadáver nunca fue encontrado. Un duro golpe para Walsh.
Continuará
Referencias
A 90 años del nacimiento de Jorge Ricardo Masetti. Comisión provincial por la memoria. https://www.comisionporlamemoria.org/project/masseti/.
El caso Satanowsky. Felipe Pigna. https://elhistoriador.com.ar/el-caso-satanowsky/.
Operación Masacre. Rodolfo Walsh. Vigésima edición. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2000.
Rodolfo Walsh: los oficios de la palabra. Autores varios. Primera edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2017.
Rodolfo Walsh y la muerte de su hija María Victoria. https://elhistoriador.com.ar/rodolfo-walsh-y-la-muerte-de-su-hija-maria-victoria/.
Rodolfo Walsh, el periodista que descifró los planes secretos de Estados Unidos para invadir a Cuba por Playa Girón. Pedro Ríoseco López-Trigo, https://www.granma.cu/cuba/2021-03-25/rodolfo-walsh-el-periodista-que-descifro-los-planes-secretos-de-estados-unidos-para-invadir-a-cuba-por-playa-giron-25-03-2021-10-03-18.




