Imagen: UnTER

Muchos de nuestros escritores son doblemente sordos. No oyen a los demás. Tampoco se oyen a sí mismos” 

Rodolfo Walsh

Escribe: JAIME FLÓREZ MEZA

(Al final de este contenido encontrará los enlaces para leer las 2 entregas anteriores)

“No te olvides de regar las lechugas”, gritó del otro lado de la calle Lilia Ferreyra después de despedirse de su compañero sentimental Rodolfo Walsh. Y no volvió a verlo nunca más. Antes de despedirse Walsh había hecho una llamada desde un teléfono público al joven montonero que lo había citado en San Juan y Entre Ríos. Era una cita “cantada”, es decir, una emboscada. Al día siguiente, 26 de marzo de 1976, Lilia volvió a la casa donde vivía con Walsh en la ciudad de San Vicente, a 51 kilómetros de Buenos Aires, y encontró la puerta y ventana destrozadas y un montón de cosas desparramadas en la entrada, incluso el retrete. En el interior todo estaba tirado en el suelo y los papeles de Walsh habían sido robados. ¿Quiénes asaltaron la casa? Posiblemente los mismos hombres de la ESMA que el día anterior lo ultimaron a balazos.

Lilia Ferreyra junto a Rodolfo Walsh. Foto: redaccion1.fcpoli.unr.edu.ar

Al volver de Cuba en 1961, Walsh quiso dedicarse enteramente a la literatura. Se instaló en una casa en el Delta del Tigre (provincia de Buenos Aires) y escribió los cuentos que luego publicó en dos libros que constituyen lo mejor de su obra literaria: Los oficios terrestres (1965) y Un kilo de oro (1967), además de dos piezas teatrales: La batalla y La granada (1965). Sus relatos narrativos y dramáticos fueron muy bien recibidos por la crítica y fue reconocido como uno de los más relevantes escritores de su tiempo. Pero él se preguntaba por qué no sucedía algo similar con su producción testimonial y periodística, particularmente con Operación Masacre, que fue la obra en la que más empeño puso a lo largo de su vida profesional y en la que anticipó no solo el Nuevo Periodismo anglosajón sino el más brutal régimen cívico militar que viviría la Argentina.

                                                                      Foto: CEDINPE

Walsh y Oesterheld

Pareciera una coincidencia que otro escritor, el historietista Héctor Germán Oesterheld, publicara por la misma época de Operación Masacre un comic que lo haría célebre en la Argentina y en el campo mundial de las historietas: El Eternauta, que vio la luz el 4 de septiembre de 1957, fecha que a partir de 2009 fue instituida como Día Nacional de la Historieta Argentina. Eso da una idea de la significancia social y cultural de este relato gráfico, y en general de toda la obra de Oesterheld, tanto para la Argentina como para un género que ha sido considerado el octavo arte. Por caminos distintos Oesterheld y Walsh aludían a una misma situación: la Revolución Libertadora que, por supuesto, no era más que un eufemismo que pretendía justificar el fascismo que se había impuesto desde 1955 y que, salvo escasos y breves intervalos más o menos democráticos, se extendería hasta 1983.

                                                              Foto: Goodreads

Un poco a la manera de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, El Eternauta narra una invasión extraterrestre en la misma ciudad de Buenos Aires. Los invasores del relato están al servicio de los Ellos, que ostentan el mayor poder y deciden lo que se hace con las vidas de los demás. En clave de ciencia ficción y aventura Oesterheld hablaba de la Guerra Fría y su correlato en la Argentina. “Lo que hace Oesterheld es lo mismo que hizo Rodolfo Walsh con Operación Masacre: se relee y se reescribe”, dice el escritor argentino Juan Sasturain (citado por Vannucchi, 2018). “Y en ese sentido, en Oesterheld, el resultado no es pleno como la primera vez”, agrega refiriéndose a la nueva versión de la historieta que hiciera Oesterheld en 1969. “Por un lado está el trabajo de Breccia (que es notable) y por otro la ‘actualización doctrinaria’ (usando terminología peronista) de Oesterheld y el resultado es traumático, como es la época. La revista [Gente] no la banca y la suspenden. Porque no le gusta a los lectores, porque el dibujo de Breccia no se entiende y porque es demasiado osado en términos ideológicos el trabajo del guionista”, aclara Sasturain. Por otro lado, Operación Masacre sería adaptada como historieta en 1987 por Omar Panosetti, con dibujos de Francisco Solano López, el mismo que ilustró El Eternauta en su debut en 1957.

 

Viñetas de Operación Masacre. Fotos: NODAL

Oesterheld también le apostó a la misma causa: militó en Montoneros, estuvo en el área de prensa de la organización, fue secuestrado en 1977, semanas después de la desaparición de Walsh, y se cree que fue asesinado y desaparecido en 1978. Además de compartir trágicos finales, ambos autores innovaron y entremezclaron los géneros con la realidad política de su país. Aún en la ficción Walsh siguió haciéndolo, como en los cuentos de los dos citados libros. Uno de ellos es “Esa mujer”, magistral relato sobre la desaparición del cadáver embalsamado de Eva Duarte de Perón, cuyo nombre Walsh no menciona en ningún momento. Una encuesta entre especialistas lo calificó como el mejor cuento argentino de todos los tiempos. “Sería injusto desmerecer su propia obra ficcional con respecto al drama social de su tiempo”, dice Andrés Tronquoy (2017). “Así lo demuestran sus cuentos al transmitir una sensibilidad política que robustece la comprensión concreta y efectiva del momento histórico. De este modo, la división tajante entre sus libros de ficción y los testimoniales, si bien puede demarcarse de modo preciso, merece ser reconsiderada en la medida en que ciertos elementos —la investigación, el crimen y las injusticias— señalan una continuidad entre textos policiales, autobiográficos, denuncias, notas periodísticas y documentos políticos”, añade Tronquoy.

                                                  Foto: Librería Sudestada

Pese a compartir la militancia en Montoneros, probablemente Walsh y Oesterheld no llegaron a conocerse personalmente. El primero tenía un mayor rango dentro de la organización, estaba en el Departamento de Informaciones e Inteligencia y era miembro del equipo periodístico del diario Noticias, que estuvo activo entre 1973 y 1974 y era “manejado por cuadros políticos de Montoneros”, según afirma Roberto Baschetti (2017), e igualmente financiado por esa organización político-militar, aunque independiente de ella en lo informativo. En este diario Walsh tenía a su cargo las secciones de información general y policiales. Esto último no sorprende dada su amplia experiencia en la investigación periodística de este tipo de casos. Oesterheld, por su lado, hacía parte de la estructura de prensa de Montoneros y como tal escribió las historietas América Latina, 450 años de guerra (1973/74), Camote (1975) y La Guerra de los Antartes (1974), que se publicaron en las revistas montoneras El Descamisado y Evita Montonera y en el citado diario, respectivamente.

Debido a su vinculación con Montoneros Oesterheld también tenía que vivir en la clandestinidad. De hecho, la segunda parte de El Eternauta la escribió bajo la dictadura cívico militar de Videla, con lo cual debía cambiar continuamente de refugio y entregar los guiones al dibujante Solano López a través de terceras personas o dictárselos por teléfono. Hasta que el 27 de abril de 1977 fue secuestrado en La Plata por un “grupo de tareas” de la dictadura. Por testimonios de sobrevivientes se sabe que Oesterheld fue brutalmente torturado.

H.G. Oesterheld. Foto: La Izquierda Diario

Walsh y Perón

La actitud de Walsh hacia Juan Domingo Perón fue, por decirlo de alguna manera, ambivalente, quizás como lo fue el mismo Perón en su complejo trajinar político. En su juventud Walsh no simpatizaba para nada con el histórico líder nacional, pero, con el correr de los años fue pasando del rechazo visceral al reconocimiento de su legado, de la crítica profunda a la admiración, de las dudas a la convicción. Lo cierto es que siempre mantuvo una postura crítica y supo distinguir entre un peronismo de derecha y otro de izquierda. En las sucesivas ediciones de Operación Masacre Walsh plasmó los cambios que experimentó su pensamiento y vida en relación con Perón y el peronismo. En la póstuma edición definitiva del libro podemos apreciar cómo se dio esa evolución. “Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?”, decía en el prólogo (p. 8).

En la introducción de 1957 Walsh, por cierto, había escrito:

“Sé perfectamente, sin embargo, que bajo el peronismo no habría podido publicar un libro como éste, ni los artículos periodísticos que lo precedieron, ni siquiera intentar la investigación de crímenes policiales que también existieron entonces. Eso hemos salido ganando. La mayoría de los periodistas y escritores llegamos, en la última década, a considerar al peronismo como un enemigo personal. Y con sobrada razón. Pero algo tendríamos que haber advertido: no se puede vencer a un enemigo sin antes comprenderlo. En los últimos meses he debido ponerme por primera vez en contacto con esos temibles seres –los peronistas– que inquietan los titulares de los diarios. Y he llegado a la conclusión (tan trivial que me asombra no verla compartida) de que, por muy equivocados que estén, son seres humanos y debe tratárselos como tales. Sobre todo no debe dárseles motivos para que persistan en el error”. (p. 101-102)

“La represión del peronismo, tal como ha sido encarada, no hace más que justificarlo a posteriori. Y esto no sólo es lamentable: es idiota”. (p. 102)

Sobre el contenido de la proclama del insurrecto y fusilado general Valle contra la dictadura de Aramburu, Walsh comentaba:

“La proclama ilustraba los dos aspectos que en aquellos tiempos iniciales de la resistencia, caracterizaron al peronismo: una obvia aptitud para percibir los males que sufre en forma directa en cuanto fuerza popular mayoritaria; y una notable ambigüedad para diagnosticar las causas, convertirse en movimiento revolucionario de fondo y abandonar definitivamente al enemigo las consignas electorales y las bellas palabras”. (p. 34)

Después la crítica se vuelca sobre los golpistas de 1955 y sus sucesores:

“El decreto que prohíbe nombrar a Perón o la operación clandestina que arrebata el cadáver de su esposa, lo mutila y lo saca del país, son expresiones de un odio al que no escapan ni los objetos inanimados, sábanas y cubiertos de la Fundación incinerados y fundidos porque llevan estampado ese nombre que se concibe como demoníaco. Toda una obra social se destruye, se llega a segar piscinas populares que evocan el ‘hecho maldito’, el humanismo liberal retrocede a fondos medievales: pocas veces se ha visto aquí ese odio, pocas veces se han enfrentado con tanta claridad dos clases sociales”. (p. 94)

“Pero si este género de violencia pone al descubierto la verdadera sociedad argentina, fatalmente escindida, otra violencia menos espectacular y más perniciosa se instala en el país con Aramburu. Su gobierno modela la segunda década infame, aparecen los Alsogaray, los Krieger, los Verrier que van a anudar prolijamente los lazos de la dependencia desatados durante el gobierno de Perón”. (p. 94)

Y luego, su abrazo al peronismo. A propósito de la versión fílmica de Operación Masacre en la que Julio Troxler, uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de 1956, se representaba a sí mismo, Walsh escribía:

“Al discutir el libro con él y con Cedrón [el director], llegamos a la conclusión de que el film no debía limitarse a los hechos allí narrados. Una militancia de casi 20 años autorizaba a Troxler a resumir la experiencia colectiva del peronismo en los años duros de la resistencia, la proscripción y la lucha armada. La película tiene pues un texto que no figura en el libro original”. (p. 95)

Justamente ese nuevo texto en el guion decía, entre otros apartes:

“Qué significaba este odio, por qué nos mataban así. Tardamos mucho en comprenderlo, en darnos cuenta que el peronismo era algo más permanente que un gobierno que puede ser derrotado, que un partido que puede ser proscripto”. (p. 95)

“El peronismo era una clase, era la clase trabajadora que no puede ser destruida, el eje de un movimiento de liberación que no puede ser derrotado, y el odio que ellos nos tenían era el odio de los explotadores por los explotados”. (p. 95-96)

“El peronismo probó todos los métodos para recuperar el poder, desde el pacto electoral hasta el golpe militar. El resultado fue siempre el mismo: explotación, entrega, represión”. (p. 96)

En el epílogo de la edición de 1969 se advierten claramente los cambios ideológicos de Walsh en los últimos diez años, es decir, desde su estadía en Cuba como integrante del equipo que fundó la agencia Prensa Latina:

“Hoy se puede ir ordenadamente de menor a mayor y perfeccionar, a la luz del asesinato, el retrato de la oligarquía dominante. Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina”. (p. 120)

      Juan Domingo Perón. Foto: Radio Cultura

Walsh conoció a Perón en 1968 durante un breve viaje por Madrid, donde el líder estaba exiliado. Lo visitó en su domicilio en Puerta de Hierro, donde también conoció al sindicalista argentino Raimundo Ongaro. Como lo rememora Rodrigo Lloret (2020), Perón le dijo a Walsh: “Todos los peronistas estamos en deuda con usted”. Y cuando el mítico caudillo preguntó a Ongaro si conocía a Walsh, el sindicalista respondió: “¿Qué peronista no lo conoce?”. En aquel encuentro, pues, se fraguó un acuerdo: la fundación del semanario de la CGT de los Argentinos, que Walsh dirigió hasta 1970.

Sin embargo, a Walsh le inquietaba mucho la escisión que anidaba en el propio peronismo entre una línea claramente de derecha y otra de izquierda: ambas coexistían en todos los estamentos, desde luego en el sindicalismo argentino, y no precisamente de modo pacífico, aún al interior de cada línea. Ese fue el caso del asesinato de los sindicalistas Rosendo García, Domingo Blajaquis y Juan Salazar que Walsh investigó y publicó en varios artículos en el mencionado semanario y luego en forma de libro bajo el título ¿Quién mató a Rosendo? (1969), denunciando la burocracia, las rivalidades, las divisiones y el sectarismo en el sindicalismo argentino. El sector del dirigente Augusto Timoteo Vandor apoyaba un golpe militar contra el presidente Arturo Illia en 1966, mientras que el sector liderado por Rosendo García (aliado de Vandor y candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires) defendía la realización de elecciones. Esa decisión y la envidia que despertaba García en Vandor por su ascendente carrera le costaron la vida ese mismo año. Desde el semanario de la CGT Walsh señaló a Vandor de mantener estrechos vínculos con la dictadura del golpista general Onganía, además de responsabilizarlo, en el citado libro, “por todas las muertes, incluyendo la de García”, dice el historiador Felipe Pigna. “El informe de Walsh estaba avalado por pericias balísticas que el expediente judicial no tuvo en cuenta”.

Vandor no solo se había ganado el repudio de Perón sino del llamado peronismo revolucionario. En junio de 1969 fue asesinado por un comando guerrillero que años después se fusionó con Montoneros. “Los que tomaron la iniciativa fueron ocho militantes del peronismo revolucionario que más tarde formarían la organización político militar Descamisados”, aclara Felipe Pigna. Y Walsh, que por entonces no militaba en ninguna organización subversiva, fue señalado como uno de los principales sospechosos del crimen, por lo cual su vida corría peligro y hubo de cambiar de domicilio once veces en pocas semanas. “Curiosamente el comunicado por el cual el grupo operativo responsable del asesinato se adjudicaba el hecho fue dado a conocer casi dos años después del atentado, el 7 de febrero de 1971”, puntualiza Pigna.

Walsh no vacilaba en identificar a Perón con sus seguidores derechistas. Hay que tener presente que el propio secretario personal del caudillo, José López Rega, va a fundar la temida Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) en 1973. A fines de 1968 Walsh había anotado en su diario: “Nosotros le decíamos traidores a ellos, a los Matera, los Vandor, los Remorino. Pero los traidores éramos nosotros porque Perón siempre los apoyó a ellos” (citado por Lloret, 2020).

En 1970 Walsh comenzó a militar en las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), partidarias de una opción marxista dentro del peronismo. Pero tres años después va a vincularse a una organización que quedará grabada para siempre en el imaginario social de los argentinos: Montoneros. Y en ello le fue lo que le quedaba de vida.

Continuará

Referencias

El asesinato de Vandor. Felipe Pigna. El historiador, https://elhistoriador.com.ar/el-asesinato-de-vandor/.

Oesterheld: la aventura por escribirse. Eduardo Vannucchi. Haroldo. La revista del Conti, 08/01/2018, https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=271.

Operación Masacre. Rodolfo Walsh. 20ª edición. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2000.

Perón y el peronismo, según Rodolfo Walsh. Rodrigo Lloret. Perfil, 17/10/2020, https://www.perfil.com/noticias/columnistas/el-peronismo-segun-walsh-por-rodrigo-lloret.phtml.

Rodolfo Walsh: los oficios de la palabra. Autores varios. 1ª edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2017.

Lea aquí el artículo I y II de esta entrega.

RODOLFO WALSH: «EL VIOLENTO OFICIO DE ESCRIBIR» (I)

RODOLFO WALSH: “EL VIOLENTO OFICIO DE ESCRIBIR” (II)