Asistí a la presentación del libro «Luchino Viscontí: el don de la belleza», muy bien editado y publicado por Ondina editores, del escritor Pedro García Cueto. En un salón muy hermoso que olía a épocas sin tiempo de la librería Sin tarima libros, lo acompañó su prologuista, el dramaturgo Jesé Luis Panero González-Borosa, el cineasta Miguel Losada y un selecto público que no solo entiende de cine, de sus logros y vicisitudes, sino que también aporta su propio entender a la comprensión universal del séptimo arte.

García Cueto es un hombre incansable. Ha publicado 18 libros entre novelas, narraciones diversas y ensayos sobre cineastas, poetas y escritores y está atento a todo lo que sucede en el mundo del arte como pocos. El cine es una de sus pasiones. Este libro es un ejemplo muy significativo. Ha pasado días enteros viendo cine, meses y años, hecho que le ha permitido sumergirse en las profundidades de los actores, las actrices, los directores, los editores, productores y responsables de fotografía. Ha Estado sublimado en los tiempos y en los estados de ánimo de los protagonistas, se ha infiltrado en la acción cinematográfica y ha descubierto la belleza y la fealdad de las obras más importantes del cine mundial.

La obra del director italiano Lucho Visconti es analizada y profundizada por Pedro García Cueto de una forma muy particular, entregándonos en este bello libro la visión sobre las películas más aclamadas del italiano como Muerte en Venecia, El extranjero, La sombra, Noches Blancas y otras. En esta ocasión, les traemos fragmentos de su análisis de Muerte en Venecia, la clásica novela de Thomás Mann, y El extranjero, de Albert Camus. Dos de los grandes rodajes que han dejado huella en el universo cinematográfico del mundo. Iniciamos nuestra entrega periodística con el prólogo de Jesé Luis Panero-Borosa y a continuación dos fragmentos del libro que nos ocupa.

Arturo Prado Lima

    Miguel Losada, Carlos Olaya, Jesé Luis Panero González -Borosa y Pedro García Cueto.

Que todo cambie para que todo siga igual

Escribe: Jesé Luis Panero González- Borosa

Como se sabe, las narraciones que con más frecuencia se llevan a la gran pantalla son aquellas cuyo desarrollo tiende más a lo dramático, es decir, aquellas donde la acción externa pesa más que la interna. Y, en este sentido, la experiencia de haber leído primero todas las novelas que Luchino Visconti llevó al cine y después haber visto sus películas, resulta reveladora para apreciar el excelente trabajo de síntesis que ha hecho Pedro García Cueto en este emocionante homenaje al maestro milanés en clave de ensayo. En esencia, porque nada de la literatura de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, James Mallahan Cain, Giovanni Carmelo Verga, Camillo Boito, Fiódor Dostoyevski, Thomas Mann, Mario Praz o Gabriele D’Annunzio se queda fuera.

García Cueto, prolífico escritor, bregado hasta la médula entre la docencia en las materias de lengua y literatura españolas, y su pasión por la escritura sin horarios —no en vano este año ha publicado libros de cine en forma de novela, ensayos de cine, libros de poesía e incluso una novela sobre Federico García Lorca— le convierten en un acreditado autor de referencia.

Además, en el caso del volumen que nos ocupa, Luchino Visconti, el don de la belleza, García Cueto despliega una erudición enciclopédica que facilita un encuentro directo con el séptimo arte y, más adentro, nos conduce hacia la entraña viscontiniana, que tan bien definió el poeta alcoyano Juan Gil-Albert, donde ya se hacen evidentes todas las claves de su cine.

En cada una de las 14 películas del monográfico que García Cueto desgrana, se desvela su claridad expositiva —a cuentas de un lenguaje fluido y divulgativo—, con la perspicacia crítica y con la sana doctrina. No en vano, el libro es un tres por uno, dado que su autor no se limita a exponer críticas de cine al uso, sino que ofrece, también, un contexto histórico y político hondo que convierte al ejemplar en un valioso material de difusión para todos los públicos. Así las cosas, estas películas nos ayudarán a escoger el mejor de los destinos, donde se mezclan como cualquier don permita, atmósferas y sensaciones distintitas, donde nada envejece y la sala de cine parece sobreponerse a una nueva dimensión. No es mal plan para cuando se apaguen las luces. De hecho, me parece una aventura mágica para este viaje con Visconti a nuestro lado. Con todas las garantías de un renombrado escritor. Gracias, Pedro.

José Luis Panero González-Barosa

Crítico de cine  Académico de número de la Academia de las Artes Escénicas de España

         Albert Camus

 EL EXTRANJERO, UNA MIRADA A CAMUS

Escribe: Pedro García Cueto

Muchos se extrañaron del propósito de adaptar al cine la novela de Albert Camus, El extranjero, pero Visconti, en su periplo teatral había adaptado en los años cuarenta textos de Cocteau, Sartre, Tennessee Williams y de Arthur Miller.

La crisis individualista de Mersault, el personaje de Camus, es el de un hombre que no siente nada ante la muerte de su madre, un hombre impasible, que, en un hecho accidental, asesinará a un árabe y será condenado a la pena de muerte. Para Visconti, la historia le interesaba especialmente, porque entendía que los hechos absurdos están presentes en el ser humano.

Francine Camus no quería que se llevara al cine el texto de su marido, por ello, Visconti respetará el texto del escritor francés con mucha escrupulosidad.

Si hay alguna conexión con otra película de Visconti será con Noches blancas, no solo porque interprete ambas el gran Mastroianni, sino también porque ambos son dos seres perdidos, sin horizonte, dos seres anodinos, que no saben a dónde han dirigido sus vidas.

Lo que se juzga en Mersault será su indiferencia ante la vida, así lo cree el juez, que no entiende que un hombre que ha perdido a su madre vaya al cine a ver una película de humor, vaya a la playa con una mujer, olvide totalmente el hecho luctuoso.

La amoralidad del protagonista es lo que realmente le condena, más aún que el crimen accidental en el que se ve envuelto. Como Visconti temía que le acusasen de falta de fidelidad a la novela, la sigue en todo momento, haciendo de la película un cuadro que pone en movimiento, como si las páginas de la literatura de Camus cobrasen vida. No quiere en ningún momento enfrentarse a la crítica de Francine Camus, porque el director adoraba al escritor francés.

El calor del sol en la playa, la fotografía que imprime ese agobio y ese sofoco que le lleva a enfrentarse al desconocido al que asesina, son los tejidos que va hilando finamente el director, para dar a su película todo su sentido y la interpretación del actor italiano es esencial. La razón reside en que no muestra arrepentimiento, permanece impasible, ante todo.

Nos hallamos ante una película menor de Visconti, porque no logra ahondar en el mundo que él ama, no penetra en la belleza, su afán de objetividad convierte a la cinta en un cuadro para mirar, pero que no puedes tocar apenas.

El final muestra la soledad del reo en la cárcel, con un solo rayo de luz que entra por las rejas de la ventana, se trata de un encuadre, para darnos cuenta que será condenado, por su inadaptación al mundo, más aún que por su crimen.

Lo más interesante es la sensación de hallarnos ante un personaje en conflicto, que vive su drama vital, como otros de los grandes protagonistas del cine viscontiniano, pero hay algo que echamos de menos: la pasión. Esa que recorría El gatopardo o Rocco y sus hermanos y que volveremos a ver en Muerte en Venecia y que, en esta película, tan correcta, no está presente

   Luchino Visconti

LA GRANDEZA DE MUERTE EN VENECIA

Si Visconti nos abrió Venecia a nuestros ojos en Senso (1954) en los espléndidos mundos de la aristocracia, en Muerte en Venecia nos deja un aroma decadente y una Venecia muy lejana de aquel mundo de oropeles y de fiestas. Sí es cierto que los huéspedes del Hotel son aristocráticos, porque Visconti no sabe y no puede renunciar a su mundo (el de Senso, El Gatopardo, Ludwig o El inocente) cuando quiere contar algo muy grande, como es el desarrollo de esta película inolvidable.

Y hay algo que el director italiano posee en grado sumo: meticulosidad. Ese afán de perfeccionamiento cala en la película, nos inunda plano a plano. Los flashbacks, los detalles cargados de simbolismos, hacen de la película una gran obra. Hay, desde luego, mucho de la novela de Mann (magistralmente escrita), pero también de La montaña mágica, del Doktor Faustus, e incluso, en el nombre de Aschenbach, de Los Buddenbrook (novela que adaptó en la muy notable La caída de los dioses).

¿Qué puedo decir entonces? Sólo que la novela es magnífica, llena del raciocinio y el intelectualismo de un escritor magistral, pero la película nos revela una visión completa de un mundo que muy pocos directores han conseguido plasmar: elegante, distinguido, bello y decadente.

 Todo ello confirma que nos hallamos ante una obra maestra, algo más que cine, como dijo el gran poeta alcoyano Juan Gil-Albert en Viscontiniana, y, desde luego, arte que no ha de morir nunca.

Por la grandeza de las imágenes, por la belleza de la luz, por el esplendor de los escenarios, considero a Muerte en Venecia una de las obras cumbres del director italiano, un verdadero cuadro lleno de belleza y soledad, una obra maestra indiscutible.