
Por: Julio César Goyes Narváez
IECO- Universidad Nacional de Colombia


Elenco: Sandra Silva, Magda González, Rosio González, Paola Puentes, Luana Pardo, Joan Jiménez, Chistian Carrillo, Carlos Pérez, Sebastián González, Johan Peñuela.
La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera, junto a otras obras artísticas y reflexivas, es nuestra automirada, la ecopoética de un país con una historia enmarañada, contada, narrada, poetizada a pedazos, varios desde sujetos que promueven una parcializada realidad nacional, otros tan académicos que la “gente de a pie” no alcanzan a divisar por ser especializados. La novela de Rivera no ha tenido la fortuna de ser llevada al cine por un colombiano, por más que el propio autor lo intentó buscando productor en New York. En 1949 se hizo una versión para cine dirigida por el mexicano Miguel Zacarias, filme catalogado como romance, que apenas se conoce. El cineasta Lisandro Duque hizo una adaptación para miniserie de televisión (1990), Óscar Pantoja publicó una novela gráfica (2017); varios diseñadores, animadores e ilustradores se han aproximado a darnos su perspectiva de la epopeya selvática. Descontamos la copiosa bibliografía que circula como análisis y critica de la novela. El teatro colombiano, por su lado, tiene a uno de sus artistas más sobresalientes, Juan Carlos Moyano, escritor, director y dramaturgo, animador del Teatro Tierra desde 1989; ya había puesto en escena otra obra emblemática Cien Años de Soledad (1967) de Gabriel García Márquez, bajo el título Memoria y olvido de Úrsula Iguarán y otros textos literarios caros para este país. Moyano recupera una puesta en escena anterior de La vorágine y comparte su celebración del centenario de la aparición de esta novela sui generis, olvidada en la lectura atenta y actual de Colombia. Negar lo que pasó se asocia con la represión, pues es mejor olvidar que enfrentar lo real de la experiencia histórica. Tal vez por esto –sigo el viejo Freud– tengamos que, justamente para perfilar un nuevo país, volver a encontrar eso que perdimos, volver a reconocerlo. La vorágine como Cien años de soledad, En el corazón de la América virgen, Las estrellas son negras, Morada al Sur, El cristo de espaldas, La rebelión de las ratas, Cóndores no entierran todos los días, entre muchas otras obras literarias, pueden permitir ese reconocimiento (Goyes-Bustos, Relámpagos en la maraña,2024).
Video de presentación: Juan Carlos Moyano
La dramaturgia de Moyano, apoyada en una lectura atenta que logra sintetizar la complejidad de la novela, el viaje de Arturo Cova y Alicia hacia los llanos orientales y luego, encadenando episodios decisivos de amor y pasión, de celos y venganza, de rapto y violencia, junto personajes que se van sumando porque la selva los atrae, escarba en el relato violento y mortal de la vorágine a principios de siglo en Colombia; es un ingenioso montaje que muestra la herida histórica y social que dejaron las empresas extranjeras explotadoras del caucho en la Amazonía-Orinoquia colombiana; el saqueo, el endeude y esclavitud trabajadora de los siringueros y extractores, el genocidio indígena (los carijona, los utiotos…) y campesinos, la patria excluida por la centralización del poder y la vida vegetal dolida y saqueada; así mismo, registra el cambio de época en la manera de concebir la poesía, el amor, la relación de pareja, la identidad de la mujer, la radiografía del machismo, el autoritarismo y explotación en su más radical vejamen. Moyano y su reacondicionado grupo muestran ingenio desde la cosmovisión ancestral e indígena de la selva en donde “un árbol contiene otros árboles” (Uitotos); así, su puesta en escena es una historia que contiene otras, tal como está narrada la novela de Rivera. El árbol y su mitología, tan esenciales para la preservación de la vida amazónica, para unas cosmovisiones indígenas es el árbol de la vida (los Piapocos) o donde surgen los alimentos, para otras el árbol cae y se forma la anaconda ancestral, el río que da origen a muchas etnias del Vaupés y Tucano (como los Cabiyarí, yukuna, makuna, taiwano, cubeo). Como sea, el árbol es el eje del mundo, sostiene la respiración ambiental en armonía con múltiples ecosistemas.




Ocho tablas que estuvieron contenidas en un árbol le ayudan a construir la representación, pues son el eje mismo de la selva, del trayecto entre la vida y la muerte, del relato trágico de Arturo Cova, Alicia, Griselda, Clarita, el pipa, Fidel Franco, el viejo Zubieta, don Rafo, Narciso Barrera, El Cayeno, Clemente Silva; pedazos de árboles curados y ritualizados que los actores manejan como extensión de su cuerpo, de su deseo, de la evocación del delirante y mágico entorno selvático; vegetales que ficcionan y recrean con un ritmo, a veces frenético, siempre sorpresivo y estético, las tramas eróticas y violentas de La vorágine. Es una experiencia emocionante, evocadora, dolida, o exenta de humor y dichos populares, canciones, sonidos y ambiente de manigua; en todo caso es una síntesis dramatúrgica eficaz, maestra, tal como los elementos que se usan y activan en escena; teatro de fuerza, recursivo, con elementos sencillos, austeros, imaginativos.





Asistir a Ditirambo Teatro y tener esta experiencia artística que colectiviza Teatro Tierra, es gratificante para continuar no solo celebrando la publicación valiente e ingeniosa de la novela hace cien años, consciente su autor de lo que le promete Arturo Cova a Clemente Silva urdiendo la trama para convencer a Zoraida Ayram y aproximarse a Barrera y el Cayeno, dos perversos explotadores y criminarles: “cuente usted con que la novela tendrá más éxito que la historia”; sino además, para aumentar el diálogo de comprensión de lo que pasó entonces y de las huellas que dejaron los relámpagos en la maraña de un país que requiere producir nuevos sentidos: hacia dónde deberíamos avanzar, con qué sentimientos y saberes, cómo deberíamos actuar más allá, justamente, de la barbarie, del purgatorio y la infamia del poder sobre lo social y cultural, pues como le dice el Váquiro a Coba, a propósito de la masacre de Atabapo por Funes, el infame esclavizador de siringueros: “no pienses que al decir Funes he nombrado a persona única. Funes es un sistema, un estado del alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve uno sólo el nombre fatídico” (Rivera, La vorágine, 1924).










