Manuela Vicente Fernández (Viana do Bolo-Ourense, 1970)

Escribe poesía, narrativa, relato corto, ensayo y microrrelato. Forma parte de varios colectivos y grupos literarios. Entre sus proyectos está el de visibilizar y dar voz al colectivo femenino a través del blog colaborativo que dirige: Nosotras, que escribimos (Blogger) de escritura y literatura femenina actual; ha participado en varias antologías sobre la mujer como en la antología Femenino Plural en beneficio de la Asociación Clara de Campoamor. Forma parte de la Asociación de Escritores Solidarios Cinco Palabras y colabora en proyectos humanitarios y libros solidarios para distintos colectivos y asociaciones. Sus relatos y poemas figuran en varias publicaciones y antologías, así como en numerosas revistas nacionales e internacionales en digital y en papel: Valencia Escribe (Valencia) El Callejón de las Once Esquinas (Zaragoza) el boletín literario Papenfuss, el periódico La voz de Galicia (sección Relatos de Verán) o la publicación Luzes (Coruña), Extrañas Noches-Literatura Visceral (Argentina) Pájaros y Nomenclaturas (México) Inmediaciones (Bolivia) Letras Itinerantes (Colombia) etc… Ha colaborado con uno de sus cuentos ‘La huesped’ en el Proyecto Sherezade (Universidad de Manitoba-Canadá) publicación on line que nace con el fin de enseñar la lengua castellana a través del cuento y reúne cuentos de habla hispana de todo el mundo.

Premiada, finalista y seleccionada en diversos concursos literarios, forma parte de la Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras AMEIS.

Forma parte del equipo de redacción de la revista Moon Magazine con la que colabora escribiendo reseñas literarias. Reseña también en Culturamas y publica en su bitácora personal: Las cosas que escribo (WordPress.com).

 

I

La piedra

 Cuando, en el medio de nuestro camino, nos sorprende una piedra con la que no contábamos, la mayoría de las veces no sabemos qué hacer con ella. Nos asaltan muchas preguntas: «¿De dónde ha surgido?, ¿cómo hago para seguir adelante?, ¿es conveniente apartarla?» Y, en caso afirmativo, «¿hacia dónde la aparto?, ¿podré con ella?, ¿necesitaré ayuda?» Antes de actuar, sopesamos los posibles escenarios derivados de una intervención: «¿Qué nuevo problema puede causar si la pongo en otro lugar?, ¿me conviene, quizás, saltarla o usarla como punto de apoyo?»

A la hora de tomar una decisión se imponen, sobre todo, dos cuestiones: «¿He de pensar en mi comodidad o en el resultado que mi acción ocasione sobre el confort de los demás?» Porque, una vez que hemos visto la piedra, ya no nos será posible obviar su existencia y ésta ocupará el centro de nuestros pensamientos. Es posible que esa piedra rocosa haya estado en el mismo lugar desde tiempos inmemoriales sin que nosotros hayamos reparado en ella. Puede que hayamos pasado muchas veces a su lado e, incluso, apoyado nuestros pies infantiles sobre su superficie, jugando a saltar, sin que ello nos haya supuesto ningún dilema existencial hasta que hemos crecido y llegado a este momento. Solo ahora nos parece descubrirla y la vemos con otros ojos al percatarnos de sus dimensiones, al percibir que estorba nuestra trayectoria, y solo ahora creeremos que necesitamos realizar una acción al respecto. De pronto, no entendemos cómo nadie ha tomado una determinación antes. Observamos los rodeos que da la gente para esquivarla y nos negamos a hacer lo mismo. Nos parece inconcebible el hecho de no hacer nada, de no apartarla o llevarla a otro lugar, de dejar que, pese a todos los inconvenientes, permanezca ahí.

II

La culpa

 Supongamos que ya hemos decidido. Hemos tomado una resolución que suele ser, en primera instancia, la más fácil: bordear la piedra, pasando con sumo cuidado por el espacio libre, aunque esta es solo una decisión temporal y lo sabemos. Porque una va necesitando cada vez más espacio a medida que pasan los años, va cargándose de accesorios y, pronto, el espacio libre que nos deja la piedra no nos basta para pasar. Esa decisión que hemos postergado regresa ahora con urgencia: «¿Qué hago con la piedra que otra vez no me deja pasar y me acarrea tantos problemas?» Por comodidad natural, lo primero que solemos hacer es removerla. Después de todo, es algo que podemos hacer sin mucha ayuda y no precisa de grandes cambios. La movemos hacia un lado del camino y, temporalmente, parece dar resultado; pero transcurren los días y hay carruajes que antes pasaban justo por ese punto y a los que la piedra dejaba paso y ahora, que la hemos movido, estorba su trayectoria. No tardan en amonestarnos: «La piedra que has movido entorpece el camino de los demás». Has pensado en tu propio beneficio y estorbado a los otros con tu acción. Se impone un cambio de estrategia, pues tu movimiento ha descolocado a mucha gente. Te das cuenta, en ese momento, de que la piedra no era tuya. Era solo un obstáculo que estaba ahí y que tú has interpretado, asumiéndolo como propio y del que te hacen sentir responsable por tu acción: «Has sido tú el que movió la piedra que nadie movía».  Al responsabilizarte de esta primera acción, el asunto de la piedra pasa a ser tuyo y los problemas que cause a partir de ahora caerán sobre ti. No podrás volverla a su lugar, pues ha perdido su sitio, ya no conserva el hueco en el terreno y no consigue asentar.

Entiendes ahora el alcance de tu acción al comprender que cualquier movimiento de la piedra, en una u otra dirección, va a causar un nuevo problema. Las opciones, en ese momento, se reducen a tres:

  1. Pasas la piedra a otra persona, a la vez que las dudas sobre qué hacer con ella.
  2. La cargas sobre la espalda para llevártela a casa contigo.
  3. Tratas de esconderla en un nuevo lugar; aunque sabes que esta última opción no será más que una forma de aplazar el problema, pues, más tarde o más temprano, la piedra rodará o alguien la descubrirá y todos sabrán que tú la has estado ocultando.

En el fondo, sabes que solo te quedan dos opciones: traspasar la piedra a otra persona o llevártela tú. Durante un tiempo vacilarás y, en cada acción posible, verás consecuencias. Quizás cedas el problema por un tiempo a alguien cercano, si tienes a alguna persona a la que llamar en tales contingencias, pero sabrás que es una solución temporal. La piedra es grande y nadie puede acogerla demasiado tiempo. La culpa por tu propia indecisión e incapacidad de afrontar el asunto te abrumará.

III

La resolución

A estas alturas de la historia, estimas que ya has perdido demasiado tiempo en dar vueltas y trazar círculos inútiles en torno a la piedra. Se impone el pensar en términos prácticos:

 «Si la piedra es mía y debo cargar con ella he de buscarle una utilidad» te dices.

 Lo cierto es que no puedes llevarte a casa una piedra de tales dimensiones de cualquier manera. Vas a tener que hacerle un hueco que no estorbe el espacio de otros elementos que llegaron antes y cumplen su función. La idea del reciclaje cobra fuerza en tu pensamiento y decides acometer la tarea de pulirla, convertirla en un asiento de jardín y… ¡Oh, sorpresa! con absoluto asombro ves erguirse ante ti a un sinfín de dedos acusadores: «¡Te has hecho dueña de la piedra sin serlo!, ¡te has atrevido a usarla y labrarla, en lugar de dejarla estar o limitarte a recogerla!» Eres la máxima traidora. Te has atrevido a expropiar un elemento natural y, en el colmo de la soberbia, a modificar su naturaleza; En tu fuero interno sabes que solo tú has aceptado ser responsable. Que eres la única que se ha negado a obviar su existencia, a saltar por encima de ella o traspasársela a los demás. La piedra te pertenece por derecho natural, pero no podrás usarla sin los permisos pertinentes, aunque en ningún registro conste su asentamiento.

De nuevo recapacitas sobre el problema y accedes a la única opción viable: sacar la piedra a subasta pública; pero tampoco eso puedes hacer. No eres quién de subastarla pues no te pertenece. Procedes a hacer las cosas con legitimidad y das parte al Estado y a los miembros de la comunidad, que mirarán hacia otro lado esperando que abandones para apropiarse de la piedra en tu lugar. Lo que no saben es que, una vez que has llegado hasta aquí, ya es tarde para recular. Te has obcecado e, incluso, identificado con la piedra y decides acudir, una vez agotados los plazos de objeciones, al registro de la propiedad para registrarla como tuya sin que medie ninguna oposición.

 Por fin, después de tantas vicisitudes, la piedra está inscrita a tu nombre y decides cargarla.  Le has buscado sitio en tu jardín, pero la vida, esa Matrix exigente a la que le gustan los retos, no te lo pondrá fácil siquiera ahora. Más pronto que tarde, los de medio ambiente te acusarán de maltrato mineral por alterar la naturaleza de la piedra exponiéndola a la intemperie y entonces maldecirás y te preguntarás como cojones una piedra de la que nadie, salvo tú, se preocupó durante siglos de cuidar, apartar o preservar, levanta ahora tanta polémica tras tu implicación personal y aprenderás, desde tu mismo grito, a oír la respuesta: nada molesta más a una comunidad que la persona que hace un movimiento diferente, un movimiento que viene a destapar la inercia de los quietos, de los que han permanecido en silencio, sufriendo a la piedra por años.  «¿Cuál es el próximo movimiento?» Se preguntan todos, expectantes ante tu jugada, como en una partida de ajedrez. «¿Renunciarás a la piedra, agotada de tanta lucha?, ¿exigirás el certificado de origen?» Pero tú no harás nada de eso. Esta vez, para asombro de todos, te limitarás a dejarla en tu jardín, esperando. La piedra tiene ahora tu nombre, casi como en una extensión de ti, extensión oficializada en el momento en que acudiste a registrarla. En el libro de las piedras aparecen tus movimientos, es hora de hacer un descanso. La piedra ha hecho su hueco en tu jardín, no será fácil arrancarla. Sabes que corres el riesgo de que te la roben, de que, en el colmo de la astucia, la registren con un nombre falso, pero ya te da igual. Sabes que tu trabajo ha sido el que hiciste: asumir la crítica y la culpa, aunque por tu mente sigan pasando, como fugaces truenos, ideas perturbadoras: ¿Merecerá la pena contratar un seguro? Quizás podrás crear un museo de piedras abandonadas y embarcarte en una recogida sin fin o quizá sepas que, en el fondo, ya has resuelto la cuestión. Tal vez descubras que en el viaje hacia la piedra has viajado hacia ti misma.  Ahora acaricias con el punzón su fría superficie y vas tallando otra identidad, mientras tus pensamientos encuentran un nuevo giro: «Quizás fue la piedra la que te encontró a ti».

En todo tu proceso de dudas, de suelta y agarre, has efectuado una trasformación, a modo de los antiguos alquimistas:

Has conseguido hallar en el obstáculo tu propio camino y, en la lucha, has aprendido el oficio del tallador.