Retrato juvenil de Marta Traba. Sofía Urrutia Holguín. Foto: Arte Uniandes

Escribe: Jaime Flórez Meza
“Yo siempre he estado contra el ‘establecimiento’ como tal, y cuando las cosas se vuelven ‘establecidas’ las rechazo, así he sido siempre y así seré hasta que me muera pues es la única manera de sentirme viva”
Marta Traba
Durante su intensa vida Marta Traba cosechó elogios, seguidores y enemigos. Amada o detestada nunca pasaba desapercibida. Su pedagogía, crítica y gestión del arte en Colombia y Latinoamérica hizo que la llamaran “la Papisa del arte”, con admiración, temor y acaso ironía. Ella hizo de su propia vida una obra de arte.
Las opiniones y críticas demoledoras que dirigió contra ciertos artistas plásticos, como el ecuatoriano Osvaldo Guayasamín, causaron revuelo, lo mismo que sus juicios sobre prácticas artísticas contemporáneas, como el conceptualismo y el arte pop estadounidenses, que consideraba como “modas importadas” por muchos artistas latinoamericanos. Desde su punto de vista tales creadores terminaban haciendo así una suerte de apología del imperialismo estadounidense. Sin embargo, el profesor Víctor Manuel Rodríguez llama la atención en torno a la crítica que la historiadora de arte y curadora puertorriqueña Mari Carmen Ramírez (ex directora del Museo de Bellas Artes de Houston) hiciera a ese enfoque de Traba por cuanto había impedido, en cierto modo, ver que los proyectos conceptuales latinoamericanos no eran de derecha sino de izquierda y, además, aportaron al desarrollo del conceptualismo en el mundo.
Pese a que Marta había dejado un poco de lado su visión eurocéntrica de la historia del arte en favor de una cultura de la resistencia latinoamericana, el arte moderno europeo seguía siendo para ella lo auténtico y referencial frente al norteamericano, que lo etiquetaba como estética del deterioro, o al latinoamericano que, como diría el crítico de arte y escritor brasileño Mário Pedrosa, estaba “condenado a la modernidad”. Así las cosas, cuando el arte conceptual y el pop eran asimilados por proyectos latinoamericanos se corría el riesgo de caer en un “delirio mimético” y en un imperialismo cultural, salvo ciertas excepciones. En la entrevista que sostuvo en 1981 con su colega Eduardo Márceles Daconte, publicada en El Espectador, Marta criticaba así el conceptualismo:
“A mí en particular el arte conceptual siempre me pareció agotado excepto cuando se le da un sentido. Por ejemplo, aprecio realmente el trabajo de Antonio Caro puesto que vale la pena su posición crítica frente al país y sus instituciones, como es el caso de escribir el nombre de Colombia con las letras de Coca-Cola, o la escultura en sal de un político disolviéndose en agua, todo aquello estaba impregnado de significados valiosos. También son interesantes las propuestas de Alicia Barney que denuncian la contaminación ambiental, o lo que hizo Leopoldo Maler en Argentina como homenaje a un escritor desaparecido, que tomó una máquina de escribir y en lugar de rodillo convencional puso otro con surtidores de gas de donde brotaban llamas todo el tiempo, son cosas estimulantes, o sea que el arte conceptual es válido vinculado a cuestiones políticas, de otra forma es sólo repetir palabritas y hacer cosas gratuitas y por favor, ya no más, no más.

«Homenaje», 1974. Leopoldo Maler. Foto: Arte – Online
Además, si se trató de democratizar el arte con las expresiones no-objetuales, puesto que una de sus finalidades era precisamente salirse del sistema abusivo de la comercialización del arte, de la red de galerías y museos, ¿en qué terminó?, pues en galerías y museos, inaudito. Es decir, terminó siendo más elitista de lo que puede ser una forma tradicional. Miles de personas van a los museos a ver las obras de arte tradicional, pero nadie entiende el mensaje hermético de los conceptuales pues es elitista, hay que leerlo con el diccionario que proporciona el artista. ¿A quién va dirigido? a nadie, y un arte que no va dirigido a nadie, no sirve…”.
Aunque Marta defendiera y teorizara lo que debía ser la cultura de la resistencia, sus análisis visuales no siempre lograban superar la mirada formalista de las prácticas artísticas, es decir, estaban constreñidos por una perspectiva norteamericana como es la del formalismo. Sin embargo, “las ideas formalistas de Marta Traba se matizan cada vez más a través de los años y se complementan con la valoración del contenido de las obras”, dice la investigadora Alba Cecilia Gutiérrez Gómez, añadiendo:
“Por eso sus mejores textos críticos, y los que conservan plena vigencia en la actualidad, son aquellos en los que el análisis formal está respaldado por el esclarecimiento de un contenido cultural, respondiendo a la concepción de la creación artística como un proceso donde quedan involucrados el artista, el espectador y la sociedad; un proceso que sólo se realiza profunda y plenamente cuando puede atender con eficacia las tres exigencias fundamentales de la obra de arte, que según la misma crítica a la que estamos haciendo referencia, son: 1) rendir cuenta de la personalidad del artista; 2) transmitir al público algo dotado de sentido; y 3) expresar a través de ella las aspiraciones de una comunidad”.
El período estadounidense
Al igual que Marta, Ángel Rama tenía dos hijos de su primer matrimonio (Amparo, nacida en 1951, y Claudio, en 1954). Desde 1976 viajaba a Estados Unidos como profesor invitado en las universidades de Stanford y de la Florida. Estos viajes lo dieron a conocer en el medio académico estadounidense, de tal suerte que en enero de 1979 fue contratado por la Universidad de Maryland como profesor visitante. Marta se trasladó a los Estados Unidos desde Barcelona. Fijaron su residencia en Washington DC. En 1980 Rama fue contratado por la prestigiosa Universidad de Princeton y, además, al siguiente año fue promovido a profesor titular del Departamento de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Maryland. Marta, por su parte, dictó conferencias en más de quince universidades, según Betina Barrios Ayala, y continuó con su oficio de ensayista, crítica y novelista.
La pareja pudo comprar una casa en Washington DC debido al mejoramiento de su situación financiera, tras más de diez años de luchar juntos a brazo partido en el mundo académico e intelectual en América y poder, al fin, recibir los salarios que se merecían. Se sentían muy a gusto en la capital estadounidense. A Marta le encantaba la ciudad que, además, cuenta con muchos museos (visitaba con frecuencia, por ejemplo, la National Gallery); quizás desde sus años en Roma y París no se sentía tan bien en un lugar. A ese entusiasmo contribuía un gobierno, el de Jimmy Carter, que parecía mostrarse amistoso con ellos.

Marta y Ángel en su hogar estadounidense, 1981. Foto: Anáfora – FIC
Pero no perdía el contacto con Colombia, a través de su correspondencia y algunas visitas que realizaba para asistir a eventos artísticos, como por ejemplo la Cuarta Bienal de Arte de Medellín y el Primer Encuentro Internacional de Críticos de Arte, en 1981. “A mí me parece importante que las cosas se conozcan en su momento, que los artistas tengan todos los instrumentos de conocimiento y luego aprendan a manejarlos con sus propias maneras de ver y pensar, pero que los conozcan. Yo creo que todo desconocimiento del arte universal es cerrarse a una especie de limpidez provinciana que no funciona”, declaró en la citada entrevista con Márceles Daconte realizada en el marco de esos eventos.
Ángel Rama vivió en aquellos cuatro años en suelo estadounidense la concreción de tres de sus libros más importantes: Novísimos narradores hispanoamericanos en marcha (1964-1980) (1981), Transculturación narrativa en América Latina (1982), y La ciudad letrada, que aparecería póstumamente en 1984. En el primero de ellos se propuso hacer una antología de autores y autoras que revaluara, o complementara, al omnipresente y mediático boom latinoamericano que, como los Beatles, solo estaba conformado por cuatro hombres. Entre las escritoras no incluyó a su esposa, a quien dedicó la obra en estos términos: “A Marta Traba, excluida de esta antología no por razones artísticas, sino por razones del corazón”.
Con la llegada al poder de Ronald Reagan en Estados Unidos las cosas se recrudecieron en todos los aspectos para América Latina, aunque llegarían a su fin las dictaduras en Argentina (1983) y Uruguay (1985). A Marta y Ángel no les alcanzó la vida para presenciar el retorno a la democracia en sus países. En 1982 la administración Reagan negó la visa de residencia a Rama y, por ende, a Marta, bajo el falaz argumento de que el escritor uruguayo era algo así como un comunista que ponía en riesgo la seguridad nacional; montaje que según parece fue iniciado por un artículo aparecido en The New York Times, en el que se señalaba que la Biblioteca Ayacucho “no era más que una editorial que publicaba ‘frecuentemente autores comunistas’. Curiosamente, el diario neoyorquino parecía desconocer que se trataba de una colección cerrada que aspiraba a recoger el legado intelectual desde la época precolombina hasta el presente, y además hacerlo mediante suntuosas ediciones críticas donde colaboraba la flor y nata de la cultura latinoamericana”, dice Rubén A. Arribas. Pero el problema era, como también señala Arribas, que estuvieran autores comunistas como César Vallejo y Pablo Neruda.
A esta reeditada cacería de brujas macartista se unió el escritor cubano Reinaldo Arenas, que apoyó públicamente la negativa del visado y deportación de Rama. “Lo hizo, además, en unos términos tan insultantes, con tanta intensidad y tal inquina, que solo un acuerdo con la Administración estadounidense para arreglar su situación como exiliado explicarían una actitud tan bochornosa y desagradecida”, prosigue Arribas. Rama había apoyado repetidas veces la producción de Arenas, publicado una de sus obras, e incluso lo había recomendado para una beca Guggenheim. “Como Rama le recuerda a Arenas en una larguísima y memorable carta, fue él quien escribió sobre su obra y lo defendió en público cuando otros lo habían atacado. Es más: lo había incluido en la antología Novísimos narradores… como único representante de Cuba, pues lo consideraba un gran talento. A cambio de esos gestos, había recibido la crítica feroz de la Revolución y no pocos amigos de izquierda le habían retirado el saludo. A modo de respuesta, Arenas intensificó y redobló los ataques contra él” (Arribas, 2023).
Marta aludía al drama que su esposo y ella estaban viviendo en la última carta enviada a Juan Gustavo Cobo Borda, escrita en Washington DC en 1982: “Estamos azorados por las catástrofes a nuestro alrededor, que van desde las Malvinas hasta la casi segura negativa de la visa y sucesiva deportación, pasando por varias inundaciones domésticas. Terminé la novela y la arrinconé cuidadosamente para que añeje a ver si acepta una lectura menos emotiva”. Eran los meses en que el general Galtieri había envuelto a la Argentina en una guerra suicida contra Gran Bretaña por las islas Malvinas. Ese mismo año, 1982, había empezado mal para Marta y las artes en Colombia con la muerte súbita en París de Feliza Bursztyn, la más importante escultora colombiana de aquel tiempo, tras casi seis meses de exilio. Justamente Marta había escrito un texto sobre la obra de Feliza, el cual uniría con otro sobre Alejandro Obregón: Bursztyn/Obregón. Elogio de la locura, “en honor de Erasmo [de Rotterdam], por supuesto, y también de Galtieri y la Thatcher”, le había comentado en la misma carta a Cobo Borda. El libro lo publicaría la Universidad Nacional en 1986.
En cuanto a la novela cuidadosamente arrinconada, se trataba de En cualquier lugar, publicada en 1984, sobre la cual escribió Cobo Borda ese mismo año, entre otros apuntes, lo que sigue:
“En un país del norte de Europa; en una deteriorada estación de tren abandonada hace 22 años, contingentes de exiliados argentinos, gente de izquierda casi toda ella dividida aún todavía en por lo menos seis grupúsculos, se amontona en condiciones precarias. Son los años 80. Reviven, por una parte, sus fantasías de barrio, de raviolis los domingos, fotos de Gardel y cancha de Vélez Sarsfield, y repiten, con indiferencia casi mecánica, ‘su historia de detención habitual, tortura habitual y huida habitual’. Asisten, además, al inexorable proceso mediante el cual su propio carácter, sus relaciones sentimentales y sus formas de participación política, se ven cuestionados al máximo en medio de este aislamiento promiscuo”.

Foto: revistaestilo.org
Cobo Borda destacaba “la sobria poesía, por ejemplo, de esta novela póstuma de Marta Traba, con la cual ella cierra su periplo creativo, reconciliándose, a través de la comprensión y la ira, con el país en el que nació”.
En la última entrevista que dio Marta a un medio de prensa colombiano (el diario El Pueblo, en febrero de 1983), realizada por el curador caleño Miguel González, hablaba de cuáles eran sus intereses inmediatos: “Creí haber dejado el ensayo sobre arte. El motivo principal: porque hay importantes relevos, todos ustedes, que están haciendo crítica de arte y mantienen el interés. Sin embargo, ahora se me ha presentado la oportunidad con una beca norteamericana para escribir la historia del arte moderno latinoamericano; será un trabajo culminante dentro de mi producción. Una vez terminado ese compromiso, quiero dedicarme a la novela por completo. Quisiera cada vez trabajar menos. Estoy en la etapa del ocio marxista: trabajar poco, divertirse más y escribir novelas, que son como una especie de descanso”.
El trabajo becado era Arte de América Latina. 1900 – 1980, que recién podría ser editado y publicado muchos años después, en 1994; libro quijotesco e imprescindible para entender la evolución de la plástica latinoamericana a lo largo de ochenta años, labor que hasta entonces nadie había intentado. Marta entregó el primer borrador en 1983 al Museo de Arte de las Américas de la OEA, como parte de un proyecto al cual estaba vinculada. Pero ni siquiera eso bastó para que le fuera concedida la visa de residencia, como tampoco a Ángel Rama el que tuviera una beca de la Fundación Guggenheim.

Foto: AbeBooks
El prologuista —el ex presidente colombiano Belisario Betancur— resalta la importancia que para Marta tenían las coyunturas sociales, políticas y económicas en que se desenvuelven los proyectos artísticos a la hora de hacer crítica de arte. Por otro lado, en la introducción Marta muestra lo indispensable de un libro como el suyo “para situar el arte continental dentro del siglo, no como un mero apéndice de las culturas fuertes (particularmente la europea y la estadounidense), sino como un trabajo conjunto que dé imagen propia a una comunidad cuyo mayor empeño, desde fines del siglo pasado, ha sido definir lo peculiar de su cultura”.
Colombia y la nacionalidad
Mientras García Márquez era celebrado en Colombia y toda América Latina como el flamante Nobel de Literatura 1982, a Marta Traba y Ángel Rama se les negaba la visa de residencia en los Estados Unidos. Rama había emprendido una batalla legal y mediática para obtenerla y poder enfrentar así la campaña gubernamental, y la del propio Reinaldo Arenas, en su contra. “En todo caso, de lo único que podían acusarle era de seguir siendo fiel a sus convicciones en favor del antiimperialismo, el latinoamericanismo, el socialismo democrático y la libertad intelectual”, dice Arribas. No fue suficiente el apoyo de escritores estadounidenses como Arthur Miller, de latinoamericanos como García Márquez y Cortázar, y de los presidentes de Colombia y Venezuela — Belisario Betancur y Carlos Andrés Pérez, respectivamente— para que el gobierno de Reagan cambiara de parecer. En noviembre de 1982 el presidente colombiano llamó telefónicamente a la pareja, se solidarizó con ellos y les ofreció “posada y trabajo”, como recordaría Marta. “Me preguntó, ‘¿querría recibir la nacionalidad colombiana?’. Dije que sí sin pensarlo dos veces…”, declaró a un medio informativo colombiano.

Marta Traba por Juan Antonio Roda. Foto: Timetoast
El 3 de enero de 1983 Marta recibió finalmente la nacionalidad. Posteriormente realizó una serie de veinte programas para la televisión colombiana: Historia del arte moderno contada desde Bogotá, bajo la dirección de Rodrigo Castaño. Y además volvió a sus habituales conferencias, tertulias y exposiciones. “Su lenguaje tiene, como siempre, contenido de volcán en erupción. Pero es profundamente analítica, más decantada y más escuetamente enfática”, dice Betancur en el prólogo del citado libro. No obstante, Marta y Ángel habían resuelto instalarse en París. Marta viajó a la capital francesa el 3 de marzo de aquel año para reunirse con su esposo. No deja de ser paradójico que cuando al fin recibió la nacionalidad que Colombia le debía ella optara por Francia, aun cuando planeara permanecer en París, inicialmente, por un par de años.
“Ahora, es como absurdo que yo venga a Colombia, tome la nacionalidad y me vaya a vivir inmediatamente y por dos años a París”, respondió a Miguel González acerca de las ventajas de la nacionalidad. “Pero me siento partícipe de un grupo humano, y tengo no solo los documentos sino el derecho de estar en un sitio. Eso es verdaderamente importante. Toda esa carreta de la patria es en el fondo muy cierta, así no se viva en ella”. En todo caso, a su esposo le habían ofrecido continuar su labor académica en Francia y tanto él como Marta habían vivido en París y la adoraban: el lugar mítico para un escritor. Y tal y como Marta le había asegurado a González, quería dedicarse enteramente a la literatura. En cuanto a las desventajas de pertenecer a un país como Colombia, en la misma entrevista dijo: “Bueno, es bastante complicado. Existen millones de papeleos, no ha resuelto sus dificultades burocráticas; siempre hay que estar demostrando que sí eres, y que sí haces lo que estás haciendo (la negrilla es mía). En ese sentido se parece a los países socialistas, es casi como Rumania o Bulgaria”.
El reciente caso del alcalde electo de Tunja, el profesor Mikhail Krasnov, ruso nacionalizado en Colombia, muestra que esta declaración que hizo Marta en febrero de 1983 parece seguir teniendo vigencia, desafortunadamente. Krasnov tuvo que certificar ante una notaría de esa ciudad que él sí es una persona real para contestar a una inversosímil acción de tutela, que pretendía que él no es un ser de carne y hueso sino un holograma con un chip implantado. Krasnov reside desde hace quince años en Tunja y es un reconocido catedrático universitario que dejó la academia para hacer campaña por la alcaldía de esa ciudad, la cual ganó respaldado por el partido La Fuerza de la Paz.
Marta amaba Colombia, pero era profundamente crítica con el país. Dijo alguna vez: “Es un país subdesarrollado, sin evolución cultural y con inequívocas tendencias a polarizar sus sentimientos, reacciones, expresiones. Contra la opinión de algunos sociólogos que explican la apatía colombiana como resultado de [ser] un país ‘de centro’, yo creo que Colombia es un país radicalizado en todo, en su economía real, en sus modos de vivir, en sus expresiones artísticas […]. Un país no puede ser de centro sin burguesía y en Colombia no hay más que expoliados y expoliadores” (citada por Lucas Ospina, 2008). Pero valoraba otras cosas, como el hecho de que por ser tradicionalmente un país que correspondía a la categoría de área cerrada que ella misma había establecido para América Latina (áreas abiertas y áreas cerradas), ello potenciaba las prácticas artísticas en Colombia: “Según Marta Traba, es en estas áreas cerradas donde los artistas elaboran las estrategias de resistencia más variadas”, enfatiza Elsa Crousier.
Marta se reconocía como burguesa, pero igualmente arremetía contra lo que para ella era la mujer burguesa latinoamericana. Tenía lo que los marxistas llaman conciencia de clase: “Creo que mi clase social es una clase traidora, mezquina, idiota. Las mujeres burguesas son una casta parasitaria que golpea las ollas en Chile sin haberlas limpiado nunca, que juega a la canasta en Colombia, que chismea bajo los secadores en todos los países (…). Preferiría vivir dentro de un orden justo y servirlo dócil, leal y apasionadamente (…). Quisiera seguir siendo Juana de Arco… siempre Juana de Arco”. Y así como se sentaba en un palco en el Teatro Colón de Bogotá, con la elegancia que la caracterizaba, auxiliaba a estudiantes heridos tras una refriega en la Universidad Nacional en aquellos tiempos en que el presidente Lleras Restrepo enviaba al ejército a reprimir una protesta y ella dirigía tenazmente el Museo de Arte Moderno y Extensión Cultural universitaria.
Marta vista por su hijo Gustavo Zalamea Traba. Foto: BADAC – Uniandes
El vuelo fatal
Efectivamente, Marta y Ángel fijaron su residencia en París desde marzo de 1983. El 26 de noviembre de ese año subieron a bordo del vuelo 011 de Avianca en el aeropuerto Charles de Gaulle con destino final Bogotá. Viajaban por invitación del presidente Betancur como invitados de honor del Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana, en el cual también participarían otros dos escritores latinoamericanos que iban en el mismo vuelo: el mexicano Jorge Ibargüengoitia y el peruano Manuel Scorza. La nave debía realizar una escala en Madrid y otra en Caracas, pero una falla de la tripulación la hizo chocar contra una colina y estrellarse en terrenos de Mejorada del Campo, a ocho kilómetros del aeropuerto de Madrid. 181 ocupantes del avión perecieron, entre los cuales estaban los cuatro escritores, los pintores colombianos Tiberio Vanegas y Jairo Téllez, y la pianista catalana Rosa Sabater. Once personas sobrevivieron, entre ellas cuatro niños. Era el 27 de noviembre de 1983.

En la noticia dada por El Tiempo no se actualizaba el número de víctimas del trágico vuelo. Foto: archivo Infobae
Así llegó a su fin una de las más importantes y aguerridas intelectuales latinoamericanas de todos los tiempos, junto al hombre que por catorce años fue su compañero de vida y lucha y es, como dice Arribas, uno de los referentes del intelectual latinoamericano del siglo XX, fiel a sí mismo hasta la muerte. Como Marta. “Hermosa existencia la de Marta Traba. Hermosa por lo vivida y por haber estado consagrada a los valores de la belleza y la justicia. Había recibido ese oráculo y lo aceptó con la alegría y el entusiasmo que aplicaba a sus tareas de cada día” (Betancur, 1994).
El legado
Gustavo Zalamea Traba, un sobresaliente artista plástico y diseñador colombiano, murió en 2011 a la misma edad de su madre (60 años) y dos meses antes que su padre, Alberto Zalamea Costa, primer esposo de Marta, escritor, periodista y diplomático. Sobrevive Fernando Zalamea Traba, nacido en 1959, un brillante matemático, ensayista, filósofo y profesor de la Universidad Nacional de Colombia, seleccionado en 2016 por Domus Academy, con sede en Milán, Italia, como uno de los cien pensadores interdisciplinarios más atrevidos en el mundo.
Además de su prolífica obra crítica y ensayística, que abarca 22 textos de crítica e historia del arte y más de 1200 artículos periodísticos y ensayos, Marta Traba escribió un libro de poesía, siete novelas y dos libros de cuentos. Sobre su trabajo crítico-ensayístico se han escrito varios libros, amén de incontables textos académicos, y dicha producción parece haber eclipsado su labor literaria. En 2001 la periodista, escritora y crítica de arte argentina Victoria Verlichak publicó Marta Traba: una terquedad furibunda, la primera biografía de Marta, en la cual la autora hace hincapié en dos asuntos que atraviesan la obra literaria de su coterránea: “la búsqueda de un lugar propio y la relación con el poder”, como lo subraya Sonia Bandrymer. Fue esa una búsqueda incesante; y la relación con el poder, como lo sugiere la propia Marta en el epígrafe de esta crónica, siempre fue beligerante.

Foto: Nubishops
Por supuesto, el Museo de Arte Moderno de Bogotá, que este año cumplió sesenta años, es una de las más importantes contribuciones que hiciera Marta a la cultura y las artes visuales en Colombia y América Latina. Su serie audiovisual Historia del arte moderno contada desde Bogotá, es un meritorio documento cultural máxime si se tiene en cuenta el año de producción, 1983; aunque la calidad técnica del material no es óptima vale la pena verlo (se puede apreciar en YouTube: Marta Traba = Historia del Arte Moderno contada desde Bogotá).
En 2008 la Universidad Nacional de Colombia instituyó la Cátedra Marta Traba como una manera de mantener vivo el legado artístico, literario, pedagógico y humanista que la crítica y escritora colombo-argentina dejó a la universidad, al país y a Latinoamérica.

Exposición en Bogotá por el centenario de natalicio de Marta Traba, 2023. Foto: Facultad de Artes y Humanidades – Universidad de los Andes
Referencias
Arribas A., Rubén. “Un retrato epistolar para Ángel Rama”. ctxt. Contexto y acción, No. 295, abril 2023, https://ctxt.es/es/20230401/Culturas/42776/angel-rama-vida-en-cartas-boom-marta-traba.htm
Barrios Ayala, Betina. Marta Traba. Fundación Cultural Estilo en Crítica de Arte, https://revistaestilo.org/2022/02/19/marta-traba/
Bandrymer, Sonia. Marta Traba en Montevideo. Historias del Arte, PDF.
Cobo Borda, Juan Gustavo. Marta Traba: persona y obra. Buenos Aires, 1984, PDF.
Crousier, Elsa. De Europa a América: la obra critica de Marta Traba y sus evoluciones. Open Edition Journals, 2020. PDF.
González, Miguel. Entrevista a Marta Traba. El País, Cali, https://www.elpais.com.co/ entretenimiento/cultura/30-anos-sin-martha-traba.html
Gutiérrez Gómez, Alba Cecilia. Marta Traba y el arte colombiano. Artes La revista, vol. 10, No. 17. Universidad de Antioquia, Facultad de Artes, 2011. PDF.
Márceles Daconte, Eduardo. Entrevista a Marta Traba: una visión optimista de las artes plásticas en Colombia, El Espectador, https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/ entrevista-a-marta-traba-una-vision-optimista-de-las-artes-plasticas-en-colombia/
Ospina, Lucas. Elogio de la locura. [esferapública]. Cátedra Marta Traba, Universidad Nacional, diciembre, 2008, https://esferapublica.org/elogio-de-la-locura/
Rodríguez, Víctor Manuel. Seminario “Regímenes coloniales de visión”, Maestría en Estudios de la Cultura (Unidad 9: Resistencias). Quito: Universidad Andina Simón Bolívar, noviembre, 2010.
Traba, Marta. Arte de América Latina. 1900 – 1980. Washington, DC: Banco Interamericano de Desarrollo, 1994.
A continuación tiene Usted a su disposición los tres capítulos anteriores de esta formidable crónica. Feliz lectura
EN BUSCA DE UN PAÍS: MARTA TRABA, CUARENTA AÑOS DESPUÉS (II)
EN BUSCA DE UN PAÍS: MARTA TRABA, CUARENTA AÑOS DESPUÉS (III)



