
El texto, las fotografías y el vídeo que contienen esta entrega especial son de Julio César Goyes Narváez, del Instituto de Estudios en Comunicaciones y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia (IECO), quien cambió un viaje que tenía previsto a Europa por un recorrido por las entrañas de la Amazonía colombiana fronteriza con Brasil y Perú. Gracias a esta decisión, conexionnortesur.com puede brindar a sus lectores una visión única que el autor, generosamente, nos comparte: más de 80 fotografías, un texto definitorio y un vídeo con el gusto artístico que la ocasión merece. Mil Gracias.
Arturo Prado Lima
Julio César Goyes Narváez
IECO- Universidad Nacional de Colombia
La cuenca amazónica es un cuerpo de aguas y venas abiertas que fluyen hacia el gran río alimentado por su fuerza antigua, sus culturas y biodiversidad. El Amazonas con más de 6.000 kilómetros se constituye como el río más largo y caudaloso del mundo. La selva nutrida con sedimentos ancestrales muere y regenera en ciclos tropicales. Así, el invierno y el verano, el descenso e inundación de las aguas del gran río en las riberas define los ritmos de la vida de comunidades humanas y no humanas. De repente llueve, luego hace sol, después calienta hasta el fastidio de los insectos; en la noche el aire se enfría conservando su espesor para saludar la mañana con sudor en la piel.
La orinoquía-amazonía, el pulmón del mundo, la reserva del planeta, epítetos que circulan por los medios de comunicación y las redes sociales volviéndose axiales en la COP16; sin embargo, estamos lejos de comprender lo radical de su cuidado, de reflexionar sobre la acción climática, el respeto y protección a su biodiversidad, la misma que fijará el rumbo en los días que vendrán.
Durante más de 12.000 años la Amazonía alberga en su cuna-cuenca diversas sociedades humanas, etnías, lenguas. Desde los cazadores-recolectores, pasando por los Nukak Makú, Carijona y la reserva del Chiribiquete hasta los Desana, Uitotos y Ticuna, entre otros pueblos poseedores de saberes invaluables, algunos perdidos, otros subsisten y se mantienen en comunidades organizadas a pesar de la exclusión, la explotación y la violencia del país, pues no pudieron sustraerse a la historia cruel de las fronteras, el colonizaje, el saqueo y la explotación del caucho, de animales, en particular de sus pieles, la devastación de los bosques por la tala de árboles (inmensos huecos van quedando sobre la vorágine), la marihuana, la coca, el oro, el coltán, las medicinas tradicionales y un etcétera preocupante. Los emprendimientos turísticos que hoy se ofertan en el territorio –salvo alguna excepción– adolecen de conocimiento cultural, énfasis ambiental y saber antropológico; los intereses económicos implantados desde otras regiones del país, parecen similares a cualquier otra depredación del pasado.
Aunque ya no se divulga la imagen antropófaga y la ferocidad de los animales –como lo promulgaron los europeos– que terminó convirtiéndolos en trofeo despiadado de criminales, continúa la indiferencia a los nativos que se incluyen como actividad de entretenimiento, espectáculo irrisorio. Muchos de ellos han aprendido a sobrevivir, con la mediación de gestores manipuladores que ni siquiera son de la región, en el mundo de la oferta y la demanda de servicios turísticos que deterioran sus creencias míticas, disminuyendo la ritualidad y la auténtica simbología ancestral.
La Amazonía es una de las regiones de Colombia con mayor diversidad étnica y lingüística; sin embargo, los hablantes escasean y se extinguen sin dejar herencia. Muchos grupos étnicos conservan los dones de intercambio: el de Piedemonte amazónico, Carijonas, Uitotos –diezmados por la explotación del caucho de la casa Arana, ignominioso relato que narró hace 100 años José Eustasio Rivera en su novela La vorágine (1924); el del Gran Vaupés (Tukano orientales y Arawak), el del Miriti-Paraná (Yacunas-Makunas-Caqueta) –que perseveran celebrando el Yurupary como en las comunidades de Miraflores en la selva del Guaviare– y los Ticuna, “seres pescados”, que son quizá los más numerosos en las riberas del río Amazonas y que se distribuyen por las fronteras de Colombia, Brasil y Perú. Todos estos pueblos son artesanos e imaginativos; siempre amables y generosos.
Las malocas que sostienen la armonía de la vida familiar y el equilibrio espiritual empiezan a diseñarse como modelos atractivos de vivienda colona con arquitectura hotelera. Nada mal que el diseño se integre al paisaje, si ello incluyera actividades meditativas y restituyera –de alguna manera– el inconsciente devastado por el rendimiento radical y fragmentado en las ciudades; no obstante, las hordas de turistas alientan estruendosas discotecas que anulan la banda sonora de la selva nocturna.
Navegar por el río Amazonas desde Leticia pasando por la isla Arara o de los micos, Puerto Alegría (Perú), la comunidad Macedonía-Ticuna (Colombia), bordeando el parque Amacayacú, Puerto Esperanza, hasta Puerto Nariño, durante más de 71 kilómetros, es una ganancia ambiental que restituye, un regocijo y una terapia; seduce interactuar con micos y avistar delfines rosados. Puerto Nariño es un pueblito pintoresco, entronizado en la selva, con normativa propia, pues hay que pagar para visitarlo, un claroscuro “privado” en medio de la vorágine. Los personajes de la novela de José Eustasio Rivera –diezmados por el esclavismo, la venganza y la fiebre– jamás lo hubieran adivinado.
Al navegar por el Amazonas y observar sus afluentes, quebradas, ríos, no se puede evitar pensar en el mito de la Anaconda ancestral. Esta inmensa serpiente acuática es la figura creadora del orden cultural y social. Cuenta la visión chamánica que remontó desde la Puerta de las Aguas en el oriente, por el río mítico Apaporis y el Vaupés hasta llegar al centro del mundo en la Amazonía. La Anaconda Ancestral (Anaconda-Canoa) a medida que se abría paso entre la selva, emergía y fundaba en la orilla comunidades humanas primigenias. Cada grupo con su lengua e identidad propia recibieron las plantas de coca, la yuca, el tabaco, el yagé, la escritura en los cuerpos y los instrumentos musicales rituales. En fin, la sabiduría necesaria para cohabitar entre multiplicidad de árboles, plantas y animales diversos.

Ver audiovisual: https://youtu.be/CI25kgSy_DU
El mar vegetal y la anaconda ancestral


El río de la vida









Pueblos adentro: Leticia, Puerto Alegría (Perú), Puerto Nariño (Colombia), Tabatinga (Brasil).


















La manigua cada vez más clara













Todavía quedan










Lugareños y visitantes













Vestigios



















