
MARIELA CORRIOLS
MARIANELA CORRIOLS: DEL MONTE REGRESÉ FLACA, PULGOSA Y FELIZ
Por Víctor Rojas
¡Antonin Artaud no existe en Nicaragua!, vociferó mi amiga colombiana, al borde del desespero.
No era para menos, pues dese muy temprano habíamos salido a husmear en las pocas librarías que existen en Managua en busca de la obra lírica de Antonin Artaud. Ya era más de medida y las calles de Managua se alzaban de calor y todos nuestros intentos habían sido en vano. Ni siquiera en esa librería, la más grande de la ciudad, habían escuchado hablar del poeta francés. Así que resignado y sin muchas ganas de ponerme de nuevo bajo la canícula del calor, empecé a curiosear algunas titules de libros. En mis manos cayó uno de color azul, raquítico, intitulado Conversaciones Elementales, de Marianela Corriols. La verdad es que no hubiera abierto dicho poemario si no es porque padezco de esa costumbre morisca de empezar a leer los libros comenzando donde estos terminan. Fue así como en la contraportada en blanco y negro de la poetisa y de inmediato sentí la impresión de que su rostro de niña asustada desmentía la nota de la presentación: “Marianela Corriols, Nicaragua, 12 de septiembre de 1965. Poeta y escritora de vocación y médica de profesión una de las voces más prometedoras de las recientes promociones literarias nicaragüenses, que se han caracterizado por un claro signo feminista. Ha publicado en revistas y suplementos culturales y en 1985 obtuvo en Premio Nacional de Poesía Joven”.
Eso bastó para que las puertas de mi curiosidad se abrieran de par en par. Es asunto de afortunados encontrar una poetisa en un país donde al parecer la llama lírica tiene sacrílega tendencia de alumbrar con fuerza solo en cabeza de hombres. Esa misma tendencia nos cuenta que antes de Rubén Darío, existía la Nada poética, y que luego se disparó , como bala enamorada, Salmón de la Selva; Y que las cosas también son vanguardia porque Joaquín Pasos y José Coronel Urtecho vivían de cazar metáforas con flechas envenenadas y que Ernesto Cardenal a Dios mientras repartía volantes subversivas escritas en rima, y que al bardo Carlos Martínez Rivas busca al amanecer la última botella de vino debajo de la cama, y que Julio valle- Castillo y Luis Rocha, despiertan, en estos días mefíticos con ganas de pagar tildes ajenas, y que todos esos hombres y doscientos más escogieron la mano de una musa y en cada dedo escribieron el nombre de una mujer para que en el bacanal de la palabra les pusieran es sus bocas las uvas fermentadas.
Abrí el libro azul. El primer verso que leo no mitiga ni la sombra de mi curiosidad acerca de la autora, sino que, por el contrario, me lleva a imaginar que detrás de la niña asustada de la foto hay una mujer que nadie espanta a sombrerazos:
mamá no es ´cándida y de rosa tiene las espinas
eso opino mientras mudo la piel
me corto el piel al ras
porque un hombre ajeno dijo que poseo
entre mis mejores cualidades
Una magnífica cabellera leona.

¿Había leído bien?: “cabellera de leona” ¿Por qué a pesar de la falsa premisa en el verso, la imagen que me llegaba era nítida, precisa’ ¿Sería, por obra de eso códigos complicados de nuestra cultura que les permite a nuestras mujeres revestirse con las cualidades del hombre, sin perder su feminidad, su esencia? Tuve la intención de sentarme por ahí, en algún ricón de la librería a devorar el librito en paz y tranquilidad, abanicado por los ventiladores que el dueño de la librería trajo de Miami. Pero a pocos pasos de ahí, mi amiga colombiana me recordaba con sus ruidosos bostezos que ya era tarde y que habíamos salido de la casa sin desayunar. Entonces la llamé para que viniera a mi lado y se hiciera cómplice de mi lectura.
- Escucha, le dije, cómo esta poetisa desmitifica de un solo trazo tanta vergüenza feudal.
En seguida leí: ¿has sentido un dolor azul?
Fue así.
La curiosidad envolvió también a mi amiga quien caso me arrebata el libro para saber por su propia cuenta de quien se trataba.
- ¡Marínela Corriols!, exclamó, yo tengo una amiga…¡Si, es ella misma, la doctora Corriols. ¡No sabía nada que ella fuera poeta!
Me alegré de lo generosa que es la vida en casualidades. Mi amiga y yo abandonamos la librería y mientras buscábamos dónde desayunar (a la hora del almuerzo), una sola idea entraba y salía de mi mente: pedirle, ya que eran amigas, que me presentara a la autora de Conversaciones Elementales. Así fue. Una semana más tarde tuve la oportunidad de encontrar a la poetisa Marianela Corriols en la apacible cafetería de su trabajo. Entre aguas aromáticas, café y música clásica a bajo volumen. Conversamos de política y versos. Me comentó que cuando tenía trece años, el entonces gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional, hizo un llamado a los jóvenes de la ciudad para que fueran al campo a recolectar café para así poder levantar la producción. En ese momento imperaba en las filas del Frente Sandinista la política de los pies descalzos. Entonces Marianela Corriols. Al igual que miles de chavalos nicaragüenses, tan pronto como salió a vacaciones de la escuela, se “descalzó” como voluntaria.
- Del monte regresé flaca, pulgosa y feliz, dice con un dejo de nostalgia e ingenuidad en las palabras.
Estas tareas sociales, pletóricas de vivencia agradables y sucesos dramáticos, realizado con el fervor de los a flor de vida, formaron el camino deleznable que aún no ha terminado de andar nuestra poetisa. Fue allá, en las mismas montañas que albergaron a Sandino y a sus soldados, donde Marianela Corriols muchos años después cambió el proyecto de su vida. Ya no sería la pintora que soñaba ser, sino que se formaría en una profesión que le fuera de utilidad a quienes la vida solo les había ofrecido las migajas del plan de la vida. Por eso fue a la Universidad de León, con sus escasos 15 baños a cuestas, a estudiar medicina. De ahí en adelante sus horas habrían de tener tres divisores: los tratados de medicina, los versos escritos a escondidas y las tareas que la revolución exigía en los frentes de guerra.
- A los 17 años, dice algo compungida, preparé el primer cadáver, era un joven miliciano muerto en combate que llegó aun tibio y se fue enfriando en mis manos.
Luego la poetisa hace una pausa como si quisiera buscar oxígeno, Sus ojos se cierran buscando recuerdos en su memoria que habita en su rostro estrelladlo de pecas. Bebe sin ganas un trago de aromática y prosigue.
- El contacto temprano con la muerte me dio ganas de vivir intensamente, aunque estábamos listos para morir. Ahora siento escalofrío al pensar en ello, en esa generosidad de darnos, de entregar hasta la vida sin a cambio nada.
Esas palabras, pronunciadas con la calma que viene después de las grandes tempestades, las refleja la escritora en el siguiente verso esquivo, crudo, compuesto en momentos de desgarro:

Tenía una sed de vos.
La muerte
La ha tornado insaciable.
Le recuerdo a Marianela Cirriols que en el dorso de su poemario Conversaciones elementales está escrito que ella ganó el premio nacional de poesía “Leonel Rugama”, en 1985. La poetisa calla, como si no hubiera escuchado mis palabras, mientras busca en su cartera el libro de poemas Mujer Luna.
- Con este poemario gané el evento. Contesta. En ese entonces, nadie sabía que yo escribía poesía. Los poemas los mandé firmados con mi seudónimo Kilaika que en lenguaje de los sumos quiere decir “roca que da reflejos”. No puede ir a Managua a recibir el premio, pues estaba en una zona de guerra, atendiendo el puesto médico de un batallan de milicianos.
Me temo que Marianela no quiere dar mayores detalles del premio porque, por el contrario, desvía el tema de nuestra charla diciendo que terminados los estudios de medicina se fue a hacer el internado a un hospital del norte del país, donde la necesidad era tanta y los recursos tan escaso que se sentía que sólo pasaba firmando certificados de defunción. Luego partió para la costa atlántica, a defender los sueños y allá aprendió a hablar miskito para poder entender a los indígenas en su lengua natal. Meses más tarde se desplazó a la isla de Cuba en un intercambio de poetas jóvenes de ambos países. Me cuenta, sin poder ocultar la emoción, que en cuba escribió los primeros siete poemas que están incluidos en Conversaciones Elementales. Al cabo de un tiempo recibió una beca para ir a Méjico a hacer la maestría en salud pública.
Llena de entusiasmo y disciplina se dispuso a perfeccionar sus conocimientos en medicina para así poderle servir mejor a su pueblo, sin importarle un bledo que los estudiantes mejicanos la tildaran de comunista por venir de un país en caos, en revolución. Al regreso de Méjico se encuentra, eso sí, con el verdadero caos. Todos los sobrevivientes de su generación están siendo invitados al olvido, a la soledad. A renunciar a la memoria. O como lo escribió Sergio Ramírez en el prólogo al libro de Melvin Sotelo: “a la restauración de todo lo que aquella revolución, en su sueño de cambio, quiso desterrar en cuanto a valores y realidades”. Yo noto tristeza profunda en los pequeños ojos pardos de Marianela Corriols, cuando formula que pareciera que tanto sacrificio fue en vano.
- Tanta gente que conocí y que a esta hora está muerta, recuerda con respeto.
Pero ese hombre nuevo resultó sr un montón de hombres viejos con debilidades tales que es imposible no aborrecerlos, reclama de inmediato la poetisa, dándome a entender que esa traición para muchos jóvenes fue más mortal que la gangrena caída en el cuerpo herido.
- No es difícil, dice escuetamente.
Luego para conjurar olvidos y de paso darme a conocer, quienes son en la actualidad sus verdaderos dirigentes, recita con voz pausada un verso de su primer poemario:
Se enfriaron frente a nosotros.
Olvidaron el origen común de barro cálido.
Impusieron mudez impávida ante razones.
Los vimos con ojos tristes
y rompimos nuestro corazón,
rompiéndolos.

Eso es todo por hoy, me dice de repente, al tiempo que con afán mira las horas que cuelgan de la pared de la cafetería. Tengo que irme a trabajar.
Sus palabras repentinas me llenan de vacío. Sentó como si la película se hubiera cortado en el momento de mayor suspenso. Mi contrariedad solo me permitió balbucear una pregunta postrera:
-¿Marianela, siendo así, entonces todos está perdido? ¿No es posible la felicidad sobre la tierra?
Marianela Corriols se levanta y deja que las pecas de su rostro se aparten para dar paso a una sonrisa amplia.
- Nunca olvides, me contesta, las palabras del gran Antonio Machado>: “Cuando los políticos y los militares dicen todo está perdido, nosotros los poetas decimos: ¿Quién sabe?



