El baile: ANA MARIA ROYS MARRUFO

“En su inicio, era un estilo musical creado por las clases bajas de la sociedad, el tango es la crónica de las circunstancias de vida en las cuales vivía mucha gente al final del siglo XIX en Buenos Aires.”

  Nikolaus Sigrist

Márcia Batista Ramos

No sé qué pagos visito en sueños. Si son campos de amapola en Australia, las extensas plantaciones de cáñamo en Marruecos o las miles y miles de hectáreas de coca excedentaria en Bolivia. Sabe Dios que no soy afecta a ningún alucinógeno, ni a yerbas extrañas. Pero, a veces, solo a veces, despierto con una música en la cabeza, que me acompaña todo el día como recuerdo de la noche que no terminó en el amanecer. Más bien, es la noche que se extiende y me acompaña durante el día, a la espera de la próxima noche, con ansias de seguir durmiendo y encontrar el final del sueño que fue interrumpido, dejando fragmentos de imagines psicodélicas y estrofas de canciones que no se relacionan con las imagines.

De esta vez soñé con un arrabal, exploré un poco el lugar y vi zanjas por donde pasaban aguas servidas, conventillos donde se apiñaba la gente recién llegada, cada uno bravuconeando en su idioma natal. Definitivamente era un lugar que nunca fui. Las calles de tierra con algunos charcos de agua que recordaban la última lluvia, donde cualquiera que anduviese distraído podría tropezarse y enlodarse hasta el alma. Perros sueltos por las calles, donde niños jugaban animadamente, sin preocuparse con el moco que les escurría desde la nariz llegando, asquerosamente, a la boca. Respiro hondo y conteniendo la respiración miro a una mujer que tira hacía la calle un líquido por la ventana, no logro ver qué era.

El sueño transcurría en una época pasada, que bien se podía notar por las vestimentas; pareciera que correspondía al siglo XIX. Entré a un local en una esquina, era un salón grande poco iluminado, con el piso de tierra batida, donde había un pequeño grupo de hombres prietos y blancos tocando sus instrumentos musicales, junto a hombres grises que dejaron una promesa en sus países y embarcaron en un navío en busca de un sueño que jamás se les hizo realidad; vinieron a buscar riquezas en Suramérica y se hundieron en el lodo del arrabal que los cobijó y en la transparencia de un vaso de grapa que destiñó sus días, ahogaron sus sueños, olvidaron sus promesas y olvidaron a aquellos que creyeron en ellos y murieron esperando su regreso o una carta.

En el salón, también vi que había varias parejas bailando de manera muy sensual. De una apertura en la pared, una especie de ventana interna, un hombre miraba la escena con una mirada perdida y una especie de cigarrillo hecho con la cascara de maíz y tabaco. Es imposible no recordar.

Escuché atenta la melodía que, en el sueño, me parecía desconocida, pero que animaba a tanta gente en el salón. Yo sentía que me movía entre la gente sin ser percibida, hasta que choqué en una mesa y las copas cayeron derramando vino unas, grapa otras y exhalando un fuerte olor característico de las bebidas mencionadas.

Desperté asustada y pasé el día cantando una frasecita de un tango. Indudablemente, la música popular urbana que se impregnó en mí memoria era un tango de Gardel que no correspondía a la época del lugar del sueño. Sé que no aprendí en aquella noche aquél tango. Con certeza, lo escuché miles de veces en mi larga vida. Empero, el tarareo del tango traía a la memoria las imágenes de algunos tugurios en el arrabal, de algunas calles enlodazadas, perros y niños…

Cuanto al olor a grapa y a vino tinto amargo, barato, por supuesto no lo sentí, apenas lo imaginé al recordar los vasos caídos con sobras, sobre la mesa grasosa, renegrida y sin mantel.

¡No sé qué pagos visito en sueños!